Es una verdad comprobada: los toros no se ven lo mismo desde la barrera que en el ruedo; una cosa es comprar en un semáforo un cigarrillo y otra venderlo. El reto que la revista SoHo me puso sobre la mesa fue grande: ser por unos días vendedor ambulante. En principio parecía una de esas experiencias que están de moda en el periodismo y que tienen gran mérito aunque no sean novedosas; después se convirtió para mí en un remedo de actuación, una prueba como la que les obligan a pasar a los candidatos que quieren ser grandes actores. Al final, el desafío se trasformó en un reportaje a mí mismo. Me daban vueltas los "osos" múltiples que podía estar haciendo. El oso pardo, es decir el de la oposición violenta de los "dueños" del puesto a un nuevo competidor. El oso rosado, o sea, el temor al ridículo; el oso gris, pasar desapercibido y no vender nada ni ser tenido en cuenta por nadie. Cada oso tenía su color y su costo. Darse a una experiencia rodeada de peligros reales es excitante y si uno falla, de todos modos su honra, por lo menos frente a su propio ego, se salva. Pero fracasar en una experiencia intrascendente podría ser peor, porque lo que se juega en este caso es un pulso entre los osos que uno tiene amarrados y la palabra empeñada.
Coger el cartón de cigarrillos, y meterme en el parche de los vendedores de semáforo fue un paso que di, como se tira un suicida al abismo: irreversible. Lo di un sábado a las 11 de la mañana en el semáforo de la calle 76 con carrera séptima. El sol estaba ya haciendo de las suyas en los trancones y en la piel de los vendedores. Los temores, sobre todo al ridículo, me atacaban sin concesión alguna. El "parche" de vendedores me miró primero con curiosidad -lo que me dio un respiro- y luego con una suspicacia que de pronto adquirió tonos serios: "¿quién es usted?", me preguntó un vendedor de aditamentos para celular. La respuesta más fácil habría sido, un periodista, pero ella me hubiera cerrado la puerta que yo quería abrir: trabajar hombro a hombro con los "rebuscadores". Tampoco podía negar a los que a esa hora ya voceaban El Espectador, donde yo escribo. Hubiera podido disculparme diciendo que una cosa es ser periodista y otra columnista, pero, claro, la diferencia les habría sabido a embuste. Les respondí que yo tenía como ellos necesidad de ganarme la vida, y aunque supe que no los había convencido, aceptaron el argumento. Al rato, sin embargo, una de las vendedoras de flores, se me acercó y me dijo: "patroncito, por hoy trabaje, pero mañana búsquese otro puesto, porque aquí ya somos demasiados. Cuente no más: diez aquí por la carrera y otros diez más por la calle, son veinte. Y mire al otro lado: diez más trabajando con los que van de sur a norte". Así era: treinta personas viviendo de márgenes pequeños de ganancia, que logran gracias a la oportunidad de vender algo que suele olvidarse: unas astromelias para la tiniebla, unos cigarrillos para que no falten, un manos libres para evitar el soborno al tránsito. La competencia en los semáforos es feroz. Es la ley del rebusque, impuesta por el desempleo. La gente tiene que vivir, así molesten a los comerciantes y a los niños bien educados en Boston. Porque, debo aclararlo: a los compradores en los semáforos les gusta esta oferta al detal, les evita tener que buscar un parqueadero y gastar media hora en la vuelta. Hay que agregar que -aunque deteste la comparación- en Barcelona, Washington y Los Ángeles, vendedores ambulantes, casetas, tanguis, y demás modalidades de rebusque, son la regla y no la excepción. No hay tal de que allá, en la civilización, se respeta el espacio público y aquí, país de cafres, no. Cualquier disculpa es útil para justificar los intereses de los comerciantes y el monopolio tributario.
Me paré, pues, en el estrechísimo separador de las vías: pero pies, manos y cara estaban paralizados. No sabía cómo romper de nuevo el bloqueo. Alguien me animó con un "hágale paisano que aquí todos somos de los mismos". Me tranquilizó el reconocimiento y levanté el cartón de cigarrillos; grité, por fin, "malboro, malboro". La voz salía como de una caverna, no tenía la música y desenvoltura con que los otros ofrecían su mercancía. Me traicionaban no solo el tono y la dicción -enredaba sílabas y palabras-, sino la posición del cuerpo. Era forzada, no atinaba a saber qué hacer con la mano que no sostenía el cartón; envidiaba la soltura y autenticidad de los verdaderos vendedores. Otro, "hágale" me sacó de las justificaciones, y un, "aquí hay que jalarle a la infantería". En efecto, solo se vende si la gente -me decía alguno de mis parceros- ve el empeño; si uno se está quieto, desconfían". Haciendo cuentas, uno de estos héroes en que se estaban convirtiendo mis compañeros puede caminar entre 20 y 30 kilómetros durante las ocho o diez horas que suelen camellar, llueva truene o relampaguee.
No había remedio. Volví a levantar el cartón y a caminar entre las dos vías. Cuando el semáforo se pone en rojo, los vendedores comienzan a vocear y a recorrer su camino de 40 metros; cuando la luz se pone en verde, se concentran bajo el semáforo. La verdad, no venden mucho. Me confesaba Zacarías, un opita que lleva 18 años trabajando en ese mismo sitio de la ciudad y que ha sacado tres hijos adelante, dos ya en la universidad, que "Ahora, el cigarrillo se vende poco, por lo menos en este semáforo". La gente ha dejado de fumar. Si antes se vendía por cartones, ahora escasamente compran por cigarrillo y con derecho a candela. Ahora están de moda los cables para celular y los chicles ácidos. En ese mismo momento percibí que alguien me miraba. Un viejo amigo, ex funcionario de la Fiscalía. No sabía si mirarme de frente o de lado, si comprarme un paquete o mirar fijamente el cambio de semáforo y, claro, si saludarme o ignorarme. El cambio de luz nos salvó a los dos. Yo seguí más que vendiendo, caminando, "tirando semáforo". Los vehículos pasaban al lado como exhalaciones del diablo. Muchos vendedores han sido golpeados. Efraín quedó renco cuando una camioneta lo atropelló. El "accidente" -dudo en llamarlo así- fue hace 8 meses y apenas hace tres volvió al semáforo. Una cuatro por cuatro blindada y con vidrios polarizados -tan familiares hoy en el norte de la ciudad- le rompió una pierna en cuatro partes. En el hospital medio lo arreglaron. La convalecencia duró seis meses hasta que pudo volver a caminar. Sobra decir que fueron sus compañeros de parche los que le colaboraron para pagar los remedios y no el dueño o el chofer del vehículo. Vista desde la acera, la agresividad de las caravanas de carros blindados -que dejan ver los cañones de sus armas y que no respetan ninguna ley porque gozan de licencias 007- es inexcusable y por tanto insultante para un ciudadano. El hecho escueto es que no reconocen derecho distinto al de su "seguridad" y todas las normas se deben ceder a su paso.
El segundo encuentro fue con mi cardiólogo, que había visitado el día anterior. El hombre quedó mudo. Me trató de saludar con una risita huidiza y medio cómplice con la que quería dejar la puerta de salida abierta, caso en que yo no le respondiera. Como en efecto, para jugar, hice para confundirlo más. Tuve que llamarlo al día siguiente para excusarme. No salía de su asombro. Me dijo, "casi me desencadena un infarto. La próxima vez, por lo menos, responda al asombro".
Pero fue más insólito el encuentro con mi hijo. Manejaba un carro prestado y por eso no lo reconocí hasta que frenó frente a mí y me gritó entre sorprendido y asustado:
-Papá, ¿qué haces? ¡Deja de pendejear y de hacerte el payaso!
-No, hijo, le respondí abochornado, estoy trabajando.
-Me dijo: yo te los compro todos.
-No, hijo, nadie puede escribir por mí.
Mi explicación lo dejó más tranquilo, el semáforo cambió, y se parqueó más adelante. Me miraba tan sorprendido, como un policía bachiller que me observaba desde hacía rato y quien le preguntó por fin a mi hijo:
-Y ese señor tan raro qué será lo que hace, porque lleva tiempo sin vender nada.
-No, pues no sé. Le respondió. Será un hippie viejo.

Molano descubrió que todas las esquinas y todos los semáforos de Bogotá parecen tener dueño. Incluso, Gustavo Petro denunció ue los paramilitares tienen cierto control sobre las ventas callejeras.

En los buses venden de todo:maní dulce y habas fritas, cepillos de dientes, casado de bocadillo con arequipe, crema de concha de nácar, tijeras y linternitas, almanaques, cuadernillos de poesía popular, perfumes apachuliados.

El bachiller tenía razón: en un par de horas yo no había logrado vender un solo paquete. Deduje que el sitio no me convenía y que era mejor buscar un puesto donde el anonimato estuviera garantizado.
Todas las esquinas y semáforos de Bogotá parecen tener dueño o dueños. Y no solo personajes particulares o funcionarios públicos; también, me informaron, con mucho sigilo, hay que pagarle a la ley. No se me hizo tan extraño. El Representante a la Cámara Gustavo Petro ha denunciado que hay control paramilitar de algunas ventas callejeras; la Fuerza Pública argumenta, en cambio, que son las guerrillas las que están infiltrándose en Bogotá a través de los vendedores ambulantes. La verdad es que la guerra no conoce ninguna zona ni actividad vedadas. La empresa privada, los contrabandistas y lavadores de dólares, las industrias de flores, las empresas comercializadoras de frutas y los negociantes de Corabastos usan también a los rebuscadores como sus agentes comerciales. Miles de millones pasan del bolsillo del comprador al detal a las cuentas de las grandes empresas. La cadena es gruesa. Lo cual no podría servir de argumento para perseguir a los rebuscadores con el cuento del espacio público. Un taxista, por ejemplo, usa el espacio público como condición de su negocio. La Alcaldía, respetando el espíritu y letra de la sentencia de la Corte Constitucional (T772-03) está proponiendo un acuerdo con los vendedores ambulantes basado en la reglamentación de espacios, horarios, productos. No será fácil, porque no solo los vendedores viven de sus ventas; los que están detrás hacen con ellos su agosto y, además, porque son muchos. El Banco Mundial habla de 110.000; FENALCO, de 40.000; la actual Alcaldía, de 80.000. Es un problema de magnitud considerable, como diría un editorial de prensa. Bogotá está dividida en zonas de venta, cada una con sus dueños de sitio, con sus familias trabajadoras y con productos específicos. En el sur de la ciudad predomina la venta de líchigo, o sea, verduras, papas y condimentos. Lo necesario para hacer una sopa. En el centro, los vendedores ofrecen gafas, relojes falsificados, cinturones, casetes, videos, CD, cortaúñas y navajas, y en el norte, flores, manos libres y cargadores, carcazas para celulares, lupas, cigarrillos americanos. Mercados especializados y clientela específica. Muchas -si no la mayoría- de estas mercancías son entregadas a crédito por los comerciantes mayoristas a los vendedores, que llaman maneros. Se las entregan contadas y sobre una base de dinero en efectivo que el comerciante retiene y sirve de prenda.
Conocí en un semáforo de la carrera once con calle noventa al más original de todos los vendedores. Es un hombre joven, bien peluqueado y mejor vestido. Se acerca a la fila de carros, saluda con una venia cortés, pero altiva, y sin mediar palabra abre su saco como desplegando un par de alas. Lleva entre los forros y la camisa un muestrario de lapiceros y estilográficas. Están ordenados según precio, marca y color. Los más caros arriba, en el pecho, los más baratos, abajo, sobre la barriga. No los ofrece, los muestra y sonríe. Cuando asoma en su cliente la sombra del interés, le explica: "No son auténticos, no le voy a mentir, pero son de primera calidad. Si le falla, yo se lo cambio". Sobra decir que vendió en dos horas una docena de esferos, mientras mi cartón de "malboro" seguía virgen y yo no había bajado bandera.
El bus
Como en el semáforo, la decisión de vender pañuelitos en los buses la tomé dando el primer paso. Una vez que la buseta frenó en seco, obedeciendo con rapidez la señal que le hice (es lo único que los choferes obedecen), ya no hay Santa Lucía que valga. Sentí haber quemado las naves. No fue sino mostrarle la "mercancía" al conductor, ofrecerle el CVY (cómo voy yo) -como en cualquier institución oficial que se respete- y abordar por la puerta de atrás el vehículo. Cuando se abre, al vendedor se le ha autorizado el abordaje. Que es un verdadero abordaje, porque los choferes más que ningún otro trabajador del país, saben que el tiempo es oro, monedas contantes y sonantes, y se detienen solo el tiempo justo para recoger o dejar su propia mercancía: los indefensos pasajeros.
Abierta la puerta, ya no tuve cómo disculparme. O trabajaba "voceando los pañuelitos" o escondía la mercancía, me hacía el loco y pagaba el pasaje. Sin darle más vueltas al asunto, mostré los paqueticos pocket de cuatro hojas y dije, con una impropiedad rayando en el ridículo: "A quinientos pesitos, tres en mil". Distribuí, como había visto hacer a otros vendedores, los paquetes entre los pasajeros, todos sentados. Son pasajeros profesionales y parecen estar revestidos de una paciencia infinita, cuando las cosas van como deben ir, es decir, cuando ven que el conductor hace todo lo posible por andar rápido. Pero saben también protestar cuando hace pachorra: entonces le gritan al chofer: "Sáquelo del tren que no vamos a llegar". El chofer queda notificado de la protesta y suele hacerse el pendejo otro rato, pero esa voz puede ser apoyada por otra y otra, hasta convertirse la protesta en un motín a bordo. Planteada así la pelea, al hombre no le queda alternativa diferente a acelerar o sacar la cruceta. En general, acepta y "empuja la alpargata". Se da así una especie de democracia directa sin apelación de segunda instancia.
Vuelvo a mi caso, no podía eludir más mi trabajo. Repito en voz alta: tres en mil. La voz se ha hecho menos cavernosa. Pero nadie parece tener necesidad de sonarse ni de limpiarse una lagaña ni menos de limpiar las gafas. Nadie responde a mi oferta. Derrotado, recojo la mercancía pasajero por pasajero. Cuando me pongo cerca de la puerta trasera dispuesto a bajarme, el chofer me mira por el retrovisor, da un pequeño frenazo como para llamarme la atención, y caigo en la cuenta de que le debo el favor: le llevo el pocket. Pero no me bajo por la puerta delantera; le doy al chofer el paquetico y le pago mi pasaje: no quería dejarme pasar revista por los pasajeros que habían hecho caso omiso de mi oferta. Su mirada burlona me haría sentir doblemente humillado. En pleno derecho a mi silla y cupo, vuelvo a ser un observador. Pasar de ser actor a ser observador es un paso trascendental en la vida. De ahí que a quienes nos da miedo vivir, nos volvemos críticos, cronistas o simplemente alcohólicos.

En su jornada se encontro un exfuncionario de la Fiscalía, a su cardiologo y a su hijo, y recorrio muchas veces el mismo andén.

Hay tres momentos peligrosísimos. Primero, el abordaje. Aunque el bus se detiene -no siempre en la orilla de la calle-, el chofer acelera mostrando su afán; la gente se azara y descuida lo que lleva. Es una de las oportunidades del raponero. Si todo sale bien y el bus se aborda, el pasajero entra con una cara triunfante como la del Capitán Ahab cuando logró prendérsele a Moby Dick, la ballena blanca. Pero la sonrisita se le borra rápido cuando comienza el bamboleo, justo al pasar la registradora. El pasajero va de lado a lado por el pasillo. En realidad no se sienta, cae en un asiento, y vuelve a su cara de satisfacción si decir ni mu. El tercer momento es la bajada. Debe literalmente tirarse del vehículo y caer con suerte, puede quedar en la mitad de una avenida o cerca al andén, nunca en él.
Me bajé del bus. Quería intentar una vez más la venta de pañuelitos. Un muchacho, que me dijo ser de Paratebueno (Cundinamarca) con un cuatro bajo el brazo, esperaba un vehículo para poder subirse. Al principio osco, fue abriéndose cuando le dije que yo estaba aprendiendo a vender en los buses. Me dio un consejo:
-Vocéelos sin miedo, pero con cortesía. El público está acostumbrado a que se le trate con franqueza y quien se arruga, es sospechoso. Así que dé la cara, diga qué vende y mire de frente.
Le pregunté si uno se podía subir a cualquier bus. Me respondió que no, que ellos, los músicos tenían un arreglo de colaboración con los Sidautos carrera séptima 106. Agregó:
-Hay una asociación de negritos desplazados que trabajan en la Flota Usaquén en la ruta 20 de Julio-Lijacá. Tienen monopolio, nadie puede tocar música en esos buses y los choferes, como ya los conocen, les abren la puerta.
El muchacho miraba con mucho cuidado los buses, los analizaba desde afuera y desde lejos. Se trataba de subirse a los que no tuvieran antena de radio, que son pocos. En estos, la colaboración para el chofer es menor. Por fin llegó el que necesitaba: se subió por atrás. Yo pagué mi pasaje por la puerta delantera. Iba a comenzar a vocear cuando el llanerito se vino con "una quirpa -explicó frente a su público- que les traigo del Orinoco, tierra de libertad, para todos ustedes.". La retahíla era larga. La voz del cantante muy aguda y clara, rasgaba el cuatro con una habilidad envidiable. Se le sentía el caballo en el ritmo. Cuando terminó su presentación, comencé -haciendo de tripas corazón- la mía:
"Señores y señoras, les traigo pañuelitos de papel; uno en quinientos, tres en mil". Los pasajeros me miraban como si yo fuera un extraterrestre; algunos se reían con disimulo. Nadie alzó la mano. Atravesé el pasillo como un preso que entra por primera vez a una cárcel, con la cara entre los hombros y una sensación de derrota imbatible. El músico se bajó conmigo. En la acera me dijo:
-Lo que pasa, hermano es que usted no transmite seguridad, la gente desconoce su estilo. ¿Cómo se le ocurre vender con esas gafas negras de piloto?
Me quité las gafas y esperé un nuevo bus. Pedí el sagrado derecho al colinche y el chofer me abrió la puerta trasera. Le entregué el paquetico del impuesto y volví a intentar de nuevo. Nada. Nadie tenía necesidad de pañuelitos o quizás eran muy caros. Me senté en la última banca. El chofer iba de afán y manejaba en zigzag, frenaba en seco y aceleraba bruscamente. Subió una señora con paquetes en las manos. Pagó su pasaje y se agarró con fuerza de la registradora para evitar que las cabriolas del bus le hicieran perder el equilibrio. No se movía de la entrada, hasta que un nuevo pasajero entró y la obligó a correrse en el pasillo. El bus no llevaba pasajeros de pie. Un frenazo la botó hacia atrás, la mujer no logró cogerse de los pasamanos y cayó de rodillas, soltando los paquetes que llevaba y poniendo a la vista pública su contenido: papas criollas, cebollas, un plátano hartón y una mata de sábila para la buena suerte. Las papas y las cebollas se desparramaron por el piso. Ella atrapaba unas, mientras otras se le escapaban. En cuatro patas recogió su mata de sábila, y poco a poco, todo el lichigo que llevaba. Hay que decir que mucha gente le ayudó.
Volví a mi intento. Alternar con profesionales no es fácil. En buses y busetas venden de todo: maní dulce y habas fritas, dentífrico y cepillos de dientes, casado de bocadillo con arequipe, tarjetas para celular, crema concha de nácar, espejitos para sacarse espinillas o pintarse los labios, tijeras y linternitas, colombinas, cuadernos para colorear, almanaques, libritos con recetas vegetarianas para la buena salud, cuadernos de poesía popular, perfumes apachuliados. El estudio de la capacidad económica y de las ofertas que pueden interesar a los pasajeros de bus es muy detenido y, agregaría, profundo. Los vendedores venden y la gente compra de todo, menos pañuelitos pocket.
No solo hay estudios de mercado sino venta de información para los choferes. La imaginación de los rebuscadores es infinita. Existe el servicio de golpe. En algunos semáforos de la carrera décima o de la Primero de Mayo hay unos muchachos con un garrote en la mano. Cuando el bus se detiene, ellos golpean las llantas para medir la presión de aire de los neumáticos. Y le gritan por la ventanilla: todas bien, o falta aire en la derecha de adentro. El servicio cuesta y el chofer alarga por la ventanilla, doscientos pesos.
En muchas avenidas de la ciudad, donde los buses y busetas se apiñan unas con otras para ganarse los pasajeros, trabajan unos "informantes", que parados en la mitad de la vía le dan al chofer los datos exactos sobre la competencia en la misma ruta. Le cuentan, con aire confidencial por la ventanilla, cuántos buses y busetas van adelante, a qué distancia y cuánto tiempo le llevan de ventaja. El chofer toma entonces la decisión de ir más despacio, esperando que los usuarios se represen -caso en que se le atraviesa en la vía a sus competidores- o de acelerar y tratar de pasar como sea el rival que lo precede.
En la calle 100 existe una colonia de músicos ciegos que llegan a las 8 de la mañana y regresan a su casa a las 6 de la tarde, "cuando ya no se ve", me aclara uno tomándome del pelo. La mayoría no son ciegos de nacimiento y tienen imágenes claras de la ciudad. Uno, volviendo al humor, me dice:
"Lo que nos tiene jodidos es tanta obra que le cambia de cara a la ciudad, pero a uno lo pierde. Pero, además, es que hacen y hacen obras para ganar. Aquí construyeron andenes, muy buenos para andar. Pero como se les quedó enterrada una pica, ahora han vuelto a abrir todo para buscarla".
Los ciegos viven una tragedia personal y de ahí nace ese sentido del humor. Pero hay momentos que los llenan de rabia: cuando "nos ganan de ojo" y otro músico que sí ve, se sube primero al bus y nos deja "viendo un chispero". Muchos trabajan con su mujer, pero otros tienen que pagar la compañía. Me contaron un caso dramático que ahora que escribo vuelve a dolerme: un viejo que todas las mañanas era traído por un muchacho. Una tarde no apareció para ayudarle a regresar a la casa. El viejo esperó toda la noche. Lo mataron en la madrugada unos niños bien que salían de una discoteca, para robarlo.
Insistí varias veces más en mis pañuelos y logré vender uno a una muchacha que miraba por la ventana del bus y lloraba a moco tendido. Las penas me ayudan. Debería -pensé- vender en rutas que pasen por las funerarias, hospitales o cárceles. Descubrí en uno de esos fallidos intentos otra modalidad del colinche, un arreglo tácito que hay entre el chofer y algunos pasajeros que entran por la puerta de atrás y al no quedar registrados pagan una tarifa mucho menor de la cual el chofer se apropia. La mayoría son estudiantes de bachillerato y obreros. La modalidad es muy habitual y muestra que casi todos los choferes son asalariados. Hacia el sur, el colinche es muy frecuente e inversamente proporcional al número de vendedores que entran a los buses. La razón es simple: hacia el norte, los pasajeros son más pudientes.
Derrotado, me senté al lado de una niña muy bonita, estudiante, sin duda, que había observado mi intento con una mezcla de piedad y simpatía. Le pregunté qué opinaba de la cantidad de vendedores que hay en los buses. Me respondió:
"Para mí, son la razón de montar en bus. Me fascina verlos, comprarles sus cosas, oírles sus cuentos, su música. Son la esencia del mundo del bus. Sin ellos perdería sentido viajar en estos tiestos. Me subo en los más destartalados, los que mis compañeros de la universidad, desdeñan y temen. Para mí, en cambio, son los preferidos, porque son los que tienen más bulla, más vida, más colorido. Si no fuera por esa gente que trabaja y se rebusca, yo iría a la universidad en taxi".

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