El cielo todavía es azul en Ypacaraí. Por eso quizás, porque el cielo se refleja en sus aguas, el lago cercado de cerros desprende un color azul verdoso, bajo un cielo que ostenta limpidez.

La licencia poética que habla de un lago azul en la canción Recuerdo de Ypacaraí no estará tan vigente, dada la contaminación del lugar, pero el tema sigue sonando en el mundo como una postal musical del Paraguay, aunque principalmente como la obra más emblemática de un músico paraguayo, Demetrio Ortiz (1916-1975). Esa célebre composición es la canción paraguaya más conocida en el extranjero, una guarania que trascendió fronteras. Innumerables versiones, hasta en distintos idiomas, han surcado sus notas musicales como los botes que surcan el lago.

La versión original, compuesta en 1946 por Demetrio Ortiz, tenía letra en guaraní y evocaba una anécdota que le tocó vivir en San Bernardino cuando, según me cuenta María Esperanza Ortiz, hija única del compositor; estaba hospedado en un hotel después de las actuaciones. Una tarde, vio a una joven a quien saludó, y ella respondió con una sonrisa. Ortiz la siguió hasta su casa y cuando la vio salir nuevamente, le habló durante un breve trayecto.

Fue así que supo que ella había presenciado su actuación la noche anterior, porque le gustaba la música paraguaya, y quedó sorprendido al escuchar lo que ella le cantó allí mismo, al entonar las viejas melodías en guaraní que luego citaría en la letra.

De esa conversación breve, adornada por los cantos de la muchacha, quedó también la promesa de volver a conversar en Asunción, pero eso no ocurrió porque poco tiempo después de ese encuentro llegó la revolución de 1947 y, en pleno caos, Ortiz partió a Buenos Aires. Nunca más volvieron a verse. Ignoraba también qué destino pudo haber tenido la joven. Jamás dijo su nombre. Con todo aquello, ya lejos de su patria, en un momento triste, Ortiz creó Recuerdo de Ypacaraí, así, con el título en singular, según aclara su hija María Esperanza.

La kuñataí (muchacha, en guaraní) que inspiró esta canción es un verdadero misterio, así que el verso aquel de ¿dónde estás ahora, kuñataí, seguirá vigente por siempre.

El futuro músico Demetrio Ortiz debió desempeñar múltiples oficios hasta que se encontró con una guitarra destrozada que fue arrojada a la calle después de una pelea. Con ella, ya remodelada, pasó por diversas agrupaciones y giró por muchos países. Su primera composición es la guarania Mis noches sin ti, dedicada a su madre; otra canción conocida es Esperanza mía, muy apreciada en Colombia, según me han dicho. Incursionó también en otros escenarios escribiendo una obra de teatro en guaraní, de contenido social, que enfoca el drama vivido por los paraguayos en la revolución del 47. Su autobiografía, publicada en 1986, se reeditará en breve.

Aquella guitarra, que Ortiz apodó "la morena", era su favorita y siempre componía con ella en sus manos. No es de extrañar que hoy sea la pieza central del museo familiar que preserva María Esperanza. En una esquina nos observa el autorretrato del compositor, en la otra, una pintura del lago hecha por él, acaso añorando su país desde lo lejos.

Le llevó algunos traspiés a Recuerdo de Ypacaraí llegar a ser lo que es. Al principio, los músicos creían que se trataba de un bolero y no entendían muy bien su musicalidad. Algunos de ellos, incluso, hasta se negaban a interpretarla. Con el tiempo, para los músicos paraguayos que trabajaban realizando presentaciones en el extranjero, esta guarania llegó a ser algo así como el sello infaltable de su pasaporte.

Después de la primera composición en guaraní, entre 1948 y 1950 Ortiz le puso la letra en castellano creada por la argentina Zulema de Mirkin, a quien el autor narró su anécdota inspiradora para ser incorporada como un nuevo texto. Poco a poco, la canción fue remontando épocas y países y se volvió ineludible en todos los repertorios. En Paraguay jamás deja de oírse: está presente tanto en las primeras lecciones de música de las escuelas como en toda gala folclórica que se respete.

Paradójicamente, la autora de los versos vería el lago Ypacaraí, por primera vez, en el año 1995, en el otoño de su vida. Seguramente sintió tristeza por tardarse tanto tiempo para venir a un lugar que ya estaba unido a su nombre. Y aunque el paisaje no ha perdido belleza, es de suponer también que le habrá causado pena ver el estado en que se encuentra el lago.

Es que la imagen del cuerpo de aguas refulgentes ya no es la misma que idílicamente menciona la canción. Rodeado de serranías que convierten al lago en una profunda olla receptora, ya no tiene la misma profundidad media, que era de tres metros, y la condición de sus aguas empeora, porque los humedales y las concentraciones de plantas acuáticas como el pirí y que existían en el área de las bocas de los arroyos, están desapareciendo. Para complicar más la situación, los arroyos alimentadores van perdiendo caudal por la sedimentación y los desvíos artificiales de sus cauces.

Alrededor del lago destacan tres ciudades. Areguá, la primera de ellas, es una apacible villa veraniega de antaño con hermosas casonas, con abundancia de fresas y piezas de alfarería. La otra es San Bernardino, la villa veraniega en Paraguay, muy concurrida en época vacacional. Durante el verano, sus playas son tomadas por marcas de cervezas, gaseosas y cuanta empresa pretenda animar a los consumidores. Tanta "sana competencia" no solo satura las vacaciones con la misma oferta banal, sino que además contribuye al aumento de la contaminación en los alrededores del lago. Al otro lado está Ypacaraí, que de las tres es la ciudad más ligada a la música y en donde descansan los restos de Demetrio Ortiz. En 1971 se inició allí el llamado Festival de Ypacaraí, cuya primera edición fue en su homenaje. Desde sus inicios, la festividad buscó preservar la música paraguaya tradicional, pero las luchas políticas y las reivindicaciones sociales se fueron colando, lo que hizo que el dictador Stroessner lo clausurara por tres años a partir de 1986.

Por el entorno de las tres ciudades corre una brisa apacible, a veces contrastante con la realidad del lago. Apenas al llegar, Roberto, el fotógrafo, bromea cuando una partida de pájaros negros se avecina. "Ya cambiaron de plumaje de tanto sumergirse en el lago", dice. Y de veras pareciera ser así. Basta mirar el tenue oleaje gris de la costa, donde se forma una espuma que asusta. Mejor mirar el paisaje y no bajar la vista hacia el agua: esa parece ser la tácita recomendación que todos hacen en la zona.

El lago parece aletargado. Hay calma, pero el lugar necesita ser saneado y revitalizado. Se ven botes dispersos, algún camalote suelto, parejas bajo la sombra de los árboles. En el pequeño muelle hay gente que pesca aunque, probablemente, nada pica excepto algún desperdicio. Hay jóvenes que aprovechan la brisa de la tarde y se sientan a estudiar sobre las maderas resquebrajadas del muelle.

Antes de retirarnos de la costa, escuchamos ladridos y gruñidos. Se agita la arena durante una pelea de perros. La escena me trae a la memoria a las autoridades que solamente pelean por un cargo público (zoquete, le decimos aquí), las mismas que para evitar que se diga que nada hacen por mejorar la situación del Ypacaraí ponen carteles tan visibles como risibles, a veces plagados de errores: "Se advierte a todos los usuario (sic) de la playa municipal de la ciudad de Areguá que las condiciones del agua del lago se encuentra (sic) por debajo de la clasificación aceptable (…) Queda bajo responsabilidad del público usuario el ingreso al agua de la playa". Un cartel mal escrito no es una política de saneamiento para recuperar el lago. Mientras tanto, los proyectos y los estudios serios no salen de los cajones de los despachos públicos.

No es secreto que el lago azul de Ypacaraí está contaminado. Aquí, lo pintoresco cede a lo grotesco. Coliformes (bacterias que son seña indudable de contaminación) y residuos industriales nadan en sus aguas; tan solo en la cuenca hay más de cien industrias en actividad, incluidos frigoríficos, fábricas de jabón, mataderos y curtiembres. A pesar de eso, de las evidencias flotantes y del irónico cartel de la municipalidad, siempre hay gente que se baña en las aguas del lago.

Debido a las características del ecosistema y el desarrollo de la zona, la calidad del agua está empeorando y se teme que el lago pierda su valor como lugar turístico y recreacional, a pesar de que un recurso natural de estos siempre será fundamental para un país mediterráneo. Hay extranjeros que dicen que con Ycaparaí, los paraguayos nos olvidamos de la falta de mar. Evidentemente no es así, pero sí es verdad que todo esto nos refleja como país; porque allí se exhibe de manera natural la situación de Paraguay: bello de lejos, pero abandonado. Recubierto por algas en corrupción. Bañado por un oleaje que va de la costa de la polución a la de la corrupción.

Mientras, la célebre canción sigue siendo la misma y está a salvo.

Pero, ¿quién salva el lago? ¿Alguien por aquí alzó la mano? Seguramente algún candidato político, como no, a la espera de obtener votos para las elecciones generales del próximo año.
 
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