Nunca en mi vida había tenido una cita así. Estaba tan nerviosa que no sabía si tomarme un trago antes de salir. Me miro en el espejo unas veinte veces y me cambio de ropa al menos unas tres. Llegó el momento que he estado esperando toda la semana. Es sábado en la noche y voy a verme con él. ¿Qué le digo

, ¿cómo lo saludo

, ¿le doy la mano

, ¿o mejor un beso en la mejilla

, ¿estará sentado

, ¿o acostado

, ¿y si le caigo mal

, ¿y si la embarro diciendo alguna cosa

, ¿y si me gusta?

Parezco de quince años. Lo que más piedra me da es que no lo puedo evitar. Es como si fuera la primera vez que salgo con un tipo en toda mi vida. Trato de tranquilizarme un poco y me digo en voz alta: "Tranquila, Paola, es solo una crónica. No es una entrevista con el Presidente de la República ni con el Ministro de Hacienda. Esto es una crónica para una revista de tipos que quieren ver viejas en pelota. Tranquila, que nadie va a leer esta vaina".

Los nervios me están matando. Así que por fin decido tomarme ese trago. Abro una botellita de whisky del minibar del hotel Dann Carlton en Cali. Hacía dos horas había llegado de Bogotá y recién me hospedaba en el hotel. También es mi primera vez en Cali. Todo es nuevo para mí esta noche.

Suena mi celular. Es Paulo, el fotógrafo. Que baje, que ya está afuera en el carro. Tomo el ascensor y me miro los zapatos. Caramba, tengo botas. Y de las puntudas. Pero bueno, qué importa, si al fin y al cabo no lo voy a pisar bailando. Me subo al carro. A las tres cuadras le pido a Paulo que nos devolvamos al hotel para ponerme un par de sandalias. Hace mucho calor.

Llegamos a la casa de Carlos. Me anuncio en la portería. Que siga al cuarto piso, en la torre C. Miro la entrada del edificio y me parece que no es muy amplia, que difícilmente una silla de ruedas cabría por ahí. Se abre el ascensor y timbro en su apartamento. Una enfermera vestida de azul nos abre la puerta. "Sigan al cuarto, por favor". ¿Cómo que al cuarto? Yo esperaba que este tipo estuviera en la sala. ¿Será que no está listo? ¿O será que en vez de ser parapléjico es cuadrapléjico? ¿Tendrá un respirador como el técnico Montoya? ¿O será más bien como el de la película de Amenábar, Mar adentro?

Entro al cuarto y lo primero que veo es, sentados en una cama, a dos de sus mejores amigos, Guillermo y Electrobambi. A mi izquierda, está él. Descansa acostado sobre una cama de hospital, de esas de color azul que se reclinan hacia adelante y hacia atrás. Ya tiene puestos los zapatos y los jeans, pero todavía le falta ponerse la camisa. Tiene un cuerpo bien trabajado, sin un gramo de grasa, unos músculos definidos, pero sin ser voluptuosos, unos ojos oscuros y profundos, una sonrisa que se marca suavemente hacia los lados, la quijada partida, la nariz recta, unas cejas pobladas y un corte de pelo de modelo. Es un papacito. Un churro de aquí a la luna. ¿Cómo sería antes?

Lo saludo con un apretón de manos. Me siento al borde de su cama, casi encima suyo. Qué torpe soy. Por poco le toco las piernas. Me paso entonces a la cama del lado. Comenzamos a hablar. Le pregunto cómo quedó en silla de ruedas. Me cuenta que fue hace cuatro años, cuando tenía 26. Estaba en un yate en Miami, de rumba con sus amigos. De un momento a otro le dio por clavarse. La marea bajó. Cayó al agua y su columna se partió en dos cuando tocó tierra. El quiebre fue a la altura de la séptima vértebra cervical. Por ser una lesión muy cerca del cuello, quedó cuadrapléjico.

Durante mucho tiempo no pudo mover ninguna parte de su cuerpo. Se encerró en su casa y no quiso volver a salir más. Pero un día tomó la decisión de seguir adelante con su vida y comenzó a hacer mucha fisioterapia. A punta de ejercicios, recuperó el movimiento de la mitad de su cuerpo. Ahora, hasta mezcla música electrónica con sus manos en un tornamesa para DJ que tiene sobre la mesa del comedor.

Salimos del apartamento y nos montamos al ascensor. La enfermera lo lleva todo el tiempo empujado de la parte de atrás de la silla. Me pregunto hasta dónde irá ella con nosotros. Cuando llegamos al carro, Carlos se monta en el puesto del conductor. Pienso qué peligro, este tipo va a manejar. Pero al segundo me doy cuenta de que no lo hace nada mal. Carlos maneja desde que recuperó el movimiento de los brazos, hace aproximadamente unos dos años. Su camioneta está adaptada especialmente para él. Es automática, así que no tiene que preocuparse por meter los cambios. Y tiene una palanca al lado izquierdo del timón que le permite graduar la velocidad. Mejor dicho, no necesita los pies para nada (y maneja mejor que yo). Desde afuera, nadie podría saber su limitación.

Me montó a su lado, en el puesto del copiloto. Lo miro nuevamente mientras pone algo de música electrónica en la radio. Sus manos son grandes y sus dedos largos. Comienzo a sentirme en una cita de verdad. Ya no como la periodista que va a hacer una crónica, sino como la vieja que está saliendo en serio por primera vez con un tipo. En el asiento de atrás van la enfermera y su amigo Guillermo.

Son las once de la noche. Llegamos a Masao, un bar que queda en el barrio Granada, que es algo así como la zona rosa de Cali. Tres amigos suyos y el guardia de seguridad del lugar lo ayudan a subir por las escaleras. Parece una tarea imposible. El sitio queda en un segundo piso y hay 39 escalones para llegar al bar. La subida es empinada y muy angosta. Tiene una curva en la mitad del camino que hace caótico meter la silla de ruedas por allí. Pienso que no va a pasar. Pero de alguna manera sus amigos lo logran. Todos están sudando. Carlos, mientras tanto, parece aferrarse con fuerza a las barandas que la silla tiene a los lados. No quiere que le vuelva a suceder lo que le pasó una vez en el Centro Andino en Bogotá, cuando se fue escaleras eléctricas abajo y por poco se mata.

Carlos no parece sentir ni pena, ni oso, ni vergüenza. No le importa que sus amigos lo carguen por las escaleras y que cuando llegue a un sitio, todo el mundo lo voltee a mirar. Hace mucho dejó de importarle el qué dirán. No fue de un día para otro. Al principio comenzó a ir a sitios que fueran de fácil acceso y poco show, como los centros comerciales. Después se aventuró a ir a cine, aunque siempre por la puerta de atrás. Luego comenzó a ir a bares y fiestas.

En la terraza de Masao se respira aire puro. Es un espacio grande, con vista a la ciudad. Al frente se ve el cerro de Las Tres Cruces. Miro al cielo y está estrellado. Qué maravilla. Carlos pide una botella de whisky y un par de redbulls. Ahora sí lo voy a emborrachar y a sacarle todas las historias. Pero resulta que Carlos no toma. No puede, porque tiene dañado el sistema nervioso central y el trago es un neurodepresor. Me pregunto si eso será verdad o es una excusa. Su amigo Guillermo me contó que cuando tuvo el accidente juró que no iba a volver a tomar hasta el día que volviera a caminar. Y hacerlo significaba para él perder todas las esperanzas.

A la mesa llegan una cantidad de niñas que lo quieren saludar. Besos y abrazos por aquí, besos y abrazos por allá. Una de ellas me dice que cuando Carlos estudiaba Administración en la Javeriana de Cali era el tipo más popular de la universidad. Y le creo. No solo por la pinta, sino porque tiene un sentido del humor que les encanta a las mujeres. A todas las hace reír, incluso a mí.

El ambiente en Masao es más bien tranquilo y decidimos ponerle un poco de acelerador a la rumba. Nos vamos para Titirifué, una discoteca que queda en la Torre de Cali, un edificio alto en el centro de la ciudad. La entrada esta vez es menos traumática. Parqueamos en el sótano del edificio y tomamos el ascensor hasta el segundo piso. Allí nos bajamos y entramos al sitio por la puerta de atrás. Es una puerta diferente a la de la entrada principal, más no la del servicio.

La enfermera sigue todavía con nosotros. Ella lo acompaña donde quiera que va. Cada 24 horas llega una nueva. Los turnos empiezan a las ocho de la mañana. Su presencia no le incomoda en lo más mínimo. Lo acompaña a todas las rumbas con sus amigos. Además, le hace compañía cuando llega a casa después de trabajar. Hace dos años Carlos vive solo. "¿Cómo voy a estar viviendo a los 31 años con mis papás?".

En la discoteca hay humo por todas partes. Alguien me dice que es una réplica de un sitio muy famoso que había en Cali en los años ochentas. Nos sentamos en una mesa cerca de la entrada de atrás. La gente pasa y choca de vez en cuando con la silla de ruedas de Carlos. Al fondo suena un reggaetón y todos nos paramos a bailar. Cuando me volteo, me doy cuenta de que Carlos está solo. Todo sus amigos están bailando, menos él.

La rumba en Titirifué se alarga hasta las cuatro de la mañana. A esa hora nos da por irnos a rematar a otro sitio, un bar en el norte que se llama Red. Como lo indica su nombre, todo adentro es de color rojo: los muebles, las luces, los cuadros. Estoy rendida y los pies me duelen. Y al parecer a él también, porque le pide a la enfermera que lo baje de la silla de ruedas y lo ayude a sentar en un sofá del lugar. Está cansado de la misma posición y además le duelen las rodillas y los pies. ¿Las rodillas y los pies

, ¿pero cómo? Me explica que la médula espinal es como un cable grueso de teléfono, que está armado por miles de cablecitos pequeños. Cuando se rompe uno, no todos se dañan. Por eso siente las rodillas y los pies, aunque no pueda caminar.

Vamos saliendo de Red, y Carlos se encuentra con 'Only the bes', un amigo suyo que cuida carros. Está borracho y con una lata de cerveza en la mano. 'Only the bes' siempre le cuenta unas historias increíbles, que a Carlos le encanta oír. Como esa de cuando la CIA lo nombró agente secreto para Cali y se hizo de undercover cuidando carros en las calles. Carlos lo abraza con fuerza y se despide de él. Percibo entonces una profunda humanidad.

Nos subimos al carro y me doy cuenta de que son casi las siete de la mañana del domingo. ¿A qué horas se me pasó el tiempo? Mientras me llevan al hotel, oigo que la rumba de ese día va a ser en el lago Calima, a hora y media de Cali. Será una fiesta electrónica buenísima, a la que va a asistir mucha gente. Me invitan y, sin pensarlo dos veces, les digo que sí. Al fin y al cabo la estoy pasando buenísimo y al otro día es lunes festivo.

En toda la noche, o mejor, en el resto de día, no pude dormir. De todo me esperaba, menos encontrarme con un tipo así: bueno, bonito y barato. Bueno, porque es un bacán con la gente. Bonito, porque es todo un papacito. Y barato, porque se enrumba doce horas seguidas sin tomarse un solo trago ni meterse ninguna droga. Pero lo que más me gusta de este hombre es que ha aprendido a burlarse de sí mismo. Un día un amigo le dijo que le gustaban sus zapatos, y el le respondió "te los vendo: están como nuevos".

Son las ocho de la noche y Carlos me recoge en la puerta del hotel. Está con la enfermera y vamos por su amigo Guillermo. Durante el camino empezamos a hablar. Me cuenta que le gusta la política. Que ya lo ha intentado varias veces, pero que no ha encontrado las personas indicadas para metérsele al tema. Que si fuera político, haría muchas cosas para ayudar a los que están como él. Porque en este país, me dice, todo parece una carrera de obstáculos. "Los sitios no tienen rampas, la gente no respeta los parqueaderos para minusválidos, los buses no tienen plataforma para las sillas de ruedas, las puertas son demasiado estrechas". Y tiene razón. Nada en el país está pensado para los discapacitados. "El problema es que ese número de personas va cada día en aumento, a raíz de la guerra y las minas quiebra pata".

Carlos parece empeñado en hacer un documental al respecto. Su idea es mostrarle al mundo la indiferencia y agresión que existe hacia los discapacitados en Colombia por parte de la sociedad y del Estado. ¿Qué hará un paralítico —me pregunta a manera de queja— que no tenga como yo los recursos económicos para tener una enfermera todo el tiempo? ¿Alguien que lo ayude a montar al carro, lo lleve a los cines y también a la rumba? Y se responde, a sí mismo, "soy muy afortunado".

Nuestra conversación se va tornando cada vez más profunda, hasta que llegamos a una finca de unos amigos suyos. Nos bajamos del carro y saludamos. La idea es ir calentando motores para la rumba. Al fondo veo un lago hermoso. Carlos me dice que siempre iba a esquiar allí. Está un poco nostálgico, pero se le pasa rápido.

Al cabo de dos horas nos vamos para la tan esperada rumba. Cuando llegamos, hay un gentío enorme afuera. A lo lejos, veo una enorme carpa anclada sobre el pasto. No hay forma de entrar. El sitio está atestado y el cover por persona son 90 mil pesos. Somos doce y ninguno está dispuesto a meterle todo ese billete a la entrada. Después de 50 minutos de intensa labor, Paulo, el fotógrafo, convence a los organizadores del evento para que nos dejen pasar a todos sin pagar un solo peso. No sé cómo diablos lo hizo, pero se lo estaremos eternamente agradecidos.

Entramos, por fin, al antiguo Club Náutico. Y comienza el verdadero vía crucis. La entrada tiene unas tabaqueras metálicas iguales a las registradoras que hay a la entrada de los buses. Como es lógico, Carlos no cabe por ahí y debemos entrarlo por uno de los carriles que está sin tabaqueras. Ese camino es todavía más angosto y la silla de ruedas no pasa. La enfermera le quita las ruedas grandes que están a los lados y le deja dos llantas pequeñas, que le permiten el paso sin problema. Ese diseño especial se lo mandó hacer Carlos a la silla desde un día en que se montó a un avión y no cupo por el corredor.

Bajamos unos 300 metros por un camino empinado y a lo lejos veo unas cinco mil personas brincando bajo chorros de luz color neón. En el centro de la carpa está el DJ y unas bailarinas casi sin ropa. No hay por dónde caminar. Nos abrimos paso entre la multitud y nos ubicamos a un lado de la tarima. La música retumba mientras del cielo caen papeles como de aluminio. Veo a mi alrededor y casi todo el mundo está metiendo algo. Unos fuman marihuana, otros meten perico, otros aspiran popper, y otros se pasan pepas de éxtasis.

La rumba se llama Black and White y todos los invitados debían estar ese día de blanco. Ni Carlos ni yo estamos vestidos para la ocasión. El está de negro y yo de azul, pero a nadie parece importarle. A lo lejos veo unos palcos especiales, que tienen sofás y hasta mesas. Me dicen que los que están allá pagaron unos cuatro millones de pesos por ese lugar. Empiezo a sentirme en traquetilandia y en el paraíso de la tetas postizas. No sé cuál de todas estas viejas que están acá tiene más silicona y menos ropa.

Pero Carlos está feliz. No le importa nada de eso, ni tampoco quién mete qué. Está absorto oyendo la música, poniendo atención a la mezcla de sonidos que hace el DJ. Se le acerca un travesti, de apodo Papel, y le tomamos una foto con él. Aquí nadie habla con nadie. Es una fiesta electrónica donde todo el mundo está en su rollo y nadie se mete con nadie.

Siete de la mañana, hora de irnos. Mi vuelo para Bogotá sale a las 10:30 de la mañana y por ser puente es difícil que encuentre cupo para más tarde. Carlos me lleva hasta el aeropuerto y me acompaña hasta el counter. Nos sentamos a tomar un café. Tengo una tristeza horrible, no sé por qué. No me quiero ir. He pasado apenas unas veinte horas de rumba a su lado y ya me siento diferente. Este hombre tiene una actitud hacia la vida y unas ganas de vivirla como no había visto a nadie hacía mucho tiempo. En su corazón no hay espacio para ninguna amargura. Su plenitud interior solo es comparable con la de los abuelos, que llegan al final del camino valorando ya no lo grande, sino lo pequeño.

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