Qué propuesta tan loca, me dije, ¿convertirme yo en cajero del banco por un día? Pasaron unos minutos, respiré profundo, traté de asimilarlo, pero el estupor se convirtió en perplejidad y la perplejidad en terror.Mil ideas pasaron por mi cabeza, pero por sobre todo una de ellas quedó marcada: el oficio de cajero es tan delicado y requiere tantas habilidades que, incluso, los clientes miden la calidad del servicio por el tiempo en que son atendidos. Menuda responsabilidad, pero para evitar meterme en camisa de once varas, decidí tomar un curso intensivo y acelerado que, en condiciones normales, dura por lo menos un mes.
Entonces, manos a la obra. Marcela, la jefe de la Unidad de Organización y Métodos, me mandó el manual de funciones del cargo de cajero y así empecé el entrenamiento. Con el material leído, fui hasta nuestra oficina principal en el Centro Comercial Granahorrar y al comentarle a Victoria Eugenia -la Subdirectora- el objetivo de mi visita, me sugirió suplantar a Luisa Fernanda, la cajera principal. Como el título de "principal" siempre tiene una connotación especial, me atreví a preguntarle por el tipo y número de operaciones que tendría que realizar y luego de unas cuantas explicaciones, con las que, en la medida en que avanzaba, mi susto se fue paulatinamente convirtiendo en pavor; ella se apiadó de mí y me hizo una mejor propuesta: "Doctor, en la caja rápida se realizan solamente tres operaciones y todas con tarjeta débito". Respiré y el alma me volvió al cuerpo. De una y cual quinceañero, salté a esa caja a suplantar a Carlos Andrés. Me explicaron los pasos a seguir para consignaciones, retiros y consulta de saldos, en qué momento deslizar la tarjeta, con la cara para qué lado, el código de cada operación, las teclas a oprimir para introducir la información en el sistema y, finalmente, la impresión del recibo con copia para el cliente y para el banco.
Aquí fue cuando recordé las épocas del colegio, pues tuve el cuidado de anotar paso por paso, con códigos y teclas, muy parecido a las "copialinas" de esa deliciosa e inigualable época de la juventud en el colegio San Pedro Claver, en Bucaramanga, con la diferencia de que acá lo hacía de frente y con el conocimiento y aceptación de mis profesores.
Pues bien, con este entrenamiento de una hora, regresé a mi oficina a salir de la mayor cantidad de trabajo posible para poder dedicar el día siguiente a mi nueva labor de "cajero". Claro que no me imaginaba lo que me esperaba, pero fue mejor así.
Por la noche, ya en mi apartamento, me preparé un sándwich, lo guardé en la nevera para, al día siguiente, llevarlo en una bolsita bien guardadito en mi maletín, y comérmelo a la hora del almuerzo, ya que solamente dispondría de treinta minutos al medio día.
Como el sueldo en mi nuevo oficio es de $613.300 mensuales, tengo que ahorrármelo al máximo para que me alcance y, por supuesto, decidí no tomar el bus para ir al trabajo. ¿Entonces? A pie. Jairo, mi conductor, podrá dormir un poquito más y le dedicará el día al mantenimiento del carro. Alisto un paraguas por si acaso.
Me levanto temprano, nervioso, como para estar saliendo a las siete y treinta de la mañana; guardo mi almuercito en el maletín y arranco. Hasta ahora todo muy bien, amaneció despejado y la caminata es muy agradable, hasta que llego a tratar de atravesar la séptima, en el cruce con la Avenida Chile. Allí, un buen charco de agua, los buses y carros pasando y salpicando a diestra y siniestra, tomo prudente distancia para no quedar lavado y esperar el cambio del semáforo. Muy juicioso y cívico, cruzo por la cebra. Y aquí fue Troya pues, al mejor estilo de un novillero, empiezo a sacarles el quite a las busetas y carros que cruzan a tomar la séptima hacia el norte, hasta que, por fin, llego al otro lado, camino dos cuadras más y estoy al frente de la oficina de Granahorrar. Miro el reloj y, sorpresa, falta un cuarto para las ocho de la mañana y no abren sino hasta las ocho. Claro, me falló el cálculo pues el recorrido nunca lo había hecho a pie, pero ese cuartico de hora lo aproveché para vitrinear un poco, lo que me hizo recordar las veces que he acompañado a Martha, mi esposa, en plan de compras.
Por fin, las ocho. Entro con mis compañeros a ocupar nuestros respectivos puestos de trabajo y ellos me miran extrañados, como diciendo "¿y este qué hace aquí?". Los saludo y paso a donde Gladys, nuestra gerente, a ponerme a sus órdenes y me acompaña hasta donde va a ser "mi caja" por un día. "Hoy voy a suplantar a Carlos Andrés -le digo-, pero por favor, no se me despegue ni un momento y no me vaya a dejar meter las patas ni una sola vez, porque un descuadre sería fatal y me lo descuentan de la nómina". "No se preocupe, doctor. Aquí estaré vigilando y cuando sea necesario, le soplo lo que hay que hacer".
Me quito el saco, me remango la camisa y empiezo a organizar los recibos en los casilleros que tengo al frente. Llega Luisa Fernanda, la cajera principal, me hace entrega del dinero que debo mantener como base para las operaciones del día, lo cuento, pero eso sí, con la mirada vigilante de mi suplantado, lo guardo en la caja fuerte que tengo a mi derecha y ahora sí, a esperar la prueba de fuego: los clientes. Todavía quedan unos minutos para que sean las nueve, hora de inicio de atención al público. Ay, cuánto añoro a Patricia, mi supersecretaria, para poder pedirle un tintico o unas llamadas telefónicas, o revisar la correspondencia y dictarle algunas notas. No me queda más remedio que dejar todo en orden, pararme y solicitárselo a Flor María. No sabía aún que este iba a ser el único que podría tomarme en la mañana, pues la tarea sería permanente y no tendría posibilidad de repetirlo.
Ahora sí se abren las puertas y se inicia la atención al público. Primer cliente, quiere consignar pero no trajo la tarjeta débito, le entrego un recibo para esta operación, junto con un bolígrafo, lo llena y me lo entrega. En su mirada creo adivinar su pensamiento: "Tenemos cajero novato". Cuento el dinero, miro las anotaciones del día anterior y. esta no está. Volteo a mirar a Carlos Andrés con cara de súplica, y él me da las explicaciones, tecleo con mi "chuzografía", meto el recibo para ponerle el sello y ¡bingo! La operación es... ¡correcta!
Siguiente... "¿En qué le puedo servir?". Me responde, quiero pagar esta factura del Seguro Social. Otra vez... Tampoco la tengo dentro de mis anotaciones y mi suplantado acude presto en mi ayuda y me sopla el código. Hago la operación, sello la factura, separo el desprendible, cuento el dinero para darle las vueltas, no le hago caso a Carlos Andrés de usar calculadora y es nuestra cliente quien me dice que le he retornado dinero de más, vuelvo a contar y ahora sí le doy el cambio correcto. A todas estas, ya empieza la acumulación de nervios y estrés, levanto la mirada y me encuentro con Carlos, quien de novelero y ante el chisme que ya corría por el banco de que el presidente estaba haciendo funciones de cajero, se había venido a "chismosear" junto con Candelaria y Álvaro, nuestro auditor interno, por supuesto, muertos de la risa al verme metido en semejante berenjenal.
Saca Carlos su tarjeta débito, solicita retirar de su cuenta cuarenta mil pesos, mientras reza para que haya fondos suficientes. Esta operación sí la tengo dentro de mi "copialina" y los fondos le alcanzan. Pone cara de victoria y se retira pensando "el tipo está tratando de hacerlo bien, aunque un poco demorado".
Continúan los clientes, uno tras otro, hasta que llega Flor María: "Doctor, ¿desea que le traiga un tinto?". Y con mucho pesar le digo que no, pues con lo nervioso que estoy, con seguridad soy capaz de meter los billetes entre el pocillo y no en el casillero.
Otros clientes más y ya son las doce y treinta del día, hora de mi turno de media hora para almorzar, saco del maletín el sándwich, lo calientan en la cafetería y lo devoro, pasándolo con una gaseosa que me compran en las afueras del banco y luego de unos minutos de respiro, regreso a mi puesto de trabajo.
Como no hay clientes esperando para atención rápida, me meto de "sapo" a llamar clientes de las otras filas y, claro, otra vez me enredo. Son operaciones que no sé hacer y Carlos Andrés debe salir nuevamente a auxiliarme, y así transcurre el tiempo, hasta que son las tres y treinta de la tarde, hora de cierre de atención al público.
Viene ahora la prueba reina. Recibos, calculadora, sume, reste, cuente billetes, confronte resultados y. ¡cuadro la caja! Sonrisa de satisfacción y comienzan a ceder los nudos que se me habían formado en la nuca y en la espalda, mientras voy armando fajos de billetes por denominación, amarrados con un cauchito para poderlos encintar, entregárselos a nuestra cajera principal y otra vez a la caja fuerte.
Realmente orgulloso y satisfecho, le doy las gracias a Carlos Andrés, mi suplantado, me despido de mis compañeros de trabajo y a casita. Pero al salir, me encuentro con que está cayendo tremendo palo de agua y aquí la disyuntiva: tomo un taxi o me ahorro esa platica. No hay más remedio, debo ahorrarla para no descuadrar el presupuesto de la quincena, espero a que escampe un poco, abro el paraguas y a caminar de regreso.
Al llegar a casa, medio emparamado, los zapatos y las medias húmedas, el paraguas escurriendo, me quito todo eso, me recuesto a descansar un poco, me siento como si me hubieran pasado por un trapiche. Quedo profundo. Eso sí, con una sonrisita de oreja a oreja por haber pasado la prueba, gracias a la colaboración de quienes en el día a día tienen la responsabilidad de mantener en alto el nombre de nuestra muy querida institución.

Cuadrando caja
Granahorrar tiene 135 cajeros en Bogotá y en cada una de sus oficinas atienden entre tres y cinco de ellos, según el tamaño de la sucursal. Entran a las 8:00 a.m., salen a las 5:00 p.m., pero el servicio al público es entre las 9:00 a.m. y las 3:00 p.m., salvo en los horarios extendidos. Para prestar el mejor y más rápido servicio solo tienen cinco minutos para descansar, tomarse un tinto o ir al baño y 30 minutos para almorzar por turnos de a uno en uno. Ganan alrededor de $830.00, incluyendo primas, y si llegan a descuadrarse en la caja deben sacar de su bolsillo la diferencia. La mayoría tiene entre 20 y 30 años y estudia por las noches carreras afines al negocio bancario. Financiarles estudio, vivienda y salud es uno de los estímulos del banco, así como promoverlos de auxiliar de oficina, a cajeros auxiliares, a cajeros principales, a asesores operativos, supernumerarios y subdirectores, según su desempeño. Si este es bueno, pueden en un año ascender a un cargo distinto del de cajero. Requieren una alta capacidad de concentración y manejo de la presión, así como de una preparación de un mes en la que los acompaña un tutor en su trabajo. Cada semestre se evalúa su desempeño.

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