Una tarde de mayo, junto a la puerta, me despedí de mi mujer con un beso. El portero me flanqueó la entrada después de consultar un citófono blanco y de tomar un apunte desganado en una libreta amarilla. Eran las tres. Porque el carillón electrónico de una capilla cercana desgranó tres elementos grises, idénticos. Deprimido, para defenderme de los sentimientos negativos, memoricé el inventario del maletín de tela, inmóvil a mis pies mientras miraba la que sería mi casa los días siguientes: cinco revistas con la tinta todavía húmeda. Tres toallas azules. Dos piyamas de algodón en cajas crujientes. Unas pantuflas. Unas medias. Unas mudas, mudas, de ropa interior. Tres cepillos. De dientes, de cabeza, de zapatos. Un frasco de gargarismos. Una máquina de afeitar. Espuma. Un jabón de glicerina. Un desodorante sin fragancia. Un cuaderno anillado. Un bolígrafo desechable.

Me pregunté qué me obligaba a esa clase de sacrificios incruentos. ¿El amor a la ciencia, la afición a un oficio sobrevalorado, la paga del mercenario? No tuve una respuesta. Bajo los eucaliptos del aparcadero.

Conozco estos abismos. Hace años, en una crisis espiritual al cabo de una serie de exploraciones en el ácido lisérgico, experimenté la descomposición del Yo. Mis parientes hartos del gorgoteo de mi interioridad y la rumia de mis ideales, incoherentes con el papel que me habían asignado en el mundo, me depositaron en una clínica de millonarios desahuciados. Ancianos con reblandecimientos cerebrales severos. Histéricas llamando por sus nombres entre los hibiscos hijos que jamás tuvieron. Autistas superficiales y execrablemente embebidos. Jóvenes de ambos sexos con trastornos paranoides. Bulímicos. Anoréxicos empecinados en sus lechugas.

No me salvaron de la desesperación la siquiatría ni los fármacos. Recordé. Sino el paso de una estrella errante, una noche sin luna, sobre la piscina del establecimiento de lujo. Y un libro revelador de Mircea Eliade sobre los ritos de iniciación en las sociedades primitivas. La perturbación debió costarle a mi familia un ojo de la cara.

En la actualidad los costos, elevados siempre, son variables. Hay lugares para muchos presupuestos. Y las hospitalizaciones tienden a ser más cortas. Dice un informe de la sociedad de sicoanalistas.

A pesar de todo, las soluciones suelen ser deficientes. Para los pobres por ausencia de recursos. Para los pudientes por falta de orientación y de sentido de vivir. Y por otra parte, la salud no puede preciarse de ser mejor que la locura. Egoísta voraz, codiciosa, perversa, la salud encubre el miedo y la inseguridad, lo mismo. Y la mente humana sigue siendo un misterio. Insigne e insignificante.

Una enfermera pequeña me sacó de mis pensamientos con voz blanda. Recogió mi maleta de inválido. Yo la seguí. Mientras caminábamos hacia la recepción me asaltó una sospecha desoladora. ¿Y si todo formaba parte de la conspiración tenebrosa de una masonería de miserables y había caído en una trampa? Me acordé de Ezra Pound en el Hospital de Santa Isabel por sugerir que muchos males del mundo tienen origen en los bancos. Yo había dicho enormidades peores. Y, sobre todo, peor dichas. Me relajé pensando que no soy importante por fortuna. Ni siquiera para quienes me conocen. Me acordé del cuento de Gabriel García Márquez cuyo irrisorio personaje va al sanatorio tan solo a llamar por teléfono. Tal vez acabarán por llamarme el cronista, pensé con desprendimiento. Dentro de diez años estarán gritando todavía: pónganle pentotal al cronista, auméntenle la dosis de sinogán al enviado especial de SoHo, que se quiere ir para la casa. Me sentí cómico.

En la recepción adornada con un mosaico de reproducciones de obras de un loco preclaro, la locura tiene sus propias jerarquías, el holandés Van Gogh, una mujer de treinta años preguntó mi nombre, mi edad, el número de mi identidad. Su tono tranquilizador y el cuidado que puso en los apuntes de su libro, la afabilidad que derrochaba, no permitían contarla entre los engranajes de una trama infame del azar o la política de control. Sus ojos anchos. Sus anchas caderas. Las anchas palabras de bienvenida. Que tenga una feliz estadía con nosotros, señor Escobar. Me sosegaron.

El maletín emprendió la marcha hacia el interior del edificio por una escalera de concreto y la mujer fue con él y yo con ellos. Por decir algo alabé el lugar. Dije que las clínicas ya no son como cuando trataban la esquizofrenia con grillos y azotes. A un amigo mío quisieron curarle un delirium tremens con choques eléctricos. Y lo arruinaron para siempre. Pero la escolta de mi maletín negro, aferrada a sus orejas, parecía sorda. No era ciega. No me despintaba el ojo, temiendo que volvería sobre mis pasos, ahora que estaba bajo su responsabilidad. Yo había decidido no hacerlo.

Hace un siglo los disturbios síquicos eran tratados todavía en lugares de castigo, o relacionados con la posesión demoníaca, la santidad, el genio. Ahora, desestigmatizados el genio, la santidad, la enfermedad y el diablo, contamos con medicamentos cada vez más seguros y más fáciles de manejar, que elevan la calidad de la vida aun en los enfermos más intrincados. Pero la salud mental sigue siendo la cenicienta en los programas gubernamentales de salud. Dice un experto. Con el lugar común. Y que en la higiene mental de los colombianos tienen enorme influencia la guerra, el estrés postraumático y las dificultades económicas.

Al final de las escaleras la mujer volvió su rostro. Había envejecido. Quedan dos habitaciones. Dijo con voz vinagre. Esta. Y abrió con un ademán magistral una puerta sobre un cubículo desabrido con una cama desnuda. Y ésta. Y presentó un lugar que llamó sin ironía: la suite. Un baño iluminado por una marquesina. Un escritorio de estudiante. Dos camas vestidas. Encendió y apagó el interruptor con gesto didáctico. Y recordó. El doctor llamó. Vendrá a verlo más tarde. Y antes de irse, hizo desde el pasillo una recomendación caritativa. Confíe en él. Y no se angustie. Es peor.

Mientras llegaba la hora exploré la habitación. Abrí los cajones del escritorio con envoltorios de medicamentos. El gabinete oxidado del baño con una cucaracha fumigada. Probé el funcionamiento del inodoro impecable. El lavamanos. Rectifiqué el interruptor. Paladeé las camas. Dos, entre las 4.250 camas siquiátricas del país. Pocas, para una nación desventurada y necesitada de reposo. Donde por cada 10 habitantes un 3,4 presenta un trastorno mental severo. Y 4, algún tipo de malestar cultural que afecta su vida. Por la ventana: ciruelos ruines, cerezos, un kiosco donde los residentes hacen artes manuales, reciben conferencias y contestan cuestionarios imposibles. Por ejemplo. De uno a tres califique la importancia que tienen en el espacio exterior, para los sobrevivientes de un fracasado viaje a Venus, unos fósforos, una soga y un botiquín de primeros auxilios. En una jaula, tres turpiales saltan sobre sus deyecciones. Una mirla remota canta para los prisioneros una canción de libertad. Tal vez.

La sicóloga de turno, inocente de mi condición de infiltrado, me hizo llamar a su gabinete, a las cuatro. Ganaremos tiempo mientras llega el doctor. Dijo con decisión exponiendo sus instrumentos. Acepté de buena gana. Hicimos el Rorscharch, un test clásico de manchas bilaterales. Para vergüenza mía, pidió que dibujara una mujer. Me quedó de modo que pensé que si no era traicionado, y era improbable un error burocrático que me convirtiera en un personaje digno de un inventor de desgracias, merecía alguna clase de reprensión. Con esas toscas tetas edípicas. Sin manos. Ni boca. Ni piernas. Entre Picasso. Y la debilidad mental.

La evaluación terminó con un interrogatorio. Qué es un beso. La reunión de dos tractos digestivos. El sexo. Un primitivo reflejo heredado de organismos bicelulares, como la muerte su contemporánea. El amor. Una enfermedad inmortal. Afuera resonó la carcajada purificadora del doctor.

El doctor usa la jerga de los alpinistas para referirse a sus pacientes. Guarda con ellos una relación filosófica más allá de lo terapéutico. Acoge con una carcajada cualquier cosa que digo, por seria que sea. Charlamos en el comedor hasta que oscureció. De Reich. Otto Weinninger. Freud. Ordené que se te concedan algunos privilegios. Puedes pedir lo que necesites a tu habitación, si funciona el citófono. Dijo por fin. Y se fue en su Volkswaguen rojo que empieza a pasar el aceite, en medio de sus carcajadas de costumbre.

Por la mañana nos hurgan las orejas a los pacientes. Nos alumbran el alma por los ojos con lamparitas de mano. Por la tarde, fisioterapia. Conferencias. Tests colectivos. Al crepúsculo el tedio gelatinoso se aposenta sobre las cosas. Después de comer los enfermos hablaban por teléfono, fumaban bajo los árboles, lloraban recatados en las penumbras. Yo llamo a mis hijos para que denuncien si no aparezco en ocho días. A mi mujer. Y sobre los muros asoman las cabezas de humo de las busetas de la autopista. Y llega el estruendo de la ciudad mitigado por la barrera de eucaliptos. Una muchacha pasea una ruana azul bajo los cerezos. Canta con voz mustia. La Virgen se está peinando en los espejos del río. Se detiene. Para que pase. Es mi vecino. El del cuarto contiguo. Encollarado de maletines de deportista de colores. Que va arrastrando dos morrales, una sonora maleta de rodachinas y un palo de golf, simbólico de un padre ausente.

Me impresiona mucho este personaje de un drama de Samuel Beckett. Es un niño de cinco años de edad mental en el corpachón de un gigantón de cuarenta cumplidos. Dormía por la mañana. Almorzaba a las once. Y entraba en crisis al atardecer después de la siesta cuando las mirlas se despedían en los cerezos y se descomponía la luz en los pasamanos. Entonces bramaba de desamor, golpeaba las paredes furioso. Cimbraban las marquesinas del baño. El tubo de crema rodaba sobre el lavamanos. Y el espejo del gabinete amenazaba siete años de mala suerte. Hasta que una enfermera le preparaba su equipaje. Y él comenzaba una marcha inútil hacia ninguna parte. Subibajaba escaleras. Entraba en la cocina por el comedor. Salía de la cocina por la puerta donde hay unos potes de basura. Bordeaba el mostrador de la recepción. A veces me dedicaba una sonrisa. Pero yo aparentaba la indiferencia de las piedras contra la compasión que me inspiraba. Me acompañó siempre una pésima suerte con los niños. Les inspiro una inmensa confianza. Todos terminan encima de mí a los quince minutos de conocerme. Me llaman tío. Me destrozan la nariz. Y estaba decidido a no arriesgarme con uno que pesaba el doble que yo y tenía, por el modo como hacía temblar las paredes, la fuerza de Goliat.

Lo peor era la hora de las comidas, ni malas ni buenas. Los residentes comparaban entonces sus jaquecas y hacían la apología de sus tormentos espirituales. Las enfermedades del alma son contagiosas. De hecho, los amansalocos se preparan como los jesuitas para el confesionario. Ánima inmunodeficiente, al tercer día me descubrí lamentando al desayuno el insomnio de la noche anterior y consultando con mis compañeros los ruidos de mi esencia, que ahora parecen peligrosos e inesperados. Una viuda a mi derecha en la mesa insistía en interesarme en sus penas estrábicas, proporcionándome minucias impúdicas mientras atacaba una sopa. Enfrente, un mulato de sesenta años, grasa y silencio, permanece inmóvil ante su plato servido. El labio inferior cuelga sobre el pecho como un riñón de elefante. A la izquierda, el peine de madera de una obrera que solo no se peina mientras come con la lentitud de los ángeles. Asegura que soñó conmigo la víspera de mi llegada. A veces acaricia la cabeza de su compañera pálida y seria, a quien preparan para una cirugía. Un jovencito que intentó ahorcarse en un rapto de lucidez, me mira con ojos oscuros y dulces, desde otra mesa.

Los habitantes estábamos divididos por sexos en pabellones iguales unidos por un tránsito ciego. En ambos brillaban dos televisores iguales. En el de los hombres, fijo en el mismo canal, oficiaba siempre el mismo vejete rojizo, en cura alcohólica, con un probable pasado de lujurias deducible de los pujidos que emite ante las popas de las modelos de las cuñas y las proas de las actrices de las telenovelas...

Cuándo empecé a temer por el día de salir, no lo sé. Sé que comencé a sentirme a mis anchas entre aquellas espinas aurorales. Y que si no hubiera sido por el zancudo ladino que se las arreglaba para morderme las canillas por esmero que pusiera en cubrirlas, me habría sentido infeliz de marcharme. Encariñado de la buhardilla tercerpisera en el último rincón del edificio rectangular, de su goterón cuando llovía, arrítmico y entusiástico, de esas personas extraviadas en sus tinieblas personales hechas de palabras y en sus problemas inventados, que a veces ponían la muralla de un peine entre nosotros. Desgraciadas y tiernas. De la estudiante de sicología que andaba poniendo etiquetas. Diagnosticándonos a todos. Aquel es un ansioso. Aquel, un depresivo. Aquella padece un trastorno afectivo bipolar. Una muchacha subía las escaleras amenazante, odio todo, a todos, anunciaba. Y bajaba enseguida toda melindres, cacareando de dicha. Ella pontificaba: ciclotímica. Del vigilante de cincuenta años a quien espantaban obsesiones inconfesables y tenía la esperanza puesta en la Virgen de los navegantes para que amainara la tempestad de su cabeza, me dijo: acabará en una sicosis mística. Por mi parte, yo creo que el ejercicio exacerbaba su propio hundimiento. Una noche me pidió que la besara. Lo hice. Sabía a estampilla nueva.

Ahora, de regreso al mundo exterior, tengo derecho a preguntarme quiénes están locos. Los que quedaron detrás de mí, cantando villancicos y escuchándose las voces de las tripas como si fueran arcanos y arrastrando un ajuar de enfermo o los que me esperaban afuera. El chofer de un bus frenético sacó del camino a una zorra y destripó el caballo. Un policía duerme en la caseta de un consulado con espasmos de hipo. Un cura pasa el puente peatonal con su misal.

Mi amiga, mientras me acomodaba en su automóvil blanco de muñeca, me preguntó. Cómo te fue. Yo recordé un cuento obsceno de X 504 que leí hace años. No te imaginas las cosas que debo hacer para conseguir el almuerzo. Respondí.

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