En los ojos tan tiernos como furiosos de esta mujer está resumido El Carmen de Bolívar, la suprema contradicción de un pueblo que nació ungido por la mismísima virgen milagrosa y que ha estado a punto de morir en manos del demonio. Katia Fernández Badel dispara ráfagas verbales desde su minarete de cinc y lo hace con la autoridad de un sacrificado, empleando un vozarrón, que igual le sirve para lanzar las peores diatribas contra el alcalde que para cantar los porros de Lucho Bermúdez.

Porque Katia, tan vehemente como ese arroyo de aguas pardas que acecha desde la esquina, es la albacea del ancestro, la empecinada habitante de la casa en que nació el maestro Lucho Bermúdez, el 25 de enero de 1912 que en El Carmen —seamos realistas— no es más que la tenue y desdibujada memoria de tiempos afortunados.

La casa es una síntesis de la gloria que se evaporó como el agua de los charcos. Ya no cuenta con su techo original de paja, que fue quemado tres veces por desconocidos, todo como consecuencia de un odio visceral que algunos habitantes de El Carmen acumularon contra el hombre que puso a este pobre pueblo en el mapa. ¿Pero quién podría odiar al trovador candoroso que entonó con su prodigiosa orquesta Carmen querido tierra de amores/ hay luz y ensueño bajo tu cielo y que portó orgulloso por el mundo la palabra de su pueblo?

Jaime Ibáñez, un carmero con suficiente sensatez emocional como para entender lo que Lucho significó, atribuye las infamias a "un poco de celo". Otro piadoso lugareño, Plinio Ferrer, habla de "criticones de parque"; disculpas que se antojan livianas cuando se conoce la verdad, cuando se sabe que los detractores no solo emplearon su furia pirómana, sino que también llegaron al extremo de plantar el temible espíritu de Lara en el cuerpo material de Vita Badel, la madre de Katia, la misma que compró hace casi un siglo la casa de los Bermúdez Acosta por 25 centavos. Así fue. Así lo cuenta Katia con ojos desorbitados y un discreto susurro: le plantaron a su mamacita esa ánima maldita y traviesa, famosa en el territorio de los Montes de María. La viejita jamás volvió a tener paz.

La historia de las animadversiones contra Lucho parece calcada de tantas otras de la Colombia ingrata, los lugareños de mente cúbica que esperan que el artista actúe como mesías y salve a su pueblo de lo que solo 8.500 votos pueden salvarlo. Para rematar, por estas calles hirvientes creció la versión de que Bermúdez negaba a su pueblo, quizá la errónea interpretación de una famosa entrevista en la cual el maestro sostuvo que, tras la gloria de sus 320 canciones, de Colombia tierra querida, Salsipuedes, San Fernando, Calamarí y, por supuesto, Carmen de Bolívar, se consideraba ciudadano de todas partes. Aquí también, como en la Aracataca de García Márquez, surgió la pregunta canalla: ¿Qué ha hecho Lucho Bermúdez por El Carmen?

Entonces una noche, mientras Katia y los miembros de su familia dormían, comenzaron los incendios provocados. A la tercera fue la vencida y así la casa adquirió este techo de cinc que hoy corona su imaginaria majestuosidad; un techo herrumbroso, aplastado sobre cuatro muros de bloques rojos; todo contiguo a un patio yerto, donde la basura flota entre los charcos del aguacero; una fachada pintada de verde manzana en la que el visitante, si afina bien los ojos, podrá notar un aviso desdibujado e inconcluso:

"Casa donde nació el maestro Lucho Bermúdez, enero 25 - 1912; abril 23 - 1…"

Un aviso que, por física falta de pintura, pareciera indicar que Lucho no se hubiera muerto. Pero claro que murió, el 23 de abril del año 1994. Y con él pareció morirse también, de una vez por todas, su memoria poética, esa que lo llevó a cantar con su ingenuidad de poeta vernáculo: El toro criollo salta a la arena y el más cobarde se enguapetona…

Cuando Lucho Bermúdez murió ya las fiestas de toros se habían acabado, al igual que la famosa primavera que siempre estaba en tu suelo, bajo tus soles llenos de ardores. O quizá la primavera nunca existió. Quizá aquello no fue más que una evocación lírica de un hombre que viviría congelado en el piso 17 de un rascacielos bogotano, imaginando a su pueblo con el cristal de la nostalgia, a ese terruño que lo vio nacer musicalmente, cuando su primera orquesta tocaba en la plaza y las bellas carmeras de esos tiempos bailaban agitando sus polleras y realzando altivas sus corpiños: ¡ah, nostalgia de esos ojazos ensoñadores que nos asesinan como puñales!

En alguna ocasión, cuando ya la canción se había vuelto famosa, un amigo le dijo a Lucho que quería conocer el pueblo que había desatado semejante inspiración; que quería ver con sus propios ojos a esa tierra de placeres, de luz y alegría. El amigo fue, y al regresar le dijo a Lucho:

—Es mejor la canción.

Pero las corralejas sí existieron, claro que existieron. Hasta que en una infausta tarde, en medio de una etílica lidia de garrocheros, un hombre picó a otro accidentalmente en la pierna con su lanceolado instrumento y el otro en respuesta le atravesó hasta el alma con el suyo propio. Luego, en las mismas fiestas, vino la venganza, ejecutada en plena plaza con un pedazo de hierro. La enemistad de las familias Méndez y Fernández se prolongaría hasta el siglo presente. Las fiestas fueron suspendidas indefinidamente. Otro par de versos de la canción quedaron tachados, esta vez con sangre.

Entonces no hay museo. Hay apenas una casa de material, sin muebles ni lustre alguno, en una de cuyas cuatro paredes se apiñan, mal pegados, algunos recortes amarillentos de prensa. En realidad Katia es el museo. Es ella quien les vende la fantasía a los turistas cachacos que parecen llegar allí más como criaturas extraviadas de un incierto mapa de destinos, que por algún tipo de fama que la llamada casa-museo ciertamente no se merecería. En alguna ocasión, una familia de turistas pastusos se bajó, se asomó hacia dentro de la casa y el padre estalló acalorado y energúmeno:

—¡Aquí no hay una mierda!

Katia cambió entonces el tono zalamero de guía turística por el de la aguerrida mujer que pretende vivir de un mito y escupió una conminación a que se largaran de inmediato. En esas mismas vacaciones llegaron cuatro automóviles de Cali, gente más condescendiente con la imaginación, y Katia les hizo el tour completo: les mostró el patio desértico, haciéndoles hincapié en que allí está enterrado el cordón umbilical de Lucho Bermúdez; les entonó a capela las canciones más populares del maestro; les contó de las últimas visitas de Bermúdez, un hombre tan sintonizado con su propia nostalgia que solía llorar como un niño cuando los recuerdos de su infancia lo abordaban, y les hizo un relato pormenorizado de la historia de la canción: la noche lluviosa aquella en que Lucho, siendo un adolescente, recibió el manuscrito de un vecino, el compositor local Raúl Nova Sanz, quien al entregarle la letra de Carmen de Bolívar le dijo sin ceremonias:

—Tú que eres buen músico, ponle melodía a esto.

Katia cuenta la anécdota entre risotadas, como si no acabara de zarandearle el trono al Rey del Porro, concluyendo el cuento con un remate exultante: los caleños dejaron buena propina.

El museo existió en alguna ocasión, pero bajo el encanto de una farsa burocrática. La primera dama del municipio se presentó un día cualquiera con un pilón de doble mortero, un par de mechones, una tinajera con rinconera, un baúl antiguo, dos taburetes y una cama de lona. A Katia le dijo que al día siguiente iban para El Carmen las cámaras de televisión y que ella, como dueña de la casa, tenía que ponerse su mejor vestido y decir que todo aquello era auténtico, no recogido a las volandas entre las familias raizales del pueblo; es decir, que aquella cama de tijera era la misma donde el maestro había dormido durante toda su infancia. Recelosa y contrariada, Katia tuvo que prestarse para la comedia, aunque aclara con sádica risilla que al menos se dio el gusto de poner a barrer y trapear a la primera dama.

Al día siguiente, tal como estaba anunciado, llegaron los periodistas desde la capital, Cartagena. En pleno segundo acto del sainete, ante las cámaras encendidas, la primera dama le preguntó a Katia en voz alta, mientras le guiñaba el ojo:

—Katia, ¿dónde está la bacinilla de Lucho?

Katia, con esa sutilidad que la caracteriza, le respondió desde el otro lado de la habitación principal:

—¡Qué bacinilla ni qué hijueputa!

Así, en una nación ingrata que deja sus memorias regadas a merced de los aguaceros, el legado de Lucho Bermúdez florece más bien en Bogotá, donde su hija Patricia, la portadora del fuego sagrado, interpreta con maestría el clarinete original, tras haber renunciado a la causa del museo y de un Festival Cultural que duró un par de años y que nadie en El Carmen quiso seguir financiando.

En los últimos años han regresado las corralejas, pero nada queda de las mieles que dan sus cañas, los pequeños cultivos que solían crecer en los patios de las casas pintorescas. Ya no se da aquel gran jaleo del tabaco, cuando las cosechas eran pródigas y en este pueblo de cien mil habitantes, ubicado en el corazón de los Montes de María, el dinero podía olerse en el aire hirviente de la tarde. A merced de la violencia y de la corrupción administrativa, El Carmen es un pobre pueblo pobre cuyo acueducto es una quimera y cuyos más recientes alcaldes han terminado en impresentables líos judiciales y disciplinarios. Los carmeros, antes que famosos por la grata versión musical de Bermúdez, han padecido en los últimos años del peor de los estigmas, el que los vincula con los brotes insurgentes de los Montes de María, en medio de un conflicto que han sufrido en carne propia: en las noches sepulcrales, cuando todos duermen, el aullido de los perros es señal inequívoca de que los guerrilleros están pasando por el pueblo. Un viejo lugareño contaba en días pasados que una vez asistió a una cita de salud en Cartagena y cuando el médico le preguntó de dónde era, respondió sin titubear:

—De El Carmen, pero no guerrillero, dopto.

Queda algo allí de un pueblo con tanto primitivismo en sus genes que hizo méritos para la tercera mejor canción de la música popular colombiana; ahí está Rosa María Valdez, eternamente frente a su fogón de carbón, cocinando la melaza para producir sus animalillos de dulce, y está Raúl Montes, el componedor de huesos, el "ortopedista" autodidacta que se jacta de hacer berrear a los varones con sus técnicas de mecánico automotor, y está la santa patrona, la espléndida virgen traída de Sevilla, que todos los 16 de julio sale en procesión, dejando en el pueblo un reguero de milagros, y está el artificio semántico, ese "El" que fue incorporado en los setentas y que le dio al pueblo el privilegio de un artículo propio, y están las llamadas chepacorinas, las célebres galletas carmeras, devoradas por camioneros y turistas en la orilla de la carretera, y está la plaza central, sus torres coloniales, sus viejos ensombrerados que se sientan cada tarde en las bancas de madera, sus mercaderes y sus ventorrillos, sus bellezas contemporáneas que ya no llevan polleras sino jeans y está, por supuesto, un sentido del humor a toda prueba que funciona como un crucifijo contra la adversidad: la calle donde vive la madre de un célebre alcalde fue la única que este pavimentó. A esa vía la llaman desde entonces "la calle mama".

El Carmen de Lucho es memoria poética. El Carmen de la vida real es territorio abigarrado y caluroso, donde los problemas campean y los políticos continúan prometiendo. A El Carmen de Lucho es posible verlo, pero no con estos mismos ojos de la carne que ven el evidente maremágnum urbanístico. Para ver El Carmen de Lucho hay que cerrar los ojos, sentir la primavera y no fijarse en Katia, en una tarde de aguacero, arrojando todos los cachivaches del falso museo a la calle encharcada.
 
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