Alcancé a ver la mancha oscura y antes de que pasara una milésima de segundo sentí el impacto contra mi frente y luego la mancha oscura empezó a crecer hasta borrarlo todo. Fue como estar en la Torre Norte, justo en el piso 94, ese maldito amanecer del 11 de septiembre. Solo que ellos, a diferencia mía, no habían elegido estar en la trayectoria de ese Boeing. La voz del me trajo de vuelta y lentamente volvieron las formas y los colores. El avión que me había impactado era un Everlast rojo de 284 gramos y 10 onzas, piloteado por un tal Orlando Torres de casi dos metros y más de 180 libras de puro músculo que permanecía expectante en una esquina neutral.

El árbitro volvió a preguntarme si quería seguir y, a pesar de que la vocecilla interna de mi sensatez estaba ronca de tanto decirme que dijera NO, dije SÍ. El árbitro, que me había abrazado luego de ese terrible golpe para evitar que cayera y que aún me sostenía, dijo “box” y mi rival empezó a hacer fintas para evitar mis desesperados golpes. Me di cuenta de que nada cansa más a un púgil que los golpes perdidos en el vacío. Son esos los que convierten tus brazos en dos inofensivos colgandejos repletos de plomo, los que te arrugan el alma y te hacen pensar que eres un pedazo de mierda incapaz de conectar un golpe al infeliz que te está destrozando. La campana puso fin al segundo asalto.

La pregunta obligada es: ¿cuándo putas acaba esta pesadilla? Supongo que miles de boxeadores se habrán hecho esa pregunta, miles de sujetos al borde del K.O. que solo desean ser tragados por la oscuridad y despertar en una confortable cama, al lado de una esposa suave y comprensiva. Pero es más fácil encontrar, en el vasto y huraño mundo, una esposa suave y comprensiva que salir de un ring, muchos ni siquiera lo han logrado. La segunda pregunta obligada es: ¿por qué entre más escupo el jodido balde, más se tiñe de sangre? No, la segunda jodida pregunta es: ¿qué demonios hago aquí?…

Todo empezó cuando alguien me dijo que SoHo buscaba un perfecto idiota capaz de hacer cinco asaltos con un boxeador profesional y luego escribir la crónica de esa experiencia. Claro que la regla No. 1 a la hora de relatar experiencias es sobrevivir a ellas y eso no está garantizado dentro de un ring1. La campana pone fin al minuto de ¿descanso? Con la cara embadurnada de grasa y cremas que intentan taponar mis heridas, voy al centro del ring. No se preocupen, no quiero vencer al hermano mayor de Tyson, sólo pido aguantar hasta el quinto asalto, se lo juré a mi chica y si no cumpliera mis juramentos no sería un perfecto idiota.

El instante del golpe es abstracto2, es como si le pegaran a otra persona. El sonido llega de lejos y luego viene la sensación de dolor que es borrada de inmediato por otro golpe y así hasta que te acostumbras y ya no sientes sino la sensación de sentir. Estás allí frente a una máquina de lanzar y esquivar golpes y se supone que tú eres una. Glup… Cada quien quiere conectar su mejor golpe pero pronto te das cuenta de que este mejor golpe no suele ser el más fuerte sino el más oportuno. Dentro de tu cabeza hay un reloj que marca tu desgaste y el de tu rival y la clave está en sacar ese golpe perfecto en el momento justo que su desgaste esté ligeramente por debajo de tu fuerza. En el ring todo sucede aprisa y se debe estar atento a los detalles, eso que es invisible desde afuera. Pero un buen boxeador, luego de dos asaltos, conoce a su rival tanto como conoce a la mujer con la que ha pasado media vida y si no logra hacerlo, en ambos casos, sufrirá las consecuencias. Si te confías, el rival pude engañarte con la misma facilidad que tu mujer.

Lo peor es cuando conectas tu golpe favorito y no haces mella en tu enemigo, cuando sabes que aguanta y pega más que tú. Pero ese es apenas el comienzo de la historia porque superar al más fuerte es la razón por la que existe el boxeo. Sin esa razón Alí jamás hubiera vencido a la máquina más perfecta que se haya visto en un ring, a George Foreman.

Ningún boxeador en todo el universo habría podido vencer a Foreman aquella vez en Zaire, pero para entonces Alí ya no era un boxeador, era un artista. El improvisado árbitro es el entrenador Manuel Pérez Tafur. Su misión es conservarme vivo para que pueda escribir la crónica de SoHo. Se supone que a mi rival, que es el campeón nacional de peso crucero (y eso parece, un oscuro e imperturbable transatlántico), se le había advertido que sería una exhibición, algo para que yo tomara apuntes pero el ring tiene su ley y la ferocidad fluye. Cada vez que su guante roza mis heridas siento escalofríos y ganas de matarlo y entonces golpeo tan fuerte como puedo y él grita “más fuerte” y lo golpeo hasta que logro cazarlo donde le duele y le grito “¿a qué te supo eso, eh?” y entonces me conecta un par de rectos y mi rabia aumenta y le grito “más fuerte, ¿acaso no puedes pegar más fuerte?” y Manuel interviene para recordar que la pelea no va en serio.

Uno puede ser noqueado o acostumbrarse a los golpes y sólo deambular al borde del K.O. Algunos boxeadores incluso han ganado peleas estando noqueados3. “Campana, campana”, grita Manuel. Fin del tercero. Manuel me pide que tome un descanso de cinco minutos antes del cuarto asalto, voy a negarme pero mi rival en persona viene y me dice que haga caso. Me quedo sentado en mi banco mientras Manuel trabaja en mi cara para reparar los daños. Una de las costillas también me duele y quizá esté rota pero, como mi meta es aguantar los cinco asaltos, me guardo el secreto. Sé que Alí ganó una pelea con la mandíbula rota y Pambelé noqueó a más de uno con la derecha fracturada.

EL OSCURO CALLEJÓN DEL K.O.

La tercera pregunta obligada es: ¿por qué rayos pienso que puedo aguantar cinco asaltos? No había pensado en eso, sólo discutí con mi chica. Ella no quería que intercambiara golpes con nadie y menos con un boxeador de verdad. Trató de asustarme diciendo que me iban a matar en dos asaltos y yo le dije que podría aguantar cinco. Punto. Reflexión obligada: siempre que una mujer trata de salvarte, te hunde. No es su culpa, ella no diseñó la naturaleza humana.

Como no podía dar marcha atrás (yo tampoco diseñé la naturaleza humana) me dirigí al gimnasio y le pedí a Manuel que me entrenara y me consiguiera un rival. El se rió pero le dije que era en serio. Me dijo que si me subía a un ring me matarían en dos asaltos (él tampoco diseñó la naturaleza humana). Le dije que en la adolescencia había hecho algunos combates como boxeador amateur en Cartagena y estaba seguro de resistir cinco asaltos con un boxeador poco experimentado. Me dijo que un boxeador poco experimentado me mataría, que era mejor uno veterano porque sabría pegarme sin dañarme del todo. Acepté y enseguida empecé mi entrenamiento.

Un gimnasio de boxeo, por pobre que sea, es un sitio soberbio. Los chicos entrenan con absoluta concentración y la exigencia física es casi intolerable. Los entrenadores no pierden de vista a sus pupilos y cada orden va seguida de terribles insultos pero ninguno de los chicos se atreve a rechistar, entienden que esos insultos son parte esencial de la rutina y les prepara el pellejo mientras llega el veneno de las graderías sedientas de sangre. Trato de seguir los movimientos pero 40 abdominales por minuto rebasan mi resistencia, los demás siguen hasta completar ocho mil y luego hay que saltar la cuerda, afinar la técnica frente al espejo, golpear la peraloca y el sandbag…

El ritmo es frenético y yo, a duras penas, soporto los embates de mi propia sombra. Lanzar golpes es algo que cualquiera puede hacer, lo mismo tratar de evitarlos: el boxeo nació con el hombre, con el instinto básico de joder y no dejar que te jodan. Se sabe que, como casi todas las cosas, fue inventado por los griegos. Homero lo menciona en la Ilíada y otro griego, un historiador, creo, le atribuye a Teseo la patente4. No se trata solo del sórdido combate con el Minotauro sino de otro montón de hazañas logradas a nudillo limpio. Virgilio, a su vez, relata que se combatía con manos y muñecas vendadas con piel de buey cruda, en cueros y con el cuerpo untado de aceite. Luego los romanos, cuya sutileza es por todos conocida, reforzaron las vendas con metal para darle más emoción al asunto.

Lanzar golpes y tratar de evitarlos es solo el principio pero si en verdad quieres sobrevivir, aunque sea unos pocos asaltos, debes tener la agilidad de un mono, la velocidad y reflejos de un guepardo, la resistencia y tenacidad de un rinoceronte y la potencia, puntería y capacidad destructiva de un misil con cerebro electrónico. Para llegar a la cúspide se necesita, aparte de todo lo anterior, ferocidad, nervios de acero y una total ausencia de compasión. No olvides que enfrente tienes a alguien que quiere hacerte escupir sangre. Puede que antes de entrar a un ring tengas en mente cosas como el honor, la patria, el dinero, la fama o simplemente demostrarle a tu chica lo duro que eres. Una vez estés dentro sabrás que lo único que importa es salir con vida. Eso es lo que está en juego y por eso ningún deporte puede competir en emoción y riesgo con el boxeo, el boxeo no es un deporte, es la vida misma en su forma más elemental y altanera: la vida sin encajes, sin perfume ni avisos multicolores.

Recuerdo que en 1983, luego de la muerte de Kiko Bejines (causada por los golpes de Alberto Dávila) hubo la consabida polémica mundial y algunas asociaciones médicas y ligas de la moral y hasta los defensores de los pollos congelados pidieron la prohibición de este deporte. Del otro lado estaban quienes defendían el boxeo y, entre una variedad de sesudos argumentos, esgrimían las frías e incontrovertibles estadísticas para demostrar que en cuanto a muertes otros deportes lo superaban.

A mí los hipócritas que pedían prohibir el boxeo me tenían sin cuidado, sabía que las prohibiciones, aunque aumentan los costos, atizan la pasión, mejoran la calidad y multiplican el número de seguidores de lo que prohíben. Los defensores quizá resultaban más patéticos: nunca he creído que el boxeo necesita defenderse como tampoco los delfines rosados aunque hay mucha gente que vive de fundar ligas y recibe mucho dinero de gobiernos corruptos por cuidar el trasero de los delfines rosados o la monogamia de los cuervos. Insisto, y esto va para detractores y defensores, en que la belleza del boxeo reside en que retrata como ningún otro deporte la condición humana. Es el único deporte donde golpear, herir o asesinar es razón y forma. El árbitro sólo interviene para evitar que los rivales dejen de pegarse.

En la mayoría de deportes lastimar o morir está prohibido. Si rompes un hueso en una cancha de fútbol o vas a 326 km/h en un monoplaza de Fórmula Uno y te revientas contra un muro se habla de falta o accidente (en el primer caso se sanciona, en el segundo se investiga para encontrar responsables). El boxeo es soberbio, no admite esa clase de digresiones. El público no exige anotaciones o velocidad sino sangre (el reglamento antes que límite es una coartada). En el ring la rabia y el orgullo imponen su ley. El entrenador tiene una clara filosofía, dice a su pupilo: “¡Mata a ese perro!”

La cuarta pregunta obligada es: ¿estoy obligado a hacer esto? Manuel pide que lo piense, que por amistosa que sea la pelea hay riesgos y que si me descuido pueden matarme en dos asaltos. Le digo que aguantaré cinco. Punto. ¿Quién carajo diseñó la naturaleza humana?

ES MEJOR SER RICO QUE POBRE

Me muevo frente a mi rival con la cabeza gacha, cada vez que trata de acercarse saco mi jab y él responde con ganchos, uno de esos ganchos me caza en la barbilla y levanta mi cara, enseguida trata de rematarme con un recto que apenas logro pasar. Su cara queda enfrente de la mía por un instante y sus ojos, pequeños y fríos como cabezas de alfileres, me detallan. No hay en ellos la mínima cordialidad.

Doy unos pasos laterales y luego retrocedo hasta encontrar las cuerdas, ese es el límite insalvable. El se me viene encima, trato de golpearlo pero no lo encuentro: sí, está allí, moviéndose enfrente, a unos treinta centímetros de mis puños que se pierden una y otra vez en el vacío creado por aquel holograma.

Digamos que está hecho de aire cuando trato de conectarlo pero cuando me golpea se convierte en piedra. El tipo golpea una y otra vez sobre mis pómulos y cejas, la inflamación me quita visibilidad lateral, solo puedo verlo cuando está de frente y él lo sabe y por eso gira a la izquierda y golpea, gira a la izquierda y golpea. Cada golpe cierra más y más mi ángulo de visión hasta que no puedo verlo y sólo divago por el ring esperando el golpe letal. Imagino el aspecto que tendrá mi cara y lo que dirá el celador de mi edificio y lo que se emputará mi chica. Eso jode mucho a los boxeadores. No es fácil llegar a casa y abrazar a tu mujer o a tus hijos con la cara destrozada. Lo más jodido del dolor, lo que más duele, es que joda a los que te aman. El golpe letal no llega y en una de mis ciegas embestidas logro conectarlo pleno en la cara y enseguida se me viene encima y yo me abrazo con fuerza a él, que se sacude furioso, y le grito una vez más “¿a qué te supo eso?” Manuel interviene para separarnos pero me aferro con fuerza hasta que suena la campana. Manuel me ayuda a llegar a la esquina y me aconseja que deje las cosas así. “Falta uno”, digo.

Mientras espero el asalto final (Manuel ha ordenado ocho minutos de descanso) pienso en Benítez, en el caguetas de Benítez recostado en una cama sopesando las posibilidades, las cifras y el miedo atroz a meterse otra vez en un ring con aquel demonio llamado Pambelé. Sí, los titulares decían que había ganado, que era el nuevo campeón mundial Welter Junior, que había controlado a la leyenda de Palenque a través de quince arduos asaltos. Cerca de sus pies una chica rubia duerme con los labios entreabiertos y bajo sus dorados rizos sobresale el borde más rubio aún del cinturón. Aquel cinturón era suyo y la chica y los dólares. Era el rey del mundo y todo habría ido de maravilla si Ramiro Machado, el viejo zorro que manejaba a Pambelé, no hubiera puesto entre las condiciones del contrato la revancha inmediata. Y ahora, en vez de celebrar con todo Puerto Rico, temblaba en la cama de aquella lujosa suite como una hoja en la tempestad. Benítez nunca aceptó dar la revancha. Prefirió las burlas, ser tildado de cobarde y despojado del título antes que enfrentarse por segunda vez a Pambelé.

Manuel sigue aplicándome grasa sobre las heridas, cada vez que le pregunto si ya pasaron los ocho minutos me dice que faltan cinco. Seguro a Nicolino Loche le habría gustado tener todo ese tiempo entre asalto y asalto de su segunda pelea con Pambelé. La primera había sido un 11 de diciembre de 1971. Entonces Pambelé era todavía un chico pobre, no había cruzado la línea y a pesar de estar en plenitud de condiciones se dejó apabullar por la fama, el lujo y toda esa atmósfera sofisticada que rodeaba a “El Intocable”.

Después de todo Nicolino no era solo un boxeador, era el orgullo de un país que sabe agrandar a sus héroes y hacerlos sentir semidioses y que, a diferencia del nuestro, jamás los abandona. El segundo combate fue distinto, Pambelé era el flamante campeón mundial Welter Junior, le había enseñado a un país quejumbroso que se podía ganar y el país lo adoraba. Atrás quedaban escritores, políticos y algunas mediocres glorias deportivas. Pambelé había ido más allá. Sí, desde Palenque, Chambacú y finalmente Venezuela, habían lanzado un brillante cohete negro hacia las estrellas y Nicolino tuvo la desgracia de atravesarse en su camino. Pambelé lo destrozó, hizo que llamarlo “El Intocable” resultara un chiste. Nicolino necesitó ocho cirugías para que su familia pudiera reconocerlo y Argentina supo, mucho antes del 5 a 0, que existía un país llamado Colombia y había que tener cuidado. Pambelé había cruzado la línea y pudo sintetizar su experiencia en una frase que retumba en la memoria colectiva con mayor fuerza que cualquier literatura: Es mejor ser rico que pobre. Él lo supo y lo sabe ahora que recorre las calles de Cartagena como un zombie, ahora que es usado, e incluso se le paga a veces por ello, apenas como símbolo o referencia en películas, videos y canciones. “Tiempo”, dice Manuel. Ocho minutos no duran para siempre.

VOLAR COMO MARIPOSA Y PICAR COMO ABEJA

El ring parece encogerse cuando aquella mole empieza a girar en torno mío mientras amaga una y otra vez con su derecha y me conecta la izquierda en gancho en el hígado. Su cabeza rapada lanza destellos y trato de conectarlo allí pero me evade con un quiebre de cuello. Mi visión ha mejorado un poco y mantengo la guardia alta para cuidar mis cejas. Una andanada de golpes me lleva a una esquina neutral y allí me enconcho y apenas puedo me abrazo a su cuerpo para evitar nuevos golpes pero, abrazado y todo, me castiga el costado con su derecha y el dolor de costilla se hace insoportable. Manuel grita “break” y nos separa.

Doy un paso lateral y enseguida regreso a mi posición y quedo cara a cara con mi rival, veo en primer plano las enormes aletas de su nariz que se tragan el oxígeno que a mí me falta. Él lanza un directo que logro pasar y enseguida lo combino con un cruzado de izquierda a la cara seguido de un recto de derecha; él retrocede un poco y trato de conectarlo con un directo que se pierde en el vacío; él aprovecha y saco un gancho de izquierda que me impacta a la altura del ombligo y me corta el aire. Manuel se mete entre los dos para evitar que me remate. Mi rival espera en una esquina neutral, Manuel dice que ya es suficiente y le digo que voy a terminar el round. Me pide saltar un poco y lo intento, trato de saltar en la punta de mis pies pero parecen pegados a la lona y entonces pienso en Alí, en cómo podía con su peso volar como mariposa. Manuel grita “box” y la mole se me viene encima. Aún logro resistir un par de golpes y justo antes de que se apaguen las luces escucho a Manuel decir “te lo dije”.

Las imágenes de un teatro sin techo donde mi madre me llevaba junto a mis hermanos a ver los dobles sensacionales cada tarde de sábado pasaron por mi mente mientras flotaba en aquella centelleante burbuja roja. La mayoría de veces daban una de vaqueros seguida por una de Kung-Fu. También traían películas de risa donde Cantiflas y Capulina eran los mejores y una que otra de Alí (que entonces todavía se llamaba Cassius Marcellus Clay). Él era el ídolo del barrio, nos gustaba verlo gritar y burlarse de sus rivales. ¿Qué sentirían ellos? Seguro su actitud debió provocar muchos odios pero no creo que eso lo preocupara, al menos no parecía preocupado por lo que el mundo pensara de él… La burbuja se rompe y la cara sonriente de Manuel me da la bienvenida a la realidad, un hilillo de sangre escapa de mi boca. Mi rival me ofrece disculpas y me ayuda a llegar a los baños del gimnasio.

No todo aquel que se sube a un ring lo hace por gusto o por llevarle la contraria a su chica, la mayoría está allí para huir de cosas peores como son la miseria y el atroz anonimato que ésta arrastra consigo. Alí usó el boxeo, como casi todos los que lo practican en serio, para ser alguien. La mayoría de boxeadores se conforma con algo de dinero y un trozo del fugaz pastel de la fama, pero Alí era más que un boxeador, era un genio y él lo sabía. No quería pedazos, quería todo el pastel. Ser el más grande de todos los tiempos era apenas un peldaño en su ambición por llegar como hombre y mito más arriba que nadie. Y así lo hizo: rebasó la miseria y atacó los crueles límites del racismo a punta de orgullo y talento.

Se enfrentó a poderosos enemigos dentro y fuera del ring, cambió su nombre y religión, se negó a defender los intereses de Estados Unidos en una guerra y prefirió ir a la cárcel antes que perder su libertad y con ellos inspiró a otros que empezaron a seguirlo y a seguirse a sí mismos. Subió cada peldaño hasta tocar el cielo con las manos y su orgullo cada vez más inflado complació a unos y lastimó a otros. Todos saben lo que pasó después, el enorme precio de su altanería y lo que debe sufrir sabiendo que quienes lo amaron como a un dios e incluso quienes lo odiaron, hoy lo compadecen. Estando todavía en el cielo recuerdo que concedió una entrevista a Playboy y ante una pregunta sobre lo que significaba para él ser, en ese momento, el hombre más famoso del planeta respondió con una frase que se me antoja la más sencilla, lúcida y soberbia que haya escuchado jamás: “Tuve el mundo en mis manos y no era nada”.

Mientras hago buches de agua salada para detener la sangre trato de pensar en lo que siento pero no siento mucho. Aparte del dolor físico todo está vacío, las ganas de matar a mi rival se han ido y aunque no es mi personaje favorito me resulta familiar verlo hacer sombra en un rincón del gimnasio y seguro podría invitarlo a una cerveza y hablar de eso que hablan los hombres y que los une o los distancia. Me acerco hasta él y le hago un montón de preguntas que responde sin dejar de golpear a un enemigo invisible. Cuando le pregunto a qué sabe el boxeo se ríe, hace una finta y me pide que le responda algo.

–Lo que quieras–, digo.

–¿Qué sabor tienes ahora en la boca?– Me paso la lengua por el borde de los dientes y siento el sabor de mi propia sangre. Él agrega antes de que tenga tiempo de responder: –A eso sabe la vida de un boxeador.

1 Entre 1952 y 1964 murieron 165 boxeadores y solo en 1953 hubo 22 decesos, esto sin contar con el creciente número de lesiones cerebrales y otras consecuencias que suelen ser peores que la muerte.

2 Un boxeador de peso welter puede pegar con una potencia de 248 kilogramos/fuerza. El impacto de sus golpes contra la cabeza del rival hará que el cerebro de éste se mueva como el interior de un huevo sacudido con violencia.

3 Un boxeador puede seguir peleando aunque se encuentre en estado semiinconsciente, esto ocurre debido a una especie de piloto automático desarrollado a través de las infinitas sesiones de entrenamiento.
Seguir peleando según la medicina deportiva es mantenerse en pie y, al menos en apariencia, conservar la guardia. Obvio que en ese estado el boxeador no puede defenderse y menos atacar. Sus músculos cervicales carecen de tono y los golpes recibidos en la cabeza pueden provocar hemorragia intracraneal, edema cerebral u otra lesión.

Maquillaje: Juan Cote para Franklin Ramos. Boxeador: Orlando Torres

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.