¡Hola, Dana...! Me levanta la ceja para saludarme un alguien con boca, ojos, peinado, blusa escotada de mujer; cuerpo de hombre. Yo, que me había abstenido de portar una de mis maravillosas guayaberas para que nadie reparara en mí, he logrado justamente lo contrario por culpa de una camiseta que lleva la foto y el nombre de la bóxer albina que tras doce años de darle amor, amor y más amor a mis padres, se encuentra orinando en los postes del Cielo de los Perritos desde agosto pasado. De nada vale explicarle que la de la foto es la difunta Dana y que me he puesto esta camiseta en su honor. De nada vale, digo, porque acto seguido sonríe y me responde: "Todas las perras se llaman Dana..."? "¡Yo le voy al Necaxa!", diría Ron Damón, el del Chavo. Quiero explicarle que, lejos de ser una perra, soy un simple asalariado que de vez en cuando se mete en estos líos por culpa de SoHo, que nunca antes había asistido a una fiesta gay, que desde hace cuatro años convive con una mujer maravillosa y que nunca se ha sentido atraído por personas de su mismo sexo.

Pero no alcanzo a revirar nada porque Miguel* empieza a contarme de manera atropellada que aquel-aquella es un transformista que hace parte de los shows satíricos del Theatrón, templo gay bogotano desde hace casi un lustro. Gracias a su buena imitación en escena de cierta presentadora de farándula, le dicen Andrea Sarna. "Yo también participo de esos eventos —me cuenta—. Hace tres meses fui Robbie Regay Williams. Canté, bailé e incluso me lancé sobre el público desde la tarima". El hombre es más que entusiasta: llevaba dos días en cama, con amigdalitis y 39 grados de fiebre. Pero ni siquiera por eso arruinará su fin de semana. Y es que con las buenas selecciones de los DJ residentes del lugar, es de entender: mientras presto atención a sus explicaciones, el pie se me mueve solito al compás de la música.

Edison Ramírez, propietario del emporio que en un solo edificio reúne a Theatrón, Teatrino, Chill Out y Lottus, programa eventos que van desde la sátira a Hollywood (lo sabrán quienes presenciaron el delirante montaje de Gaytanic) hasta reinados como Miss Gay Internacional, en el que las candidatas deben responder —de manera inteligente, se supone— preguntas del estilo de si en nuestra sociedad se respetan los derechos gay o de qué opinan del arte de la masturbación.

Entre lo uno y lo otro, los conciertos de divas transformistas son de lo más apetecido por los cinco mil asistentes de cada fin de semana en el epicentro queer de la calle 58 con carrera 10ª bogotana. En ese escenario se ha visto a Britgay Spears, Christina Agaylera, la mexicana Gaylía y un Regay Martin a quien aquello de Livin' la vida loca parece calzarle como un guante. Pero la verdadera sensación es Gayshira, versión transformista de Shakira. Hace unos años pasó por allí como parte de su Tour de la Más-Angosta, y ahora regresa en su gira Fijación Oral, un nombre real tan sugestivo que hace innecesario buscarle un paralelo gay. "La Gayshira de hoy es otra. La que teníamos antes, que era idéntica a la real, se ennovió con un tipo que no le dejó actuar más —explica Edison—. Es muy común que los transformistas se consigan maridos así".

Miguel me explica que el plan común es hacer el recorrido entre sala y sala. Todas están interconectadas por un juego de escaleras que se me antoja laberíntico y cuya primera escala es Lottus, recinto abierto hace un año en el que no se permite la presencia de mujeres. Desde tempranas horas de la noche (digamos que en el lenguaje de un gay rumbero no hay fiesta que arranque antes de la 1:00 a.m.), empiezan a llegar parejas masculinas, grupos de amigos y hombres solos en busca de un par con el cual se pueda establecer algo. Para que todos puedan disfrutar del ambiente del edificio entero, las salas se van cerrando de manera escalonada. A las 3:00 a.m., Lottus es la primera en clausurar sus servicios. De ahí se puede pasar a Theatrón hasta las 5:00 a.m. y luego a Teatrino hasta las 6:00. "Yo lo digo de esta manera —explica Miguel—: Teatrino es el infierno; Theatrón, el purgatorio y Chill Out, el cielo".

***

A sus 16 años, Miguel fue enfrentado por su madre a la pregunta de rigor. El hombre había tenido sus novias, pero sospechas, lo que se dice sospechas, también las había. "No digo que no me gusten del todo las mujeres —confiesa—, pero al final me resultan sexualmente aburridas. Una amiga psicóloga me hizo ver que todos los seres humanos tenemos algo de bisexuales, así que supongo que algunos dimos el salto un poco más allá". Para evitarse andar con rodeos, Miguel salió del clóset familiar antes de cumplir la mayoría de edad y, hasta ahora, ha recibido solo entendimiento. "Mi mamá estuvo acompañándome de rumba aquí no hace mucho —cuenta—. A las 6:00 a.m., todavía estaba encantada bailando".

Miguel domina el sitio como si hubiera hecho un máster en foforros. Saluda y lo saludan, comparte sonrisas, se trepa a la estación del DJ, se pasea por todas las áreas con la cancha de una luminaria, de alguien que es más que un habitué. Lejos del fragor de los cuerpos sudorosos (y debo decir que es molesto saber que el olor del aire y la pátina de las paredes provienen únicamente de exudaciones masculinas), le propongo dirigirnos hacia la sala de billares. Sí, billares: que no se diga que en Lottus no hay dónde reafirmarse. Pero no hay servicio. Es difícil hacerle un seguimiento a las bolas entre tanta gente, me explica el encargado, y se las han robado. Miguel apunta con conocimiento de causa: "¡Bolas es lo que hay!".

A un costado del billar se encuentra la Galería Erótica, un salón de luces tenues que alberga un tesoro de dibujos, fotografías y grabados colgantes al mejor estilo del icónico artista homosexual Tom de Finlandia. Pero se encuentra clausurada desde hace unos días porque, explica Edison Ramírez, en la sala se estaban presentando situaciones algo indecorosas. Es que hasta en este aparente desenfreno todo tiene un momento y un lugar. Y ese momento y ese lugar existirán cuando se abra al público el ala de sauna y turco que el empresario piensa hacer. "Ahí sí los límites los pondrá el consumidor", afirma. Con mi fotógrafo sentimos que no somos muchos, pero somos machos.

De regreso a la cada vez más agolpada humanidad contra humanidad de Lottus, descubro que el compás que venía marcando con el pie se me ha subido inconscientemente a la cadera. Los antiguos griegos, precursores en estas lides del amor entre congéneres, hablaban de cierto tipo de música llamada sistáltica, que tenía la facultad de paralizar la voluntad. Al verme aquí, ahora, bailando entre hombres, doy gracias al cielo que esa teoría esté rebatida, porque vaya uno a saber el vuelo que podría tomar cualquier desprevenido y heterosexual mortal de existir tal cosa. Y cuánto poder tendrían los DJ...

***

— Oye... ¿Me puedes indicar cómo hago para llegar hasta esa sala?

Me pregunta un tipo con camisa de colores. Una mano señala el ventanal; la otra, que se había posado sobre mi hombro, ahora la siento en la nuca. Presa del rubor me apresto a explicarle con rigor científico dónde están y cómo se deben bajar las escaleras que tenemos a medio metro de distancia. El hombre se ríe de mi ingenuidad.

—Además de que estás rrrrrrrrrrerrico, muchas gracias. Cualquier cosa, estoy allá abajo...

De nuevo pienso en Ron Damón porque siento que se me atraganta la saliva al paso, como cuando la Bruja del 71 le dice: "¡Rorro!". Si de algo sirve, pienso que hacía rato nadie me soltaba un piropo tan "porque sí".

Pasadas las 3:30 a.m., Miguel anda pensando en otra cosa. Édgar, su novio, acaba de llegar a Chill Out. Juntos se pasean por todas las salas todavía abiertas del que alguna vez fuera el teatro Metro Riviera. Los miro ir y venir mientras las escenas de efebos borrachines de pantalón flojo y bocas ansiosas se hacen más comunes a mi alrededor. Pienso por un rato que lo que estoy viendo no es necesariamente ni revulsivo ni ultrajante. Al fin de cuentas en bares convencionales las parejas también se besan, se tocan y andan tomadas de la mano. Tal vez lo único diferente es el altísimo nivel de desenfado. En donde quiera que sea reprimida la sexualidad, siempre explota con violencia cuando detrás de alguna pequeña grieta se encuentra con la libertad.

Las 5:30 a.m. puede resultar una hora, si se quiere, zanahoria, para abandonar la encendida rumba de Theatrón. Pero Édgar debe evitar que a su hombre se le suba otra fiebre distinta a la que tanto le gusta. Antes de que Miguel se vaya debo soltarle, entonces, un par de preguntas.

—La felicidad es una búsqueda —contesta a la primera—. Cada minuto de mi vida estoy trabajando en ello. Solo se puede vivir en este mundo cuando se es feliz.

—Una cosa más —remato—. Respecto del símil aquel del infierno, el purgatorio y el cielo, ¿cuál de los tres escenarios prefieres?

—¿Cuál crees?

***
Una mezcla de sorpresa, respeto y algo de incomodidad me sigue llenando la cabeza tras mi primera rumba con un gay. Pienso en mis lecturas ocasionales de novelas de género y me encuentro con aquel duende extrovertido que ronda toda esa tradición, desde Puig hasta Sánchez Baute, donde cada salto en la pista responde a una necesidad por disfrutar del aquí, ahora. Miguel me ha corregido al explicarme que éxtasis o poppers, comunes en estos ambientes, no son drogas homosexuales sino sexuales, que exultan los sentidos y multiplican el orgasmo. Y así, como el orgasmo mismo, se me antoja que la celebración gay es la certeza de que todo puede concluir tras una rotunda convulsión espasmódica, y que vale la pena dejar la vida en ello.

Entiendo también el cada vez mayor gusto que las parejas straight están adquiriendo por alternar con los clientes naturales de los más de 150 establecimientos y lugares de encuentro para homosexuales que hay en Bogotá. Y esa invasión de sus espacios me explica a su vez la existencia de la represiva filosofía del No Girls Allowed que se maneja en algunos de esos sitios. En adelante y si la circunstancia obliga, una visita en pareja a Theatrón será bienvenida. Pero definitivamente poco o nada tengo que andar haciendo en Lottus.

Supongo que así seguiré pensando por el resto de vida, confiando en que no llegaré nunca a engrosar ese difuso porcentaje de gays que supieron que lo eran después de viejos. Repito: supongo que así será. Aunque me contradiga la sabiduría del fundador de la Royal Philharmonic Orchestra de Londres, Sir Thomas Beecham, que alguna vez dijo: "En esta vida hay que probarlo todo, excepto dos cosas: el incesto y las danzas folclóricas".

* Nombre cambiado.

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