La Escuela de Soldados Profesionales (ESPRO) está a tres horas de Bogotá, la última de ellas a través de una carretera de tierra que serpentea entre los límites de Cundinamarca y Tolima como una costura que pretendiera unir ambos departamentos. Cuando llegamos a la entrada, llovía como si del cielo se estuvieran desgajando millones de lámparas baccarat. Recorrimos un camino que de tan inundado parecía un río. A babor, una pista de infantería y más adelante tres cascarones de helicóptero; a estribor, una enfermería, una tienda de gaseosas, un taller mecánico y un lote automotor de jeeps y camiones. El camino terminaba, como una soga de ahorcado, circundando un rectángulo de pasto. Al Este de éste, las barracas de los soldados; al Oeste, vegetación; al Sur, el comedor y el casino de oficiales; al Norte, oficinas. En una de ellas, la única con aire acondicionado, nos presentamos al coronel González Támara. Yo, el periodista que venía a ser soldado por una semana; él, el fotógrafo; aquél, el conductor que ya se va, que vuelve por nosotros el sábado. Era miércoles.

Ardor guerrero
Como era mediodía, el Coronel nos dijo que almorzáramos en el casino de oficiales. Sopa de pasta, arroz, ensalada de zanahoria y remolacha, carne de res delgadita, jugo de maracuyá; banano en la mano. En Bogotá sería un almuerzo ejecutivo de tres mil, en la ESPRO iba a añorarlo como si se tratara de sushi, pues desde entonces comí con la tropa -y comí cosas muy raras-.
La lluvia había amainado. Nos presentamos al capitán Juan Carlos Cabrera -joven, ojos saltones, nariz afilada, actitud de paisa aunque era de Ibagué-, quien instaló al fotógrafo en la barraca de los oficiales y me entregó una dotación completa de camuflado, camiseta y botas, cantimplora, marmita y morral. Luego, la chúler sin piedad, con máquina a ras de cráneo. Una vez rapado y vestido, el Capitán me condujo hasta la barraca de la compañía Cobra 2, donde iba a prestar mis cuatro días de servicio. Allí dejé mis bártulos, hice un curso para tender la cama como me imagino que lo hacen los alemanes sicorrígidos o los japoneses perfeccionistas y recibí las instrucciones básicas para formar, cuadrarme, marchar, dar media vuelta, ponerme a discreción, firme y saludar a todos los oficiales y suboficiales que mediante rombos, rayitas, estrellas y soles debía reconocer. Fue inútil: cada vez que dije bien el rango de alguien fue porque ése me hizo sentir las consecuencias de cagarla (me puso a "voltear", como le dicen a hacer ejercicio) o porque me soplaron los soldados. Terminados los rudimentos del protocolo militar, formé frente al comedor con mis compañeros de Cobra 2. En la fila para recibir el dudoso y humeante contenido de unas gigantescas canecas plásticas, los reclutas me bombardearon a preguntas. "Soy periodista, vengo a vivir esto para luego contar cómo es", les dije. "¿Y va a ir a la pista de evasión y escape?", me preguntó uno de ellos. "No sé, supongo que sí", contesté. Aunque era diez años mayor y aunque ser periodista les pareció poco menos que ser astronauta, sentí que mi respuesta, cualquier cosa que significara, fue la que los hizo mirarme con respeto.

Si digo que la comida fue arroz con pollo, estoy siendo literal, porque la cantidad de pollo con que habían hecho arroz para 800 personas no admitía plurales. De sobremesa, aguadepanela. Adivinanza: ¿tenía más agua o más panela? Bueno, tampoco es para risas porque un soldado colombiano desayuna, toma refrigerio, almuerza y come por $3.473 diarios. Mientras digería mi comida de mil y pico, me presentaron al comandante de Cobra 2, el sargento viceprimero Camargo Cipagauta Édgar: pelo cortado en cepillo, facciones cromañónicas, ojos hundidos, actitud de estoy-a-punto-de-zamparte-un-coñazo. "García", repitió cuando le dijeron mi apellido, se dio vuelta y me dijo que me esperaba en la formación.

Esa noche, entre los cascarones de helicóptero que habíamos visto al llegar, estuve haciendo maniobras de embarque y desembarque, aprendiendo a improvisar helipuertos y acostumbrándome al peso del fusil, la aspereza del camuflado y la dureza de las botas. De regreso, cuando estábamos formados frente a la barraca, el sargento viceprimero Camargo se me acercó y me dijo: "¿Es que usted no se afeita?". "Lo que pasa, mi Primero, es que llegué hoy y..." "¡TIENE TRES MINUTOS PARA AFEITARSE! ¡Y lo quiero ver bien afeitado!". El grito, la mirada asesina y el miedo de quedar mal afeitado por poco hacen que me arranque la cara. Tres minutos después, estaba de nuevo en las filas, Camargo me revisó y luego mandó a toda la compañía, yo incluido, a darle dos vueltas a la plaza.
Estaban trotando por mi culpa, pero ninguno se hizo mala sangre; hasta cantaron una versión marcial de La copa rota que me fue imposible entonar, ocupado como estaba en llevar algo de aire a mis pulmones. En la segunda vuelta me ayudaron con el fusil y con el morral porque yo ya venía desmayándome. Regresé a la barraca como si hubiera nadado con ropa y todo en una piscina de sudor, y cuando sólo pensaba en dormir, oh sorpresa: me asignaron turno de centinela. A las once de la noche, cuando entregué mi turno, me bañé, pues no estoy acostumbrado a las duchas comunales, y me eché en la cama.

Vi morir a un hombre
A las cuatro de la mañana, por orden de Camargo, estuve cortando un rectángulo de pasto que había detrás de la barraca. De nada me sirvió el baño del día anterior, pues a las nueve de la mañana sudaba como un caballo.

Después de que tendí la cama como si hubiera utilizado para ello un kit de arquitectura, el capitán Cabrera me mandó a formar con otra compañía. El mayor Pérez, encargado de la instrucción, arrancó al trote y ordenó que lo siguiéramos. No sé cómo recorrí catorce kilómetros en pendiente y bajo la lluvia, morral al hombro, fusil en bandolera y botas cerriles en los pies. Llámese honor, pudor, terquedad, coraje o inercia, pero nunca estado físico. Hacia la mitad del recorrido, entré en un trance, me volví un piano de una sola tecla: era un do, pero no musical sino el de just do it. Miraba mis piernas, una poniéndose después de la otra sin consultar a mi voluntad, y no conseguía detenerme. Llegué, no entiendo muy bien cómo, pero llegué con la tropa hasta la pista de inteligencia.

Vale la pena aclarar también que llegué a la ESPRO en la décima semana de un curso de doce. Estábamos en los exámenes finales de algo que yo jamás había aprendido pero que al fin y al cabo no me angustiaba porque en un par de días iba a volver a la quietud de mi escritorio, a la comodidad de mi cama, a la tibieza de mi mujer, mientras a ellos en eso se les iría la vida. Era la última vez que lo hacían de mentiras, porque en poco más de un mes ya no se trataba de un juego de vaqueros, con pistolitas de juguete y muertes conceptuales, teatrales. Era la última vez que podían tropezar con una granada, porque eran de plástico, era la última vez que pisaban una mina quiebrapatas sin que ello los cambiara para siempre. La pista de inteligencia probaba su capacidad para haber asimilado las prácticas que podían mantenerlos con vida. Por eso, entre las 9:07 minutos de la mañana y las doce del día, yo, Antonio García, pude ver una metáfora macabra de la guerra en este país.

Bajo una lluvia helada que caía con rabia, nos dividimos en escuadras de siete soldados, nos camuflamos la cara y nos asignamos tareas. Yo era el que llevaba el acta judicial de lo que sucedía, una especie de escribano que después debía entregar su registro a los tribunales y a Inteligencia Militar. El registro sirve para judicializar, hacer levantamientos, decomisos y detenciones, además de ser objeto de estudio para los estrategas de la guerra. Este cargo es importante, pues permite la firma de Boletas de buen trato, que certifican el cumplimiento de las normas humanitarias por parte del ejército. En contraguerrilla, además, hay rastreadores que van adelantados de la escuadra husmeando el rumbo del enemigo, radioperadores encargados de transmitir, decodificar e interceptar mensajes, francotiradores que deben hacer disparos de precisión, navegadores expertos en interpretar los mapas y orientarse, enfermeros que atienden a los heridos, artilleros responsables del mortero, ametralladores que operan la M-60 y adivina adivinador: ¿Qué hacen los granaderos?

Son diez funciones que deben por lo menos concentrarse en siete personas, aunque, según dicen, en Colombia los soldados son un poquito de todo. Toca, porque el enemigo es un archicriminal, como Lex Luthor, que también es un poquito de todo: roba, secuestra, mata, trafica con droga, tortura, estafa y hasta se toma aviones comerciales. "Es por eso que acá vienen los norteamericanos y meten plata", me dijo un capitán, "Colombia es un Vietnam en miniatura, sin víctimas -o al menos sólo tres- y sin meterse en líos con los pacifistas. Sus soldados, cien veces mejor equipados que los nuestros, tienen entrenamiento para guerra irregular pero no tienen la experiencia. La guerra colombiana se libra sin chalecos antibalas, sin detectores de metales, sin rayos infrarrojos y sin microfonitos de cantante". Por eso, el tres de abril vinieron a la ESPRO seis Sargentos Mayores del Comando General del Ejército Sur de los Estados Unidos. Me imagino a uno de ellos preguntando si no será algo que les dan en la comida y al capitán respondiéndole "No, señor: ellos desayunan, almuerzan y comen por menos de un dólar con cincuenta".

En la hipotética persecución de una columna guerrillera, atravesamos escenografías de pueblos, simulacros de casas aisladas, campamentos guerrilleros de utilería e instructores disfrazados de campesinos, cadáveres, alcaldes, curas, putas y niños. La idea era ir recolectando pistas para dar con el paradero de los subversivos y sortear los peligros que acechaban entre el inicio de la cacería y el combate final; el examen consistía en interactuar con los civiles que nos encontráramos y detectar quiénes eran colaboradores, cuál información valía la pena, dónde había trampas, en fin. Todo esto a partir del entrenamiento previo. En un camino que se veía sospechoso, un soldado especializado en detección de explosivos pisó una mina quiebrapatas. Lo vi destrozado, vi chisguetes de sangre volando hacia mi cara, vi una pierna saltar por los aires, lo vi morir y luego me quedé pensando, mientras lo veía irse intacto, que la próxima vez iba a ser de verdad.

¿Podemos ganar?

De vuelta en la ESPRO, mientras la tropa hacía deporte, yo repuse mi maltrecha humanidad conversando con los "cuadros", como en el ejército se les dice a los altos mandos. A todos les hice la misma pregunta: ¿podemos ganar la guerra? Tal vez por verme como uno de ellos -rapado, uniformado y sin grabadora- me dijeron, palabras más, palabras menos, lo mismo: "Así no. Con los recursos que hay ahora es muy difícil derrotar a la guerrilla. Se necesitaría por lo menos el doble del equipo, el doble de soldados, el doble del presupuesto. El presidente tiene voluntad para combatirlos, pero es muy difícil porque la guerrilla no paga impuestos, ni respeta leyes y tratados internacionales, ni fronteras". Así, charlandito, me dijeron que las FARC tienen sendos fortines en Ecuador y Venezuela, que muchos cabecillas deben estar despachando desde allá. Cuando les pregunté por la Ministra, se encogieron de hombros; no le dan mucha importancia. Tres instructores -de estrellas, rayas y rombos que no pude interpretar- coincidieron en decir que el mejor ministro de defensa había sido Rafael Pardo: "Ese man sí peleaba por uno, alegaba por los suelditos y las pensiones. Después nadie se ha querido dar la pela".

Desayuno de campeones

El resto del jueves estuve a merced de Camargo, que se había obstinado en que memorizara, ejercicios y regaños mediante, la Oración a la Patria, una cuartilla de juramentos que no pudo aprender mi cerebro embrutecido. Esa noche, un paseo en Black Hawk me rescató del limbo mnemotécnico y me elevó por los aires. Nunca había montado en helicóptero, por eso la primera vez en Black Hawk fue como perder la virginidad en una orgía. Acostumbrado a ver al Lobo del Aire y al Relámpago Azul en televisión, pensé que el viaje iba a ser calmado y silencioso; nada de eso: el aparato se movió como chalupa en mar picado y sonaba como una fábrica de truenos. De vuelta en la barraca, un baño nocturno para sacarme el sudor y evitar la ducha colectiva del otro día y un turno de centinela entre las once y la una. Ya para entonces, se acercaban algunos reclutas de mi compañía o de las otras a preguntarme "Lanza, ¿verdad que usted va a ir a la pista de evasión y escape?". Al principio respondía que sí, pero después, cuando todo el mundo me decía que yo era un berraco, empecé a preocuparme, a contestar que no sabía. El viernes por la mañana, intrigado, le pedí al capitán Cabrera que me contara de qué se trataba la misteriosa pista. "Simulamos un secuestro guerrillero. Los encerramos, los atormentamos, los amenazamos, les pedimos que confiesen, los amarramos y los humillamos. Eso durante horas y horas; después tienen que volarse y llegar a la ESPRO sin dejarse agarrar. Es la pista más dura". Aunque están a punto de graduarse, muchos soldados piden la baja durante esa prueba.

En el seno de la comandancia se había dado la discusión de si llevarme o no a la pista de evasión y escape, pues los ponía nerviosos que yo me lo tomara a mal, que me pareciera algo salvaje y desalmado. La conclusión había sido que me permitirían asistir a la primera parte de la pista; el resto, los detalles escabrosos, no eran para mí. La verdad, y según pude hablar con los reclutas después, en esa pista no hay mala leche, ni abuso de autoridad, ni brutalidad. Lo que pasa es que ellos no salen a luchar contra los Ositos Cariñositos ni contra Mi Pequeño Pony y sus Amigos: parte del curso de soldado profesional implica conocer y prepararse para los métodos de la guerrilla. De los 28 muertos que pertenecieron a la ESPRO en tres años, muchos de ellos fueron sacados de un bus urbano cuando iban camino a casa; otros fueron secuestrados; hay tres lisiados por haber pisado minas antipersonales (de las verdaderas).

A la pista de evasión y escape no se lleva equipo ni provisiones. Ni siquiera una cantimplora con agua. Noté un ánimo extraño en la tropa ese día, una especie de alegría ansiosa, una tensión que se notaba en los chistes, en el acelere de algunos y el silencio de otros; a Quiñónez, un soldado de Arauca que iba a mi lado, le temblaban las manos. La primera escala de la pista es una charla teórica en que se dan recomendaciones generales, luego pasamos a un claro en la vegetación donde un cabo (de ése sí me acuerdo) nos aguardaba junto a varias cajas de pollitos. A cada uno nos dio uno.
Al país y al ejército aún les duele la historia del capitán Wilson Quintero, tres policías, un soldado y tres guerrilleros que se escaparon de un campamento en Barrancominas, Guainía, donde estaban secuestrados, el 5 de septiembre del 99. Ocho días después, Quintero y sus compañeros de fuga llegaron al caserío de Matas, Vichada, donde pidieron agua y comida y fueron vendidos por un colaborador de la guerrilla. Desde entonces, quedó una lección muy clara: es mejor procurarse el alimento de cualquier manera antes que pedir comida y, claro, si uno está huyendo no puede ponerse a hacer fogatas porque lo pillan. Lo que se necesita es reponer energías, no darse banquetes: por eso hay que aprender a comerse lo que sea. Al término de este argumento, el cabo agarró el pollito, le arrancó la cabeza de un tarascazo y se la comió. Leyeron bien: puso al pollito entre sus dientes y le arrancó la cabeza. Después de que acabó de comerse el resto, nos dijo "¡Qui'hubo a ver, que no empiezan a comerse el suyo!".

Sí, señores: lo negaron cobardemente Ozzy
Osbourne y Gene Simmons, yo no: me comí un pollito vivo. Lo más duro es tragar unas agüitas que rezuma la cabeza cuando uno la muerde y engullir unas vísceras como espagueti que son blandas y largas, pero después uno está preparado para comerse lo que sea, hasta el ojo o el corazón de un chivo vivo... Sí, ésa también la hice. Ahí están las fotos.

Luego de tan opíparo (¿o avíparo?) desayuno, recibí instrucción en formaciones tácticas de combate: un simulacro en el que se practica la toma de posiciones, el repliegue, el avance y los flancos por cubrir. Camargo (ya me caía bien: puro Síndrome de Estocolmo), me ascendió a dragoneante, se trata de un récord mundial en ascensos militares que compensó todos sus vejámenes. Esa noche, di cuatro vueltas trotando alrededor de la plaza y me sobraron pulmones y piernas para un par más, hice un turno de centinela (de una a tres de la mañana, conocido entre la tropa como el turno de las putas) y, por fin, la ducha comunal, a la que ya le había perdido el recelo. Cuando uno ha tenido semejante desayuno, el resto es un villancico. Un bolero.

A mediodía del sábado, el taxi que nos había llevado el miércoles regresó. Ya otra vez de civil, con un inmenso agradecimiento por que me hubieran puesto a sudar, me hubieran enseñado a tender la cama mejor que mi mamá y me hubieran hecho apreciar y hasta amar el almuerzo ejecutivo de tres mil pesos, me despedí del coronel González Támara. Como recordatorio de mi corta carrera militar, me dieron un diploma que dice que aprobé "satisfactoriamente el entrenamiento de 'soldados por un día' en la Escuela de Formación de Soldados Profesionales".

-No es justo -le dije al Coronel-, se dieron garra conmigo durante cuatro días y sólo me
reconocen uno.

González Támara respondió:

-Con lo que hizo aquí a duras penas le alcanza para juntar las veinticuatro horas, García. Si nos ponemos a hacer cuentas, a lo mejor hasta nos queda debiendo.

Soltó una carcajada, me dio la mano y no quiso entregarme tres diplomas más.

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