Ahí estaba, finalmente, el Club Social Buena Vista. Era eso que tenía enfrente: una casa vieja y pequeña, de muros sucios y ventanas rotas y con ese efecto de nostalgia que en La Habana tienen todas las construcciones despintadas por el tiempo. Llevaba buscando durante toda la mañana este sitio humilde, que no se diferenciaba del resto de edificaciones del barrio sino por su nomenclatura exacta: Avenida 31 No. 4610.

Durante varias horas, y a bordo de un Lada del año 55, había tratado de dar con la casa a partir de un dato mínimo: sabía que la sede original del Club Social Buena Vista, que inspiró una canción con ese mismo nombre (que a su vez inspiró un álbum con ese mismo nombre, que a su vez inspiró una película, un movimiento, un redescubrimiento de la música cubana con ese mismo nombre) quedaba en el barrio Marianao. Nada más.

Y después de haber preguntado en varias partes, y de haber obtenido el dato concreto de su dirección, finalmente ahí estaba el Club Social Buena Vista.

Tuve suerte: en el comienzo del famoso documental que Ry Cooder hizo sobre Buena Vista, el gran cantante Francisco Repilado, mejor conocido como Compay Segundo, trata infructuosamente de encontrar esta sede percudida y mustia, pero decente, a cuya puerta golpeé.

Un hombre viejo, muy alto, extendió su hospitalidad cubana para que me sintiera en casa. Su nombre es Eugenio Montalvo. Es profesor de escuela. Se gana cinco dólares mensuales. Y nació en esta misma casa en 1938, el mismo año en que se fundó el club. Detrás de él se veía una hilera de bluyines secándose y una mesa de comedor con todo dispuesto para el almuerzo.

La escena era tan ordinaria, tan bellamente doméstica, que no era fácil imaginarse que ese era el lugar de recreo que inspiró a Arsenio Rodríguez cuando escribió Buena Vista en guaguancó; el mismo que consiguió que Israel 'Cachao' López compusiera Club Social Buena Vista. Dos canciones demasiado grandes para una casa tan pequeña.



***

La historia fue así: en 1938, los del barrio fundaron el Club Social de Buena Vista. Era un espacio de diversión para cubanos humildes, trabajadores de raza negra que necesitaban su propio paréntesis ante la lluvia de turistas gringos que en la década de los cuarenta disfrutaban de la isla de la fantasía: la Cuba de ese entonces que rechinaba por sus hoteles lujosos, sus grandes casinos y sus prostíbulos de mujeres fantásticas.

El Buena Vista no era una cantina sórdida, pero tampoco un salón de baile aristocrático con orquestas refinadas. Los asociados pagaban una cuota voluntaria al mes y tenían derecho a diversas clases de baile, ebanistería y costura. También podían participar en las competencias de baile que se organizaban al son de los grupos de la época. Y para los niños, había un kínder a disposición. Por el Buena Vista pasaba el tranvía y ahí se bajaban los trabajadores al final de la jornada. "Podían ser limpiabotas, pero parecían gentlemen ingleses, siempre con sombrero y vestidos elegantes", me dijo Eugenio Montalvo, mientras se ponía las gafas para sacar un arrume de recortes que guarda en un cajón como cualquier recuerdo familiar, sin el menor ánimo de que esa memoria pase a la historia.

Bastó poco tiempo para que la música se convirtiera en la fuerza centrífuga de este club social: esa música callejera, popular, instintiva, que en Cuba flota en el aire, se tomó rápidamente este piso que ahora está agrietado. Por acá pasaron la orquesta Aragón, Benny Moré, el Trío Matamoros, Pedrito Calvo, Compay Segundo cuando hacía parte de Los Compadres y Cachao, creador del mambo junto a su hermano Orestes; todos lo hicieron envueltos en sus presentaciones más auténticas. Acá estaban entre los suyos. Acá no tocaban por dinero. Bajo estas paredes de las que ahora penden pantalones húmedos, la gente bailaba y ellos tocaban para que bailaran.

"Eran tiempos muy románticos —cuenta Montalvo—: saludábamos con el sombrero a las señoritas, y si una te gustaba, le echabas el sombrero al suelo. Si ella te correspondía, pisaba una parte del ala del sombrero y ya estaba".

En el patio trasero hay unas gruesas paredes lánguidas, tristes, que aún tienen los rastros de unas pinturas sofocadas por los años que alguna vez brillaron: letreros de Cristal, Tropical y Polar, las cervezas que se ofrecían detrás de la barra de cemento. Todo tiene un aire de abandono, una tristeza difícil de identificar.

Justo en este espacio se ubicaba la orquesta. De manera que acá, en este mismo sitio, hace muchos años, estuvo Arsenio Rodríguez tocando sus temas: dentro de las más de 200 piezas que compuso, dejó una inspirada en esta casa que ahora tiene los techos rotos.

En esa canción consignó el cuadro directivo del club: el presidente de la sociedad era Julio Dueñas. La directiva la componían una serie de amigos, mejor conocidos por sus apodos: Travieso, Periquito, Regijo, Marino, Gustavo y Curbelo.

Sin embargo, la canción que inmortalizó al club no fue esa, sino la que compuso Cachao López. Es un danzón instrumental, un lento vaivén cubano que se presta para que el piano se arriesgue con las improvisaciones que le vayan saliendo, al que tituló con el nombre de la sede: Club Social Buena Vista, o como luego trocó en el inglés de Ry Cooder, Buena Vista Social Club.

En 1996, ese guitarrista y productor norteamericano viajó a La Habana buscando unos músicos provenientes de África para grabar un disco. Nunca dio con ellos. Sin saber qué inventarse, y asesorado por el arreglista cubano Juan de Marcos González, tuvo una ocurrencia salvadora: decidió ir de casa en casa buscando a esos músicos legendarios que estaban echados en el olvido.

Así encontró a Compay Segundo, de 90 años; al pianista Rubén González, que a sus 77 se dedicaba a tocar el piano para los ensayos de las niñas de la Escuela de Danza de la Habana; al cantante Ibrahím Ferrer, que tenía 70 años y trabajaba como limpiabotas; a Omara Portuondo, a Eliades Ochoa, a Barbarito Torres, al trompetista Manuel Guajiro Mirabal, a Orlando 'Cachaito' López (hijo de Orestes, sobrino de Cachao) y a Manuel 'Puntillita' Licea. En total, eran 17 músicos de sangre con algunas coincidencias: todos eran viejos, ninguno había estudiado en el conservatorio y nunca estuvieron interesados en irse de la isla para convertirse en artistas promovidos por los Estefan. Muchos seguían tomando ron y fumando tabaco, como lo hacían desde niños. Ninguno tenía plata. Y a ninguno le importaba.

Con la coordinación de Cooder, entre todos sacaron en limpio un repertorio que incluyó algunas de las joyas de la música cubana. De allí salieron tres primeros discos: A toda Cuba le gusta, Presentando a Rubén González. Y Buen Vista Social Club, que vendió seis millones de copias en el mundo y logró un Grammy en 1998 en la categoría música tradicional. Ese disco incluye el danzón en homenaje al Buena Vista, perfecto para que Rubén González, para muchos el mejor pianista del mundo, pudiera improvisar a sus anchas.

Conmovido con toda la historia, en 1999 Win Wenders hizo un documental sobre la leyenda viva de todos estos músicos y el ejercicio de resurrección que Ry Cooder había hecho con todos ellos. Y a su trabajo, con el que ganó un óscar, lo bautizó con el mismo nombre que el danzón y el disco: Buena Vista Social Club.



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"Fue por azar que le pusimos Buena Vista a todo el disco. Lo que pasa es que es un nombre muy sonoro, perfecto para titular todo el trabajo. Tenía más fuerza que haberle puesto Dos gardenias o cualquier otra cosa. Además, estaba bueno porque Cachaito, el que tocaba el contrabajo con nosotros, es el hijo del compositor".

Me lo dijo Barbarito Torres, el célebre laudista de ese movimiento, leyenda viva del son cubano y a quien en la canción El cuarto de Tula sus amigos saludan mientras toca el laúd de espaldas, en una esquizofrenia de virtuosismo que nadie olvida: ¡Se volvió loco Barbarito: hay que ingresarlo!

A Barbarito lo abordé tras un concierto que ofrecían los ex integrantes del Buena Vista en el hotel Nacional. Acababa de tocar. Estaba con su esposa, sentado al lado de una botella de ron Havana, como cualquier cliente, dueño de una sencillez inversamente proporcional a su talento famoso.

"Con excepción de Compay Segundo, ninguno de nosotros pasó por el famoso club de los cuarentas. Yo nunca he ido, pero sé que ahora es una casa de familia y que Cachao se inspiró en ella cuando era el lugar de encuentro de las grandes orquestas populares".

Todo eso me lo dijo Barbarito mientras me ofrecía un ron como si tanto talento no fuera con él.



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"Mi padre nunca quiso salir de Cuba porque le parecía que esta era una pobreza más digna que la del resto de lugares del mundo. Siempre estuvo de acuerdo con la manera como se repartía lo que había: para todos salud, educación y comida. Él soñaba con una noche romántica y no con tener plata".

Esto me lo dijo Salvador, el hijo de Compay Segundo, que ahora dirige el grupo Compay Segundo y sus Muchachos. A Salvador lo conocí buscando la casa de Compay. De su papá me dijo que Chan Chan era su canción favorita; que los libros que siempre releía eran La divina comedia y Los miserables y que con Pío Leyva, su mejor amigo, había firmado un juramento de lealtad de barrio que duró hasta la muerte de ambos.

Sabía de la existencia de la sede, pero no la había visitado. Salvador interpreta ahora los éxitos de Buena Vista Social Club y transita sobre la estela que le dejó la generación de su papá y sus amigos: esos músicos que han ido cayendo uno tras otro, año tras año desde hace cinco años, como Ibrahím Ferrer; como Pío Leyva, como Rubén González. Esos músicos que se quedaron en sus casas de siempre, con sus familias de siempre y haciendo lo de siempre.

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Veintitrés años después de su fundación, y dos después de la Revolución, en 1961, el Club Social Buena Vista fue clausurado. Dejaron la casa en manos de la familia que aún la conserva, la de Eugenio, que me ofreció cuatro cafés y me contó el pedazo de historia que le correspondía.

Silenciosa bajo el sol, adornada aun con algunos retratos familiares, me sorprendió constatar que casi nadie conoce esta casa, y que con toda la gloria que arrastra no puede ser más convencional: estoy frente a una serie de cuartos unidos por un corredor, que acaba en un patio trasero. Todo sucede en un barrio tranquilo. Como da la impresión de ser todo lo cubano, esta casa también es pobre y digna. Y triste de una manera particular. Parece estar en una lenta caída, en un estado de derrumbe que no la asfixia, pero sí la lastima. Y que hace que uno sienta una nostalgia leve y dulce.

Me quedé en esta casa tres horas. Hablé con los hijos de quien la habita. Buena Vista Social Club era esto que tenía enfrente. Estaba en el punto de partida. Una casa que dio origen a una canción. Una canción que dio origen a un disco. Un disco que dio origen un fenómeno.

Pero era esto, al fin y al cabo: una casa pequeña, la amabilidad de una familia cualquiera, un pasado de ruido y fama que de acá se evaporó, unas paredes, unas ventanas, la pintura que queda. También me dio la impresión, cuando estuve allí, de sentir por un momento la gloria que pocos saben que yace bajo sus paredes, que se caerán dentro de poco.
 
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