Opciones de personalización
Predeterminado Oscuro Imagen

Publicado 2010-03-24

Cómo es bañar a una elefante

Por Texto y fotos de José Alejandro Castaño

Se baña a un elefante para evitar que el calor lo enferme. Pero no solo por eso. La gente suele creer que los zoológicos deben ser sitios de animales siempre aseados, listos para la exhibición, no importa lo tristes que se vean por culpa del encierro.

Cómo es bañar a una elefante. La piel de los elefantes es gruesa como una llanta, pero a la vez extremadamente sensible a los rayos del sol. Por eso en climas cálidos buscan agua en todo momento, y cuando no tienen cerca un estanque deben ser bañados. En las fotos , el baño de Lucy, en Medellín.
Se baña a un elefante para evitar que el calor lo enferme. Pero no solo por eso. La gente suele creer que los zoológicos deben ser sitios de animales siempre aseados, listos para la exhibición, no importa lo tristes que se vean por culpa del encierro. Los visitantes parecen dispuestos a tolerar la mirada muy triste de un chimpancé, el gesto derrotado de un leopardo, las alas malogradas de un águila, las plumas desteñidas de una guacamaya, todo eso, pero no el lomo sucio de una elefanta. Esta se llama Lucy, como podría llamarse una tienda de ponqués de cumpleaños. Los niños adoran a los elefantes, se sabe, y por eso su figura suele emplearse como anzuelo publicitario en marcas de ropa, compotas, jarabes, golosinas, juguetes, enjuague bucal, cereal de chocolate. En Colombia, una fábrica de productos de limpieza usa un elefante risueño como símbolo de poder absorbente y repuja su figura en rollos de papel higiénico. Ahora, dos de la tarde, fatigados por un sol que arde en el cuero cabelludo, tres expertos cuidadores y una médica veterinaria comienzan un raro ritual: bañar a la única elefanta del diminuto zoológico de Medellín, apenas más grande que una cancha de fútbol, justo al costado de una zona industrial cuyo aire huele a combustible y metales derretidos. Hoy es un miércoles cualquiera y el parque está casi vacío, por eso el espectáculo de duchar a un animal que mide casi tres metros de alto y pesa lo mismo que cuatro vacas, solo será presenciado por algunos curiosos, entre ellos dos adolescentes con el uniforme de su colegio.

A manera de golosina, Lucy recibe una papaya madura y la engulle de un solo bocado como si se tratara de la cabeza de uno de sus cuidadores. Aunque es una anciana que ronda los ochenta años, nadie debe confiarse. Los elefantes en cautiverio disfrutan que les lancen chorros de agua y les cepillen la espalda pero nunca terminan de resignarse a la proximidad de sus carceleros. La médica veterinaria Martha Cecilia Ocampo lo sabe de sobra.

Un colega suyo, Germán Ordóñez, experto en fauna salvaje y médico veterinario del zoológico de Pereira, fue muerto por Pirulo, un elefante africano que lo alcanzó con su trompa y luego lo atravesó con uno de sus colmillos. Lucy es asiática, de dientes que no le sobresalen, y en todo caso hembra que no sufre los estados de irritabilidad de los machos en celo. Hace un tiempo, Lucy tuvo un compañero. Se llamaba Dumbo, como el elefante de caricatura que podía volar si agitaba sus orejas enormes.

Era un macho africano y cada tanto, igual que todos los sementales de su especie, sufría una suerte de alteración neurótica que lo convertía en una máquina de amor. La piel debajo de los ojos y detrás de las orejas le chorreaba secreciones linfáticas y su pene, de poco más de un metro de largo, buscaba desesperadamente una vagina de elefanta. Eso solía ocurrir frente a los ojos de los visitantes, en ocasiones justo el domingo, con el parque zoológico repleto de familias. Yo recuerdo haber estado ahí. Hará unos doce años de eso.

Las madres corrían a taparles los ojos a sus hijos más pequeños y sufrían por las preguntas de los más grandes. Cada una intentaba salvar la situación como podía, conforme al método católico, ese que todavía insiste en incluir pajaritos, semillitas y otro arsenal de metáforas descabelladas para explicar el coito de los mamíferos. No era fácil aquello, se entiende. Dumbo y Lucy, distanciados por millones de años de evolución, cada uno de especie y continente distintos, no lograban acoplarse y el pene prensil del macho, agitado de un lado a otro, terminaba por arrojar una lluvia de semen que por poco salpicaba a los espectadores dominicales del parque zoológico. Los padres, machos ellos, lamentaban la suerte del semental y vociferaban al unísono como lo hacen en el estadio cuando un delantero pierde un gol, ¡huyyyyy!

Las madres, en cambio, ofendidas por el espectáculo, se quejaban de que una tarde de domingo pudiera terminar así, tan, tan, tan… y gesticulaban sin lograr decir una sola palabra. Algunas se marchaban con sus hijos, los esposos detrás, riéndose, intentando detenerlas. Algo quedaba probado, o yo lo imaginé entonces: si este Dumbo de carne y hueso quería volar, su método no sería el del personaje de caricatura, agitando las orejas. Pero todo eso es historia, lástima.

Dumbo murió hace unos años sin lograr aparearse con Lucy ni una sola vez, ni una sola. Qué vida despreciable. Desde entonces la elefanta vive sola y ahora, forzados por la ola de calor que azota a Medellín y casi convierte su clima de montaña en el de una ciudad costera a orillas del Caribe, sus cuidadores hacen de bomberos y le lanzan chorros de agua. ¿Tendrán idea estos hombres de que Lucy fue el intento de expiación de un granuja?

***

La elefanta llegó al zoológico obsequiada por Félix Correa Amaya, un banquero sucio. Tal vez no sea necesario mencionar atributos cuando se habla casi de cualquier banquero. Lucy hacía piruetas en el circo Hermanos Gasca cuando el propietario del Grupo Colombia, un conglomerado de empresas financieras, la compró a sus antiguos dueños porque, así dijo, lo conmovió la desdichada situación del animal. Lucy, entonces, terminó en el zoológico de la ciudad, que tiene nombre de convento: Santa Fe.

Félix Correa, sin embargo, tan sensible a las tristezas de un paquidermo, nunca se conmovió demasiado por los ahorros que miles de hombres y mujeres le confiaron y fue a dar a la cárcel acusado de estafa, abuso de confianza, falsedad en documento, captación ilegal de dinero y autopréstamo, prácticas que, unas sí otras no, han sido comunes a los banqueros de casi todos los pelambres.

Hace apenas unos años, Jaime Gilinski, otro banquero poderoso, acusó al innombrable Sindicato Antioqueño, los señores feudales de esta comarca que es Medellín, de haber comprado su banco, el Banco de Colombia, con dineros sacados del propio banco que adquirieron, es decir, recurriendo a la fórmula del autopréstamo. De esa jugada, en opinión de Gilinski sucia e ilegal, el Sindicato Antioqueño creó Bancolombia, el banco de los anuncios más lindos de la televisión, con niños que corren detrás de cometas de colores y ancianos que lanzan lluvia desde una bicicleta voladora en algún pueblo de Macondo, tonterías así. Las mamás adoran esos comerciales, Gilinski quizás no. Lo que nadie recuerda en el zoológico Santa Fe es si Lucy fue pagada de contado o si el banquero que la adquirió lo hizo condonándoles los intereses de alguna deuda ya vencida a los dueños del circo. Hace unos años, el primer domador de Lucy pasó de visita por el zoológico y le ordenó al animal que se sentara y saludara. Lucy, acostumbrada a las acrobacias, obedeció.



***

En su estado natural, libres, sin grilletes ni domadores abusivos, los elefantes buscan charcas donde revolcarse. Su piel, gruesa como una carpa de hule, es sin embargo muy sensible a los rayos del sol. Las jaulas de encierro de los zoológicos suelen incluir un estanque. El de Lucy es dos veces más grande que ella, pero esta tarde, a pesar del duro sol que llueve sobre la ciudad, la elefanta permanece inmóvil, en la orilla, sin animarse a refrescarse, por eso la decisión de bañarla. El hombre que más sabe de ella es Humberto Henao, H.H., uno de los empleados del Santa Fe. Vive en Hato Nuevo, así se llama su barrio en el municipio de Bello, y es uno de los habitantes ilustres de la cuadra.

Cuando H.H. se sienta a tomar cerveza con sus vecinos, todos guardan silencio. Él cuenta historias de pumas indigestados, de leones con dolor de muela, de cebras en celo, de Lucy, la elefanta, que de tanto sol que hace en Medellín hay que bañarla con chorros de manguera. Asear a un elefante, explica él, no incluye usar jabones ni champú, basta con retirarle los excesos de tierra y pantano de los dedos con un cepillo de cerdas de plástico. A veces, como hoy, le dan una papaya, y ella se la engulle así no más. Es una forma de contentarla, por si acaso. Pero Lucy es mansa y cierra los ojos mientras le rascan el lomo. Para integrarla a la faena, los cuidadores le echan agua en la trompa y Lucy espera hasta llenarla, entonces la agita sobre sí misma. Lo disfruta, sin duda.

En una de sus patas, la elefanta tiene una herida, la abertura de un absceso que debieron drenarle hace una semana. Es casi seguro que, en estado salvaje, aunque quizás sí del todo feliz, Lucy ya habría muerto. Suena increíble pero en cautiverio, a pesar de la locura que les impone el encierro, los animales salvajes suelen vivir más tiempo.

Una vez, Lucy tuvo una fiesta de cumpleaños. Fue un domingo. El zoológico estaba repleto de familias y sus cuidadores le hicieron un ponqué, eso parecía, de hierba, frutas y trozos de caramelos con figuritas de animales. Le cantaron el Happy Birthday y su foto salió al día siguiente en los periódicos de la ciudad. Según escribió uno de los periodistas invitados al festejo, Lucy es de signo Virgo y antes de llegar a Medellín ya había conocido más de quince países. "Ayer desfiló feliz frente a los invitados, saludando a los niños con su trompa". Qué pesar, digo yo, que Dumbo ya no estuviera por ahí, con sus insistencias de macho. Quizás la fiesta habría sido menos aburrida. "Yo quiero decirle, aunque ella no me entienda, que la quiero mucho, que le deseo muchos, muchos cumpleaños más y que yo voy a seguir viniendo a cantárselos", dijo un niño en el periódico. Humanizar a los animales es una antigua pretensión. Se les enseña a saludar, a hacer monerías y caminar erguidos, a parecer enfermos, es decir, humanos. En Japón, los perros y los gatos aprenden a defecar en los sanitarios de sus dueños y a vaciarlos después. Así va el mundo, patas arriba, con los banqueros, por ejemplo, pretendiendo darnos lecciones de honestidad y de decencia. El baño de Lucy ya termina.

Al final, los cuidadores le aplican a la elefanta aceite de bebé arriba de los párpados para protegerlos del sol. Pero el animal tiene siempre un gesto preparado. Cuando todos se retiran, ella va hasta su montículo de tierra y aprovecha la humedad en su piel para soplarse hierba y polvo encima. Se ensucia otra vez, dice algún despistado, pero quizás sea lo contrario, justo lo contrario.

Nuestra celebrada escala de valores, que siempre termina produciendo guerras, hambres, pestes y riquezas solo para una minoría, le tiene sin cuidado a Lucy. Viéndola rectificar con su trompa lo que tanto orgullo les produce a un grupo de personas, pienso en esto:

Si mi madre tuviera que regalar un animal para expiar sus culpas, a ella, disciplinada y amorosa, y también anciana, que se va tres veces por semana a bañar abuelos abandonados a un hogar para indigentes, a ella, a Rosalba Hoyos Torres, le bastaría con obsequiar un pescadito de pecera, uno diminuto, de aletas invisibles. Puesto en la misma exigencia, a Francisco de Asís le habría bastado con una hormiga y a la mayoría de campesinos colombianos desplazados de sus tierras, a cada uno, con una lombriz. Entrar al cielo quizás les cueste apenas uno de sus piojos a los casi ocho millones de indigentes que deambulan por las calles de este país de millonarios. Se entiende. Para intentar expiar sus culpas, un banquero necesita regalar un elefante.
Revivamos nuestra historia
  • Natalia Chaparro, la profesora de YogaNatalia Chaparro, la profesora de Yoga
  • Yadila GuzmánYadila Guzmán
  • Isabel AlzateIsabel Alzate
  • Johana Rojas, Natalia Botero, Catalina Yepes y Johana MorenoJohana Rojas, Natalia Botero, Catalina Yepes y Johana Moreno
  • Angie CepedaAngie Cepeda
  • Mabel CartagenaMabel Cartagena
  • Violette StruvayViolette Struvay
  • Isabel SalazarIsabel Salazar
  • Esperanza GómezEsperanza Gómez
  • Fernanda JácomeFernanda Jácome
  • Patricia De LeónPatricia De León
  • Melissa Giraldo con PhotoshopMelissa Giraldo con Photoshop
  • Melissa Giraldo sin PhotoshopMelissa Giraldo sin Photoshop
  • Catalina Mendieta de SoHo Costa RicaCatalina Mendieta de SoHo Costa Rica
  • Zaire BerríoZaire Berrío
  • Jéssica DíezJéssica Díez
  • María del Mar QuinteroMaría del Mar Quintero
  • Verónica AlzateVerónica Alzate
  • Yanina MendozaYanina Mendoza
  • Claudia UrregoClaudia Urrego
  • Johanna MorenoJohanna Moreno



"

Hay 776 galerias disponibles

Buscar galería: