Que la soledad es un negocio lo comprueban los avisos que salen en la edición dominical de los periódicos. Agencias de todos los pelajes –desde la gringa que recibe su pago en dólares (US$150) para hacer contactos por internet, hasta una que visité en el corazón de Chapinero (alrededor de US$12 mensuales), donde un mal disimulado proxeneta terminaba ofreciéndome “otros servicios que presta la compañía”– se apoderan de buena parte de los clasificados con promesas de felicidad, compañía y medias naranjas.

La sede del Círculo de amigos (US$40 mensuales), una opción intermedia a salvo del comercio sexual y la frialdad de los computadores, era más bien un apartamento en el simbólico barrio La Soledad. Allí me recibió el día de la inscripción una mujer mayor que tenía (o pretendía tener) un corazón tan grande como sus pechos, dientes amarillentos que parecían tallados en panela y un tono compasivo que producía efectos devastadores. El trámite consiste en entregar dos fotos, pagar la plata, llenar un cuestionario de datos personales y especificar lo que uno está buscando: un rango de edad, de estudios (bachillerato o universidad), el carácter de la relación (seria, amigos o diversión) y algunos atributos de personalidad (tímida o extrovertida, hogareña o rumbera, amante de los animales o de los deportes, etc.). Luego se firma un contrato y lo despachan a uno con la promesa de que entre las 1.400 afiliadas debe estar la persona ideal, y que pronto, mediante teléfono, visita a la agencia o correo electrónico, llegarán las candidatas. La agencia, además, edita una revista en donde vienen, acompañadas por un número de serie y sin fotos, solicitudes del tipo “Tierna, separada, catedrática universitaria, cansada de estar sola, quiere entablar amistad con hombre que le guste la naturaleza, el baile, el teatro y la ópera”, o “Podría amarlo, si él pudiera escuchar mi corazón, tomar mi mano en las buenas y en las malas, y estar dispuesto a entregarse como lo hago yo. Abogada, 27 años, trigueña, rumbera y descomplicada”. Si a uno le interesa, llama a la agencia y le dan los datos.
Aunque llegué a Il Pomeriggio con media hora de anticipación, ahí ya estaba la abogada rumbera y descomplicada de 27 años: era alta, como para no tener que alzar la mirada en el último estante del supermercado, sus piernas eran gruesas pero bien formadas, la piel sobre el vientre se veía un poco apretada, pero no era gorda y al parecer tenía unas tetas frutales que durante la cita no pude corroborar, pues tenía un abrigo que no se quitó, aunque lo tuvo desabrochado y permitía hacerse una idea agradable de las cosas. No era bonita y por su actitud sospeché que no se llamaba a engaños al respecto, pero miraba con desvergüenza y pensé que se trataba de esas mujeres que tienen el efecto Doppler estético: su belleza llega como una resonancia, algo que recordamos al principio mejor de lo que era y al cabo del tiempo no podemos distinguir entre la realidad y los recuerdos.

De entrada, ella se largó con una disertación, plagada de cláusulas, débitos, créditos y embargos, sobre su trabajo en la parte financiera de una corporación bancaria. Luego cierto sentido del deber nos impulsó a coquetear y terminamos como un par de mancos jugando a las bolitas. En el intercambio de piropos vacíos como “se ve que eres un tipo sensible” y “estuviste muy bien eligiendo el sitio”, había momentos en que nuestras voces se apagaban de repente, como un radio al que se le gastan las baterías. Pero el silencio nunca fue largo, porque pronto nos apresurábamos a llenarlo con risitas tontas o a improvisar cualquier tema, como el clima o el color que el sol le daba a las cosas a esa hora, las seis de la tarde. Habían pasado cuatro horas y a esas alturas ambos sabíamos que éramos radicalmente incompatibles, estábamos en antípodas existenciales. La nena era de las que jugaban con las cartas destapadas, y en un estilo muy vaquero me dijo que suerte, que me fuera bonito y que nos veíamos en el espejo.

Después de una cita fallida –o victoriosa, según el espíritu confesional del cliente–, uno debe ir a la agencia y, en aras de buscar un perfil mejor la próxima vez, decir los motivos de la derrota, dar parte de daños, tratar de juntar los elementos del desastre. Fui muy conciso: la abogada estaba buscando a alguien más estable y con miras más claras que yo, para el caso desempleado que está esperando razón acerca de un proyecto que hace tres meses reposa en la dirección del Ministerio de Cultura. Por mi parte, debía decir que a mí no me había disgustado, y que si encontraban otra parecida pero con menos exigencias, ahí estaría yo, frente a ella, en mi próxima cita.

A finales de marzo, cinco días después de mi segunda visita a la agencia, me recomendaron a Amanda, quien según sus datos era de 32 años, diseñadora, contextura ancha, ojos verdes, risueña y muy espiritual. Una foto que mostraba solo su cara y lo de “contextura ancha” me hicieron pensar que era gorda, lo cual era cierto pero no tan grave como yo temía. Completaré su descripción diciendo que además era muy blanca, tenía unos labios bonitos y pelo algodonoso por exceso de rinse o algún procedimiento que había tenido lugar, horas antes, en una peluquería cercana del Crepes & Waffles donde nos habíamos citado.

Luego de decirme, con cierto pudor, que no se acababa de acostumbrar a conocer personas mediante una agencia de encuentros, me contó sobre un ex novio y una racha de soledad cuyo cauce la había conducido a jugarse su corazón al azar en el Círculo de Amigos.

—Es que ahora es muy difícil conocer gente. A los sitios todo el mundo va emparejado, y además yo no tengo ningún talento para conversar con borrachos. No tomo, no fumo, no me gusta trasnochar. Lo mío es la meditación, el yoga, la comida sana... Con esas pasiones ya te imaginarás la vida social que llevo—, me dijo.

Pero la dignidad se mantiene, y nadie quiere lucir derrotado en circunstancias que hacen fácil suponerlo: cambió de tema y nos pusimos a hablar de cine. Sabía mucho y se lo había visto todo, desde el Acorazado Potempkin hasta Mi pobre angelito 3, pero al cabo de dos horas, dos ensaladas, dos vasos de agua y algunos cigarrillos que yo había dejado de fumar, Amanda me parecía tan atractiva como el himno nacional de Mozambique. Salimos juntos a la puerta y, justo cuando iba a despedirme, ella propuso que entráramos a la función nocturna del Lumière, que quedaba como a tres cuadras. Nos vimos Kandahar. A ella le encantó, pero cuando le dije que me había parecido malísima tardó dos cuadras en opinar lo mismo. Mala señal: se preocupaba demasiado por que estuviéramos de acuerdo. Me alejé con un “Hablamos en estos días”, del cual me arrepentí tan pronto lo hube pronunciado.

Por un precio adicional, los afiliados participan en encuentros que cada dos meses organiza la agencia: veladas con guitarra, cocteles y salidas de campo. A las 7:00 a.m del domingo 9 de abril, un bus en el que iban el chofer, un psicólogo y la dueña de la agencia nos recogió a 31 afiliados. A sabiendas de que iba a asistir, la agencia había invitado a Rosario, una paisa “que me iba a encantar” pero que me dejó con los crespos hechos porque a las 7:30 a.m. no había llegado, su celular lo contestaba el buzón de mensajes y nadie levantaba el teléfono de su casa.

En una finca cercana a la Peña de Juaica, donde legiones de lunáticos dicen haber visto ovnis y tenido contactos extraterrestres, hice ejercicios de relajación y estiramiento en compañía de gentes que me doblaban la edad, pensando que si llegara un platillo volador lo abordaría con tal de escapar. Pero después vino lo peor: el psicólogo, que se llamaba Hildebrando y era medio roscón, nos hizo sentar en un círculo, presentarnos y contar algo de nuestra historia personal para luego soltar una perorata de autosuperación que terminó con todos repitiendo a coro: ‘valgo por lo que soy, tengo lo que necesito, estoy abriendo mi corazón a los demás’. En ese punto, cualquier extraterrestre y yo teníamos todo en común.

La caminata avanzó a ritmo paquidérmico desde las once de la mañana hasta las cinco de la tarde y al parecer fue un éxito, pues había tres parejas prometedoras cuando regresamos al bus. Yo, como es obvio, no había hecho ningún levante. La dueña prometió que iba a cuadrarme otra cita con la tal Rosario, pero yo había acumulado tanto odio hacia ella que le dije que prefería a alguien más.

Al otro día, el lunes, estaba nuevamente en la agencia. La mesita de mantel verde que estaba en el despacho me hizo pensar que podría venir un criado a servir el té, pero pensándolo bien la oficina era bastante clase media para el té y ni qué decir de los criados. Fracasar en una segunda cita (sin contar la que perdí por doble U el día anterior) había agregado un par de curvas en el ceño de la dueña, que esta vez me atendió con un poco más de alegría pero igual incremento de condolencias. Las fotos de mis posibles julietas no me animaron demasiado, pero a lo hecho pecho y escogí a una de ellas, encomendándome a que la explicación de todo se deba a que no es fotogénica.

Era fotogénica, lo cual quiere decir que salía mejor en las fotos.

“No me gustó”, fue lo que dije en la agencia en mi siguiente visita. La dueña quiso saber si le había dado la oportunidad de sacar un poco de su repertorio interior, ese que no enamora por nocáut pero a la larga enamora. En fin, quería saber si había asimilado las enseñanzas de Hildebrando. La verdad, no, y no le mentí porque sabía que a lo mejor estaba enterada de la otra versión. Durante una hora estuve revisando catálogos y marqué algunas de las que me interesaban, pero para la mayoría de ellas estaba descartado porque eran muy claras en pedir citas con extranjeros.

—Hay muchas mujeres que se casan con extranjeros —me explicó la dueña—. A ellos les gustan mucho las colombianas porque dicen que son muy “de la casa”. Aquí tenemos solicitudes de alemanes, franceses y norteamericanos. Hace como tres meses una niña de Palmira se fue para Dinamarca. Hablé con la mamá y dice que le está yendo muy bien; parece que hasta se la va a llevar para allá el próximo año.

—¿Y ella cuántos años tiene? —pregunté.

—Veintidós.

—¿Y él?

—Sesenta y cinco... Pero es un hombre muy vital—se apresuró a explicar.

Me lo imaginaba, pues las solicitudes eran de muchachas muy jóvenes, humildes: manicuristas, trabajadoras de supermercado, estudiantes de bachillerato, que dejaban todos los requisitos en blanco y solo aclaraban que el opcionado no fuera colombiano.

Yo por mi parte había empezado a sentir que era muy sucio eso de andar usando a los seres humanos como si fueran ratas de laboratorio, pero cuando ya me envolvía el torbellino de las culpas, apareció en mi contestador el nombre y el teléfono de, a la sazón, mi cuarta candidata.

Me gustó porque tenía una sonrisa luminosa con hoyitos. Los hoyitos en los cachetes me parecían de lo más sexy, tanto como para enmendar otros detalles fisionómicos en los que me creía irreductible. La visité en su casa, un apartamento en La Macarena que era tan pequeño como el mío, pero tenía mejor vista. Tomamos tinto y fumamos mientras ella me contaba que una hermana suya se había casado con un gringo que había conocido por internet, que tal vez lo de ella era ‘mal de familia’, y se reía. Nos reímos mucho. Después quiso enseñarme –¡a mí!, el robocop del ritmo– un baile tradicional que había aprendido en Martinica, donde vivió año y medio por cuenta de la compañía en que trabajaba.

El humor derribó los últimos bastiones de incomunicación y abrió paso a los temas trascendentales. Cuando me dijo que lo que más odiaba era el engaño, quise morirme, pues yo era el verdadero mercachifle de la soledad; las agencias, por lo menos, hacen algo para remediar el problema, pero yo era un espía que estaba robándome episodios ajenos para contarlos a los demás. Ella alivió mi zozobra con su colección de música antillana. La noche llegó al son de marimbas de guadua y esos instrumentos que parecen una paila a la que se le pega con baquetas. Cocinó unos espaguetis que comimos con vino tinto de cajita y decidí posponer mi partida hasta el momento de haberla vaciado por completo. Hacia las diez de la noche nos habíamos tomado una botella más y habíamos pedido otra a domicilio. Yo pensaba en decirle la verdad y en que se veía más bonita. Le anuncié lo último, quitándole el ‘más’, para restarle méritos al alcohol y endosárselos a su belleza, pero cuando quise revelarle el propósito de mi cita, ella dijo que ese día no se admitían malas noticias; me pareció sensato, porque además ya no estaba muy seguro de las razones que tenía para no haberme marchado.

Ángeles negros vengan a velar mis sueños, salgan culebras por los grifos de mi casa, aniden bichos asquerosos en mis entrañas, se marchite todo cuanto toquen mis manos, porque nunca le dije la verdad, y no volví a llamarla aunque había motivos de sobra para hacerlo, aunque fuera por simple diplomacia o con el propósito, más noble, de agradecer las horas que antecedieron mi partida a las siete de la mañana del día siguiente, ofrecer cualquier disculpa abstracta o buscar un ‘arrivederchi’ menos amargo que el silencio.

No me siento bien por haber escrito esta crónica y no tengo nada que decir en mi favor, aparte de que a veces siento que en mi corazón resuena música antillana y que si no es muy tarde y la verdad no ha dolido tanto, tal vez podamos volver a vernos.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.