Al frente se ve un paisaje de ciudad bombardeada. Son las manzanas demolidas de 'El Cartucho'. En la mitad de ese universo de escombros hay una esquina con sus respectivas cuatro fachadas de casas que por el reverso en lugar de paredes muestran los huecos de lo que alguna vez fueron habitaciones, cocinas, baños, salas de estar. Son como esas casas de muñecas que están abiertas del todo por uno de sus costados para dejarnos ver las maravillas de la vida moderna: el estudio atiborrado de volúmenes o la sala de costura repleta de delicadas telas. Solo que desde aquí no atisbamos Barbies, sino indigentes nerviosos que se pierden por los oscuros recovecos de las casas. Si se hace abstracción del resto del paisaje, esa esquina que sobrevive al cataclismo de buldózeres parece el centro de un bazar vivo. Se ve congestionada de gente que no se queda quieta. Todos parecen afanosos compradores, pero lo único que se vende allí es droga.
También, en el resto del sector demolido, sobre los escombros de las casas, pululan cientos de agitados indigentes que levantan y revientan rocas, hurgan entre los restos y caminan inquietos de aquí para allá. No sabemos qué buscan ni nos atrevemos a ir hasta allá para preguntarles. Si hasta han disparado alguna vez contra este mismo edificio cuando descubrieron a un fotógrafo apostado en la azotea del octavo piso. Ir allá es arriesgarse a que lo devuelvan listo para la necropsia. Sin embargo, vimos caminar por ese paisaje marciano a una pareja de adolescentes de clase media que iban tomados de la mano y que de seguro iban a buscar drogas. También vimos automóviles bordeando la zona y a sus conductores llamando a un indigente para preguntarle algo distinto a la dirección de alguna casa. Billetes van y paqueticos vienen.
Así que aquí es donde funciona Medicina Legal. En medio de lo que fuera el surtidor de violencia urbana más generoso que conocieran las grandes ciudades colombianas. Por aquí también pasaron y seguirán pasando otras tragedias de gentes con más recursos y esperanza de vida, como en la noche del bombazo a El Nogal, cuando aquí se hicieron las autopsias de treinta y tres colombianos que apenas unas horas antes celebraban o trabajaban en el más exclusivo club de la capital. Aquí viviremos nuestras próximas cien horas.

Son las siete de la mañana y es viernes. "A mí me gusta que aumenten las estadísticas de violencia", nos dice Máximo Alberto Duque, un paisa entusiasta que dirige la oficina regional de Medicina Legal. No se trata de un vampiro sino de un estratega.
Nos habla de las cifras de la violencia urbana en Bogotá durante el año pasado: por cada cien muertes violentas casi sesenta fueron homicidios; veintidós, accidentes de tránsito, diez fueron muertes accidentales y poco más de ocho fueron suicidios. De cada cien muertos por cualquier tipo de violencia ochenta y cinco fueron hombres y quince, mujeres. Lo que vimos en estos días es que casi todos los muertos los ponen los pobres.
Bogotá es un ejemplo para mostrar en el tema de reducción de muertes: casi 55 por ciento en la última década. Actualmente cada día matan, en promedio, a nueve bogotanos. Sin embargo, las cifras que más le preocupan a Duque y las que le gusta que suban son las de la violencia cotidiana, la que no produce muertos: las riñas callejeras, las agresiones familiares o los abusos sexuales. Algunas de esas cifras bajaron en un 75 por ciento en un año. Esto no significa que los bogotanos le estén siguiendo los pasos a Gandhi, sino que se denuncia muy poco. Detrás de cada caso en el registro oficial hay hasta cinco que no se conocen.
Este hombre amable empezó su carrera forense en la región bananera de Urabá. Su escuela fueron doce masacres como las de la finca Honduras y La Chinita. Así, la violencia, el narcotráfico y la delincuencia en Colombia se combinan para convertir al país en una especie de potencia forense latinoamericana. Duque afirma que esta sede es la única de América Latina con todas las especialidades.
Son veinticinco grupos de trabajo. En biología procesan cada mes 1.180 muestras relacionadas con delitos sexuales; cada semestre, estupefacientes estudia 7.839 casos; toxicología hace 1.500 análisis por mes; existe incluso un departamento de geología que estudia desde las gemas que intentan sacar ilegalmente del país hasta la tierra que traen los zapatos de los muertos para deducir ciertas circunstancias de un asesinato.
Esta mañana un experto del departamento de física trabaja en el caso de un choque de veinticinco carros en la Avenida Boyacá; en balística cotejan balas en un hipersofisticado equipo de setecientos mil dólares gestionado por el Plan Colombia (allá están contentos con él) para saber con certeza qué arma disparó cuál bala.
En narcóticos nos mostraron una partitura
musical, un papagayo de balso, un niño Jesús manco del brazo izquierdo y una fachada de una casita campesina con balcón y miniaturas de sacos de café. Todos fueron incautados por llevar cocaína tipo exportación.
Muchos de esos expertos de los pisos altos nunca bajan -no tienen por qué- a la morgue, en el primer piso. Nosotros lo haremos desde mañana.

En el primer piso el nauseabundo y frío hedor de los cadáveres casi se puede tocar con los dedos. Antes de entrar a la sala de disección hay que vestirse como cirujano: con tapabocas, gorro, trajes quirúrgicos y botas pantaneras de caucho. Los disectores -los operarios que abren los cadáveres y que por eso ganan un poco más del salario mínimo- deben usar además guantes de caucho y caretas protectoras.
Una pared ubicada dentro de la sala de disección impide ver desde el pasillo lo que sucede dentro. Quien quiera observar algo debe llegar hasta el borde mismo de la sala y aún así solo podrá atisbar a la mesa donde los médicos llenan sus reportes. Si se está decidido a ver los cadáveres es necesario entrar y rodear la pared.
Lo que aparece entonces es un escenario de espanto para los que no pertenecen a ese mundo: hay nueve mesas metálicas sobre las que reposan igual número de cadáveres. Algunos de ellos tiene abierta la caja craneal y el cerebro a sus pies, depositado en una especie de bandeja. A otros ya les han sido retirados los órganos y la cavidad torácica se ve abierta y con las costillas expuestas.
Ahora es sábado y el turno comienza con nueve cadáveres llevados durante la noche por la Fiscalía y la Policía, y que a partir de las siete de la mañana comenzarán a ser trabajados por los forenses. Al final de la mañana se sabrá mucho más que lo que ahora es evidente; habrá detalles sobre las circunstancias de cada asesinato, algunas hipótesis habrán sido descartadas y otras quedarán en firme tras los hallazgos de las necropsias.
Alrededor de los forenses revolotean los veintiséis estudiantes de tres cursos de Medicina. Un grupo estudiará uno a uno los órganos humanos que los disectores sacan del cadáver en una sola pieza a la que llaman 'el bloque' y que va desde la lengua hasta el recto.
En cada mesa metálica hay un desagüe ubicado en el centro y en uno de los extremos, un par de llaves de agua conectadas a las mangueras para lavar los cadáveres. También hay un bloque de madera del tamaño de un pan para hacer sándwiches. Se ven viejos, astillados y con numerosas huellas de cortes. Los usan para apoyar las cabezas de los muertos como si fueran almohadas, los atraviesan debajo de la espalda para facilitar la disección, apoyan en ellos los mentones si van a trabajar sobre la espalda y sobre ellos realizan las disecciones de los nonatos.
Otros dos objetos llaman la atención: las seguetas comunes y corrientes utilizadas para seccionar y abrir los cráneos y los grandes cuchillos que de rato en rato se escucha afilar uno contra otro como preludio de la operación más impresionante que se ve en esta sala: la apertura del abdomen y del tórax.
Una vez superado el primer impacto comienzan a abrirse las posibilidades científicas de las que se nutre la pasión de los forenses: en una mesa del fondo un estudiante de medicina extrae los globos oculares y en la mesa del lado un médico, sin derramar una gota de sangre, extrae el corazón de un soldado con un grueso tiro en la cabeza. Ojos y corazón les servirán de repuesto a pacientes críticos allá afuera.
Estas son maneras directas de salvar vidas, pero hay una que funciona de manera más sutil: las necropsias por muertes violentas en las que hay que emitir un dictamen que contribuya a la investigación.
Por las autopsias los forenses pueden saber si la víctima se defendió, en qué posición estaba, hace cuánto murió, si el disparo fue a quemarropa, si consumió alcohol o drogas, si tuvo relaciones sexuales, cuándo y cuál fue su última comida; pueden verificar si alguien murió de lo que parece evidente, un disparo, por ejemplo, o si acaso se está encubriendo otro mecanismo de muerte; buscan pistas como restos de pintura de automóvil si fue un peatón atropellado; se aseguran de que un suicidio no haya sido un asesinato; recortan uñas, recogen cabellos, toman muestras de grasa y sangre, preservan tejidos en frascos con formol; piden biopsias y análisis químicos, revisan cada centímetro de piel, recuperan proyectiles; calculan si el arma blanca fue una daga, un cuchillo, un puñal o una navaja, de qué tamaño era la hoja, si el filo era liso o estriado, hasta qué profundidad ingresó y cuáles y cuántos órganos devastó. Ejercen el arte de descartar posibilidades.
De esta manera se inculpan y encierran asesinos o se saca a gente inocente de la cárcel. Pero a veces esa pasión de investigadores no les alcanza para mantener el ánimo arriba. Uno de los médicos nos explicó que tienen riesgos biológicos: "podríamos infectarnos de sida, por ejemplo"; riesgos sociales: "quizás a algún sicario no le gusten los resultados de la necropsia", y riesgos siquiátricos: "nunca se sabe cuándo alguno se enloquezca y nos ataque con un cuchillo".
El médico forense que más gana -un grado 22, el máximo en la escala salarial- devenga unos dos millones y medio de pesos como sueldo básico. Los que comienzan deben defenderse con un millón y medio. Parece poco dinero por tanto estrés y por cumplir la doble función de médico y de investigador. Cada uno de ellos realiza cerca de trescientas autopsias por año. Por eso todos se rebuscan con clases o trabajos paralelos. Son hombres cansados.
El peor miedo de todos -médicos, disectores y auxiliares- es ver algún día a uno de sus familiares en la morgue. Nos contaron de sueños con madres o esposos en esta sala, sobre una de las mesas metálicas. Al despertar, si los tienen cerca, los tocan y se aseguran de que estén bien y se emocionan hasta las lágrimas por saberlos vivos. Luego, la angustia les dura por semanas, en las que se preguntan si acaso aquello fuera una premonición o si es la impronta de ver tanto muerto cada día. A ninguno, por fortuna, le ha llegado ese día.

Es domingo en la mañana. Hoy hay menos gente viva que ayer porque ya no están los estudiantes. Lo que sí hay es más muertos. La noche del sábado en Bogotá es pródiga en cadáveres. Esta vez son veinte, anotados en un tablero acrílico con el nombre, la edad, el sexo y la causa de muerte: hay cuatro ACP (arma corto punzante), cuatro AT (accidente de tránsito), tres PAF (por arma de fuego), ocho PE (por establecer) y un suicidio.
Nueve de ellos ya están dispuestos en las mesas y cuatro equipos forenses de turno hacen su trabajo. Nosotros nos concentraremos en el quinto médico. Se llama Andrés Rodríguez. Lo conocimos el viernes pasado y después de conversar un buen rato quedamos en vernos hoy.
Tiene veintiocho años y es el menor de los veintidós médicos forenses. Los demás nos dijeron que lo consideran uno de los mejores. A los quince comenzó a estudiar Medicina y a los veintidós ya estaba trabajando aquí, antes de terminar su especialización en la Universidad Nacional.
El cadáver que le reservaron hoy es el del suicidio. Siempre le asignan los que tienen que ver con crímenes pasionales y sexuales. Es su especialidad. En este caso se trata de una muchacha pobre que se acuchilló en el vientre. En la ficha forense dice que puede tener un embarazo de entre dieciséis y veinte semanas, según algún familiar. Lo acompañaremos durante toda esta necropsia.

Una historia de las de Andrés: hace un par de años un hombre y su esposa se levantan de mañana en su apartamento de Colina Campestre, al norte de la ciudad. Él es un profesional de clase media y mientras ella le prepara el desayuno se encierra en el estudio. Al rato la mujer lo llama varias veces para que pase a la mesa, pero él no contesta. Ella ve salir del estudio un hilo de sangre y luego de forzar la puerta, a la que él le ha atravesado una silla, libros y cosas así, ve con horror la misma escena que un rato después registraron con detalle los investigadores: el hombre se degolló y con la sangre que manaba de su cuello le escribió a ella, a lo largo de una pared, una carta en la que la culpaba de su suicidio por haberse acostado con su mejor amigo. La última frase decía "te veré en el infierno". El hombre, ya muerto, estaba desgonzado en el piso y con su dedo índice puesto justo en el punto final de la carta.
Casi que hemos obligado a Andrés a darnos detalles de cada caso porque él parece más interesado en las explicaciones sociales y antropológicas. Tiene que ir a la agenda, que utiliza como bitácora diaria, para recordar los detalles específicos.
Dice que los muertos de la guerra en Colombia están tapando la otra gran violencia cotidiana, las riñas familiares y de amigos, el alcohol y las peleas callejeras. Las cifras parecen darle la razón: de unas 28 mil muertes al año, solo ocho mil corresponden al conflicto armado. Las demás son cometidas por 'civiles'.
"Colombia es un país despechado", nos dice y explica que muchos de los crímenes pasionales están asociados a tomadas de trago acompañadas de canciones como "sin ella no puedo vivir", o "ay, hombe, olvidarla es imposible". "El hombre llegó solo, se puso a tomar y a escuchar música y después fue que escuchamos el tiro", es un testimonio calcado una y otra vez en los diferentes casos.

Ahora estamos frente a la muchacha que se suicidó. Tiene pintadas de negro las uñas de los pies, salvo los dos dedos más pequeños del izquierdo. El pubis es un bosquecito ralo y desordenado. En los antebrazos tiene distintos golpes pequeños y morados antiguos. El rostro revela más años de los dieciocho que dice el tablero. Deja la impresión de que su vida, en medio de la pobreza, no fue nada fácil.
Su cuerpo parece intacto, salvo la limpia herida por donde entró el cuchillo en el vientre. Sobre el pecho aún tiene los electrodos con que intentaron salvarle la vida. Las manos están envueltas con bolsas plásticas como evidencia de la Fiscalía: entre las uñas pudieran tener pelos, sangre o piel de un presunto homicida.
Andrés debe realizar un minucioso protocolo de inspecciones y detalles por todo el cuerpo. Toma muestras de la vagina, de las uñas y otras más. En la hoja de descripción forense dibuja el lugar de la herida en la silueta femenina -tan limpia y simple en el formato blanco-. Anota también referencias, abreviaturas y datos en la parte baja de la hoja.
Mientras termina sus notas, el disector ejecuta la parte más difícil: seccionar el cráneo y abrir el abdomen. Después debe hacer cortes de cada órgano y revisar sus tejidos. Por momentos, la luz de esta mañana espléndida entra por la marquesina del techo e ilumina de lleno al cadáver y al forense. Pareciera que no se trata de un protocolo médico, sino de un rito con un oficiante vestido de aséptico verde. Incluso los cortes del cerebro o el riñón se ven bonitos y brillantes sobre la tabla blanca en la que los deposita.
La pobre muchacha se hizo el corte a fondo: se seccionó la aorta. El desangre debió durar poco. Tiene litros de sangre en la cavidad del abdomen. Al palpar la zona del útero Andrés sospecha algo. Algunas mujeres que están en la sala, una de ellas una forense con una barriga de cinco o seis meses, se arriman sigilosas. "¿Está o no embarazada?", pregunta una. Andrés, con las manos adentro dice "me parece que no". "Mucha bruta -comenta otra- en vez de haberse hecho la prueba como era".
Revisando el útero Andrés empieza a cambiar de parecer. Es posible que sí hubiera embarazo, pero a lo sumo de cinco semanas. Las pruebas de laboratorio dirán la próxima semana si es así. La forense embarazada regresa a su cadáver, un joven de raza negra que se mató en un accidente de motocicleta. La rutina del día sigue su curso. Faltan once cuerpos por trabajar.

Ahora volvió la semana laborable y Andrés nos recibe en su oficina donde hablamos de crímenes sexuales, de muertes autoeróticas, de la movida en la noche gay de Bogotá. Tantos temas tendrán que esperar otra crónica.
Nos cuenta que tuvo que ayudar en el levantamiento del cadáver de su propio padre. Su mamá lo llamó angustiada desde Ibagué y por los síntomas que le describía por teléfono Andrés supo que su papá estaba muriendo irremediablemente. Voló de inmediato. No quería imaginarlo con la incisión en el cuerpo y pasando por el duro protocolo que conoce tan de memoria. Mientras llenaba el certificado sintió por primera vez lo que significa de verdad la muerte para un ser humano. Hasta entonces todo era un asunto científico: cosa de clases universitarias, descripciones clínicas y dictámenes.
Algo parecido lo volvió a sentir durante el bombazo al club El Nogal. Por primera vez se vio rodeado de familiares. "Me buscaban para preguntarme cosas como si mi hermano sufrió, o cuánto tiempo demoró en morirse o si mi hijo murió quemado, o qué pasa cuando uno inhala humo. Todo eso me dolió porque era Bogotá y por la forma como sucedió todo, porque hice necropsias de niños que me mostraron lo absurdo del conflicto. Eso fue muy fuerte".
Es hora de dejar a Andrés. Para nosotros también ya ha sido demasiado. Salimos del edificio al finalizar la tarde. El aire frío nos golpea, pero a la vez nos ayuda a disipar el hedor de la muerte. Miramos hacia el frente. A la esquina de 'El Cartucho' le han arrancado más paredes y los buldózeres siguen destripando lo que queda adentro. Como si fuera una autopsia.

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