A las 6:30 de la mañana golpeamos con el candado la puerta metálica. El llamado resuena alrededor, pero nadie sale aún a recibirnos. Solo una vecina que fisgonea nos llama la atención. "No toquen la alambrada, porque tiene electricidad", nos advierte.

Desde este lado, la casa a la vera de la carretera que lleva de Espinal a Neiva se ve como una sencilla construcción de ladrillo y baldosa y techo de cinc, con un amplio corredor rodeado de buganvillas y novios. Afuera hay un quiosco que apenas se sostiene en pie y en el que se venden las galguerías típicas de los pueblos. Al lado de la puerta se lee una sencilla inscripción en madera: "Los guardianes del Pacandé".

Llegamos hasta acá, el penúltimo domingo de octubre. La noche anterior, en Natagaima, nos hablaron del hermano Lisandro. Hasta ese pueblo viajamos en busca del célebre cerro de Pacandé, interesados en conocer qué había pasado con aquel paisaje que inspiró a Jorge Villamil para componer uno de los bambucos emblemas del folclor nacional. Aunque la canción del maestro es conocida por todos en la región, poco se escucha ya. Aquello de que "yo aprendí en el ritmo de los sanjuaneros/ toda la alegría del pueblo que quiero" no parece ser cierto ahora. En la plaza del pueblo dos orquestas, contratadas por políticos en campaña, nos aturden con chucuchucu y vallenato. Casi nadie se atreve a bailar.

En medio de la bullaranga conocí a Daniel Ortega. Obviamente, no el sandinista, sino un campesino flacucho y moreno, de ojos chispeantes, que aclara, antes que nada, que guerra, lo que se dice guerra, no ha habido en Pacandé nunca. Según él, la única muerte que se le puede endilgar al cerro es la de Juan Vaquero. "Era un hombre muy rico, dueño de todo esto, incluido el cerro. Pero era ateo, bebedor y mujeriego, y en una Semana Santa corrió detrás de un toro por el Pacandé y despareció para siempre", dice, y asegura sin asomo de duda que de vez en cuando se escuchan sus gemidos por la región.

No es la única cosa increíble que nos cuenta: Ortega dice que en Pacandé hubo cinco quebradas de agua salada que se secaron y que, desde lo más alto del cerro, se podía ver el mar. Imposible no preguntarle por la canción, y nos cuenta que los chaparrales de los que habla Villamil son unos árboles con hojas grandes y ásperas que se usaban para lavar la ollas, "como las esponjillas Sabra". Fue él quien nos recomendó que, para descubrir a plenitud la realidad del lugar, nos reuniéramos con Lisandro, "el jefe de los Hermanos Encostalados".

Los Hermanos Encostalados son toda una leyenda en la región. En 1958, el hermano Nicolás, que vivía en Líbano, Tolima, y que había cultivado fama de curandero, se dio cuenta de que Pacandé era el sitio más adecuado para fundar su secta, la del Sendero de los Maestros, y no precisamente por los parajes arrebolados que pinta la canción. Por años, el más azul de todos "los cerros en la lejanía" fue el lugar de peregrinación de la Iglesia católica. Como un monte de Los Olivos criollo. Durante los sesenta, en las sabanas y cordilleras que rodean el Pacandé, las Farc se dedicaron a combinar todas las formas de lucha mientras en el cerro los feligreses combinaban todas las formas de rezos. Gnósticos, krishnas, evangélicos, subían a orar. Los católicos, que han hecho del sufrimiento su bandera, subían de rodillas.

El hermano Nicolás tenía fama de hacer milagros. Y como en esa época el monopolio era de los santos católicos, más de una vez le echaron la policía y lo tuvieron preso en Natagaima. Tal vez, las autoridades pensaban que se trataba de uno de esos desarrapados que describió Euclides Da Cunha en Os Sertoes, fanáticos religiosos brasileños comandados por el predicador Antonio Conselheiro, a los que nadie tomaba en serio por estar en lo más apartado del desierto nordestino y que luego fueron inmortalizados por Vargas Llosa en La guerra del fin del mundo. Eso, hasta que lograron poner en jaque la supervivencia de la República de Brasil, cuando esta apenas estaba fundándose. De eso hace dos siglos y ni el Pacandé está en Brasil ni los encostalados han sido rebeldes, ni antes ni ahora.

A pocos minutos de haber tocado la puerta metálica, que, obviamente, no está electrificada, aparece un hombre bajo de ojos rasgados. Si no fuera porque sabemos que estamos en territorio pijao, habría pasado por vietnamita.

—El hermano Lisandro ya los atiende —dice.

El jefe de los encostalados nos recibe en pantalón de dril, saco de lana y chancletas. Es un hombre que pasa de los cincuenta años, de ojos verdes intensos, amable en la conversación, pero con un toque de reserva y cálculo en sus palabras. "Hace cuatro años dejamos el costal", dice, y explica que lo usaban como silicio. "Pagamos una penitencia de 30 años con los costales, pero después la gente lo cogió de burla y lo dejamos". Y oh, sorpresa, el hermano anda con gripa. A cualquiera le da un resfriado, por más vegetariano que sea y por más poderes que posea.

Al fondo, en las paredes de la sala, hay retratos de hombres barbados y ataviados con turbantes. "Son los maestros", explica. A estas alturas de la conversación queda claro que la secta profesa el hinduismo. Pregunté si era cierto que una vez hubo quebradas de agua salada en el lugar. "Salada no, pero sí hubo un pozo cuya agua era milagrosa y sabía a juguito de mora", explica con convencimiento. Y como siempre ocurre en la mitología, el milagro se lo tiraron las mujeres. "Unas muchachas de Ibagué se bañaron en el pozo, aun sabiendo que estaba prohibido para ellas". Y el manantial se secó.

"¿Que si ha habido guerra en Pacandé?... ¡Nunca!", declara sorprendido. Pero cuenta que hasta hace cuatro años en la carretera y en los alrededores solía haber secuestros, combates y emboscadas.

Cuando empezamos a caminar cuesta arriba por el cerro, pudimos entender que Pacandé no es exactamente un buen refugio para guerrilleros. Esa espléndida pirámide reina solitaria entre dos cordilleras, rodeada por planicies. Literalmente, como en la canción, exhibe paisajes de ardientes llanuras/ con sus arrozales de verde color. La montaña propiamente es pedregosa, de una tierra anaranjada a la que las familias propietarias y los Hermanos Encostalados tienen que lucharle para sacar algo de yuca y maíz. Muchos creen que Pacandé fue alguna vez un volcán. Eso explica sus dos orejas, cuevas a cada lado de la montaña, en las que hace calor y de las cuales, a veces, brota vapor. Está probado también que en su subsuelo hay cobre sin explotar.

Los campesinos de la zona se han dedicado, sobre todo, a la ganadería. El alto precio que se paga por ello es el desastre ecológico. Por la época de verano, las quemas acaban con decenas de hectáreas y eso no ha podido controlarse en un cerro que fue declarado reserva forestal. Cuando los incendios arrecian, impulsados por los vientos, los hermanos del Sendero de los Maestros salen a hacer zanjas para aislar los cultivos. Hace cuatro años, cuando todavía se vestían con costales, Vidal, el más anciano de la comunidad, murió calcinado. Al parecer una chispa encendió el fique y, en cuestión de segundos, se convirtió en pira humana.

La mañana de nuestro ascenso hemos tenido un clima compasivo. Nada de sol, nada de lluvia. Tras hora y media de andar por un camino serpenteante y seco encontramos un portón que nos anuncia que estamos en territorio de los encostalados. Al fondo se ve una casa de madera amplia, limpia y austera, y al lado hay una construcción circular que hace las veces de templo.

Para nuestra sorpresa, en la comunidad solo quedan dos miembros, Álvaro y Washmi, acompañados por José Ovidio, un niño huérfano que llegó hace poco como aprendiz. Álvaro es un ex panadero de Ibagué de 40 años, que desde joven empezó a leer sobre esoterismo y gnosis. Probó todas las religiones, hasta que hace diez años se quedó en Pacandé. Aunque tiene guardado el vestido de costal en un armario, ahora lleva botas pantaneras y machete colgado a la cintura. "Esto de usar herramientas es muy reciente" explica. "Antes la vida acá era muy estricta. Todo era natural. No se podía usar cuchillo sino piedras afiladas. Los árboles se quemaban en la cepa para que se cayeran solitos, sin usar el hacha. El techo de la casa era de palma, las ollas eran de barro y las cucharas, de madera". Además de eso, los sacrificios físicos llegaban al extremo de la tortura. "Se ayunaba cada tres días, había que subir de rodillas a la cima del cerro y hasta daban látigo. En una ocasión, una pareja que consideró que había pecado recibió voluntariamente 200 latigazos, amarrados toda la noche a un árbol", cuenta. El maltrato era compensado por los milagros que, supuestamente, hacía el hermano Nicolás.

Esa época infame terminó en 1975, cuando Lisandro tomó las riendas de la comunidad. Aun así, el aislamiento y la austeridad siguen siendo una dura imposición. "La batalla contra la propia mente es aterradora. Hay que aniquilar el ego", dice. Claro que sus suplicios tuvieron recompensa, porque hace cinco años llegó a la comunidad Leydi Johana, una jovencita campesina de apenas 14 años, a quien su tía llevó a meditar con los hermanos. La niña se quedó como esposa de Álvaro y ahora tienen una hija, a la que llamaron Sury.

El otro devoto de la comunidad es Washmi Montoya, un paisa de 42 años, de contextura gruesa y rostro sonriente. Aunque lleva apenas nueve meses en Pacandé, ha pasado por todas las doctrinas. Washmi y Álvaro no parecen para nada fanáticos. "De cada religión tomamos lo mejor" dicen. Luego, nos invitan a presenciar su ritual cotidiano, el satsant, una meditación colectiva que hacen en su templo circular. Como los krishnas, entonan canciones monótonas en sánscrito y mantras que, repetidos al unísono, crean una atmósfera de trance.

Washmi nos sirve de guía para llegar a la cumbre. El último tramo de la montaña es más empinado y las piedras casi no dejan caminar. Washmi asegura que naves espaciales aterrizan en el Pacandé. "Esto pasa de verdad en lo físico y en lo interno de cada uno de nosotros. Obviamente, más en lo interno", dice sin pestañear, mientras camina haciendo unas extrañas genuflexiones que, cuenta, las inventaron los soldados del Rey Arturo.

Una ilusión óptica nos hace pensar que estamos cerca de la cumbre, pero a cada paso se ve más lejana y vertical. Paramos a tomar aire y, al otear el paisaje, entendemos por qué Villamil se inspiró en esta solitaria montaña. A la izquierda se divisa, magnífico y brillante, el río Magdalena. Como dijo el compositor, la brisa que viene del río me dice hasta luego, yo le digo adiós. Los arrozales dan destellos verdes a toda una planicie que luego da paso a dos cordilleras que se alzan imponentes a cada lado. Al sur, efectivamente, se ve el Huila, la tierra bonita/ es la tierra opita que me vio nacer y en tardes despejadas se alcanza incluso a divisar Neiva.

En contraste, el cielo azul parece más cercano. En la cima, el efecto es más dramático aún, porque en medio de esa soledad, ese silencio y esa perfección, hay una cruz de hierro que infunde temor. Y no queda más que reverenciar la belleza de todo lo que se ve. Entonces, uno empieza a entender por qué la guerra hace parte de la historia del cerro de Pacandé, pero no logra tocarlo. Y también por qué la música inmortalizó este mágico lugar.
 
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