Sábado. Nueve y media de la noche. Estoy en In Vitro, templo del desorden etílico, albergue de conquistas efímeras e intentonas fallidas, festival de decibeles, abrevadero de rastas sintéticos, Lolitas de la nueva era, hackers megalómanos, vampiresas anoréxicas, yonquis naturistas, artistas pop subterráneos, mamacitas de la televisión y Donjuanes alerta, como yo, que he venido a echarle los perros a todas las nenas del bar y no soporto que haya tan sólo 16 mujeres, de las cuales ocho están emparejadas, tres trabajan en la barra, otras tres conversan animadamente entre ellas sin que parezca importarles ningún tipo del lugar, y a las dos restantes las acompaña un macancán con actitud de “ambas son mías”.

Otro whisky para reducir la ansiedad y aumentar el coraje. A las diez de la noche han llegado más parejas y algunos grupos en donde no se sabe quiénes están solas; además, ir directamente a una mesa, a sacar a alguien a bailar como en las fiestas de 15: es kamikaze. La pista se llena después de una hora y algunos whiskys, pobremente amortiguados por un perro caliente que comí antes de entrar. Camino en la jungla de cuerpos y me pierdo en la espesura de manglares de tetas, piernas y pelos electrizados bajo el follaje iridiscente de ropas apretadas. Una niebla de sudor y cigarrillo trastorna mis puntos cardinales, me sumerjo en el espíritu de la fiesta y me enamoro de una nena de ojos negros y alargados, nariz grande y los labios finos. Lleva una camisa atestada de mariposas y un pantalón de lona con rayas a los lados.

Hola —digo—, prometiéndome un poco más de creatividad para la próxima vez.

Una mano se alarga de entre la multitud, la toma por el brazo y la bandada de mariposas desaparece de mi vista. ¿Por qué diablos no exigen que las viejas acompañadas lleven un gorrito, o un chaleco reflectivo o alguna cosa que las distinga de las solas? Menos mal que el consorte no es belicoso, porque hubiera sido peor.

Un whisky más para consolar el microdespecho que me produce el primer fracaso de la noche, y de nuevo a la pista.

Mi siguiente víctima está embutida en una camiseta que le quedaría apretada a un bebé, a punto de reventarse en el vértice del pezón de unas tetas bulliciosas; tiene ojos grandes y pestañones, y un greñero negro y alborotado como el de Sonia Braga.

—Yo a vos te he visto en algún lado... Cuadro de costumbres número dos, después de pedir fuego para encender un cigarrillo, que es el campeón de los clichés. Con esa línea me ubico en las antípodas de don Juan Tenorio.

—¡Toño!, ¡qui’hubo!

¡Sopas!, entonces sí la he visto en algún lado. Ella me conoce, y al parecer muy bien, porque me presenta con todo y apellidos a una amiga suya, me pregunta por mi vida y si todavía estoy viviendo donde vivo. En ese momento mi mente hace un scan disc de emergencia, sin lograr ubicarla en el archivo de la universidad, de Cali, de ex novias de amigos... Sostengo una conversación de 15 minutos y decido darme una vuelta antes de que se pille que no me acuerdo en absoluto de ella. Más whisky, para recordar.

Mucho gusto, Wanawawa

A la siguiente le digo “sos muy mamacita”. Desinhibido. Frentero. Apache. Tiene el pelo corto como la de Cranberries, pecas y un lunar encima del labio. Es gruesa. En realidad no es tan mamacita, pero estaba frustrado de entrar con parlamentos tan pobres. Se llama Natalia, trabaja con comunidades indígenas en Urabá y le encanta charlar. Me da por decirle que soy piloto de helicóptero. Una mentira enlaza con la otra y con la siguiente, y así de la ficción paso al surrealismo —encarretado y borracho como estoy— hasta que Natalia empieza a reírse de mí. De todas maneras me da su teléfono. Ficticio, obviamente: “Video Yogui, buenas tardes”, me contestaron al otro día. A piloto de helicóptero, teléfono de alquiladero de películas.

Regreso adonde la que me conoce y le digo “hey”, porque aún no recuerdo su nombre. Aún no recuerdo nada. Se la presento a un conocido.

—Mucho gusto Wanawawa —justo en donde entiendo “Wanawawa”, la canción tiene un alarido demente.

—Mucho gusto, Ricky.

Malditos decibeles. Después busco a Ricky, de quien hasta ese momento tampoco recordaba su nombre, para preguntarle el de la belleza desgreñada. “No le entendí bien. Yo le iba a preguntar lo mismo a usted. Está buena, ¿no?”, responde. No mando al tal Ricky a que se lo pregunte de nuevo porque le veo el hambre y a esas alturas ya me estoy volviendo posesivo con ella.

Otro whisky. Y uno para Wanawawa, para que vea que soy todo un galán.

Al fondo, en los ventanales que dan hacia la séptima, una bailarina solitaria, ensimismada, se contorsiona mirando hacia la bomba de Esso que queda enfrente. Me acerco a trompicones y domino mi español de la mejor manera que me lo permiten los tragos: “Hola. Te estaba viendo bailar y me preguntaba cómo era que no te había visto porque sos un bocato di cardinale, un heladito de fresa; estás como para disecarte y ponerte en la sala de mi casa”. Esos parlamentos sólo los logro cuando estoy demasiado borracho, o similares. La bailarina se llama Aletsandra (sic), vive yendo hacia el otsidente (sic), se va a ir en tatsi (sic), vende produdtos (sic) de belleza y no le interesa tener setso (sic) con un desconocido; se va a la barra a pedir una petsi (sic) y yo me quedo pensando que aunque Aletsandra es setsy, no me soporto los problemas de ditsión.
Esta vez no pido whisky sino güisqui.

Flashback

In Vitro se mece como una chalupa en mar picado. Me agarro de la barra como de los últimos maderos de un naufragio y respiro hondo, tratando de conservar en mi estómago lo que allí se encuentra: un perro caliente rebozado de alcohol.

¡Mayday, mayday! Houston, we have a problem. “Su atención por favor: se solicita al señor Hugo en recepción”. El tránsito hacia el baño es un penoso esfuerzo por contrarrestar la marea que zarandea el piso bajo mis pies. Caigo de rodillas en el inodoro y tengo una arcada épica en la que salen babas pegajosas, que se deslizan con terquedad hacia el centro del pozo de agua cristalina. Quedo exangüe, con los brazos colgando y el mentón apoyado en el borde de la taza. Mi cabeza es como un televisor sintonizado en un canal muerto. “Presentamos disculpas, fallas en la señal de origen”.

Buche de agua, salida a comprar chicles a la puerta. Me siento mejor.
Pido una cerveza, no estoy para más. ¡Milagro!, me acuerdo de quién es la de la camisetica apretada, la del mechero desgreñado. Es Sandrita Ballesteros, yo le gustaba en la universidad, cuando su volumen era mayor y sus encantos menores. Se había puesto buenísima, con razón no la había reconocido.
—¡Sandra!, como te has puesto de hermosa.
O, para ser más precisos:
—¡Sandra!, como te has puesto de hermosa—, le digo.
Le confieso que no la había reconocido. Se muere de la risa. Una marejada en el pellejo me desata verla bañada en sudor, serpenteando frente a mí. Me mira fijamente durante un segundo lento como la canción de Tricky que está sonando. El instante en que cae la moneda al aire de la que pende una vida, el relámpago de incertidumbre de un paracaidista al tirar del cable, el arrepentimiento reflejo de quien activa una bomba nuclear y ese recular del espíritu que me impidió robarle un beso, están hechos de la misma materia que mide el coraje de unos y el miedo de otros. Llegan los fotones y corren a los decibeles a patadas. Silencio de bafles, fulgor de bombillos, murmullo del personal en retirada. La cuenta es de $97.000 y tengo 35 en el bolsillo. Le digo al bartender que voy a la bomba a sacar plata.

Asiente: menos mal me conocen.
—Sandrita, ¿qué vas a hacer ahora?
—No sé... me voy para la casa.
—No, esperate, voy a sacar plata y nos vemos ahorita. Vámonos para La sala —La sala es casi siempre la próxima escala de quienes van a In Vitro y no se ciñen a la ley zanahoria.

Cruzo la calle como en las correteadas de las películas de acción y cuando entro al Hungry Tiger me encuentro con una cola demasiado larga en el cajero. ¡Me demoro 12 minutos! Cuando vuelvo, Sandrita ya no está. Me reprocho todas las veces que me le perdí en la universidad, que le dije “yo te llamo” y nunca lo hice, los desplantes… todo. Pero de lo que más me arrepiento es de no haberle pedido el teléfono antes de ir a sacar la plata.

Me voy para La sala, pero la de mi casa. No hay whisky, sólo ron barato. Me sirvo un trago puro y me lo tomo mirando hacia la fachada de una universidad de garaje que hay en mi cuadra. Lo más triste de mi apartamento es la vista.

Me duermo pensando en Sandrita, y en lo que voy a contar cuando escriba esta crónica.

DECÁLOGO DEL LEVANTE

Antes de que se anime a conquistar a alguna mujer en un bar, recuerde que —al igual que en el mundo taurino— una buena faena no sólo depende de las bondades del toro sino de la manera como usted lo toree. Tenga en cuenta los siguientes diez pasos a la hora del levante:

I. Sea directo y evite cualquier cliché (“¡hola, como te llamas!”; “¿qué calor, no?”; “¿tienes horas?”, etc., etc., etc.). Con las mujeres siempre es mejor ir directo al grano que quedarse dando vueltas por su cultivo.
II. La primera línea del levante tiene que ser corta, precisa y eficaz, para que al menos lo dejen terminar.
III. No abandone el puesto de combate, así las ganas de ir al baño quieran moverlo de su lugar. Las mujeres siempre quieren a los tipos que no las descuidan un segundo.
IV. Como dice el dicho: “es mejor tener tres sopitas a fuego lento que una en fuego alto”. Diversifique y trabaje siempre a una o dos que se encuentren en esquinas opuestas del bar.
V. Las miradas fijas, de espía sin trabajo, no sólo las incomodan sino que les recuerdan ciertas escenas de acosos sexuales. Si se entrecruzan las miradas, sonría.
VI. No le envíe tragos de cortesía a la mujer que le va a caer, a menos de que se encuentre en un bar cross–over.
VII. Siempre será mejor bailarles que hablarles, pues por alguna extraña razón algunas mujeres se mueven con la sensualidad en los pies.
VIII. No deje para mañana lo que pueda hacer hoy. No permita que la conquista se vaya a penalties. Gane el partido esa misma noche, así lo expulsen al otro día de la cama.
IX. Pídale a una amiga que lo acompañe y caiga sin compasión. La rivalidad femenina es directamente proporcional a las mujeres que estén con usted.
X. A palo seco todo es más difícil, pero no se exceda. Ninguna mujer soporta los malos tragos de un conquistador que tambalea.

KIT DEL LEVANTE

Aunque pocos lo saben, levantar es toda una ciencia que —como todas las demás— requiere de herramientas precisas a la hora de su ejercicio. Encendedor: Siempre conviene echarle fuego a la conquista. $50.000 Cigarrillos: Si va a morir de amor por lo menos muera acompañado. $3.000 Chicles: Si las cosas resultan mal, no desfallezca y tome aliento. $600 Condones: Promiscuo prevenido vale por dos. $5.000 (3 unidades) Carro: A veces 5 cm. son suficientes para enloquecerlas. $50.000 Colonia: Créalo o no, las feromonas sí funcionan. $115.000 Invitación: recibir trato VIP es una excelente primera impresión. Debe ser gratis. TARJETAS DE CRÉDITO: Levantar no tiene precio. Alcohol: Facilitador, embellecedor, cláusula de escape, etc., hip, etc., hip… $10.000

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