1.Vista desde la ventanilla del avión la selva muestra una inofensiva monotonía que solo distraen unos ríos turbios y retorcidos, ríos indecisos que avanzan y retroceden, que se agitan como un látigo y forman islas como ojos rasgados en algunas de sus curvas. Nos recibe una Leticia recién bañada por un diluvio de cuarenta minutos. Antes de que las motos tomen rumbo norte hacia la reserva de Monillamena, la vena alcohólica me recomienda comprar las provisiones indispensables para lo que deberá ser una fiesta en compañía de los hhuitotos. Dos botellas de cachaca serán amuleto suficiente para un sábado de selva a unos 15 kilómetros de la capital del Amazonas colombiano. En últimas, un destilado de la caña es el más frecuente de nuestros ritos corrompidos.

Absalón Arango, capitán de la comunidad según sus palabras, nos recibe con el trato desprevenido y locuaz de un anfitrión de hacienda. Lo seguimos hasta la oscuridad de la maloca donde tres de sus compañeros se agazapan frente a un reguero de totumas y tarros plásticos. El interior de esa choza inmensa que Absalón describe como palacio de gobierno, iglesia, casa y oficina trae el primer desarreglo a los sentidos. Los huitotos murmuran en su lengua al tiempo que dejan escapar por la boca un polvillo que parece ceniza, los ojos todavía no se acostumbran a la oscuridad repentina y un olor amargo completa la confusión de novedades. Absalón me saca del letargo con una sarta de preguntas sobre la revista, que me envía hasta sus dominios. La llama "Sofo" y me dice con tono socarrón que en su lengua eso equivale a un mandato para hundirlo con fuerza, como quien anima al portador del hacha a clavarla hasta el fondo. Estoy dudando de la malicia del capitán cuando aparece el dardo definitivo: "Bueno, siquiera la revista no se llama nuita", sus silenciosos contertulios dejan escapar una cariada sonrisa de cenizas y Absalón ayuda a los invitados con la traducción: "Eso significa métalo". Ahora entiendo el Arango que acompaña el nombre del capitán del resguardo de Monillamena: Absalón es huitoto por parte de madre y paisa por parte de padre. Guasón y malicioso como es debido.

En vista de que todavía no estoy invitado a los misterios de los engrudos y los polvos que parecen animar la conversación en la maloca, me atrevo a preguntar por las bebidas que enturbian sus fiestas. Es seguro que a un vaso de chicha seré invitado sin remilgos. Malas noticias, los huitotos no consumen bebidas fermentadas, no toman alcohol, no comparten la principal debilidad de sus compatriotas. Y yo que iba preparado para una ingesta de chicha de madremonte y señor mío. Nada de eso, si acaso habrá una colada de yuca dulce o una inofensiva chicha de chontaduro.

Son apenas las cuatro de la tarde y Absalón da por terminado nuestro primer encuentro con una de sus gracias rituales: "Bueno, entonces hablamos más tarde, vaya descanse, dé una mirada por aquí, mire dónde van a dormir… porque eso de llegar y de una a trabajar, ni siquiera en el Japón".



2. En la cocina, dos mujeres se encargan de asar los trozos del pescado blanco de espinas gruesas que será nuestra comida. Les pregunto por la rutina de sus sábados y me miran con la consideración que se le otorga a un curioso algo torpe. "Los sábados son como todos los días, solo que no se sale a la chagra, no se trabaja en el campo, se está todo el tiempo en la casa". En los alrededores de la maloca no hay más de veinte personas, solo quienes viven cerca de los dominios de Absalón han llegado atendiendo el toque de tambor de la curiosidad que generan los visitantes. Caminando hasta el pequeño río Tacana que marca el inicio de la selva cerrada, me sale al encuentro uno de los compañeros de charla de Absalón. Debo afinar el oído para entender sus historias de estudiante bajo la tutela de curas salvajes empeñados en la urbanidad y el manejo de los cubiertos. La crueldad de los viejos tiempos le saca algunas sonrisas a mi guía de las afueras y me pregunto dónde guardará su veneno de rencores. Para la despedida me entrega una sentencia supersticiosa que es a la vez diagnóstico reservado: "La luna creciente está un poco inclinada lo cual indica enfermedad". Nada que la cachaça no pueda solucionar, me digo con aires de curandero.



3.Ahora la maloca está en plena actividad. Absalón preside con su labia desde el trono de un banco bajo, habla de lo divino y lo humano: de Uribe y el TLC, de las leyendas huitotas y la coca, de sus días de penurias en Bogotá y de la televisión. Interroga al fotógrafo y sus lamparazos, le pide unas palabras en su idioma a una joven israelí que ha llegado con dos amigos para unirse al sábado huitoto. Por momentos pierde el hilo de su charla y pide que le impongan el límite de una pregunta.

Algunas mujeres murmuran detrás del círculo principal y tejen y dan órdenes a los niños que obedecen por reflejo. Otras se dedican a las arduas labores de la preparación del cazabe. Maceran la yuca contra una batea, contemplan la masa blanca, la escurren retorciéndola dentro de un cesto de palma alargado que llaman matafrío. Y cuidan uno de los fuegos que ahora ilumina un extremo de la maloca. El cazabe es asunto de mujeres, la limpieza de la batea tiene que ver con la tranquilidad de sus partos y el hombre que se acerque cogerá canas muy pronto. El fuego bajo el plato de barro no deberá ser azuzado. Las mujeres trabajan en silencio bajo las cataratas cantarinas de Absalón.

Una especie de duende contrahecho, fruncido de ceño y enjuto, va y viene como poseído. Entra a la maloca con leños prendidos y alienta dos hogueras como si tuviera un pacto con volcanes y dragones. Está preparando la coca para el mambeo. Sobre una lata que está encima de uno de sus fuegos esparce las hojas de coca y las mueve durante minutos hasta lograr que el ruido de esa pequeña marea me lleve a los límites borrosos que bordean el sueño. Ahora creo en sus poderes, no he tomado más que un jugo de tomate de árbol y el diablillo de botas, bluyín y alguna escama, según presiento, ya me tiene ensimismado. Luego se dedica a quemar las hojas plateadas del yarumo en su fuego alterno y a pilarlas junto con algunas hojas de coca ya secas. Mientras tanto, mata los zancudos en su espalda con unas palmadas furiosas aptas para alejar demonios rivales. Todavía le resta una larga sesión con cedazos hasta convertir las hojas de coca y yarumo en un polvo finísimo para la totuma de Absalón.

Con el movimiento de mujeres en la hoguera del cazabe, el revoloteo febril del mago de la coca y las retahílas de nuestro capitán, la maloca ha tomado un aire de gran cocina antes del banquete. Parece que estuviéramos en los preparativos de un convite fabuloso y solo faltara la aparición de los invitados y su ruido. Poco a poco, las grandes tortas de cazabe están listas y la totuma del capitán, colmada de mambe. La maloca vuelve a sus quietudes y hasta el ronroneo de Absalón se hace más tenue.

Es el momento de probar el mambe, Absalón nos ofrece su totuma y una pequeña explicación para evitar los ahogos del polvillo amargo. Desde que llegamos, ellos han estado mambeando, una vez tras otra, combinando sus buches de coca con cigarrillos Pielroja y un extracto de tabaco que llaman ambil. Quienes llegamos en avión hasta Leticia nunca podremos encontrar las respuestas, la satisfacción, el gusto, la deliciosa dependencia que se les nota a los huitotos tragando la saliva turbia que les entrega la coca. Para nosotros será un simple reto por no morir ahogados con un talco áspero en la garganta y el disfrute momentáneo de un calambre en la boca que quisiéramos para el cuerpo entero. Absalón encuentra sus momentos de lucidez al hablar de la hoja de sus ojos: "El que diga que nosotros mambeamos para estar dopados, para aguantar el hambre y el cansancio, no sabe ni mierda de esto, mambeamos para buscar soluciones, para comprender, para educar, para estar felices. El que coquea por envidia o buscando un mal pierde los poderes de la coca. Igual que el cura que lee la Biblia pensando mal pierde sus poderes".

La verdad es que la maloca alienta las visiones. Los ruidos de sapos risueños, las sombras, la sugestión del recién llegado a la selva, la lengua incomprensible, las advertencias rituales de las mujeres, los troncos con cabeza de serpientes, el techo alto de humos. Todo ayuda para que la sombra de una lámpara parezca un animal colgado de cabeza, para que el fuego controle su intensidad sin que el hombre lo azuce o lo aplaque, para que un murmullo nos asalte por la espalda sin culpable a la vista.



4.Cuando Absalón hablaba de sus reticencias con los políticos, de su pragmatismo a ultranza que lo llevó a bautizar a su perro con el original nombre de Colombiano, como homenaje y lambetazo para Álvaro Uribe. Cuando convocó a un baile menor a manera de representación para sus invitados, un remedo innecesario que alcanzó a avergonzarme, me dediqué a conversar con el único joven que encontré en la comunidad. A conseguir un cómplice para destapar aunque fuera una de las botellas de cachaça luego de cerrar la maloca. A la primera historia, el joven yucuna, de 22 años, ya me tenía en sus garras. A pesar de su timidez inicial, Justo me convenció de sobra con sus historias de cazador.

Lo primero que supe de él fue su segundo puesto en tiro al blanco con cerbatana en las olimpiadas indígenas. Luego me habló de sus travesías por la región del Mirití Paraná y de sus encuentros con el tigre: "Él se ve como una bolita, mano; ancho de hombros y flaco en la cadera y con la colita tan, tan, tan, tan, a lado y lado". Le mencioné mis botellas y, sin dudarlo, me dijo que él preparaba una jarra con agua de limón para bajarle temperatura a los 38 grados de alcohol de la cachaça. Desde las doce de la noche hasta las cuatro de la mañana intercambiamos asombros. Una conversación de deslumbramientos mutuos que normalmente los idiomas dispares hacen imposible.

Su papá era un brujo fuerte que había muerto en los dominios de Absalón vencido por los conjuros de un rival. Se llamaba Luis Adán y era quien le preparaba los venenos para sus días de caza. A medida que la botella bajaba, las hazañas de monte se hacían menos mágicas y más graciosas. Ya no era el embrujo del tigre sino la recocha contra unos puercos montaraces animada por un guarapo de piña. Luego vinieron las historias del hermano guerrillo en el Caquetá, mirado con sorna por sus delirios de guerrero y con rabia por las tristezas de su madre: "La última vez llegó a la casa a que le vendiera unas gallinas y le dije que yo no las tenía en venta, que las buscara en otra parte".

Cuando se agotaba la única vela del cuarto y la primera botella de cachaça, Justo habló del mundial y los bochinches en Leticia por la eliminación de Brasil. Se reía de las banderas de Francia agitadas en la selva del Amazonas y de los cincuenta mil pesos que le ganó a su profesora de cuencas hidrográficas en el Sena. Se acabó el agua de limón y con una palabra Justo canceló las intenciones de la segunda botella: "emplayamos".

Al final salió a relucir una mota de marihuana para alentar el embrujo de las gargantas de los sapos y los violines de las cigarras. Era un pago menor por los misterios revelados, por la extrañeza de las historias, por la sinceridad que descubría su timidez y alentaba sus cuentos de la selva. Los citadinos también tenemos derecho a oficiar nuestros ritos iniciáticos, así sean burdos y risueños. Para las buenas noches, Justo me soltó su sentencia condenatoria sin inmutarse, entre risas. Hablando de los poderes de su padre dijo que los sábados no se podía comer pescado a las brasas porque el alma moría y el cuerpo seguía su curso con una inercia de dos meses, andando vacío, despreocupado y ya muerto. Le agradecí por la información tardía y con su risa insinuada me aseguró, que los de ciudad estábamos exentos.

Al otro día, el domingo, mi cuerpo en pena y Justo en cuerpo y alma estábamos viendo bailar a las niñas brasileñas en una discoteca de Tabatinga. La cerbatana resultó inútil para esos menesteres.

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