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Publicado 2011-08-10

Altos de la Calera (cuento inédito de Santiago Gamboa)

Por Santiago Gamboa

¿Qué pasa cuando un profesor se lleva a una estudiante a un motel y a ella le llega la regla en ese momento? Cuento de humor negro del ganador del premio de novela la otra orilla en 2009 por ‘necrópolis’.

Altos de la Calera (cuento inédito de Santiago Gamboa). Eivar Moya
La historia que voy a contar es algo triste, aunque contiene momentos realmente jugosos. Todo a mi costa, claro está. Veamos, ¿por dónde empezar? Bueno, comenzaré por decir que soy filósofo, lo que no considero una profesión sino una dignidad, una forma de estar en el mundo, pero como debo ganarme la vida me dedico a la docencia, así que soy profesor de Filosofía; enseño Spinoza, dirijo un seminario sobre Deleuze y también doy materias como Lógica o Ciudad y Velocidad. Diré algo más: fui uno de los filósofos que protestaron ante la crítica hecha recientemente por una revista del jet set literario (la TVyNovelas de los que escriben novelas), en el sentido de que no existíamos ni decíamos nada sobre la realidad nacional, y esto, por absurdo que parezca, no en términos de autocrítica, ya que son ellos los que no nos han dado jamás la palabra, sino como una acusación, algo frente a lo cual había que sentirse culpable. Fui uno de los que protestaron y por eso, si me lo permiten, prefiero no revelar mi nombre.

El caso, lo que le importa a esta historia, es que al tercer año de clases llegó a mi curso de Lógica una costeñita hermosa, peleona, hija de samario y francesa, que argumentaba hasta sobre los huecos en las paredes. ¿Cómo describirla? Como ver simultáneamente a Ursula Andress saliendo del mar en bikini (Dr. No, 1962), a Sharon Stone cruzando la pierna en Basic Instinct (Paul Verhoeven, 1992) y a Jacqueline Bisset teniendo un estrepitoso orgasmo en el baño de un avión que aterriza (Ricas y famosas, George Cukor, 1981), todo eso más el Nacimiento de Venus, de Boticelli, el primer movimiento del Bolero, de Ravel, el capítulo siete de Rayuela y los jardines colgantes de Babilonia, todo con vista al mar, y además leyendo en francés a Benjamin Constant y a Georges Bataille. La folie!

Se llamaba Lizette y el apellido no lo diré, pues los caballeros no tienen memoria. El caso es que al llegar ella al salón de clase mis ojos se instalaban en su pecho, en su corazón, incluso entre sus piernas, y de ahí no salían hasta la tarde, cuando el mundo se convertía otra vez en una galleta dietética, desabrida y sin sal. Eran tiempos duros y yo sentía la urgencia del adulterio, pues era un hombre casado. La cercanía de los cincuenta me tenía muy tenso. Con el reflejo animal de poner a prueba mis capacidades de seducción, y Lizette era perfecta para dar satisfacción a ese humillante deseo. Empecé a trabajar el tema, alerta a cualquier posible temblor de alas (como las arañas), hasta que un día, después de una clase, mi presa se acercó a pedir consejo. Leía a Richard Sennett y a Paul Virilio, así que la invité a tomar un café mientras charlábamos. Le hablé de Velocidad del motor y de la Universidad del desastre. Al llegar a McLuhan pedimos dos cervezas, con Toni Negri nos pasamos al ron y, al entrar a la sociedad post fordista y la lógica reguladora de los procesos sociales, se acercó a mi oído y me dijo, no me respetes tanto, profe, ya va siendo hora de que me veas desnuda.

Volé en mi Renault 21 por la Circunvalar y subí por el cerro hasta el Motel Altos de la Calera, que siempre vi con curiosidad cada vez que iba con la familia a comer fritanga o a pasear a Guasca. Acerqué el carro a una cadena, abrieron y elegí una semisuite. Por la escalerilla que sube al cuarto, y con la empleada todavía preguntando qué íbamos a tomar, Lizette ya me besaba con ímpetu. Perdona, dijo, es que estoy más entusada que el putas. ¿Entusada? Me contó de un novio argentino, un tipo algo rococó en su habla pero con un sexo prensil que la había catapultado no sabía bien si al planeta del Principito o al de los Simios, en clase business y sin escalas. Quítame ese encoñe, profe. Ordené media de ron, papas fritas BBQ y un paquete de Kool, y le dije, veré qué puedo hacer, comprendiendo que tenía por delante una ardua tarea. Entonces fui al baño, miré hacia abajo y le dije a mi soldado: ya escuchaste a la señorita, hoy la cosa va en serio. Acto seguido me tragué una pastilla azul, pues, como dice un compañero filósofo, tirar sin pastilla es como leer sin luz eléctrica. Al volver a la cama vi que Lizette tenía un collar de plata en la cintura. Pasé saliva. La tanga Punto Blanco negra voló hacia la caperuza de la lámpara y pude ver su mismidad rasurada, y la barriga lisa con algunas pecas, su ombligo como un tercer ojo, un viejo rastro de bronceado y una L mayúscula, en caracteres góticos, tatuada al inicio de la entrepierna. ¿Lorenzo?, ¿Luis?, dije, acariciándola, pero ella se rio, no seas grosero, chico, ¡Leibniz!

A partir de ese momento, tras una serie de appetizers, caricias y chupamientos para despertar los corpúsculos de Krause, hicimos una dupla de fornicaciones intensas y complicadas. En primer lugar la exigente Montaña rusa, introducida en Colombia en 1982 por R.H. Moreno-Durán, un sube y baja por los tres orificios (muy usada por la literatura erógena posterior) y luego el clásico Mirando a Constantinopla, que ofrece una hermosa vista de la espalda y las caderas (tal vez la más hermosa que puede existir). Nos fuimos al descanso con un más que aceptable 5,9 en la Richter.

 Hecho esto nos relajamos. Lizette miró si tenía mensajes en el celular y respondió un par de chats. Yo hice lo mismo con miedo de que mi mujer me buscara (le dije que tenía reunión de posgrado). Bebimos unos vasos de ron, vimos un poco de porno de izquierda antiglobal de Erika Lust y nos preparamos para el tiempo complementario. Para nivelar arranqué con un 68 (te la chupo y me debes una) hasta que Lizette cantó a gritos la primera estrofa de Ne me quitte pas. Cuando estaba al borde del tsunami di un salto y quedé frente a ella, a la japonesa, y así permanecimos, como apostando a un serio, hasta que nos barrió el scirocco, un ventarrón ni el verraco, y cuando creí que habíamos terminado Lizette me agarró de los brazos y dijo, no señor, espera, hay más, y gritó, ¡huy, qué polvazo, profe!, así que me dije, ok, soldado, nos vamos al dos sin sacar, bendita sea la pastilla que ya debió entrar en la sangre, ¡inmersión!

Terminamos exhaustos, felices, pero al encender la lámpara empezó el problema. Por una increíble casualidad, nuestra segunda fornicación aceleró algo y a Lizette le llegó el periodo, Caperucita Roja, lo que significó mucha sangre en las sábanas. Por fortuna habíamos retirado el cubrelecho. Esto a Lizette la puso frenética. De repente su lado costeño desapareció y, digamos, se apoderó de ella la francesa. Testaruda, psicorrígida. Dijo que se llevaría todo para lavarlo y que lo devolvería por courrier. Le dije que era una tontería, que ni nos imaginábamos lo que habrían encontrado en esos cuartos. Que era normal. Nada de eso, dijo vistiéndose, y en un segundo, antes de que yo acabara el cinematográfico cigarrillo poscoital, ya tenía las sábanas dobladas y había tapado la cama con el cubrelecho.

 Al bajar guardó todo en el baúl del carro y salimos, ella contrariada y yo con el sentimiento de culpa haciendo sobrevuelos. Luego se puso a responder chats. Yo me concentré en el camino. Dejamos atrás los Altos de la Calera y agarramos el cruce para bajar hacia Bogotá, que a esa hora parecía un planisferio iluminado. Al llegar al CAI encontramos un retén de Policía y nos hicieron el alto. Control rutinario, dijo el agente, y nos pidió bajar. Saqué los documentos muy tranquilo hasta que recordé las sábanas y miré a Lizette. Ella ya se había percatado y me miraba con pánico. Por supuesto que las encontraron y no hubo nada que hacer. Nos subieron al furgón esposados. Lizette dijo que la sangre era suya, que podía demostrarlo, pero el policía le dijo, señorita, cálmese, hasta un vigilante de conjunto residencial la arrestaría por andar con unas sábanas ensangrentadas.

La Policía se demoró seis días en establecer que la sangre era de Lizette, y mientras tanto nos tuvieron detenidos. Tuve que recurrir a un abogado y dar explicaciones. Mi esposa se lo tomó como algo personal y por eso escribo esto en la casa de un colega, que me recibió mientras consigo algo. No volví a ver a Lizette, pues estoy suspendido mientras el tribunal docente evalúa el caso. Esta es mi trágica historia, queridos amigos. Por eso hoy odio la sangre, odio a Lizette y, por supuesto, las canciones de Jacques Brel.
Revivamos nuestra historia
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