No me gustan los ticos. No me gustan los ticos. No me gustan los ticos. No me gustan los ticos. No me gustan los ticos. No me gustan los ticos. No me gustan los ticos. Lo dice tantas tantas tantas tantas tantas tantas tantas tantas tantas veces que termino por creerle. No le gustan los ticos. No. No lo digo por ti, no lo tomes como algo personal, le dice a Felipe. No, por supuesto, le dice Felipe, el autor de las fotos de esta nota, que es tico. Ella es una periodista gráfica y trabaja en un diario muy importante de Nicaragua, en el cual, a su vez, ocupa un puesto muy importante. Es la única vez que Felipe será discriminado por alguien durante nuestro paso por este país, y proviene de la persona que menos esperábamos: una profesional a la que suponíamos de mente abierta y despojada de prejuicios hacia los vecinos. No sería sincero al hablar de Nicaragua sin añadir, antes, que soñaba con conocerla, tal vez más que cualquier otro país de Centroamérica. Si este viaje que hemos iniciado en Buenos Aires se propone llegar hasta el límite preciso con los Estados Unidos, hasta Tijuana y sus malditas bardas, hasta la frontera delimitada del modo más burdo con chapas y hierros, pues entonces debo decir que quería conocer Nicaragua justamente porque quería conocer al pequeño país que se enfrentó alguna vez con el imperio, forjarme algo así como un esbozo de idea propia sobre el sandinismo, con todo lo relativo, subjetivo e indemostrable que tienen las ideas que uno se puede forjar al cabo de un viaje tan breve. Los afiches del Frente Sandinista de Liberación Nacional que quedaron en las calles luego de los comicios explican bastante qué es el FSLN hoy: ¿qué hace Daniel Ortega abrazado al obispo de Managua? ¿No era su peor enemigo, no era el mayor aliado de los Estados Unidos? ¿Y el candidato a vicepresidente del Frente no es un viejo líder de la contra antisandinista financiada por los Estados Unidos? Así las cosas. La política es el arte de lo posible, era la frase favorita de Carlos Menem, la decía casi todos los días en mi país para justificar una nueva claudicación, una nueva traición dentro de la gran traición a la patria que fue su gobierno. Ese shopping es de Tomás Borge, me dice un taxista. Ese shopping es de Tomás Borge, me dice un periodista. Ese shopping es de Tomás Borge, me dice... mucha, mucha gente, y si lo del shopping del comandante de la Revolución fuera una leyenda urbana, parecería que todo el mundo se la creyó. Lo que seguro no es una leyenda urbana es lo de las "Piñatas": la primera fue una serie de voraces repartos de bienes estatales entre dirigentes sandinistas, en 1990, durante la transición hacia el gobierno de Violeta Chamorro; la segunda fue cuando Chamorro privatizó empresas estatales, el FSLN exigió que el treinta por ciento de lo privatizado quedara en manos de los trabajadores y en realidad quedó en manos de una banda de corruptos vinculados al partido.

¿Por qué volvió, entonces, Daniel Ortega? Un señor que los votó me dice que dieciséis años seguidos de neoliberalismo agotan a cualquiera; una chica que no los votó me dice que ganaron porque la derecha fue dividida a los comicios; una chica que los votó me dice que ella hubiera votado por Herty Lewites, del Movimiento Renovador Sandinista, pero que Herty se fue a morir de un infarto poco antes de los comicios. Todos, me parece, tienen su parte de razón. Si me detengo a hablar sobre los sandinistas como no lo hice con ningún otro régimen político del continente, es porque alguna vez mi generación creyó que eran "los buenos", los revolucionarios, la encarnación de los ideales y los sueños de libertad de América Latina. Acabaron con la tiranía de los Somoza, sí, pero no pudieron construir un país nuevo. El hostigamiento de los Estados Unidos y la guerra contra la contra fueron una de las causas de este fracaso, pero no la única. El FSLN es hoy un partido del sistema, que ganará y perderá elecciones, que negociará lo que se pueda negociar con la oposición a fin de que nada cambie demasiado. Las banderas rojas y negras vuelven a las calles de Managua, aunque hace rato que el sueño terminó. Pero basta de política: vamos a la cancha, que no pude ver un solo partido desde que empezó este viaje. El más importante es Masatepe-San Marcos: ya hay tres clasificados para las semifinales del torneo y el restante surgirá de aquí. Nos vamos, entonces, en taxi, hasta la terminal, de donde sale la combi que va a Masaya. El taxista va escuchando un relato deportivo. No es fútbol: es béisbol. El tipo es hincha del Bóer y dice que es el equipo más fuerte de Nicaragua. Qué bueno, le digo, lo felicito. Tomamos la combi, en poco más de media hora llegamos a la puerta del estadio Roberto Clemente, de Masaya. Los diarios decían que se jugaba acá, debe haber un error, pero no es un error: es que no hay nadie. Llegamos quince minutos antes del partido. Nos cuesta encontrar la boletería, sacamos las entradas y nos quedamos afuera un rato. De pronto vemos que entra un padre con su hijo: el chico tiene la camiseta azul y blanca del Masatepe. Le preguntamos dónde se puede comprar una. Nos dice que hay que mandarlas a hacer al club y que tardan más o menos quince días. El escudo del Masatepe está hecho en serigrafía: es un venado con cara de malo vestido con la camiseta del Masatepe. Entramos, al fin, al Roberto Clemente: ¡es un estadio de béisbol! No hay césped en las áreas (en el caso de que así se llamen) donde se paran los catchers y los pitchers. Alrededor de doscientas personas en el mejor de los casos, todas del mismo lado, observan el partido. Nadie canta nada: aúllan en las jugadas de peligro, celebran con entusiasmo saques laterales. El primer tiempo es casi un dolor de ojos, la mayoría de los pases van a parar a los contrarios, pero así y todo se nota que el Masatepe tiene mucho más equipo que el San Marcos. Mi síndrome de abstinencia futbolística es grande: un partido malo (y este es malo de verdad) siempre es mejor que ningún partido. Cuando termina el primer tiempo, uno de los jugadores del Masatepe viene al alambrado a dialogar con un hincha amigo. Me sumo al diálogo. Analizamos el partido: el jugador me escucha con una atención sorprendente, casi como si yo fuera el entrenador del equipo. En el segundo tiempo jueguen tranquilos, le digo, aprieten en la mitad de la cancha y salgan rápido de contra, que el gasto lo tienen que hacer ellos. Sí, tenés razón, son un desastre, me responde. Me cayó simpático el Masatepe, un poco porque juegan mucho mejor que sus rivales y otro poco porque hay dos argentinos en el equipo, dos argentinos a los que reconozco más por el acento que por lo que hacen en la cancha.

En el segundo tiempo, el Masatepe juega demasiado tranquilo y el San Marcos se come varios goles. El Masatepe se pierde una contra que liquidaba el partido. —¿Quién es el que se comió ese gol? —le pregunto a un hincha. —Ese argentino verga... —me dice. No pregunto más. El jugador "distinto" del Masatepe, el fantasista, es el panameño Raúl Leguías. Por fortuna, entre los 22 hay uno que sabe. Lástima que el técnico lo saca para cuidar el resultado. El partido termina 1 a 0 y Masatepe se clasifica semifinalista en el torneo de la Fenifut. Los hinchas de los dos equipos salen a la calle al mismo tiempo y, por supuesto, no hay ninguna clase de incidente. Hay fiesta en Masaya, pero no es en la calle sino en las casas. Durante las celebraciones de San Jerónimo, la gente abre sus puertas para que se metan adentro los bailarines con sus trajes típicos y los grupos folclóricos, con sus marimbas. Los músicos tocan dos o tres temas, los bailarines bailan, los vecinos los miran, sentados en el suelo del living, los dueños de casa les dan la bienvenida a los que entran, pase, esta es su casa, y cuando termina el minishow, la troupe de músicos, bailarines y vecinos se dirige a otra casa de la cuadra, donde el ritual vuelve a empezar. No hay euforia sino, más bien, una serena alegría itinerante. Lo que no hay, tampoco, son combis para regresar a Managua, y los taxistas parecen interesados en vaciarnos de córdobas los bolsillos. Afortunadamente hay otros pasajeros en la misma situación que nosotros, de manera que terminamos compartiendo un taxi entre varios. A las cinco de la madrugada sale un nuevo Tica Bus desde el hotel. Eso es bueno, porque uno puede tomarse una botella de ron Flor de Caña por ahí, regresar a las cuatro, bañarse y estar listo para una nueva travesía. Ocho horas de viaje a Tegucigalpa, entonces, 412 kilómetros y ningún problema en la aduana, y nuestras córdobas se convierten en dólares y nuestros dólares se convierten en lempiras. Nos alojamos en el hotel Alejandra's, en Comayagüela, una zona minada por iglesias evangélicas. ¿Qué podemos decir sobre la noche de Tegucigalpa en un día hábil? Que en todos los negocios aclaran que está prohibido ingresar con un arma, lo cual indica que en esta ciudad es necesario aclararlo. Que hay un trío de mariachis al pedo en cada esquina del céntrico Boulevard Morazán, esperando sin suerte que alguien los contrate, mariachis por todos lados, tantos mariachis como si fueran travestis en una zona roja, tal cual, algunos autos los paran, les preguntan la tarifa y siguen de largo.

Felipe y yo nos vamos a comer a la pupusería El Patio, lo que me obliga a explicar qué es una pupusa: digamos que es una tortilla hecha con harina de maíz o harina de arroz, rellena, y que el relleno admite diferentes posibilidades, como ayote, chicharrón, frijoles, queso y loroco (una flor a la que se le atribuyen propiedades afrodisíacas), carne, pescado, pollo, queso y hojas de mora o queso y chile verde, aunque yo he visto, también, tomate y cebolla. Las pupusas han originado un diferendo político-cultural: hondureños y salvadoreños se disputan la creación de este manjar que ahora degustamos en la pupusería El Patio, sobre el Boulevard Morazán, pródiga en turistas y sin embargo razonable en materia de precios, la pupusería El Patio, donde canta Lin Ramírez, cabello negro brilloso de tintura, traje gris, tal vez demasiado gris para subirse a un escenario, camisa granate, Lin Ramírez, quien entre tema y tema nunca se olvida de informarnos que este espectáculo llega a nosotros por cortesía de Cerveza Salva Vida... Lo que se llama cerveza. Lin tiene un repertorio basado en boleros y corridos mexicanos que sabemos todos, o casi todos, un repertorio donde prevalece Chente Fernández por sobre José Alfredo Jiménez, jamás un semitono, no le pidan matices a Lin Ramírez, este espectáculo llega a ustedes por cortesía de Cerveza Salva Vida... Lo que se llama Cerveza y la verdad es que Lin Ramírez se gana sus lempiras, porque canta siete, ocho temas, descansa un rato y vuelve, otros siete, ocho temas, y así hasta las tres de la mañana, pero esta noche es distinta a las demás, porque esta noche alguien lo ayudará con su rutina, esta noche, luego de su gira triunfal por los Estados Unidos, nos dejará en la formidable compañía de Anderly Robles, Anderly, que toma el micrófono y dice agradezco esta posibilidad que me brinda la pupusería El Patio, porque ustedes saben que es hermoso cuando uno recibe el aplauso del público de otras latitudes, pero uno necesita, a veces, el calor de su gente, y yo necesitaba estar con ustedes, dice Anderly Robles, como si fuera Luis Miguel en el Estadio Azteca, Anderly Robles, cuyo nombre no aparece en el Google, que evidentemente no tomó nota aún de su éxito en los Estados Unidos, y ni siquiera de su propia existencia, Anderly Robles, que en todas las canciones mete un ayayayay y en todas las notas altas le pasa el micrófono al público para que lo libere de la responsabilidad, Anderly Robles, un campeón de la demagogia que, hay que decirlo, despierta un poco más a los comensales que Lin Ramírez.

Al final del show, Lin se sienta en una mesa y se toma un whisky y se me ocurre que nadie debe conocer la noche de Tegucigalpa como él. Me acerco y le digo que soy periodista, que quiero que me cuente su historia y me dice que cómo no, que lo espere tomar un par de whiskicitos y que luego la hacemos, y ahí descubro que Lin es una estrella, porque no viene nunca a nuestra mesa, se queda departiendo con Anderly Robles, con una de las mozas, con uno de los dueños, y así pasa el rato, mientras Lin se hace esperar, y así pasa el tiempo hasta que nos cansamos de esperarlo y nos vamos. Lo que nos queda de nuestro brevísimo paso por Honduras es esta noche melancólica de boleros y corridos con dos hondureños que se hacen los mexicanos, dos hondureños que viven la ficción del estrellato en la Pupusería El Patio. Aunque llueve y se hace un poco más largo de las cuatro horas previstas y oscurece rapidísimo y no vemos nada por las ventanillas, el viaje a El Salvador es maravilloso, porque vamos viendo y escuchando un DVD del festival de Viña del Mar de los 70. Están todos: Juan Gabriel, José José, Leonardo Favio, Nino Bravo, Antonio Prieto, Albano y Romina, Camilo Sesto, Aldo y los Pasteles Verdes, todos en blanco y negro. Falta el más grande, Roberto Sánchez, Sandro, pero incluso los cantantes que no nos gustan son mejores que Lin y Anderly.

En San Salvador, Tica Bus tiene dos hoteles: El Mesón de María está en la terminal de San Benito, en la zona rosa; el San Carlos está en la calle Concepción, en el barrio de las funerarias. El San Benito está lleno: adivinen a qué hotel vamos a parar. El baño tiene cortina en lugar de puerta. El techo del pasillo tiene goteras: abrir la puerta de nuestro cuarto es chapalear en el agua, pero nos vamos a pasear por las funerarias: las estadísticas oficiales indican que en El Salvador mueren unas diez personas por día a causa de la violencia. Cada vez que muere alguien dicen que fueron las maras, dice Marina, viuda de Hurtado, la dueña de la funeraria La Popular. Y por supuesto que las maras matan gente, pero no son las únicas, por desgracia, la Policía mata gente, el Gobierno mata gente. Ahora no están muriendo muchos niños, pero hay épocas en que es impresionante, muchos problemas durante el nacimiento y en los primeros días. Un féretro para un niño recién nacido cuesta, en La Popular, entre 60 y 65 dólares, aunque si los familiares no pueden pagarlo podemos conversar de una rebajita, porque la gente a la que se le mueren los niños, en general, es muy pobre. Nosotros estamos para escucharlos en un momento tan difícil, dice Marina, convencida de que los ataúdes infantiles son la mejor oferta. Según la Unicef, todos los años mueren cuatro mil niños en El Salvador.

Tenemos más o menos 40 minutos de viaje desde nuestro barrio al Pupusódromo, donde el Mirador de los Planes de Renderos, la visión más panorámica que ofrece la ciudad de San Salvador y el mejor lugar para comer pupusas, el lugar donde se disipa definitivamente cualquier duda que pudiera quedar sobre la nacionalidad de las pupusas. Si uno se toma el grato trabajo de seguir a una de las pupuseras que caminan por la calle con su balde en la cabeza, puede verlas entrar con sus baldes en las casas de los tipos que muelen el relleno con sus morteros de madera y sus máquinas mecánicas, levemente parecidas a las picadoras de carne. Entre una pupusería y otra se halla la Escuela de Formación de Cuadros del Farabundo Martí de Liberación Nacional, el FMLN de El Salvador, donde venden bustos y fotos del Che, de Fidel, de Chávez y de Schafik Handal, el líder histórico del Frente, fallecido el año pasado, y nos prometen que el partido va a tomar el poder, tarde o temprano, por la vía democrática, y que no va a cometer los mismos errores que Daniel Ortega en Nicaragua. Desde la ventana veo una habitación donde hay banderas de diferentes movimientos, desde el ahora moderado PT de Lula hasta las Farc. Regreso desde el pupusódromo a San Salvador en mototaxi, porque después de las ocho de la noche no hay más buses. Me bajo antes, cuando descubro que, poco antes de llegar a nuestro barrio hay piñaterías de todas las clases. El problema de las piñaterías, se me ocurre, es que las piñatas que venden son demasiado lindas: romperlas tan solo para capturar las golosinas que llevan adentro parece un acto de crueldad imperdonable, incluso para un niño. Y podemos seguir hablando de los vendedores ambulantes en el centro histórico, en todas las esquinas, por todas partes, los vendedores de bolsos, de camisetas de fútbol, de MP3, de DVD, de pornografía, de ropa, de baratijas, de lo que sea, vendedores y más vendedores, veredas y más veredas imposibles de ser caminadas. Si la pobreza de un país se midiera por la cantidad de vendedores ambulantes en las calles céntricas, El Salvador estaría en serios problemas. Y podemos, a la noche, distraernos un poco escuchando una banda de covers más o menos decente en la zona rosa y cenar en Nuestras Costumbres argentinas, el lugar donde cedo por segunda vez en este largo viaje a la tentación de comer comida parecida a la de casa (el otro fue un asado en Mal País), tal vez tentado porque desde Nicaragua la gente ha vuelto a hablarme de vos, como en Buenos Aires. Bienvenida sea, entonces, esta milanesa napolitana antes de irnos a Guatemala. A bordo del Tica Bus hemos recorrido 885 kilómetros de Panamá a San José; 550, de San José a Managua; 412, de Managua a Tegucigalpa; 363, de Tegucigalpa a San Salvador, y ahora nos tocan 274, de San Salvador a Ciudad de Guatemala. Desde Honduras, nos han advertido que tengamos cuidado con las maras, que los mareros son peligrosos y que no conviene mucho topárselos. Hemos zafado de los mareros hasta ahora y zafaremos, también, en esta ciudad colonial perfecta, donde Chico Méndez, un periodista amigo de Felipe, nos indica que las zonas de la ciudad están numeradas y que lo único que tenemos que hacer es evitar los números que no nos convienen. El periodista nos programa un circuito de bares que comienza en El Portalito, donde una vez se juntaron a emborracharse Miguel Ángel Asturias y Pablo Neruda y se quedaron sin dinero para pagar la cuenta, y debieron llamar a Augusto Monterroso para que la saldara. La caravana va creciendo: de bar en bar se van sumando más personas. Conocemos a un artista plástico, al parecer muy renombrado, a quien acompañan tres chicas.

—Es un gran artista —me informa Chico—. Subió a una india a la cinta de un gimnasio y esa era la obra. En La Bodeguita del Centro, llamada así en homenaje a La Bodeguita del Medio que Hemingway frecuentaba en Cuba, nos toca una velada de lucha libre. Los luchadores son cuatro y pelean en parejas, pero terminan peleando todos contra todos e incluso contra el árbitro, como corresponde. El favorito del público es el enanito, natural víctima de las inequidades arbitrales. Cuando termina el catch, La Bodeguita queda casi vacía. Nos dirigimos a otro bar que, igual que La Bodeguita, está empapelado con afiches de artistas como Silvio Rodríguez, Carlos Mejía Godoy, etc., o bien afiches políticos del Farabundo y de organismos de derechos humanos. Me fijo en uno que lleva la sigla H.I.J.O.S. Pienso que es un afiche argentino. No: es guatemalteco. Dice 45 mil desaparecidos. Ni olvido ni perdón.

—Nos ganaron —le digo a nuestro anfitrión. Nosotros tenemos 30 mil desaparecidos.

—No, te equivocas —me contesta. Nosotros tenemos 45 mil desaparecidos solamente en la ciudad de Guatemala. En todo el país hay 250 mil desaparecidos.

—250 mil desaparecidos...

-Exacto. (Continuará...)

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