No tienen mapas. No tienen radio. No tienen un puto celular y aunque lo tuvieran, probablemente no tendría señal. No saben dónde carajo estamos: debe ser la cuarta vez que deambulamos por este precipicio, algunas mujeres han vomitado (han tenido la deferencia de hacerlo en bolsitas, como en los aviones) y otros estamos tomando Mareol para no vomitar. El aire acondicionado ha dejado de funcionar hace largo rato y el poco oxígeno que entra, llega desde las escotillas abiertas del techo del bus. Nadie mira la película de terror aportada por Óscar, el viajante de comercio peruano (curiosamente, el mismo que aportó el Mareol), que acaso podría habernos entretenido en una circunstancia diferente; los gritos de ese maremágnum de carne, ese monstruo sanguinolento con varias cabezas y varios cuerpos que absorbe todo lo que se le cruza, parecen una metáfora de la situación que vivimos a bordo del Expreso Ormeño. Los caminos ecuatorianos se han convertido en una cinta de Moebius de la cual los choferes no logran sacarnos. ¿Cómo llegamos a esto? ¿Cómo salimos de acá?

Antes de llegar al paso de Arenillas, o sea, antes de llegar a la frontera entre Perú y Ecuador, un camión que avanzaba por la ruta Panamericana en sentido contrario al nuestro le informó al chofer la mala noticia. El paso de frontera estaba cortado por un grupo de trabajadores bananeros en huelga: si llegábamos hasta ahí no solo no nos dejarían pasar, tampoco nos dejarían regresar hasta que la huelga terminara. El chofer, entonces, les comunicó a los pasajeros que el viaje duraría siete horas más de lo previsto y volvió sobre sus pasos. Cruzamos a Ecuador, entonces, por el paso de Macará. Una de las grandes ventajas de ese puesto fronterizo es que había una especie de barcito donde vendían cerveza helada a precios razonables: en un viaje como este, interminable, este tipo de cosas se valoran como el maná. El puesto de migraciones quedaba a pleno sol, en medio de un puente, sobre un río por el cual cruzaban balsas y más balsas y más balsas inflables azules, de Perú a Ecuador, de Ecuador a Perú, pasaban y pasaban las balsas misteriosas, cruzaban la frontera por el río y casi jugamos a contar cuántas pasaron hasta que finalmente nos atendieron y nos sellaron los pasaportes. El chofer confiaba en retomar la Panamericana a la altura de Machala, pero antes de llegar se enteró de que también allí los huelguistas habían cortado la ruta.

Ahora hay que buscar un plan C para llegar a Guayaquil y desde allí a Quito. Estamos perdidos, porque ninguno de los choferes sabe qué hacer. Hasta aquí llegan mis conocimientos, dice uno de ellos muy suelto de cuerpo. Haremos lo que podamos, dice el otro, como si nos estuvieran haciendo un favor. Estamos perdidos en el monte ecuatoriano. Se hace de noche, nos detenemos en un surtidor de nafta, no hay nadie. No es solo que "no hay nadie": no hay un alma, no hay luz, no hay nada. Aquí estamos. La primera vez que pasamos por ahí en medio de la negrura más absoluta, nos causa gracia; la segunda, al cabo de unas cuantas vueltas en círculo, ya no. Aquí, al menos, hay un cartel que indica que estamos en Bellavista. Lo que no dice, lo que los conductores querrían (deberían) saber, es cómo salimos de aquí. Si por lo menos no llegara ese olor nauseabundo desde el baño...

Para bien y para mal, la confortable asepsia de los viajes en avión no me hubiera permitido vivir nada de lo que estoy viviendo. Me propuse atravesar Latinoamérica en bus, desde Buenos Aires hasta Tijuana —allí donde Bush está tan preocupado porque nadie se meta a trabajar en su imperio— y un solo episodio del segundo tramo de mi viaje alcanza para ofrecerme una verdadera serie de situaciones emblemáticas: trabajadores en lucha, bananas, fronteras cortadas, improvisación, ni un solo mapa en un bus que pasa por tres países distintos...

Este viaje durará alrededor de 84 horas. Se suponía que sería más corto que el tramo Buenos Aires-Lima (72 horas), pero será más largo y, por cierto, más duro. Habíamos arrancado en Lima a las seis de la tarde, cenado en Supe a las diez de la noche, desayunoalmorzado en Piura a las diez y media del día siguiente, del peor día del viaje. Chicharrón de pollo con plátano de la isla. Helado para todos. En Piura, incluso, habíamos hallado un cibercafé donde mandar mails. Hasta entonces, no nos podíamos quejar.

Además de nosotros, el único pasajero que se repite del primer Ormeño al segundo es Érika, la periodista desocupada. Por lo demás, el perfil de la gente que viaja es muy distinto al de Buenos Aires-Lima: si en el primer tramo había una gran necesidad económica, en el segundo prevalece la búsqueda de aventura, el deseo de lanzarse a la ruta y andar.

Érika necesita a la vez trabajo y aventuras. Nos ha paseado por Miraflores, ha venido a despedirnos a la terminal del bus y terminó viajando con nosotros, con la esperanza de que en Bogotá cambiara su suerte. "Cambiar la suerte" o barajar las cartas y dar de nuevo, para eso viaja la gente a menudo. Como Macarena, una profesora chilena de historia que renunció a todos sus cargos y se va cinco meses a Quito, donde la espera su novio. Los viajes sirven para reinventarse, dice. Y aunque la frase suene a lugar común de tantas veces repetida, Macarena tiene toda la razón del mundo, al menos en lo que respecta a este viaje que compartimos. No es, como en los vuelos, que recién al final del camino hay un sitio nuevo para conocer: a cada momento se aparece un lugar donde no habíamos estado antes, un lugar que siempre nos resulta a la vez extraño y conocido. Y nuestro cuerpo acompaña ese desplazamiento lento, cansador, fascinante y fastidioso a la vez: suda, se acalambra, se contractura, pasa hambre, tiene sed. Es imposible guardar las formas y es imposible evitar la mutación. No es que cuando lleguemos a destino seremos otros y no los mismos que partieron: es que vamos cambiando de a poco a medida que el bus se mueve. Alicia es una australiana hija de uruguayos que habla un español perfecto que parece salido de ningún lado, como si hubiera nacido en otro planeta. Empezó a viajar cuando se quedó sin novio. Nos íbamos a casar, dice, estábamos en España, en Granada, en la tierra de los enamorados, y el cabrón me dejó, justo ahí. Entonces dije vamos, a moverse, y aquí estoy, viajando, desde hace varios meses. Alicia es la más mirada por los varones del Ormeño: a medida que avanza el viaje escucharé a las mismas personas definirla, primero, como alguien especial, una persona con ángel; luego, ante el fracaso de los intentos por seducirla, como una marihuanera que no se baña nunca. En realidad no hay ninguna contradicción entre las dos definiciones.

El otro que sobresale es William, el escocés, un tipo divertido cuando está despierto, pero muy afecto a dormir. Trabajaba en un estudio contable en su país, hasta que un día, hace ya un año, se preguntó qué estaba haciendo ahí, en la oficina, y como esa pregunta no tenía respuesta posible renunció y se puso en marcha: de su Escocia a Tailandia, de Tailandia a California, de California a Río, de Río a Buzios y luego Bolivia, y ahora Perú, Ecuador (piensa bajar en Quito y quedarse unos días) y luego Colombia, y desde Colombia, se supone, volará a México. Pero falta tanto para eso...

Ahora estamos perdidos en el Ecuador y la gente vomita y Óscar reparte pastillas de Mareol y le pregunta a la gente si las tomó, y bordea el límite entre lo amable y lo pesado.

Un viejo que pasa por ahí les proporciona a los choferes las referencias adecuadas como para que podamos salir adelante. Hay que sacrificar el paso por Guayaquil. La única pasajera que iba a esta ciudad es, paradójicamente, la más quejosa por las deficiencias del viaje, la que pedía que bajáramos la música, la que pedía un coto a las películas para descansar. Después de una cena en un puesto callejero en Catamayo —un guiso feo, indigerible para gente que está mareada— la dejarán en la terminal de Loja a las doce y media de la noche del segundo, fatídico día de viaje, para que retome por otra compañía. Le prometen que el Ormeño se hará cargo del costo de su pasaje Loja-Guayaquil.

En Veracruz nos detiene la Policía. Quieren requisar a la gente: el conductor se niega, muy exaltado, en nombre del sentido común. No moleste a los pasajeros, han pasado el día dando vueltas, permítales descansar, por favor. El policía sube de todos modos, y sube acompañado por otro, y parece que se propusieran molestar a la gente. Al peruano Óscar —ya hablaremos de él— le miran el pasaporte y le dicen con voz marcial:

—Acá dice que usted entró aquí hace un mes, señor.

—Señor, yo entré aquí ayer, en este bus, léalo con atención, por favor.

Y se lo devuelven.

Ahora uno de los policías toma mi mochila, la abre, la mira, quita cosas, desordena, me pide el pasaporte, lo mira con expresión contrariada, se lo muestra al otro policía, parecen deliberar. Al fin, el otro policía me dice.

—Su pasaporte está vencido, señor.

—Mírelo bien: es nuevo. Me lo otorgaron hace diez días —le contesto.

Lo mira otra vez, por encima, y me lo devuelve. Se van. Seguimos el viaje. Paramos a desayunar en Cañar, en un lugar donde hay teléfonos. Yo nunca he sido una persona asustadiza, pero con este asunto de los cerros me la vi negra, confiesa Macarena, mientras, sin embargo, se deslumbra con las montañas de Cotopaxi. Es que, cuando es de día y sabemos adónde vamos, el paisaje se puede apreciar de otra manera. Óscar habla pestes de los chilenos, dice que son traidores y no sé qué, y, claro, a la vez es superamable con Macarena, que no se enterará de sus prejuicios hasta que lea esta nota.

Tenía la esperanza de que el bus se detuviera al menos una hora en Quito, para dar una vuelta por ahí. Nada de eso: se detiene no más de veinte minutos en medio de una avenida. En ese tiempo alcanzamos a ver a un grupo de hinchas de Universitario que salen felices del estadio (ganaron 2 a 0) y alcanzamos, también, a comprar unas shawarmas y una bebida blanca que, si no me equivoco, es aguardiente, que pega muy bien si se la sirve dentro de un coco como el que también compramos. Aquí se despiden Macarena, William y don Jacobo, un señor de muy buen pasar económico, que vive de las rentas que le dejan sus apartamentos en Lima, que ha venido a visitar a su hijo, un coronel del ejército que está en un programa de intercambio con el ejército ecuatoriano. Don Jacobo podría haber viajado en avión, pero prefirió venir en el Ormeño "para conocer" y ahora jura que "nunca más" volverá a hacer algo así.

El bus para en Ibarra, Ecuador, a las 20, y el chofer dice, así como así, nos vamos a detener aquí hasta las tres de la mañana. No es que haya enloquecido de repente, sino que la frontera con Colombia cierra a las 22 y no vuelve a abrir hasta las seis de la mañana, y es imposible llegar antes de las 22. Érika, Óscar, John Jairo (el viajante de comercio colombiano que viaja con Óscar), Juan Manuel y yo empezamos a caminar por la carretera y encontramos una hostería que tiene todo lo que necesitamos y más. Pagamos tres dólares cada uno y tenemos el inesperado placer de bañarnos en los vestuarios, con agua caliente, jabón, champú y toallones perfumados. John Jairo, Juan Manuel y Óscar se dan el lujo de meterse en una de las piscinas. Érika y yo nos sentamos en sendas reposeras y bebemos jugos de fruta. Al costado de la piscina cubierta cenamos una parrillada con carne de res, de pollo, de cerdo, ensaladas varias, gaseosa helada. Óscar empieza a hablar hasta por los codos, como ya lo ha hecho otras veces. Le encanta escuchar el sonido de su propia voz. Como al pasar, mientras habla de otra cosa, expone su predilección por las mujeres blancas y su desprecio por los cholos de un modo muy desagradable.

Érika —peruana como Óscar, de piel cobriza— se siente incómoda. No ha sido la intención de Óscar ofenderla, pero la ha ofendido. Tratamos de que Óscar se calle sin producir un escándalo: le cambiamos de tema o algo así. Óscar se larga a hablar de todo lo que encuentra. Emprende una defensa de los pejerreyes del Perú basada en su certeza personal de que son más sabrosos porque el fitoplancton que consumen es más nutritivo. Érika, Juan Manuel y yo abandonamos a Óscar y a John Jairo con una excusa imposible que ahora escapa a mi memoria.

Tomamos un taxi y salimos a recorrer Ibarra. A nuestro paso no encontramos otra cosa que karaokes. Érika dice "bueno, ¿vamos a un karaoke o qué?". La determinación de Érika, como si hubiera que ir a un karaoke aunque fuera lo último que fuéramos a hacer en la vida, nos divierte tanto como la sonoridad de la frase. Vamos, nomás, a un karaoke, El Aprendiz, y entre la penumbra y los afiches de Chayanne y Vicente Fernández, Érika canta Llama por favor, de Alejandra Guzmán, y yo Una muchacha y una guitarra, de Sandro; y Juan Manuel una de José Alfredo Jiménez cuyo nombre olvidé anotar en mi cuaderno. Dos muchachos arrastran a un tercero que no puede sostenerse en pie y lo bajan trabajosamente por las escaleras. Otro se hace el Arjona con la interminable canción del taxista y ante cada nueva desafinación se tienta, qué digo se tienta, se caga de risa, y está borracho, también, pero de muy buen humor, y Juan Manuel se pregunta si era este el sitio ideal para entrar con nuestros pasaportes, su cámara fotográfica, los dólares, pero al cabo de unas cervezas nos vamos tranquilos, aliviados porque a nadie se le ocurrió robarnos.

En el lugar donde dejamos el Ormeño, casi todos duermen y alguno que otro conversa fuera del bus. Todavía resta un par de horas para irnos. Jersson, Elena y Sandra, tres morenas voluptuosas que viajan juntas, nos cuentan que hubo fiesta a puro vallenato, aguardiente y descontrol en un bus que estaba estacionado al lado del nuestro, y que ellas fueron el alma de la fiesta. El bus ya no cargaba pasajeros, pero sí choferes, y los choferes tenían música y querían divertirse. (Continuará…) ?

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