Antes que nada, el especialista en las disfunciones de nuestra última cloaca me dicta una impecable charla privada sobre las temidas hemorroides. Demonio traicionero que implica lágrimas y vergüenzas, pujas terribles y dietas equinas, además de pañitos de agua tibia que son sólo eso. Comienza con una sentencia condenatoria para los fétidos lectores de matutinos que alargan sus evacuaciones frente a la golosina de las noticias frescas. Según el coloproctólogo, el inodoro es una simple taza para visitas puntuales y ampliar sus funciones a camarilla de lectura implica riesgos para la salud anal. En palabras más profanas se podría decir que esas sesiones de lectura hacen que el humano se vaya desfondando por fronteras non sanctas. Ahora recuerdo con algo de compasión a un amigo de estampa y edad quijotesca que hace unos meses me contaba con orgullo la alegría que las aventuras del Ingenioso Hidalgo le habían traído a sus faenas digestivas.
Luego de las advertencias y las dietas, el doctor decide ir al grano. En la pantalla de su computador comienza a mostrarme fotos, primerísimos planos de los diferentes tipos y grados de hemorroides. No reconozco semejantes prominencias purpúreas, nunca antes había visto tolondros tan escandalosos en coloración y textura. Tienen alguna semejanza con esas anémonas de las profundidades que nos muestran los documentales submarinos, flores extrañas y terribles. En poco tiempo tendré que verlas cara a cara.
El cirujano se muestra orgulloso de su jardín privado de verrugas mayores, las explica con deleite y rigurosidad. Me aclara que no se trata de venas varicosas como dicen los legos. Tienen mayor entidad, son tejidos vasculares, arterias que pueden implicar hemorragias severas. De un momento a otro, el cirujano parece suponer que quiero algo de emoción, que me aburro con la simple teoría y necesito el abrebocas de un vistazo a las cavernas inferiores de una de sus pacientes. La mujer está cubierta con una bata anémica, dándonos la espalda, sometida por un sedante ligero y las palabras tranquilizadoras de las enfermeras. No puedo evitar pensar en la indefensión de una res en apuros mayores. Un doctor enguantado maniobra una manguerilla negra por debajo de la bata y mucho más allá. La cámara indiscreta se encarga de mostrar una cueva de velos carnosos y sonrosados, de solitarios y sedosos parajes. Nunca la palabra tripa pareció más vulgar y más inconveniente, nadie que haya visto la imagen de esos territorios en los monitores de una colonoscopia se atrevería a usarla. El cirujano da instrucciones al hábil conductor de la manguerilla y pretende explicarme la geografía del colon, el recto y el ano. Un pudor repentino mezclado con escalofríos me hace declarar la moción de suficiente ilustración.
Camino al quirófano el cirujano me dice que primero tiene que hacer una fisura anal, un procedimiento menor, diez minutos de trabajo para corregir una pequeña grieta que viene atormentando a un hombre de unos cuarenta y cinco años. Después vendrá la hemorroidectomía en una paciente que pasa de los cincuenta y cinco. Las hemorroides de la señora son grado tres, lo que significa que una vez salen no vuelven a su sitio por voluntad propia y necesitan de un dedo caritativo que les indique el lugar que les corresponde.

En el quirófano
En los camerinos de los quirófanos, los cirujanos se cubren con el verde enfermizo de sus batas y hablan sobre el clima. Mi disfraz con gorro y polainas no me protege del ambiente tétrico de esa especie de carnicería sofisticada, un universo de mesones y pocetas de acero, de puertas de vaivén que hacen pensar en tránsitos definitivos y de resplandores de neón. Un cuerpo boca abajo sobre la mesa de cirugía del quirófano uno me da el recibimiento merecido. Por un lado, trabajan los carpinteros sangrientos de la ortopedia, otros, más silenciosos, se dedican a las inciertas exploraciones cerebrales y los de más allá intentan alinear los cuescos gastados de una columna vieja. Mis anfitriones, hombres encargados del remate de las vísceras, se lavan las manos largamente, hasta los codos, y logran reírse de sus delicadas funciones de extirpadores anales. Cuando le pregunto al cirujano si sus amigos se burlan de sus jornadas laborales, me responde entre risas que siempre le han dicho que su trabajo es una mierda; y remata con la sonrisa maleva de la revancha personal: "Pero muchos ya han pagado caro el chistecito".

Hemorroidectomía
El tapabocas hace que el aire entre con dificultad. Un cuerpo con sus trajines está acostado de cara al suelo sobre una mesa con una gran colina en la mitad, de modo que en la máxima elevación se asoma el cráter que visitarán las herramientas del cirujano. Solo veo la mirada ciclópea de un ano bien destapado, dos grandes esparadrapos a lado y lado, abriendo las nalgas, se encargan de dejar el camino expedito para la intervención. La paciente ronca desentendida, interrumpiendo con sus inocentes resuellos la música de fondo que suena en la grabadora del anestesiólogo. Cabas susurra en la sala de torturas. La anestesia raquídea y los sedantes alejan a la paciente de una realidad propia de los potros de suplicios de la Edad Media. La divina anestesia que proporciona un limbo sin dolor, una necesaria muerte pasajera.
El cirujano me invita a mirar de cerca las hemorroides grado tres, me las señala con el filo del bisturí mientras su acompañante, un cirujano de más experiencia, especialista en la gaita del estómago, introduce una especie de cono romo en el ano de la paciente y lo abre para permitir la exploración necesaria.
El tapabocas hace que el aire entre con dificultad. Todavía no ha aparecido ni una gota de sangre y ya estoy buscando refugio en la única ventana de la sala de cirugía. Además de los dos cirujanos, la pequeña intervención anal es presenciada por dos instrumentalistas, una enfermera y el adormecido anestesiólogo. Las hemorroides se ven pequeñas comparadas con los ejemplos desmesurados que el cirujano tiene en sus anales, son apenas dos abultamientos morados en la zona interna del ano. El cirujano los marca en un borde con el bisturí y la sangre comienza a inundar todo el conducto. Ya no necesito solo la ventana, sino un pequeño banco en la periferia de la sala, el sudor debajo de mi gorro delata los mareos repentinos.
El cirujano me llama, me alienta a ver el rojo intenso de la sangre para demostrarme que sus visitas se encaminan hacia arterias importantes. Quiere presentarme a un tal plejo hemorroidal. Las gasas van y vienen sostenidas por las pinzas del cirujano asistente, entran a drenar el canal para que el joven especialista pueda trabajar con su nueva herramienta. Ha soltado el bisturí tradicional y ahora corta -sería mejor decir quema- con un electrobisturí, una especie de pirograbador con el que va rodeando las hemorroides hasta retirarlas. La sala está inundada con el aroma favorito de Torquemada.
Mientras tanto, los cirujanos se dedican a charlar. Tienen curiosidad acerca del trabajo del fotógrafo de esta crónica. Preguntan si el hombre también trabaja retratando los cuerpos bien armados de las niñas de las portadas. El cirujano especialista concluye que uno se acostumbra a todo y que para esos fotógrafos ya no tiene gracia saber el sexo de esos ángeles. Y el experimentado le responde con sorna mientras maniobra con la gasa: "Pues será rutina, pero es mejorcita que la tuya".
Las hemorroides han sido extirpadas y el cirujano especialista, el coloproctólogo, comienza a jugar con los hilos de la sutura, a tejer de nuevo el nudo natural que ha desgarrado con sus armas. Parece un titiritero mostrando sus habilidades con cuatro hilos en cada mano. En ese momento, suena el teléfono en la sala, la enfermera contesta y comienza a dar los datos para satisfacer las infinitas planillas hospitalarias. De pronto voltea y le pregunta al cirujano joven por los puntos de su intervención, según las tablas de las compañías prepagadas. El cirujano experimentado la coge al vuelo y responde entre risas refiriéndose a los puntos de sutura. Debajo de los tapabocas se insinúa la risa de todos los presentes, hasta el anestesiólogo sale de su letargo y celebra mostrando una pequeña arruga en las sienes.
Los hilos están en su sitio, las hemorroides son dos pellejos sanguinolentos en la mesa del instrumentalista y serán sometidas a una biopsia. La paciente todavía ronca, le espera un despertar doloroso y al menos una semana de padecimientos. Nunca vi su cara, para mí fue apenas un cuerpo sedado y profanado por necesidad, siguiendo los "sutiles" procedimientos de los especialistas. Veinticinco minutos de un suplicio mecánico y calculado. El cirujano ya lo había advertido: "Eso es como santiguando nietos".

Epílogo
Respiro hondo al salir de la sala. Son las tres de la tarde y extraño mi apetito. El hambre ha huido despavorida. Los cirujanos todavía tienen una faena por delante; es decir, por detrás. Vamos a la sala de descanso mientras preparan al siguiente nieto para la bendición de rigor. La sala está llena de operarios del bisturí, comen cazuelas, paellas y bandejas típicas. Ríen y hablan de salarios. Quisiéramos que se comportaran como sumos sacerdotes, pero es imposible, solo se encargan de cauterizar algunas miserias y despedir pacientes desahuciados. Dejo mi disfraz en un canasto rebosado de trapos verdes y me despido de mis anfitriones, les extiendo la mano con disimulada repugnancia, no puedo olvidar el terreno diario de sus dedos. Espero que mis ojos no tengan que volver a verlos.
A la salida, sobre el mostrador de las enfermeras, reconozco a las protagonistas de esta historia. Están suspendidas en alguna solución transparente, dentro de un frasco etiquetado. Parecen dos pequeños peces de acuario. Dos bailarinas de cola sangrientas. Son dos hemorroides grado tres.

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