"Y, no sé qué más decirte. No es el mejor de los tangos..."

Lo dice alguien con autoridad, Walter Piazza, de la Academia Nacional del Tango de Buenos Aires. Y uno, que algunos tanguitos se ha escuchado, le cree. Como letra, la de A media luz languidece en forma irremediable cuando se la pone al lado de estandartes de la poética porteña como Sur, Afiches, Desencuentro, Balada para un loco e, incluso, Volver y Cambalache.

A media luz, tango de 1924, pone sobre el tapete una de las más viejas costumbres de la humanidad: la de frecuentar a una mujer que no es la de uno, bajo el amparo del anonimato y dinero mediante. Pero a diferencia de otros temas del género en los que las lágrimas ruedan y los cuchillos se blanden (García Márquez definió al tango como "esa música trágica en la que siempre muere alguien y no precisamente de muerte natural"), el clásico de Carlos César Lenzi en letra y Edgardo Donato en música lo hace veladamente, casi de manera impresionista, hablando del interior de un par de céntricos apartamentos puestos al servicio del amancebamiento.

A nadie se le menciona en la pieza, pero la simple descripción del mobiliario, del alcohol y del baile hacen que no haga falta ser Gardel para establecer de qué se trata el asunto. El apartamento ubicado en la dirección Corrientes 348 tiene piano y teléfono (en 1924), y ha sido amueblado por Maple, empresa decoradora de gran prestigio en la primera mitad de siglo XX. El otro bulín, en Juncal 1224, ofrece tés danzantes los domingos —los lunes no se trabaja— entre almohadones, alfombras que no hacen ruido y como en botica, cocó: en lunfardo, cocaína.

Respecto de aquella pieza, el poeta Horacio Ferrer ha dicho en su enciclopédico Libro del Tango que "se cuenta entre las obras de mayor éxito, de más larga permanencia en los repertorios y de mayor divulgación nacional e internacional de cuantas forman el acervo tanguístico". Menos desapasionado resulta José Gobello, presidente de la Academia Porteña del Lunfardo, al decir que este es un tango al que Lenzi "puso una letra más lupanaria que erótica".

Pero Piazza, Ferrer, Gobello y quien escribe somos una minoría, según lo prueban las miles de orquestas y solistas en el mundo que lo han grabado, desde Gardel en 1925 hasta Piazzolla en 1967; desde Ray Conniff en 1981 hasta Julio Iglesias en 1996. Además, arrastra una enorme horda de fanáticos, comandada acaso por uno de los personajes inolvidables de la literatura negra hispana, Pepe Carvalho, el mítico detective creado por el catalán Manuel Vázquez Montalbán. En Quinteto de Buenos Aires (1997), el inquieto y comelón sabueso pisa suelo porteño por primera vez en su vida. Aquello ocurre en plena década de los ochenta, y lo primero que le pide a su anfitriona es "una concesión sentimental": visitar Corrientes 348. "Es mi tango preferido", le dice escuetamente Carvalho.

Se entiende, entonces, el afán turístico por conocer un sitio que hasta materia de rastreo detectivesco ha sido.

"La última vez que estuve allí fue hace unos tres años, cuando pusieron una placa conmemorativa en homenaje a mi padre", cuenta Ada Donato. Ella y su hermana menor, Gipsy, son las únicas hijas de don Edgardo Felipe Saverio Donato, un virtuoso del violín nacido en el porteño barrio de San Cristóbal, que en 1924 ya había pasado por varias orquestas y llevaba un buen tiempo componiendo. Como el creador emergente que era a sus 27 años, decidió presentar una pieza dentro de los célebres estrenos teatrales de Montevideo, en donde vivía en ese momento y de donde era Carlos César Lenzi, autor teatral de incipiente trayectoria.

Pareciera que la amistad entre Donato y Lenzi se hubiera limitado a la creación de A media luz, a juzgar por las pocas veces que las hermanas escucharon mencionar al letrista en casa. No así a otros grandes del tango que veían a diario desfilar por sus predios, como Santiago Adamini, Francisco Lomuto y Francisco Canaro. "Gardel nos tuvo en brazos... ¿No le parece increíble?", dice Gipsy. De hecho, el testigo de su matrimonio fue Armando Defino, el discutido albacea de Gardel que, años después del accidente en Medellín, terminó heredando sus bienes.

"A mí me dijeron que la inspiración le surgió a papá una noche que prendió la luz, luego la apagó, y dijo, 'ah, mirá... está todo a media luz'", dice Ada. "Luego se puso a tocar en el piano y le puso ese nombre al tango. Al lado estaba don Lenzi, que le puso la letra", complementa Gipsy. Lo que sí está comprobado es el estreno de la pieza por la vedette Lucy Clory en 1924, durante la representación de una obra teatral de Lenzi llamada Su majestad la revista, en el teatro Catalunya de la calle montevideana de Ibicuy.

El éxito estaba cantado. Así lo olfateó el editor Armando Perrotti, que firmó de inmediato la pieza en su casa editorial. Perrotti, Lenzi y Donato debieron haber hecho un buen trabajo: hoy, 83 años después de su creación, A media luz todavía le significa a las hermanas Donato un cheque cuatrimestral que haría palidecer al más satisfecho de los afiliados a Sayco. "Fue tan buen padre... —recuerda Ada—. Si supiera que aún hoy nos sigue cuidando...". Ellas son las únicas que pueden dar el permiso para el empleo de los tangos de su padre en comerciales, películas o programas de televisión. Hace poco autorizaron el uso de El huracán, otra obra maestra de Donato, en la cinta La señal de Ricardo Darín, clara candidata argentina al Óscar el año que viene. Si se trata de A media luz, los herederos de Lenzi, que viven en España según nos ha informado la gente de la Sociedad Argentina de Autores y Compositores, Sadaic, también deben aprobar su uso.

Ada nos va a acompañar hasta el sitio que inspiró a su padre y a Lenzi. "Ninguno de ellos sabía qué había en Corrientes 348, porque el tango lo hicieron en Montevideo —explica—. Sucede que faltaba una dirección sonora para la canción, y la encontraron. Cuando papá regresó a Buenos Aires, a finales de los 20, se dio cuenta de que allí lo que había era un puesto de zapateros y lustrabotas".

Previamente, hicimos la tarea de visitar la menos citada de las dos direcciones de ese tango. La calle Juncal al 1200 se encuentra en el exclusivo barrio de Recoleta, dos cuadras más allá de la avenida más ancha del mundo, la 9 de Julio. Y justo en el número 1224 está Rochaix Jewerly & Watches, una joyería que habla bien del carácter próspero de esta zona de la ciudad, pero más bien poco de tango, almohadones y té con masitas. Lo único que delata el blanco del cocó es el níveo del mármol que recubre piso y paredes. "Y sí, a cada rato viene la gente interesada en el tango, para saber qué hay aquí —nos cuenta uno de los dependientes—. A veces salen desencantados, pero lo bueno es que siempre hay algún turista que se lleva algo...".

Pero entre Corrientes 348 y Juncal 1224, la mayoría de gringos, japoneses, franceses, alemanes y colombianos que visitan Buenos Aires tienen en mente solo la referencia a la primera dirección. En el circuito turístico que arrastra hordas de gorra, bermuda y cámara digital al cuello por la capital argentina, el paso número 11 de esta suerte de vía crucis a ritmo de 2x4 es la dirección de Donato y Lenzi. Un visitante algo más desprevenido podría confundirse al encontrarse de frente en plena Avenida de los Libertadores con Corrientes 348, un restaurante de parrilla de esos que recuerdan que en este país, como dice el Martín Fierro de José Hernández, "todo bicho que camina/ va a parar al asador". Otros podrán hablar del restaurante del mismo nombre en España, de la pequeña cafetería de un pueblo italiano que Gipsy Donato y su marido descubrieron en un viaje, e incluso de una dirección gemela en la ciudad argentina de Rosario, en donde se encuentra la sede social de una asociación de trabajadores municipales.

Puede que algunos lo desdeñen como tango, pero A media luz estableció la dirección física donde habita el espíritu de esa música.

Del Café Tortoni, lugar emblemático de la Buenos Aires del siglo XIX donde nos reunimos con las hermanas Donato, hasta la dirección que buscamos, no hay mucha distancia. Solo basta recorrer algunos pasajes entre la Avenida de Mayo y Corrientes. En un día laboral y en pleno mediodía, aquella calle es un hervidero de almas entre las que alguien que no lleva afán es un elemento que obstaculiza el paso. En el fragor, ningún transeúnte diferente a nosotros repara en el portal de Corrientes 348. La dirección está escrita al estilo del fileteado, ese diseño recargado de arabescos que se convirtió en la manera oficial de dibujar el tango. Y encima de dos enormes portezuelas está pintado en rojo un portal más prosaico, que le da una bienvenida metálica a ese parroquiano que va en busca del lupanar del tema y no de lo que en realidad se encuentra de bruces: un parqueadero.

La sorpresa, mezclada con cierta decepción en la que se sume el turista desprevenido, es la misma que agobió al detective de Vázquez Montalbán: "Carvalho busca algo, sorprendido por no hallarlo, hasta que sus ojos se detienen en la leyenda que recuerda que allí se alzó el edificio del famoso tango, pero ni rastro de él, ni del perfume del adulterio. Un parking. Un desolado parking con las puertas azulinas y algo historiadas, como última reminiscencia de lo que había sido nido de amor. (...) Antes era un tango, ahora es una playa de estacionamiento".

Ada Donato, que conoce bien esa fachada y que no tendría por qué sobresaltarse, descubre que hay motivos. Todas sus evocaciones se detienen con brusquedad. "¿Dónde está la placa de mi padre?", pregunta. Debería estar en el costado derecho del portal. Pero no. En su lugar se adivinan cuatro marcas en la pared que trazan un rectángulo imaginario y que no están cumpliendo con su deber, que era sostener las esquinas de una placa en honor a Edgardo Donato. "Se la robaron hace unos meses", nos cuenta el portero. Porque el Corrientes 348 de la vida real sí tiene porteros y vecinos, y también rateros.

Adentro, la escena no es más romántica. El segundo piso, ascensor, que en realidad es el tercero —en Argentina al primer piso se le llama planta baja, el segundo es el primero, y así...—, es un sector de oficinas en una edificación que ocupa toda la manzana y que ha pertenecido por años a una familia de inmigrantes alemanes. Ellos han sido los más preocupados por mantener el aura tanguera del lugar, y al menos han decorado la fachada del parqueadero como lo reclama la memoria colectiva.

Al despedirnos de Ada, no precisamente habiéndole prodigado la mejor de las sorpresas, sentimos que nos queda por hacer una visita infaltable. También tiene dirección propia: cenicero 161, panteón de Sadaic, cementerio de Chacarita. Ahí, en un complejo fúnebre en el que comparte estadía eterna con leyendas del tango de la talla de Discépolo, el Polaco Goyeneche y Edmundo Rivero, se encuentran los restos de don Edgardo Donato. Él mismo es también una leyenda, y en justicia uno espera que alguien se deje ver por allí de vez en cuando con una victrola que llore viejos tangos de mi flor.

Al menos, hace algunas semanas, los dueños de Corrientes 348 restablecieron la placa robada. Que no se diga que sobre el recuerdo de uno de los tangos más celebres de la historia ha dejado de iluminar la media luz de amor.
 
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