El enano es como un muñequito que se estremece con las vibraciones del monstruoso parlante, el cual está allí a su lado, salvaje estridencia, despidiendo notas de salsa brava. Lanza las piernecillas hacia

delante, luego se agacha un poco sin sacrificar ritmo y, finalmente, salta de para atrás, bamboleando

el hombro de su brazo sano e imprimiéndole un poco de movilidad al otro brazo, el que está afectado por la trombosis. A su rostro sudoroso lo ilumina una inmensa sonrisa. Yo, en cambio, su compañero de juerga, sentado en la distancia, permanezco tan estático como mi corpulencia lo exige, envidiando la sonrisa de la chica que le sigue los pasos, le contonea las caderas casi al nivel de los ojos, le coquetea con evidente lascivia.

Ya culminada la pieza, ella le da un beso que es más un elocuente agradecimiento que una despedida, desatando una algarabía de borrachos en el estadero Che Che Colé, confines afro antillanos de Barranquilla.

Wilson llega a la mesa con expresión de salsero altivo, todavía bailoteando y exigiendo cerveza. Es un tipo de magro vocabulario, que todo lo expresa a punta de monosílabos, o de sonrisas, o —si algo no lo convence— de una cierta cara de puño, cara de pequeñín gruñón. Le pregunto con admiración por qué las chicas lo asedian en la rumba. Me mira con gesto socarrón y el resto lo deduzco, aunque no necesariamente yo esté convencido del famoso mito popular, ese que los graciosos del mundo suelen ilustrar con los dedos índice y pulgar.

Ya hemos pasado de las primeras rondas de cerveza, las de la decencia, y le insisto en el tema. Me mira esta vez con compasión, como perdonándome que mis proporciones sean todo lo contrario, y me dice que así ha sido siempre, que las chicas se lo pelean, que una vez tuvo tres que lo visitaban en su casa a diferentes horas del día, y todo por eso, precisamente, porque las leyes de compensación de la vida lo han dotado y lo han favorecido: bailando acomoda la cabeza en los pechos de la vieja de turno; en la cama las conduce al delirio.

Charlas eróticas de dos compañeros de juerga, que han llegado al estadero a eso de las 8:30 p.m. en medio de una de esas lluvias lánguidas que humedecen a Barranquilla en ciertas noches de agosto. Hablemos de viejas, entonces, tema del cual se jacta de saberlo todo. Mi diminuto amigote, complementando su jactancia con un trago de cerveza, dice que antes de enfermarse atendía a las tres damas, una por la mañana, otra por la tarde y a la tercera por la noche. No hay detalles que contar. El trío acudía ansioso y puntual a buscarlo a su casa, en el corazón del barrio Las Nieves, y él le ponía seguro a la puerta de su habitación.

—Que yo sepa —dice el muy picarón—, jamás ninguna se fue triste.

Es más, en cierta ocasión una de ellas salió de allí con algo más que la calmada alegría de la posteuforia carnal: la bebé nació unos meses después y la familia de la madre la envió lejos del padre, al que consideraban un anormal incapaz de hacerla feliz.

Ahora se ha puesto triste y jura con aliento acre de cerveza que pronto volverá a ver a su hija, de la cual lo único que sabe es que tiene estatura normal. Me solidarizo con mi pequeño amigo. Le pongo la mano en el hombro y le digo que ojalá así sea y que debe ser jodido sentirse discriminado.

"¿¿¿Yo, discriminado?

?", me pregunta sorprendido.

Wilson David Guerrero Ortega, 36 años, me asegura que nunca en su vida ha experimentado tal sensación, ni siquiera en los tiempos del Bachillerato de Las Nieves, cuando era niño, y le gritaban por los pasillos "Nelson Ned", "duende" o "cabezón", todo lo cual lo tenía sin cuidado. "Mi único problema en el colegio —me cuenta— era que mis compañeros agarraban los mangos y yo no alcanzaba".

Hoy, con un metro y 31 centímetros de estatura, habrá crecido a lo sumo cinco centímetros, y aún conserva ese blindaje innato que lo lleva a soltar una de sus francotas sonrisas cuando los niños lo señalan en la calle, o cuando los más sarcásticos del barrio lo llaman "el gigante": una sonrisa de dientes blancos, grandes y limpios, que entre la luz tenue del estadero brilla con su propia incandescencia y que se transforma en una lluvia de carcajadas cuando yo le cuento que un par de viejos amigos suelen llamarme "enano" y otro más me dice "pulgarcito".

En pleno nuevo milenio, Wilson no me reclama protocolos ni compostura política. Ni siquiera se da por enterado de que en Bogotá hay una organización de insignes luchadores de su propia talla —la Asociación Pequeños Gigantes de Colombia— que el año pasado obligó al alcalde más popular del país, el de Medellín, a ofrecerles públicas excusas por haber llamado "enanos" a sus detractores políticos.

Le cuento a Wilson que la asociación propugna por el reconocimiento de la sociedad hacia las personas como él, pretendiendo eliminar todo tipo de discriminación, estereotipo o censura. Le explico que el término "enano", considerado despectivo, está dando paso al de "personas de talla baja", y él me responde un tanto molesto que sus tallas son normales, sus camisas XL y sus pantalones 38, aunque a estos últimos su madre le recorta el largo. Se lo recalco una y otra vez: ha llegado la hora de que los enanos se hagan respetar.

Mientras busca ansioso al mesero para pedir otra cerveza, parece indiferente ante lo que le estoy contando y me asegura con una cierta ufanía: "Me pueden decir lo que quieran y yo, fresco".

Ni siquiera sabe que padece una condición llamada acondroplasia, alteración congénita de la estructura ósea que es la mayor causa de enanismo en el mundo. Wilson recibió los genes de su padre, César, leyenda viviente del espectáculo en Colombia. Su hermana menor, Giovanna, "es alta", me cuenta, empleando la palabra que utiliza para calificar a todo aquel que mide más de uno con cincuenta y cinco.

Por causa de diversas complicaciones, el viejo César está hoy reducido a un caminador, pero en su tiempo de juventud fue una célebre figura ferial, que se desempeñó como payaso del circo Egred, mantero de los "enanitos toreros", boxeador, mago y —su gran orgullo— luchador. El viejo encarnó al "Santo" miniatura, el cual, en un memorable duelo que demandó un volumen inusitado de sangre sintética, le sacó un empate al temible "Masámbula", de estatura normal.

Wilson me cuenta a gritos de las hazañas de su padre, esforzándose por superar a viva voz la máquina estridente que muele salsa frente a nosotros. La mesa se ha ido llenando de envases vacíos, que los meseros dejan allí, como ámbares trofeos de una gloria dispar. Me reconoce con candor que no posee el talento de su padre y que el día en que se le atrevió a un novillo, en una plaza llena hasta las banderas, salió huyendo como un cobarde.

"Yo soy es artístico", dice y procede a contarme que lo suyo era el Carnaval y la animación de fiestas infantiles, utilizando el seudónimo "Michael Pily". Eso fue antes de la enfermedad, que es algo así como la línea que divide en dos la vida del minúsculo hombre.

Porque en ese abril del 2002, cuando sus familiares lo hallaron inconsciente y babeante en el baño, su existencia cambió para siempre. Tras diagnosticarle preinfarto y trombosis, con parálisis del lado izquierdo del cuerpo, los médicos le prohibieron licor y Carnaval, y por esa misma vía se acabaron los lances sexuales. Ya a las tres chicas no las podía atender con el mismo ímpetu, ni mucho menos sostener aquel tren de borracheras que duraban tres y cuatro días.

Embarcado en su viaje de nostalgia, Wilson saca una foto arrugada y me la muestra. Allí están padre e hijo, en pleno Carnaval del 86, a unos pasos de la reina Silvia Tcherassi; allí, con bufos trajes amarillos y las caras cubiertas de harina blanca, está la alegría que se fue, la pareja de leyenda que se esfumó de la fiesta. "Los enanos show espectáculos" recibían el patrocinio de las casas de licores y eso les aseguraba libaciones por varios meses. Incluso, eran contratados para otras fiestas regionales, como el reinado de la belleza de Cartagena, donde protagonizó un suceso memorable y escandaloso, luego de que le agarró el trasero a una de las candidatas, lo que motivó que lo enviaran de vuelta para Barranquilla, sancionado por una semana. Ahora, mientras cuenta todo aquello, sus ojos inmensos han tomado un matiz de diablillo.

Wilson solía llegar a su casa los viernes con cajas enteras de licor. Los amigos caían como lobos sedientos. Las farras duraban tres días y él era el protagonista, el mismo que en una ocasión, mareado por los celos y el licor, desvistió en plena calle a una joven del vecindario porque estaba hablando con un tipo que no era él; o ese que, tras acusar a los amigos de robarse una botella de la caja, sacó un machete y los correteó a todos por el barrio.

Los escándalos se fueron con las grandes juergas. Ahora tiene que saber cuándo detenerse, y de allí que nuestra rumba no prometa mucho más. Me cuenta, ya sobre los últimos tragos de cerveza, que ansía volver al Carnaval y que en cualquier momento —contra la recomendación médica— se va a escapar. Le importa un bledo que la enfermedad lo haya obligado a llevar la vida que las organizaciones internacionales de acondroplasia llaman digna, cuando luchan para que los enanos dejen de ser figuras circenses: en una lista de quince famosos de ltalla pequeña, que incluye a la actriz porno Britget The Midget, solo dos son profesionales en disciplinas ajenas al mundo del espectáculo.

Ya al filo de la madrugada, mientras esperamos la cuenta, Wilson regresa a la pista de baile, entre vítores y risotadas de los borrachos, que lo llaman "gigante". Pago 43 mil pesos; él se ha tomado no más de seis cervezas, son las 6:00 de la mañana. Contemplo desde lo lejos su desenfado, negándome a aceptar que este hombre pueda ser así de feliz en medio de tantas vicisitudes, que quizá me esté armando una farsa de cumplimiento y me esté vendiendo uno de sus shows. Eso pronto lo descarto. Es evidente que este tipo goza como… persona de talla pequeña. Al fin y al cabo en la rumba, solo en la rumba, se conoce la verdadera estatura de la gente.

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