Recién llegamos a Bogotá y al cabo de una escala de tres días nos tenemos que ir de nuevo. Así es esta travesía impresionista que hemos emprendido: tenemos que captar todo lo que se puede captar en poco tiempo, aguzar la vista y aprovechar esta oportunidad. Al final de nuestro camino está Tijuana, México, y el muro que separa a Latinoamérica del imperio. El muro que dice Prohibido pasar, atrás, no son bienvenidos. Nos despedimos con nostalgia del Expreso Ormeño: será incómodo hasta lo insoportable, pero nos trajo hasta aquí, atravesó buena parte de la ruta Panamericana con nosotros a bordo y le estaremos agradecidos por siempre. Érika, la periodista peruana que nos acompañó desde Buenos Aires hasta Bogotá, ha hecho algunos intentos por conseguir trabajo en lo suyo, pero no lo logró. Todavía tiene otro Ormeño por delante, el que la llevará de regreso a su casa en Lima. Nuestros caminos se bifurcan: ella se vuelve, nosotros seguimos rumbo a Panamá. El problema es que no sabemos cómo. Averiguamos algo por Internet, algo en una agencia de turismo. De acuerdo con lo que nos explicaron y con lo que entendimos (un señor muy solícito nos hizo un mapa del trayecto), tenemos que ir de Bogotá a Medellín en un bus; de Medellín a Turbo, en otro; de Turbo, en lancha, a Capurganá; de Capurganá, en lancha, a Puerto Obaldía y listo, en Panamá veremos cómo sigue. Averiguamos horarios como para sincronizar cada paso con el siguiente. Lo más apropiado es partir a las 11:30 con destino a Medellín. No me quiero ir de Bogotá, esa es la verdad. Es la segunda vez que estoy aquí y me vuelve a ocurrir lo mismo. Un amigo me pregunta por qué: le digo que me encanta la ciudad, pero que más allá de eso, me encanta la gente que la habita. Voy a tratar de explicarme para que lo mío no parezca demagogia: en esta ciudad he tenido la suerte de cruzarme con personas a las que le han ocurrido cosas en la vida, y que han tenido la posibilidad de procesar lo que les ocurrió leyendo un par de libros. Esa combinación entre cultura de la calle y cultura libresca da como resultado gente maravillosa. Seguramente hay personas así en cualquier lugar del mundo, pero yo encontré muchas en Bogotá. Más adelante volveré sobre esta ciudad, hablaré de algunos lugares que recorrí y todo eso, pero les juro que aquí los paisajes son lo que menos me importa.

El día que nos vamos, se nos ocurre aprovechar la mañana para pasear por el centro histórico. Error. Grave error. El tránsito está imposible. Varados en un embotellamiento, en la mitad del trayecto decidimos dar marcha atrás. Pasamos a despedirnos de la gente de SoHo un rato más tarde de lo previsto y cuando, al fin, llegamos a la terminal de buses, el Rápido Ochoa ya se nos fue. Por suerte, no habíamos sacado los pasajes. Nos distraemos leyendo un cartel con la estadística de la cantidad de accidentes y de muertos de cada empresa de transporte: el acto de honestidad brutal nos inquieta un poco, pero tenemos que viajar de todos modos.

¿Y ahora qué hacemos? Desde el mostrador de Arauca, un señor atento a nuestra desesperación por el bus perdido nos grita que si vamos a Medellín podemos viajar por su compañía, en el servicio de las 12:30. Son las 12:15 y hay lugar de sobra. Compramos sándwiches, galletas y agua mineral y ahí estamos, de nuevo en la ruta. Un hombre intercambia una sonrisa con el conductor, abre su maletín, exhibe su mercancía. Parece el rey del contrabando hormiga. Abre la boca y empieza el show.

Traigo, pues, todo lo que son agendas digitales, perfumes, zapatillas, para dama, para joven. Traigo, también, relojería japonesa, americana y suiza, gafas y lentes de contacto. Pero miren, me tocó esto porque yo debo estar el viernes con una mercancía para un centro comercial, pero miren que hace unos días incautaron el San Andresito, y no solo acá, sino a nivel nacional, y les incautaron la mercancía y les cerraron los locales. La persona que me encargó la mercancía, esta mañana hablé con ella, y en este momento está preocupada por legalizar lo que le quitaron y por eso no me puede comprar lo que me pidió, y el problema es que yo soy comerciante, yo invierto mi dinero y con lo que me compran recupero la plata que gasté. La persona que me encargó la mercancía, para no perjudicarme tanto, me contó de un familiar en la aduana. O sea, yo tengo que viajar hacia allí con catorce cajas de un tamaño considerable, y la verdad es que no me alcanza para pagar el despacho. Entonces alguien aquí en la terminal esta mañana me dio la idea, me dijo que, teniendo tanta mercancía, por qué no la remataba por ahí. Entonces empecé aquí, en la terminal de Medellín y alguna gente me ha colaborado, pero vino la Policía y muy amablemente me dijeron que si seguía vendiendo me iban a quitar lo que llevaba encima, y entonces el conductor muy amablemente me dio la oportunidad de venderles. No quiero molestar, pero miren, yo tengo acá una docena de lentes deportivos y una media docena de relojes, así que si no les molesta les pido que me dejen mostrarles la mercancía y me dicen cuánto me dan y nos vamos poniendo de acuerdo... Palabra va, palabra viene, el tipo vende, y mucho, y los pasajeros se divierten probándose lentes como los del avispón verde, relojes súper súper, agendas como para 007. Las damas huelen los perfumes, el Arauca se convierte en un free shop y está claro que nadie le cree su historia de comerciante en apuros, pero está claro, también, que a nadie le importa.

Se supone que en ocho o nueve horas llegamos a destino. Sin embargo, no nos cierran las cuentas: nos han dicho que entre Bogotá y Medellín hay 403 kilómetros. ¿No debería tardar entre cinco y seis horas? Si el camino fuera liso, sí. No lo es, claro. Los colombianos ya lo sabían mucho antes de leer esta nota: a nosotros, que nacimos y vivimos en Buenos Aires, nos tocó descubrirlo in situ. Una curva detrás de la otra, un verdadero desafío en las alturas para conductores avezados, vértigo puro. Una belleza el camino, entre las montañas y el omnipresente río Magdalena. Se nos ocurre comentar en voz alta que el bus va demasiado rápido. Es un comentario de tías gordas y miedosas, lo admito. Un pasajero nos dice que, por el contrario, le llama la atención lo despacio que vamos.

A las 20:20 nos detienen en un retén militar en La Mañosa. Un soldado le informa al conductor que debemos quedarnos allí hasta las 5:00 de la mañana, porque el retén está cerrado y está prohibida la circulación de vehículos. El conductor intenta negociar, dice que en la compañía le habían informado que el retén cerraba a las 22, que si no fuera así no largarían buses a las 12:30. Le responden que todas las compañías de buses que transitan por la zona conocen perfectamente los horarios del retén, que no se haga el distraído. Si quiere seguir, debe firmar un papel donde se hace responsable de la seguridad de los pasajeros. No firma nada y repite que le habían informado que el retén cerraba a las 22:00 y dice que el bus es un servicio público y que la obligación del Ejército es garantizar su funcionamiento y no obstruirlo. Las negociaciones duran un rato, digamos, unos veinte minutos, algunos pasajeros bajamos y damos vueltas en torno de la barrera y de la negrura de la noche sin estrellas que se extiende ante nosotros. Finalmente, el coronel a cargo del retén accede y seguimos el viaje con un oficial del ejército dentro del bus. A ambos costados de la ruta hay largas filas de soldados que caminan con sus fusiles. A nuestra izquierda hay militares que pasan en moto y camionetas repletas de soldados. Cuando llegamos a El Santuario, el camino vuelve a iluminarse, los soldados desaparecen y el oficial del Ejército se baja para regresar a La Mañosa en la primera moto que pase. A veinte minutos de Medellín se funde el motor del bus. El conductor intenta reanimarlo, pero no hay caso: es enorme la cantidad de humo que sale de ahí. Llama a la terminal, pide que pase otro bus a recogerlo. No hay buses, hay que esperar. Pasa media hora, una hora, uno de los pasajeros empieza a provocarlo, usté es un mentiroso, usté dice que los llamó pero no los llamó nada, usté me tiene que dar el celular y los llamo yo, usté es el matasiete, le dice el conductor, si yo ya sé que usté es muy valiente, y el pasajero levanta temperatura y le dice mire si quiere pelear empezamos cuando quiera, y de pronto pasa un taxi y junta a cuatro afortunados y el pasajero exaltado prácticamente se abalanza y deja de a pie a mujeres con niños, a una anciana, lo único que le importa es su propio ombligo.

Mientras esperamos el relevo en la banquina, conocemos a Keylis, una adolescente que viaja al entierro de su hermano Elkin, un policía de diecinueve años asesinado en una emboscada de las Farc en Córdoba. Keylis tiene que tomar otro bus en Medellín, pero está tranquila. Con la ayuda de Dios voy a llegar al entierro a tiempo, dice. Lo van a hacer a las tres de la tarde de mañana, van a estar las autoridades, me cuenta orgullosa. Keylis estaba de vacaciones con una amiga cuando se enteró de la noticia. Ahora tiene que acostumbrarse a la idea de que ya no volverá a ver a su hermano.

Al fin, llega el bus de relevo, más o menos dos horas después del plantón, y nos deja en la terminal de Medellín a las 23:40. Por supuesto, hemos perdido la combinación a Turbo. El próximo bus sale a las 5:00 de la mañana. Tenemos como siete horas de espera. Dejamos las cosas en un hotel barato que se llama La Terminal, que supongo que es el hotel al que van a parar todos los que pierden una combinación, necesitan descansar un poco y dejar a buen resguardo pasaportes, dinero y objetos de valor. Hay un solo bar abierto en la terminal, una sola comida posible ­­­­—un pollo entero con arepas y papa que desaparece en pocos, voraces minutos—, un policía que come solo, aburrido, un televisor, una película que nadie mira, y el alma del lugar, un dealer que vende cocaína sin mayor disimulo, vestido con una remera con el dibujo de un bull dog acechante. Pasa alguien y lo saluda desde la calle, le grita cómo anda la coca del perro, y el perro dealer sonríe triunfal, y levanta con su mano derecha el control remoto, como quien dice, sin palabras, que todo está bajo control.

Nos despierta el radiorreloj de la habitación con un programa magnífico con temas de Gardel, Corsini y Magaldi. Siempre pensé que Corsini era tan bueno como Gardel. Es maravilloso el fervor erudito con que los locutores hablan de tango. Invitan a la presentación de un CD con rarezas de los tres. Nos encantaría ir, en serio, pero nos toca seguir para Turbo. Sobre el pequeño bus Gómez Hernández conocemos a una chica deslumbrante: Jania tiene dieciséis prodigiosos años, es basquetbolista y viaja para participar en los torneos regionales. Juega de pivot y tiene problemas con su entrenador: él le dice que tiene que cometer más faltas, ella le dice que la gracia está en jugar sin perder la feminidad. Hace mucho, pero mucho calor, y paramos a desayunar en Cañasgordas y Juan Manuel no se pierde la oportunidad de hacerle fotos a Jania, de combinar su belleza con la del paisaje. Atravesamos Dabeiba, Mutatá, Uramita, Chigorodó, Carepa y Apartadó y llegamos al final de la ruta panamericana bordeados por plátanos, plátanos y más plátanos. Entramos en Turbo a las 14:30. Igual que Bogotá-Medellín, Medellín-Turbo es otro caso de viaje largo (nueve horas) y distancia corta (363 km), pero una vez superado el vértigo, no hay mayor sensación de libertad que la de viajar por caminos de montaña.

En el puerto de Turbo nos asignan un guía: un muchacho llamado Jairo que se nos adosa casi sin preguntarnos si estamos de acuerdo o no. Deberemos permanecer un día aquí: ya salieron las lanchas para Capurganá, la pequeña bahía que queda en el borde del Chocó, en el borde del golfo de Urabá y en el borde de Colombia. Si queremos hacer el trayecto en una lancha express tenemos que pagar una fortuna. Jairo nos ubica en un hotel de veinte dólares y nos lleva a un dispensario para que nos vacunen contra la fiebre amarilla. El certificado de vacunación, nos acabamos de enterar, será indispensable si pretendemos entrar en Panamá. Somos el centro de todas las miradas: lucimos demasiado gringos para una población mayoritariamente morena. La paranoia se nos pasa más o menos rápido. Almorzamos pescado en un parador a orillas de la playa: en algún lugar se traspapelaron el nombre del pescado y el nombre del plato, pero está en el Top Five de lo mejor que hemos comido en nuestras vidas. Por la noche, todo Turbo sale a la calle: hemos llegado en época de fiesta popular, hay parlantes en cada cuadra, puestos callejeros de comida, vallenato y perreo para todo el mundo. La cerveza está a dos mil pesos para que nadie deje de emborracharse. A cada paso se nos ofrece una puta y unos cuantos señores desagradables nos ofrecen menores de edad. Ajenos a la fiesta (o mejor dicho, indignados con ella) los miembros de la Iglesia Interamericana celebran una reunión callejera donde un pastor subido a una tarima agita su biblia y proclama que la rumba es muerte, la rumba es pecado, la rumba es del diablo y amén y amén y amén. Enterada de que somos periodistas, una de las putas nos cuenta que trabajó para las Farc, que les preparaba comida, que siempre la trataron bien y que nunca le hicieron nada, aunque eso sí, no le permitían abandonar el campamento y la tuvo que liberar la Cruz Roja. Pasado de copas igual que nosotros, Jairo nos cuenta su propia historia: vivía en el Chocó con su padre, sus cabritos, sus plátanos y su casita, hasta que llegaron los paramilitares, mataron a sus cabritos y les dieron 48 horas para irse si no querían que también los mataran a ellos. Mientras Jairo habla, una chica bajita me pregunta si le regalaría dos mil pesos. Creí que me estaba pidiendo limosna: en realidad me estaba ofreciendo sus servicios. Le digo que no tengo plata, cree que le estoy regateando y se ofende. ¿Me pretende por menos, quién se cree que soy? Cuando se va, observo que le falta un pie.

Vemos una refriega, un tipo que se mete con un cuchillo entre la multitud que baila en la calle, la Policía que se lo lleva a la rastra. Nunca faltan encontrones cuando un pobre se divierte, dice el tango Tres amigos.

Al día siguiente nos vamos a Capurganá, última escala de nuestro paso por Colombia. Será el primer trecho marítimo de este viaje. Estamos en el Caribe colombiano, en la desembocadura del río Atrato. La lancha atraviesa el golfo de Urabá a la altura de la boca principal del Atrato y hace una escala en Triganá, un balneario pequeño donde una señora calva, tatuada y simpatiquísima nos ofrece coco loco, que algún parentesco ha de tener con el brebaje que bebimos a bordo del Ormeño cuando llegamos a Quito. Juan Manuel no resiste la tentación y se mete en el agua, cero olas, una piscina natural y transparente. La lancha arranca sin él y cuando lo ve hacer señas desde el agua debe detenerse para recogerlo. Retomamos luego por la (acuática) carretera municipal de Acandí y así llegamos a la hermosísima bahía de Capurganá. Mañana viajaremos a Puerto Obaldía, Panamá, pero ahora queremos pasar el día en la playa, o si no qué estamos haciendo en el Caribe colombiano... (Continuará...)

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