Una visita al zoológico Santacruz, en San Antonio del Tequendama, descubre para Cristian Valencia una habilidad desconocida: hablar con los animales. De paseo entre jaulas con un moderno Dr. Doolitle. Cuando pasé junto a ella me miró con mucha tristeza y sacó su mano mendicante por la reja. Su mirada tenía un opaco misterio indescifrable y sus manos eran alargadas como las de una pianista vieja. Tomó mi mano y abrió la palma como si fuera a leerme las líneas del destino, pero en realidad necesitaba distraer su mirada en algo para empezar a contarme sus ayes. También parecía una gitana vieja y melancólica. De salud estaba bien; comía bien y en general llevaba una vida reposada, en medio de una rutina inalterable, me contó. Pero ¡ay! La procesión iba por dentro. "La abuelita", como decidí llamarla, no quería dejarme ir. Intentó sacarme piojos de mis entrededos, agarró mi cabeza y me esculcó el cuero cabelludo mientras contaba sus penas. De vez en vez miraba hacia los lados como si estuviera escondiéndose de alguien. Y así era, el macho dominante le tenía terminantemente prohibido hablar con extraños, mucho menos con varones, y menos aún de otra especie. De pronto se vino furioso, le mostró los dientes y fue suficiente regaño para la abuelita, que se apartó con sumisión hacia un rincón de la jaula. Y cuando ese marido furioso y machista se fue, regresó.
-A eso me refería -dijo-. No tengo vida con este mico araña tan macho, y no entiendo por qué si ya ni me mira. Estoy vieja y estoy sola y estoy triste.
Fue difícil la despedida. Sus larguísimas manos salían entre las rejas mientras se lamentaba.
-No me puedo quedar, abuelita, lo lamento -dije con indolencia y me marché sin mirar hacia atrás para no caer en llanto ante el desolador cuadro de "la abuelita".
-Llévame contigo -gritó.
No le contesté y seguí caminando junto a Heydy Monsalve, directora del zoológico Santacruz, a quien conocerán en el recorrido. Les anticipo que tiene la mirada más dulce, la sonrisa más luminosa y el temperamento de la hermana que le enseñó todo a Indiana Jones. Ella fue quien me guió por el zoológico y me presentó a cada uno de los animales por su nombre, no el genérico, sino aquel que lo hace único en el mundo.
Germán casi no se para a saludar aunque estaba muerto de la dicha por la visita. Nos vio, acomodó sus gafas, y se tocó la columna con algo de dolor. Con un esfuerzo enorme se levantó, y comenzó a caminar como lo que es: un anciano venerable. Sus pasitos eran débiles, se le notaba el dolor con cada uno. Susurraba cosas mientras trataba de llegar hasta nosotros, con una voz débil y un poco ronca:
-Ya estoy con ustedes, no se vayan; qué bueno verte, Heydy; ah, carajo, esta columna me tiene jodido.
Heydy se acercó a la jaula y se agachó a saludarlo. Germán le dio besos de abuelito y me miró.
-¿Y este? -preguntó con cierta desconfianza.
-Tranquilo, Germancho, solo estoy de paseo -dije.
-Y a este ¿quién le dio permiso de tratarme de Germancho? Si tuviera unos años menos le mostraría lo que hacemos los osos de anteojos. ¡Carajo, este dolor!
-¿Reuma? -pregunté.
-No sé, es algo que me aprieta la columna y me duele.
-Los años -me susurró Heydy sin que el viejito oyera-. Tiene 28 y no conozco alguno que haya pasado de 30. En todo caso tendremos que hacerle un examen para ver si podemos aliviarle tanto dolor.
Germán se quedó mirándome en vacío, sus ojitos se empañaban de nostalgia.
-Me trataron muy mal, para que sepa. Muy mal, ay.
-¿Quiénes?
-Los traficantes desgraciados. Me agarraron en el bosque. Tú sabes. ¿Has oído la canción del oso? ¿Esa de que vivía en un bosque muy contento? Pues eso, así fue mi juventud. Carajo, qué tiempos. A buena hora me rescataron y me trajeron aquí. No es el bosque, pero es mi casa. Ay, cómo duele. Estoy cansado ya.

 
 
El Zoológico de Santacruz alberga 136 mamiferos, 114 aves y 35 reptiles, la mayoria han sido rescatados de las manos de los narcotraficantes.
Nos fuimos. Germán se despidió de beso y no tuvo arrestos para caminar nuevamente. Se ovilló ahí mismo. Fue como visitar al abuelo en un hogar geriátrico, un abuelo caprichoso y cansado.
La mayoría de los animales que están en el zoológico Santacruz han llegado por tráfico. Decomisados a los traficantes, como dijo Germán, y llevados hasta allí. Casi todos tienen malos recuerdos, pero gozan de perfecta salud y se sienten bien tratados. Casi todos me dijeron que, claro, sería mejor con más espacio, un baño aquí, un árbol allí, un columpio aquí, todos tienen anotaciones precisas sobre cómo ampliar sus estancias, pero por el momento no hay con qué hacer ampliaciones. Y como dicen en España, es lo que hay. Y está bien, dentro de las tristes limitaciones que tienen los zoológicos. A cada animal le prestan atención personalizada, le descubren sus mañas. A Clarence, por ejemplo, una señora leona, le rellenan una calabaza con carne de caballo, y ella se goza esa calabaza como nadie porque tiene que destriparla y jalar la carne como en las sabanas africanas. Clarence se llama así porque es bizca, en honor a la viejísima serie de televisión que ahora mismo no recuerdo si se llamaba Tactari o Dactari. Pero la pregunta que no dejó de rondarme fue ¿cómo rayos hicieron para saber que la leona era bizca?
El único que no quiso contestar ninguna pregunta fue Klopa. Un tremendo oso de Siberia, malgeniado y hosco, que vive denigrando de su destino y con toda la razón. Igual que Germán, vivía en un bosque muy contento hasta que lo cazaron y lo vendieron a un circo ruso. Uno pensaría que para un oso, ya cazado, lo mejor sería pertenecer a un circo ruso. Pero Klopa jamás se adaptó. Aprendió las idioteces que le enseñaron, pero cada vez que podía se enfurecía con su domador en pleno espectáculo. Se salía de la piel, se paraba en dos patas y amenazaba con sus zarpas al viento a payasos, motociclistas, trapecistas, contorsionistas y maestros de ceremonia. En Rusia ya era resabiado. Y pese a su mal comportamiento se lo llevaron de gira por el mundo. Tiene el hogar más grande de todos los animales. Dos tremendas fosas, cada una con piscina y madriguera. Se la pasa metido en una de las piscinas jugando con una pelota de bolos mientras reniega.
-Maldita sea. Que coja la pelotica, que tire la pelotica, que móntate al tren. ¡Malditos payasos! Que vamos para Odessa, a Vladivostok, que súbete al barco que es aquí no más. ¡Que se pudran en los infiernos! Y ese mareo en ese barco tan horrible, en bodegas hirvientes y hacinados. ¿Todo para qué? ¿Ah? Para llegar a pueblos tropicales en donde hace un calor de los mil demonios. Y luego en camiones y pare en un pueblo, coja la pelotica, tire la pelotica, móntate al balde. ¡Que los parta un rayo a todos! Y terminar aquí en este calor infernal. Y se lo dije, se lo grité en sus narices: soy de Siberia, viejo. Me encanta el frío, me siento a mis anchas con el hielo. Quién va a poder hibernar aquí. ¿Ah? ¿Saben hace cuánto que no me meto a dormir como se debe? No, eso nadie lo sabe y ni les importa. Y los niños gritándome Klopa esto, Klopa lo otro. Odio a los niños. ¿Y qué? ¿Usted también viene a ver al desdichado muriendo de calor? Púdrase también.
-Yo no tengo la culpa, Klopa. Hable con los rusos y a mí no me joda -le grité.
-¡Púdrase!
Nos fuimos de allí. No culpo al pobre Klopa por ese genio. Cuando los cirqueros rusos vieron que el oso se hizo incontrolable lo donaron al zoológico y se deshicieron del problema. ¿Por qué no tomaron esa decisión en la Patagonia? ¿O en las estepas rusas? Cosas de aquellos rusos, inentendibles.
Salí cabizbajo después de oírle la retahíla a Klopa, como sin ganas de seguir en la ruta. Pero Heydy me tranquilizó prometiéndome una sorpresa. Se llama David y llegó por problemas también. Dragaron un río por allá en Santander y quedó su casita al descubierto. Como si su casa, querido lector, el día de mañana quedara de muela en la mitad de una superautopista. Tan pronto llegamos, David se lanzó a la reja a saludar a Heydy, un mar de juventud y brío que quería hablar mucho.
-Qué tal, qué has hecho, de dónde vienes, ¿ah? Esa Heydy cómo es de chévere, ¿cierto? ¿Me van a tomar fotos?
Y se lanzaba al agua sin esperar a que contestáramos. Daba setecientas vueltas en su estanque y salía chorreando agua por todo lado.
-¿Cierto que está haciendo calor?
Y otra vez a mostrarnos todo lo que sabía. Un río de alegría completo, David, una nutria de río que se ríe. Nadó de espaldas, de costado, con las manos atrás, adelante, haciendo torbellinos. Y salía hecho una fiesta a decir muchas cosas en poco tiempo, porque la dicha no lo dejaba. Es una nutria charlatana, jactanciosa, dicharachera que se muere por Heydy. En realidad toda la fiesta era para ella. Le dijimos que regresábamos más tarde.
-No se vayan tan rápido. ¡Heydy! Mira cómo nado con la espalda pegada al fondo ¡Heydy! Y me deslizo como una babilla. ¡Heydy!
Se quedó gritando sus trucos, pegado de la reja. Da mucha tristeza dejar los animalitos de Dios, allí a solas. El impulso que tuve con David me tocó controlarlo. Me dieron ganas de meterme a su jaula a nadar un poco y a charlar la tarde. Un programa excelente, para mi gusto.
Conocí a Zaira también. Una jaguar que tiene tan solo un ojo. El otro lo perdió por maltrato de los traficantes. A Silvia, un mono nocturno que abandonó una señora en un taxi. Acababa de llegar de Villavicencio. Y el taxista la tuvo un par de días y luego la llevó hasta el zoo. Belisario es un enorme león que llegó de Medellín por maltrato. Se la pasa durmiendo porque no tiene mucho más para hacer. Aunque goza de un espacio grande, creo que no hay espacio suficiente para un león a menos que sea la llanura africana. Conocí la voz de Belisario cuando ya iba lejos de su jaula. Un rugido que haría temblar a cualquier cosa que estuviera alrededor. Un rugido de una potencia sobrecogedora. Es fácil entender lo de rey de la selva después de oírlo gritar. Cualquier animal tiene que hacer lo posible para alejarse de semejante trueno. A Patricia, Patricio y Pacho, micos capuchinos que se mantienen meditando en posición flor de loto
El zoológico Santacruz se fundó hace 31 años en la finca del señor Gonzalo Chacón, zootecnista amante de los animales. Su fama en la región de San Antonio del Tequendama hizo que los campesinos le llevaran toda suerte de animalitos heridos. Se encargaba de curarlos para soltarlos nuevamente. Y esa fama llegó hasta el desaparecido Inderena, que comenzó a llevarle animales que agarraban en decomisos. Gonzalo Chacón, de su propio dinero, fue acondicionando el lugar para mantenerlos y permitir a otras personas verlos. Y la cosa se fue agrandando a tal punto que se convirtió en el eje del turismo en esta región. Cuando murió el señor Chacón quienes más resintieron su desaparición fueron los animales. El zoo entró en un juicio de sucesión. Uno de esos que en Colombia es como una condena infinita al purgatorio. Y mientras se decidía la suerte de la tierra y los animalitos, el juzgado qué sé yo nombró un secuestre. Ignoro, por deseo, el nombre de aquel honorable tinterillo, porque mientras estuvo el zoo en sus manos la gran mayoría de los animales casi mueren de inanición y tristeza.
Hasta que llegó Heydy. Desde 1994 pertenece a la Asociación Colombiana de Parques Zoológicos y Acuarios. Y en el 2003 se convirtió en fundación sin ánimo de lucro, mismo año en que fue aceptado en la Asociación Latinoamericana de Zoológicos. La función del zoo Santacruz no se limita a mantener 57 especies de animales en cautiverio para que los disfrute el turismo. Ha logrado conmocionar el ambiente general de la zona de San Antonio del Tequendama con programas de educación ambiental para colegios, manejo sostenible del campo y un plan piloto en manejo de residuos sólidos. Tiene un departamento de veterinaria que trabaja en investigación, patología, alimentación y otras cosas. Todo esto con las uñas. A pesar de que el 60 por ciento del tráfico de esa carretera es generado por los visitantes del zoo, este no recibe ni un solo peso de un peaje muy bien puestecito apenas se comienza a bajar hacia el salto de Tequendama. Un peso, solo uno, podría ser un paliativo para las enormes necesidades que tiene.
En realidad, yo esperaba encontrarme con el lugar más deprimente de la tierra, porque hay mucho 'dice que dijo' circulando. Me dijeron que era una cochinada: mentira; que eso era un pantanero resbaloso con olor a berrinche: mentira; que salían ratas enormes por el camino: mentira. Seguramente tiene problemas, pero todos los que trabajan allí son amorosos con los animales y le apuestan a su bienestar.
Visítelo, no hay mucho más para decir. Vaya, conozca a Klopa y óigale las quejas, el rugido de Belisario, la energía de David; entreténgase con micos, loros, águilas, cóndores, flamingos, jaguares, tigres. A solo 45 minutos de Bogotá, vaya con sus hijos que eso se mantiene lleno de muchachitos de colegio, guiados por expertos. Los fines de semana hay enfermería, en fin. Yo quedé sorprendido y feliz de que exista. Les dejo la dirección web para que se enteren de más: www.zoosantacruz.org
Y si van, por favor, llévenle mis recuerdos a la abuelita.

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