On a dark desert higway, cool wind in my hair/ Warm smell of colitas rising up through the air… (En una oscura autopista del desierto, el viento frío en mi pelo/ cálido olor a ‘colitas‘, extendiéndose por el aire)

A medida que avanzaba en el tráfico denso de Los Ángeles, pensaba en el comienzo de la canción. Parece cuadrar perfecto. La ciudad es, en efecto, desértica. Los cerros pelados se ven secos y áridos y las casas se yerguen entre cactus polvorientos que ni siquiera el viento del otoño —al que con seguridad se refieren en la primera línea— parece limpiar. Las colitas, como no podía ser de otra manera, son de marihuana.

Probablemente Don Henley tomó esta misma autopista a mediados de los años setenta, cuando se le ocurrió la letra de Hotel California, la canción más famosa de The Eagles en su historia.

A lo mejor hizo un giro a la izquierda como yo, en una avenida pequeña, y se encontró con las colinas suaves y verdes de Beverly Hills, uno de los barrios más elegantes del mundo y el hogar de productores y farándula por excelencia.

Henley siempre quiso que Hotel California, y el resto del disco que lleva su nombre, fuera famoso por el mensaje apocalíptico que entregaba. Durante el lanzamiento del disco, en 1976, afirmó que lo había hecho "para despertar conciencia en la gente y decirles hemos estado bien hasta ahora, pero vamos a tener que cambiar si queremos seguir existiendo".

Nadie lo escuchó. Oyeron, eso sí, los acordes de country rock típicos de la banda, los coros pegajosos y la letra lúgubre de la canción, y comenzaron a tejerse conjeturas sobre cuál sería ese fantasmagórico hotel en el que Henley se inspiró.

Uno de los que se robó el nombre fue el Hotel California, en el pueblo de Todos Santos, México, donde se especulaba que el vocalista de la banda había vivido durante un tiempo. Los Eagles, sin embargo, nunca aceptaron que fuera un hotel específico y, por el contrario, siempre decían que habían escrito la canción como "un microcosmos de California, de Estados Unidos y del mundo".

Up ahead in the distance, I saw a shimmering light (Adelante, en la distancia, vi una luz trémula)

La foto de la portada del disco, sin embargo, dice otra cosa. Son las torres españolas del Hotel Beverly Hills, mejor conocido como "el palacio rosado".

Según David Alexánder, el fotógrafo, "muy pocos sabían que era ese hotel. Estábamos en el negocio de crear fantasías y eso era. Una fantasía".

También me lo pareció a mí cuando llegué al final de una calle amplia, salpicada de mansiones. Un seto verde impedía ver algo distinto del nombre del hotel y sus torres. Adentro, el lobby resplandece tanto que aturde. Arañas de cristal iluminan las sillas de terciopelo rosado y los tapetes producen la sensación de estar en un sueño… un sueño un poco lobo, pero un sueño al fin y al cabo.

Construido en 1912 en la propiedad de Burton Green, que en realidad era dueño de toda la ciudad de Beverly Hills, el hotel se convirtió a mediados de los años treinta en el lugar de residencia y visita de todos los artistas. Clark Gable, Gloria Swanson y Marlene Dietrich eran asiduos visitantes, así como Charlie Chaplin, que tuvo durante años una reservación para almorzar en la mesa uno del restaurante, el Polo Lounge. Si él no iba, nadie ocupaba la mesa.

Cuando los Eagles se hospedaron en el hotel, ya habían pasado los años de gloria en los que Liz Taylor y Richard Burton se lanzaban platos de un lado a otro del bungalow 5, su favorito, al que pedían de desayuno dos botellas de vodka y repetían la dosis al almuerzo.

Ya no estaba el Cadillac de Howard Hughes, que duró dos años parqueado en la calle frente a los bungalows, sin que la "estricta" policía de Los Ángeles hiciera nada… ni quitarle la maleza que le crecía a los lados.

Ya la decadencia de Hollywood había penetrado en las paredes y había enmohecido los minúsculos baños y los incómodos clósets del hotel, llenándolo de un acre olor a drogas y de una sordidez que parece, por la canción, encantadora. Su dueño desde 1954, Ben Silberstein, estaba viejo y enfermo (murió en 1979) y las fiestas habían pasado de moda.

Después de muchos propietarios y pocos arreglos, en 1986 lo compró el magnate petrolero Marvin Davis, que se lo vendió al Sultán de Brunei un año más tarde, y fue él quien lo cerró de 1992 a 1995 para renovarlo.

Desayuno en el Polo Lounge con la gerente de relaciones públicas del hotel, Wendy Schnee, una rubia californiana de ojos azules y sonrisa perfecta. Schnee me cuenta que el sultán compró el hotel en un partido de polo, pensando que podía convertirlo en su casa, sin saber que, como es patrimonio histórico, no puede tener una función distinta de la original. Como no pudo vivir en él, decidió mantenerlo como una inversión. Sin embargo, nunca lo ha visitado. "Tenemos el piso cuarto del hotel adecuado para el sultán, por si viene", me dice Wendy. "Pero a él le gusta ir al Dorchester, en Londres, que también es suyo, porque dice que ahí lo concibieron sus padres".

Cuando le pregunto a Schnee por los Eagles, se muestra muy segura sobre el origen de la canción. "Ellos dieron aquí un concierto privado, para sus amigos, cuando estaban celebrando los treinta años de Hotel California". Esa es su prueba. Esa y una frase que dice la canción: You can check out any time you like, but you can never leave (Puedes desocupar tu habitación tantas veces como quieras

pero nunca puedes marcharte), que interpreta como si fuera un lugar tan paradisíaco que es imposible dejarlo atrás. Yo creo que más parece un intento de rehabilitación de un drogadicto, pero no digo nada.

Her mind is Tiffany-twisted, she got the Mercedes Benz/ She got a lot of pretty, pretty boys, that she calls friends (Su mente, retorcida a lo Tiffany, tiene el Mercedes Benz/ Ella tiene muchos guapos, guapos chicos, que llama amigos)

"Aquí uno tiene la sensación de que nada malo puede ocurrir", me dice Wendy mientras tomamos café en la misma mesa uno que alguna vez ocupó Chaplin.

Tal vez por eso es que el Hotel Beverly Hills se convirtió en el refugio de las grandes divas en problemas. Cuando caminamos entre los bungalows, nos detenemos en el número cinco, el único con piscina privada y uno de los favoritos de Marylin, que se acostaba con Yves Montand. "Ahí llegó ella vestida con un abrigo de piel y nada más debajo, eso dice la leyenda", cuenta Schnee.

Las cosas no han cambiado. Lindsay Lohan se hospedó durante seis meses en el bungalow 2 cuando estuvo sumida en su peor crisis de anorexia y Britney Spears escogió el hotel para reunirse con su ex, Kevin Federline, y tomar cursos para aprender a ser madre.

"El hotel no permite el ingreso de periodistas más allá de las puertas; entonces, los actores se sienten tranquilos aquí. Muchos que viven en Malibú se quedan a vivir en el hotel mientras filman una película, para evitarse el tráfico hasta los estudios", dice Wendy.

No todos los huéspedes son famosos, por supuesto, pero todos son ricos. Los más excéntricos, según cuenta el personal del hotel, son los de Arabia Saudita, que duermen de día y viven de noche.

No solo salen a los mejores restaurantes y clubes de la ciudad, sino que los almacenes organizan horarios especiales para atender a una sola familia. Ellos no se quedan en ninguno de los 22 bungalows, sino en un piso entero del hotel.

So I called up the captain,/ please bring me my wine (Así llamé al capitán, / Por favor, tráigame mi vino)

El Polo Lounge está repleto. Hay una familia francesa que se prepara para un día de compras, dos ejecutivos en una mesa pequeña frente a la ventana, señoras sesentonas que desayunan con amigas… A simple vista, la carta me parece normal, demasiado normal para lo que uno esperaría en un hotel tan lujoso.

Hay una sopa de tortilla de 12 dólares, hamburguesas, ensaladas y pasta. Una entrada en la carta llama mi atención: Caviar Ossetra Perla Negra del mar Caspio, que cuesta 140 dólares. A mi lado desayunan un hombre con su hijo. Él, unos huevos benedictinos, el niño un cereal. La cuenta asciende a 75 dólares.

El precio de las comidas es tan extravagante como la decoración. Sillones de terciopelo verde oscuro, espejos por todas partes y sobre todo unas hojas de plátano pintadas a mano sobre papel, recortadas y pegadas sobre las paredes, que están ahí desde 1912 y que los empleados consideran su orgullo más grande. La cafetería, que es un lugar más sencillo, resulta infinitamente más atiborrado de gente. Escritores como Dominick Dunne y artistas como Lenny Kravitz comparten mesa casi todas las mañanas para comer unas tostadas con jugo y charlar un rato. Cuando llego ya no hay nadie, pero con seguridad, la actriz Candice Bergen estuvo en la mañana, como todos los días, desayunando en la misma banca en la que la sentaba su padre cuando era niña.

They‘re livin‘ it up at the hotel California/ What a nice surprise, bring your alibis (Ellos viven la gran vida en el Hotel California/ Qué agradable sorpresa, trae tu coartada)

La rumba ha sido el punto fuerte del hotel. El famoso Rat Pack (Frank Sinatra y sus amigos) inauguró las borracheras en el restaurante, pero no eran los únicos que abrían champaña. Los jugadores de polo celebraban sus victorias ahí también, lo que le dio el nombre al lugar (Polo Lounge). La fiesta la continuaron los Beatles cuando se escabullían por la puerta de atrás para entrar a la piscina; luego Vanity Fair en su fiesta de premios Oscar, y últimamente en la rumba más cotizada de la ciudad, la de Dreamworks, la compañía de Steven Spielberg, que hace anualmente una recepción para recoger fondos de caridad y a la que todos los que son alguien quieren ir, eso sí, pagando 11 millones de dólares la entrada.

Aparte están los conciertos privados como el que dieron los Eagles hace nueve años, y como el que dan los Stones a sus amigos y a los empleados del hotel que quieran sumarse a la fiesta interminable.

Mirrors on the ceiling/ The pink champagne on ice/ And she said we are all just prisoners here of our own device (Espejos en el techo/ El champagne rosa helado/ Y ella dijo aquí todos somos prisioneros de nuestro propio ardid)

Tal vez la parte más lujosa del hotel sean las 204 habitaciones y los 22 bungalows, cuyos precios oscilan entre los 500 y los 4.000 dólares la noche. Durante su redecoración se extendieron los clósets, se ampliaron los baños y se forraron en mármol (unos verde, otros rosado, otros blanco), aun a costa de reducir el número de habitaciones. Algunos bungalows tienen piano, sillones, esculturas, y aunque la mayoría son de una habitación, hay hasta de cuatro cuartos, todo decorado al gusto de Los Ángeles, opulento pero no necesariamente elegante.

Los 600 empleados del hotel, muchos de los cuales hablan cinco idiomas, consideran un reto más que una carga las demandas de los huéspedes. "Lo normal es que cuando vengan envíen antes una lista de necesidades", dice Wendy. Así, el minibar en el que uno puede sacar una chocolatina rellena de maní o una botellita de Sello Rojo, resulta un concepto anacrónico. Para eso está el room service. Para atender todos los caprichos de los huéspedes, no importa qué tan complicados sean.

¿Hasta el periódico de mi país directamente en la puerta de mi habitación, pregunto yo. Wendy me mira con sus ojos transparentes, ladea un poco la cabeza y me contesta con toda la cortesía que puede: "Eso se da por descontado".

Luego me cuenta la historia de un actor inglés que tiene un perrito llamado Arthur. El hotel permite la entrada de perros pequeños (no gatos), y este animal en especial es uno de los favoritos de los empleados. Arthur, como buen can inglés, debe tomar el té a las cinco de la tarde en tacitas marcadas con su nombre. Tiene un guardarropas amplísimo en un clóset del bungalow donde se hospeda su dueño (Wendy no puede decir quién es) y el animal recibe a diario un hueso con su nombre en pastillaje.

Los perros reciben un tratamiento casi igual que los bebés. "Cuando nace el hijo de uno de nuestros huéspedes, nos volvemos locos. Mandamos a bordar el nombre del bebé en sabanitas, almohadas, ositos, todo, para que cuando venga encuentre una cuna con todo hecho para él", dice Wendy.

They stab it with their steely knives,/ But they just can‘t kill the beast (La cortan con sus cuchillos acerados,/ pero no pueden matar a la bestia)

¿Por qué entonces los Eagles terminan intentando huir?

Después de un rato de caminar por los jardines, de ver los bungalows, de hablar con el peruano instructor de tenis y que esta mañana dejará ganar al actor cómico John Lovitz, yo también quiero huir. Este lugar paradisíaco de jardines frondosos, de excesos inimaginables, de fama, de belleza, de dinero, termina por asfixiar.

Aquí todos parecen tratar de matar a la bestia. Entran para sentirse alejados de la fama, de las apariencias, pero al tiempo se encuentran con lo mismo: con la fama, con las apariencias. Con sus espejos. Y no siempre les gusta lo que ven.
 
VEA LAS OTRAS CRÓNICAS DE ESTE ESECIAL
 
Así es... Buena Vista Social Club
Así es... Carmen de Bolívar
Así es... Alsur,alsur,alsur del cerro de Pacandé
Así es... Corrientes 348
Así es... El lago azul de Ypacaraí

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.