Ahora que todo terminó, que llegué hasta el final y volví a casa; ahora que dejo atrás la sucesión de personas, pueblos, fronteras, paisajes; ahora que concluye esta serie y observo con asombro que atravesé doce países como quien no quiere la cosa (o trece, si contamos el pie que puse en el imperio), siento que este último tramo sirvió, digamos, para unir los fragmentos dispersos. Tijuana es el último punto que tocamos en nuestro recorrido. Representa ­—no de manera simbólica: de manera bien concreta— el final de un mundo y el comienzo de otro y la manera hostil y recelosa en que un mundo, el primero, recibe al tercer mundo, el nuestro. Pero no me tengo que apurar: a los efectos del relato estoy en Guatemala, todavía tengo que pasar por la Antigua Guatemala, la ciudad colonial de los siglos XVI y XVII, con sus calles empedradas y su arquitectura barroca española, la ciudad al borde del felizmente extinguido volcán de Agua, para darme el lujo de tomar un café en La Fonda de la Calle Real, donde Bill Clinton quiso pagar con tarjeta en 1999 y le dijeron que no recibían tarjetas de crédito, y resultó que ninguno de los de su troupe tenía dinero en efectivo y tuvieron que salir a conseguir y hasta que no lo consiguieron no se fueron.

Subimos al último Tica Bus, ahora con destino a Tapachula, México. En la frontera nos sucede todo lo que hasta ahora habíamos visto y habíamos contado que les sucedía a los terceros. Felipe rebota. Los mexicanos le piden de todo y es domingo: equis cantidad de dinero en efectivo (y estamos casi en rojo, esperando un Western Union), certificado de trabajo en su país de origen, pasaje de regreso (no lo tiene, no lo puede tener, las características de nuestro viaje hacen imposible que lo tenga) y ahí estamos, entonces, varados en la frontera, viendo cómo el Tica Bus, impiadoso, sigue su camino sin nosotros. Todos los buitres de México se nos acercan, usted deme doscientos dólares y su pasaporte y espéreme aquí que ahorita se lo resuelvo, usted cuánto tiene, sígame amigo, por aquí por aquí, bueno, está bien, deme ciento cincuenta dólares y yo le devuelvo su pasaporte bien selladito, civiles y policías ofrecen transacciones de lo más dudosas y de lo más peligrosas, formando un coro de mexicanos que le quiere sacar dinero a Felipe. Nos alojamos en un hotelito al costado de un cabaré y en el hotel se aparece un nuevo buitre, otra vez, usted deme doscientos dólares que yo le resuelvo todo, las chicas del cabaré —jovencísimas, unánimemente hermosas— se pasean casi en bolas por la calle, y los tipos que se pasean por la calle, mejor no cruzárselos, nos quedamos en el hotel. Miramos El rey león y La era del hielo, no sé si la una o la dos, por la tevé mexicana, la tevé del país que está tan cerca y tan lejos a la vez, caminamos por las paredes, preguntándonos si lo lograremos o si todo terminó aquí. Parece una telenovela: Felipe me dice ni se te ocurra rendirte, hombre, y yo, Felipe, sin vos no voy a ningún lado. Y al fin, a las 22:30, la hora en la que calculamos que cambió el turno en migraciones, volvemos a intentarlo. Lo tienen un ratito a Felipe, quince, veinte minutos de amansadora ablandafelipe hasta que chack, el ruido del sello que se estampa sobre su pasaporte nos suena a música celestial, ya podemos irnos, vamos los pibes, carajo, o son más honestos que los anteriores, o nos escanearon con la mirada y concluyeron que no tenían dinero que sacarnos. Como sea, vamos a poder terminar nuestro viaje, pero una vez que cruzamos el puente en la negrura de la noche, con nuestros bolsos, nuestras mochilas, nos preguntamos cómo salimos de ahí, y nos cruzamos con los taxistas fronterizos, que tienen el mismo semblante de los buitres que nos prometían solucionarnos el problema si les dábamos doscientos dólares y les prestábamos el pasaporte.

Necesitamos un auto ya mismo, porque no podemos caminar con el equipaje encima y porque no hay una terminal de buses en Tapachula, lo que hay son diferentes compañías de transporte, cada cual con su terminal, y entonces tenemos que hacer un minitour para saber cuál es el primer bus que sale para el D.F., y cada taxista nos pide una fortuna mayor. Es que está peligroso por ahí, usted sabe que esta es zona de mareros, nadie le va a cobrar menos que nosotros, dicen, y se ríen, hasta que aparece el taxista del milagro. Está acompañado por su madre: la madre del taxista dice que lo acompaña para que no se tiente, para que no caiga en el pecado, y él se ríe. Van escuchando una radio evangélica, gloria a Dios, el Señor nos puso aquí para que los lleváramos a buen puerto, porque ustedes saben dónde suben con esos tipos, pero no adónde se bajan.

Un poco más tranquilos, recorremos las compañías de transporte. Uno de los dos baja siempre con nosotros, o el taxista o su madre, para que no temamos dejar nuestro equipaje a bordo del taxi. Ninguna de las compañías tiene boletos para ya mismo: el taxista nos lleva, entonces, al hotel Imperial, diez dólares por cabeza, de Imperial tiene bastante poco y hace mucho frío en esta habitación, pero es una noche nomás, y estamos llegando al final y hasta hace un rato creíamos que todo había terminado. Todavía nos quedan cuatro mil kilómetros de ruta: dieciséis horas hasta el D.F. en un bus sin baño y ¡cincuenta! horas hasta Tijuana en el Norte de Sonora, cincuenta horas por el camino más peligroso que hemos atravesado en nuestra vida, incluidos los trayectos anteriores de este mismo viaje que comenzó en Buenos Aires. En algún momento veo una especie de cementerio de automóviles al costado de una curva: se me ocurre que es un lugar raro para acumular carrocería. Descubro que es un cementerio que se formó con el tiempo, con los autos que se han ido cayendo. Atravesamos Irapuato, Guanajuato, Puerto Vallarta, Tepic, Peñas, La Concha de Sinaloa, Mazatlán, Culiacán, Guamuchil, Guasavé, Manaloa, Hermosillo, Obregón, Sonora, Cabarcos, Sonoyta, San Luis, La Rumorosa (donde está el cementerio natural de automóviles), Tijuana. En San Luis empezamos a ver chapas, chapas y más chapas: del otro lado está el desierto de Arizona. No puedo precisar con exactitud cuántas veces nos para la Policía en el camino para registrarnos, pero son unas cuantas. Nos piden el pasaporte, nos hacen bajar, revisan el bus. Una y otra vez se nos cruza la misma endemoniada idea: que no queda nadie a bordo del bus fiscalizando a quienes nos revisan, que cualquier policía malintencionado podría, si se lo propusiera, robarnos algo o plantarnos algo. Podría ocurrirnos, pero afortunadamente no nos ocurre.

Dentro del bus hay dos parejitas y un muchacho solo que se bajan en Sonora y planean entrar en los Estados Unidos por Arizona. Tuvieron que poner dos mil dólares por persona para que el coyote los cruce. Deberán caminar entre los cerros, en el desierto, durante seis horas. El problema no es solo la migra, me explica uno de ellos. El problema son los narcos, también, y si se cruzan la migra y los narcos y tú te quedas en el medio, ni te cuento, yo sé por qué te lo digo. El muchacho dice que allí se gana más que acá, que la vida se compone de riesgos, que en todo caso de algo hay que morir. Hay algo de impostado en ese discurso: no parece que quisiera convencerme, más bien parece que pretende convencerse a sí mismo. Uno solo de los cinco tiene más de veintitrés años: nos despedimos de ellos con mucha emoción, como cualquiera se despediría de alguien que va a arriesgar su vida.

La última requisa, la de toxicomanía, es la más engorrosa justamente porque es la última. Cuando uno ha pasado cuarenta y pico de horas a bordo de un bus a lo largo del desierto, le fastidia que lo detengan, que posterguen unos minutos más, por pocos que fueran, la llegada a destino. Tratamos de que no se note nuestra molestia: nos convertiría en sospechosos a los ojos de la Policía (en cada requisa observo que Felipe, por Portación de Costa Rica, es, para ellos, mucho más sospechoso que yo)

Más adelante suben Mary, diecinueve años, y su hijo Edwin, de dos. El niño lleva una marca en la mano: Cereso. Es el sello de la cárcel donde Edwin conoció a su padre hace dos días. El padre de Edwin era un coyote. Yo le dije que lo iban a agarrar, dice Mary, pero él insistía en que se ganaba muy bien, que era un trabajo muy fácil y que ayudaba a la gente. Cruzaban por un río donde el agua te llegaba a las rodillas, tenían que caminar más o menos dos horas y luego se subían a un tren. Cobraba mil quinientos, dos mil dólares, según adónde les pedía el cliente que lo llevaran, pero no era toda para mi esposo, él la repartía con el coyote que estaba del otro lado de la frontera. Fue una suerte que agarraran a mi marido del lado mexicano, imagínate si lo agarraban del otro lado.

Fue horrible el encuentro, dice Mary, porque el niño no lo quería agarrar al padre, imagínate, no lo conocía, fue un poco triste. Él se había negado hasta ahora a que yo viniera, pero yo quería que mi hijo conociera a su padre… No sé por qué te interesa mi historia, no tiene nada de interesante, es una historia de lo más común.

En el momento exacto en que mi esposo tomó a Edwin en brazos por primera vez en la vida, otro de los presos me tocó las tetas, me faltó el respeto, me sobó, dice Mary, fue horrible, pero yo le dije a mi marido que se tranquilice, que no se busque pleitos porque lo van a castigar y es peor para él.

Mary sabe que no volverá al Cereso y no sabe qué pasará con su marido. Cuando él salga, dice, veremos qué pasa entre nosotros: dos años es mucho tiempo y hemos cambiado mucho.

Apenas bajamos del bus y empezamos a caminar dentro de la terminal, somos detectados por un policía de migraciones que nos lleva a su despacho y nos pregunta qué estábamos haciendo allí. Aunque la situación es, en sí misma, intimidatoria, el tipo nos indica dónde alojarnos, dónde queda el centro, etc. Recomendarnos un alojamiento era una estrategia amable para mantenernos controlados, pero los hoteles que nos recomienda son demasiado caros para nosotros, al menos hasta que llegue el WU. Nos tomamos un taxi hasta la avenida Revolución: Felipe se sienta frente a una compu a avisarle a todo el mundo que estamos bien, que estamos en Tijuana, que llegamos, que misión cumplida.

Recuerdo haberme indignado sin conocer Tijuana cuando vi la película Traffic. Para aquellos que no la vieron, recordaré simplemente que todo lo que sucede en los Estados Unidos sucede en colores, y que todo lo que sucede en México sucede en Tijuana, y Tijuana es, para el director Steven Soderbergh, una ciudad sepia. Nada más lejano a la realidad. Tijuana es puro movimiento y puro ruido: podrá ser una ciudad de colores chillones y de volumen brutal, pero jamás una ciudad sepia. Nos alojamos en un hotelucho en Revolución y Coahuila, sobre Coahuila, lo que técnicamente, para la gente de Tijuana que conoceremos luego, es un disparate. Dicen que en los hoteluchos de Coahuila el robo del pasaporte es un oficio consolidado. A metros de nuestro alojamiento vemos un tipo con sangre en el pecho, una ambulancia, un patrullero. Tomamos nota.

Caminamos fascinados por la avenida Revolución y los empleados de las tiendas todo-para-el-turista nos interpelan invariablemente en inglés. Hello, guy, come on, take a look, my friend. Somos extranjeros y se supone que todos los extranjeros hablan en inglés. Los comerciantes hablan entre ellos en un spanglish que expone su identidad fronteriza mejor y más rápido que cualquier estudio sociológico. La música que emana desde las discotecas es reggaetón a lo Daddy Yankee y Shakira, pero un solo tema de la colombiana, el bilingüe Hips Don't Lie. Hemos llegado hasta aquí para ver, para palpar, para saber dónde y cómo termina América Latina. Las ocho horas de sueño nos restablecen mínimamente de las cincuenta horas de viaje y salimos a ver la frontera. Lo primero que vemos es la línea: la frontera oficial por donde pasa la gente formada en una larga fila de caminantes y en una larga fila de automóviles. Los pasadores, que cruzan a la gente de a pie en sus combis, ofrecen su servicio a los gritos. Por acá cruzan quienes están en regla y quienes intentan ver si logran cruzar con pasaportes falsos. Nos subimos a un bus y salimos a recorrer la ciudad: donde quiera que vayamos vemos un horrible muro de chapas que nunca se termina. Del otro lado está San Diego, Estados Unidos. Donde quiera que vayamos vemos chapas, tenemos que mirar al aire para no verlas. Tijuana es una ciudad bordeada por chapas, una representación gráfica de la asfixia.

Nos dirigimos a la Casa del Migrante. Es un hogar dirigido por el misionero brasileño Luiz Kendzierski, que da refugio a quienes están preparándose para cruzar la frontera y a quienes fueron deportados de los Estados Unidos. Además de casa y comida por unos días, allí se les brindan charlas sobre derechos humanos, sobre los peligros de lo que van a hacer, sobre sus raíces culturales, sobre VIH, etc. Con la migra no tenemos problemas, en general, dice el padre Luiz, como todo el mundo lo llama por aquí. Nuestro problema mayor es con la Policía, que es muy corrupta aquí en la Baja California. A los migrantes, la Policía les roba todo: el celular, el poquito dinero que llevan, el pasaporte. Los migrantes son gente muy golpeada y muy pobre, que están dispuestos a cualquier sacrificio en busca de un futuro mejor. Como Martín, que tiene dos pesos mexicanos en el bolsillo (U$S 0,20) y me asegura que si logra engancharse en un pesquero en Los Ángeles va a ganar entre sesenta y ciento veinte mil dólares en seis meses. Ya tiene todo planificado. Voy a cruzar solo por Tecate, ya conozco el camino y no quiero que ningún coyote me saque la plata, la gente es buena onda en San Diego y me va a ayudar a esconderme. Martín está negociando una cobija en la Casa del Migrante, esa cobija, dice, es lo único que necesita para emprender su aventura.

El ambiente de la casa del migrante es amable, pero nadie confía ciegamente en el vecino. En la oficina de administración hay fotos de los migrantes alcohólicos y los ladrones que han sido expulsados de la Casa y tienen la entrada prohibida. La gente se estudia, los lazos se establecen de a poco. Pedro logró cruzar a los Estados Unidos en un tren carguero, escondido entre el contenedor y la plataforma del vagón. No estaba solo: en el mismo tren iban alrededor de cien personas y en esa incómoda situación viajó alrededor de doce horas. Ya en Estados Unidos se fue a vivir a San Bernardino, consiguió papeles falsos, un trabajo, se compró un carro, luego un apartamento, no le iba mal y progresaba, incluso, a mayor velocidad de lo que había pensado. En un procedimiento de rutina lo detuvieron en un semáforo. La patente del carro estaba vencida, una averiguación llevó a la otra, un policía sospechó y lo deportaron, y a empezar de nuevo. Pedro sueña con una novia rubia de ojos azules, las gringas son más lindas que las mexicanas, dice, imagínate yo, con una rubia de ojos azules, qué te parece, hermano, dice.

De regreso, en el centro de Tijuana, un tipo raro por demás nos sigue un par de cuadras. Nos detenemos en una esquina y nos encara, hey guys, do you have a car? Y después lo dice en spanglish, ¿Hey guys, no tienen un carro? Si me cruzan por la línea les doy mil dólares, lo único que les pido es que digan que voy con ustedes, que soy amigo de ustedes.

—No tenemos carro.

—¿Necesitan cruzar?

—Y si necesitáramos, ¿qué pasa?

—Si quieren cruzar por la línea, páguenme tres mil dólares. Si quieren cruzar por los cerros, páguenme ochocientos. ¡Lo podemos hacer ya, si quieren!

—¿No era que usted no tenía carro? ¿Cómo nos va a cruzar?

—Ustedes no se preocupen, quédense tranquilos que todo va a andar bien.

Dejamos al coyote-sin-carro, no sin cierta paranoia. Tratamos de perderlo de vista, en atención a lo que nos han dicho sobre lo codiciados que son los pasaportes. Queremos ver la frontera marítima y nos vamos a la playa. Lo que vemos es una especie de aberración arquitectónico-política: una fila de barras de hierro que atraviesan la arena, se meten en el agua, continúan en el mar. El mar separado con barras de hierro. De un lado ellos; del otro, nosotros. Los niños cruzan libremente por las barras de hierro, corren y juegan de acá para allá, de allá para acá. La idea de una frontera que los detenga no les entra en la cabeza. Ahora están en Estados Unidos, ahora están en México, ahora en los Estados Unidos, ahora en México, el juego es cruzar de un país a otro una y otra vez entran y salen los chicos, van y vienen mientras un vigía atento los observa desde el lado yanqui, no sea cosa que el juego deje de ser un juego y los niños se le infiltren en el imperio. Cedo a la tentación: cruzo del otro lado, me tomo una foto y paso unos segundos en el país número tres de mi viaje. La foto en la playa, mirando hacia México desde el lado yanqui, es un souvenir perfecto para cualquiera que pase por Tijuana. Es un ejercicio simbólico de libertad, nada más y nada menos que un ejercicio simbólico. Nos vamos al aeropuerto: el camino es puro chaperío, o pura barda, como le dicen aquí. Y las bardas dan cuenta de los 4.045 migrantes que han muerto entre 1994, cuando el gobierno de Bill Clinton comenzó la Operación Guardián de patrullaje fronterizo, y 2005. La seguidilla de cruces de madera con los nombres de cada migrante muerto es impresionante, como los ataúdes de colores que indican la cantidad de muertos por año, los ataúdes y las cruces que son la consecuencia directa de las bardas horribles sobre las cuales se asientan. Y así llega a su fin este viaje que comenzó en Buenos Aires, a bordo del Ormeño, y concluyó en Tijuana, en la frontera con los Estados Unidos, la frontera delimitada con chapas, cruces y ataúdes que evocan a quienes soñaron con un futuro en la que, suponían, era la tierra de las oportunidades.

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