Aquí no puedo tomar ninguna fotografía sin pedir autorización y me dicen que por mi bien ni se me ocurra intentarlo. Antes de cumplir 24 horas en este país debo ir a la estatua de Kim Il Sung, el Gran Líder, y hacerle una venia. Es una obligación. Los guías darán fe de eso, pues no se me separarán ni siquiera un minuto durante mi estadía y por eso dormirán en mi mismo hotel. Donde me les pierda, debo atenerme a las consecuencias.

Tengo que entregar mi pasaporte apenas llegue y solo me será devuelto cuando ya esté de salida. Me toca cuidar muy bien mi dinero porque aquí no hay cajeros automáticos ni tampoco se reciben tarjetas de crédito. Esa plata debe estar en euros o yuanes. El dólar ni por equivocación y el won, la moneda oficial, no está permitida a los turistas. Me advierten que es mejor que mi salud esté bien por estos días pues nadie me venderá medicamentos por una razón: prácticamente no hay. No puedo traer ni revistas ni libros que muestren cómo es el mundo exterior, si es así desaparecerán a mi llegada al aeropuerto. Lo mismo pasará si cargo un celular. Me recomiendan traer cosméticos baratos para las mujeres, cigarrillos para los hombres y chocolates para los niños.

Me advierten muchas cosas (la verdad eran siete páginas enteras de advertencias), pero aun así estoy aquí, en el peor país del mundo para vivir según lo dijeron la revista Business Week hace dos años, Newsweek hace ocho, y el propio presidente Bush que lo incluyó en su "eje del mal", junto a Irán e Irak. Es Corea del Norte, el último país realmente comunista que queda en la Tierra, un lugar aislado del resto del planeta desde hace más de 50 años. Nadie lo invade, nadie lo ayuda. Está al margen de todos los eventos oficiales en los que participan los demás países. Es conocido principalmente por la amenaza que representan sus armas nucleares, porque Estados Unidos es su peor enemigo, y por las estupideces que dice su Presidente de vez en cuando.

De aquí nadie puede salir y pocos turistas se han animado a visitarlo. Yo soy uno de ellos. Vine con mi novia. Pagamos cada uno 1.500 euros por esta travesía de cuatro días que comenzó en Beijing. O antes, si se tiene en cuenta que para viajar hasta aquí, hay que acudir a una agencia de viajes autorizada por el gobierno norcoreano. De las pocas en el mundo, la más barata y menos arrogante resultó estar en Suecia. La agencia se reduce a una señora que se llama Julia, que al parecer contesta las llamadas y los correos electrónicos desde su casa. Julia nos organizó el itinerario a su gusto pues muy poco contaba nuestra opinión sobre lo que queríamos ver.

Nos mandó los datos de Han Jin, su contacto en China, un coreano que emigró a Beijing y al que teníamos que pagarle el viaje en efectivo. Así fue. Lo llamé al celular y me puso una cita en un café cerca del hotel, no sin antes recordarme que llevara la plata completa. Han Jin no era un tipo muy sonriente, su vestido, su camisa, su corbata, sus medias y sus zapatos representaban una gama muy completa de los tonos que puede tener el color gris. Tenía un portadocumentos igual al de cualquier persona que se dedica a la mensajería y escupía cuando hablaba. Me entregó las visas (que se demoraron seis semanas en ser tramitadas), los pasajes, me pidió la plata, la guardó en un sobre y se despidió. Antes de que me diera la espalda le pedí los datos de los guías, la clave de confirmación del hotel y una factura. Me dijo que los guías tenían todo arreglado y que me iban a reconocer cuando llegara al aeropuerto de Pyongyang, la capital. Ya había confiado en Julia, una sueca que solo conocía por internet, cuando le mandé 20% del depósito, ¿por qué no darle 2.400 euros a Han Jin?

La aventura comenzó en el avión ruso de la aerolínea norcoreana Air Koryo: asientos de metal, hélices, música clásica intensa y ni una sonrisa entre los pasajeros. Además de funcionarios del gobierno chino y un par de políticos norcoreanos, estábamos solamente seis turistas: una familia de cuatro noruegos, Daniela y yo. Llegamos a Pyongyang después de una hora y media de vuelo. Justo al lado de la pista del aeropuerto había un edificio de cuatro pisos con una imagen en el techo, la imagen que más se nos iba a repetir durante el viaje: la fotografía del Gran Líder Kim Il Sung.

***

El territorio coreano ha estado ocupado desde hace 4.000 años y ha pasado por manos de todo el mundo. Las diferentes dinastías de chinos y mongoles se lo turnaron mucho tiempo. Corea fue independiente durante 600 años hasta principios de 1900, cuando fue invadido por los japoneses, quienes cometieron todo tipo de atrocidades, como buenos colonizadores. Cuando Japón perdió la Segunda Guerra Mundial, la Unión Soviética y Estados Unidos se repartieron Corea en dos y dejaron a los comunistas en el norte y a los capitalistas en el sur. Los soviéticos (Stalin) decidieron apoyar al político más popular del momento, al gran líder, al todopoderoso, al egocéntrico y narcisista Kim Il Sung.

Kim Il Sung representa el odio que siente el pueblo coreano hacia cualquier imperio. Antes de esto ya había peleado sin parar contra los japoneses y de ahí la cantidad de seguidores. A principios de su mandato fundó el Kimilsungismo, sustentado en la gran idea Juche que se basa en la independencia y la soberanía del pueblo. En resumen, establece que el pueblo debe ser capaz de funcionar por sí mismo sin necesitar, en lo absoluto, de ningún otro país. Debe ser completamente independiente en tres frentes: político, económico y militar. Esta idea no parecía tan mala en un ambiente bilateral con la Unión Soviética como una de las dos superpotencias del mundo, incluso los líderes radicales de países como Rumania, Indonesia y Camboya intentaron adoptarla en su momento. Esto dio como resultado genocidios, miles de familias destrozadas, libros de historia de sangre. El resultado en Corea del Norte ha sido diferente porque el régimen sigue vigente. De los genocidios nadie se entera, no hay historia del régimen porque es parte del presente y los únicos libros que venden son de propaganda. Kim Il Sung y ahora su hijo Kim Jong Il han logrado mantener el país aislado por más de 50 años.

***

Nos bajamos del avión para después pasar migración, recoger las maletas y ser víctimas de la inspección rutinaria que por la cantidad de militares y la ineficiencia para manejar a la gente, me hizo acordar del aeropuerto El Dorado de Bogotá. Cuando pasamos la línea de seguridad, llegó Che, la primera guía. Che hablaba un español bastante arcaico que aprendió cuando su gobierno la mandó a estudiar a Cuba hace 20 años. Desde entonces no lo practicaba. El resto del equipo eran Kim, la otra guía que solo hablaba coreano y chino, y el chofer del que nunca me pude aprender el nombre. Tres coreanos-guía para dos turistas, así son las cosas.

Después de decomisarnos y sellar el celular que llevábamos, pues era necesario en Beijing para llamar a Han Jin y a Julia, nos subimos a la camioneta. Al salir a la calle nos encontramos con la primera sorpresa: no hay carros. Ya quisieran muchos países tener calles y avenidas como las de Pyongyang, cuatro o cinco carriles en cada dirección, andenes amplios y limpios, ni un solo hueco. Las calles de la capital son una muestra de las aspiraciones que tenía el gran líder hace 50 años y del apoyo de Stalin; pero la desolación y la falta de vida también son una muestra del resultado. Incluso en una de las avenidas principales, había momentos en los que no veíamos un solo carro, solo largas filas de gente mirando para abajo, hacia el piso, mientras esperaban un bus.

En Pyongyang todo es gris, en diferentes tonos como la pinta de Han Jin, lo que le da a la ciudad un ambiente triste, como el que quieren transmitir los productores de películas de la Segunda Guerra Mundial. Ni un solo color, los árboles están tan tristes como la gente, no existe la publicidad, no hay letreros ni vallas, no hay razón para mirar hacia arriba. Los edificios son todos iguales, de concreto gris, cuadrados, de media altura, sin cortinas y sin comercio en los primeros pisos. No hay semáforos, tampoco los necesitan. En los cruces importantes donde las calles son más anchas, hay una policía impecablemente vestida de azul dirigiendo el tráfico. Está parada en la mitad de un círculo pintado en la calle, se mueve como un robot dando instrucciones al aire.

Llegamos al hotel Yankgado, uno de los pocos que existen, 45 pisos, en la mitad de nada. En el parqueadero hay cinco buses de visitantes chinos y franceses, Che nos dice que el turismo ha crecido y que no entiende por qué, si Corea sigue igual. Parece ser que Kim Jong Il descubrió que en 50 años de aislamiento su papá creó un tesoro para los turistas. El hotel también es gris, por dentro se parece a cualquier hotel de película setentera. Mucho dorado, fuentes, recepcionistas sin computadores, tablero para las llaves, ascensorista. Son las 8:00 de la noche y todo se ve gris oscuro. Las ventanas de los edificios, a lo lejos, emiten una luz blanca muy baja, que no se alcanza a reflejar en el río Taedong. No hay movimiento, ni de carros, ni de gente, ni de luces, todo es estático, no pasa absolutamente nada.

Nuestro pago incluye que Che, Kim y el chofer duerman en el mismo hotel durante nuestra estancia. Le preguntamos a Che si podemos salir a algún lado y ella, extrañada, nos contesta que para qué, si toda la actividad de Pyongyang está en el hotel y hay hasta una cancha de bolos en el piso de abajo. Después de 10 años de no hacerlo, jugamos bolos y nos reímos con los turistas chinos borrachos que están al lado de nosotros. Nos vamos al cuarto a las 10:00 de la noche con la esperanza de conectarnos con el mundo a través de un canal de televisión que nos resultara familiar. Solo había dos canales rusos, uno chino y uno coreano, así que a dormir.

A las 7:30 de la mañana, bajamos a la recepción donde nos esperaba Che. Nos pide los pasaportes y nos dice que nos los va a devolver cuando nos vayamos. Después de darnos cuenta de que estamos completamente indefensos con pasaportes o sin ellos, se los damos. Pero probablemente esa sensación de inseguridad la sienten los 26 millones de compatriotas de Che y Kim. Desayunamos kimchi (repollo fermentado), arroz pegajoso y huevo. Esta será la comida que principalmente nos acompañará durante el viaje: arroz masacotudo y huevo. Como no hay importación, la oferta es muy poco variada y las vacas, los pollos y los cerdos son escasos.

El tour por Pyongyang comienza en Magyongdae, la casa donde nació el Gran Líder. Hay fácilmente mil coreanos haciendo fila, el mes de abril es sagrado porque es cuando nació Kim Il Sung. Todos los hombres están de corbata, las mujeres de sastre. Los jeans están prohibidos pues son gringos y las mujeres nunca se ponen pantalón. Jamás me había sentido tan mal vestido. La gente nos mira, se ven más sorprendidos que nosotros. Hacemos el recorrido, nos explican que el gran líder nació en una casa humilde, que era un agricultor muy trabajador y que sufrió mucho. Proselitismo barato, ideas y ejemplos para enorgullecerse de la pobreza.

La siguiente parada del tour, es el metro. Por el camino pasamos en frente del hotel Ryugyong, un edificio triangular de 105 pisos que está sin terminar desde 1992. Se ve desde cualquier parte de la ciudad, todavía hoy sería el hotel más alto del mundo. Che no sabe por qué lo dejaron de construir. Llegamos al metro, niños con uniforme de colegio están haciendo fila para entrar al edificio al mismo tiempo que nosotros. Todos sonríen, juegan, nos saludan, corren y gritan, la inocencia los hace felices incluso aquí. Les damos chocolates. Che nos cuenta que todos los niños tienen derecho a educación gratis, y que igualmente tendrán derecho a la universidad después. Todos los hombres estarán en el ejército de los 18 años a los 30 por lo menos, las mujeres trabajarán ya sea en fábricas obsoletas o para el gobierno.

El metro de Pyongyang está 100 metros debajo de la tierra, las escaleras eléctricas que llegan hasta los trenes miden más de 100 y no se ve el final desde arriba. "El metro es un refugio de las bombas nucleares en caso de un ataque de los imperialistas yanquis", nos comenta Che. Después de la vuelta en trenes de acero con interiores de madera, seguimos a la biblioteca pública, una visita larga y aburrida. Siguieron la plaza de Kim Il Sung, la colina Masundae y la torre de la idea Juche. La plaza es grande, con jardines y cascadas, hay menos gente que en cualquier otra plaza del mundo a cualquier hora. En la colina Masundae hay una estatua de bronce del Gran Líder que mide poco más de 20 metros. Como todos los visitantes que entran al país, le rendimos homenaje. Le pusimos unas flores que nos costaron 3 euros, hicimos la venia y nos tomamos fotos. Cortarle la cabeza a la estatua en una foto es ilegal, no quisimos comprobar si era verdad. La torre de la idea Juche mide 170 metros. La guía de turno nos muestra orgullosa las placas que han mandado 80 países felicitando al Gran Líder por su excelente idea, pero si uno se acerca a leerlas, ninguna es oficial. El partido del trabajo de Malta; grupo de estudio del comunismo en Portugal, o Victor Leduc, de Francia, son algunos ejemplos. La majestuosa pared de placas es realmente insignificante. Ver el orgullo de la guía con sus placas, me recordó lo que yo sentía cuando me daban una medalla dorada de séptimo lugar en mis clases de natación. La vista desde la torre es impresionante, se ve la quietud y la paz de Pyongyang como en una foto.

Después fuimos al museo de la guerra. Estaba lleno de armas, tanques, uniformes y cascos de soldados de Estados Unidos. Fueron 45 minutos de discursos de odio contra los yanquis. Panoramas de 360 grados con gringos muertos, cartas de generales gringos que comprobaban que ellos empezaron la guerra, fotos de soldados gringos arrodillados. Corea del Sur es mencionada pocas veces, y se refieren a ese país como el títere de los imperialistas. La guía, vestida de soldado, no sonrió en toda la visita:

—Tengo entendido que Colombia apoyó a los imperialistas yanquis y a Corea del Sur en la guerra, me dice con cara de brava.

—¿En serio

, no tenía ni idea. No se me ocurrió nada más que hacerme el pendejo.

—Sí, ni con el apoyo de 14 países nos pudieron ganar la guerra.

Agacho la cabeza, y me quedo callado.

***

Dos años después de la repartición de Corea, los gringos dejaron su parte a cargo del mediocre gobierno de Syngman Rhee y retiraron sus tropas de Corea del Sur. La versión occidental dice que Kim Il Sung, convencido de que Corea era una sola y debía ser liberada de cualquier imperio, decidió invadir el sur tomándose Seúl. Estados Unidos entró a proteger a los surcoreanos, a defenderlos de un régimen totalitario. China fue quien defendió a los del norte en la guerra porque la Unión Soviética tomó un papel más diplomático. La versión del país comunista, afirma que Estados Unidos quiso agrandar su imperio y colonizar Corea del Norte por su atractiva posición estratégica. Los soldados norcoreanos entrenados para pelear uno contra cien, defendieron el país con el patriotismo como su principal arma, pues el enemigo tenía tecnología mucho más avanzada. Después de tres años, miles de personas muertas, las dos capitales destruidas, y no se llegó a nada. Corea sigue dividida por el paralelo 38, y ahora hay 40.000 soldados gringos en el sur. Los dos países tienen armas nucleares. El odio aumenta en un lado, el miedo en el otro. Hay familias que fueron separadas y nunca se volvieron a ver.

***

Al salir del museo nos sentíamos confundidos y apenados, no porque creyéramos alguna de las dos versiones, sino por lo convencida que veíamos a la gente de la historia que diariamente se les ha venido repitiendo durante 50 años. No tienen ni opción de creer o pensar otra cosa, es un convencimiento que ha derivado de medio siglo de aislamiento. Esto es una máquina del tiempo. Se puede viajar 50 años al pasado y ver cómo eran los países bajo el mando soviético. También se puede viajar al futuro y ver algunos países de Latinoamérica que se emocionan con ideas marxistas obsoletas.

Antes de este viaje no creía en las bondades de la libertad de expresión y de pensamiento que tanto propaga Occidente en todo el mundo. La libertad de expresión es atropellada en muchos países, pero aun en los casos más extremos la gente sigue teniendo la posibilidad de pensar lo que quiera aunque no lo exprese, teniendo por lo menos el derecho de vivir frustrados, o de tomar la decisión de resignarse e intentar ser felices, como es el caso de Cuba, por ejemplo. La libertad de pensamiento solo se puede quitar con un aislamiento absoluto, como el que viven los norcoreanos. La inocencia natural de los niños del metro que no se enteran de lo que pasa en el mundo tiene como consecuencia una felicidad contagiosa y sin preocupaciones. El estado de ignorancia y engaño en el que viven los adultos que vimos en toda la ciudad, resulta en miradas vacías, clones que viven por vivir, sonrisas de incomprensión, robots que cultivan, trabajan en fábricas, disparan fusiles, marchan o le repiten las ideas del Gran Líder a los turistas como un disco rayado. Kim Il Sung y su hijo han ejecutado bien su estrategia, pues nadie nunca se ha enterado de algún intento de rebelión o levantamiento contra el gobierno.

Lo mejor del viaje: Arirang es un espectáculo masivo de gimnasia, danza, artes marciales y marchas militares, en el que participan 30.000 coreanos que entrenan durante todo el año para impresionar a cualquiera. Llegamos al estadio May Day con las otras 150.000 personas que vienen a ver el espectáculo que empieza el 15 de abril, día del nacimiento del Gran Líder, y que todo Corea del Norte celebra durante un mes. A Che le brillan los ojos de orgullo, tanto ella como todos los demás norcoreanos ahí presentes hoy están más elegantes que nunca. Mujeres con vestidos típicos rosados o verdes fosforescente, soldados con muchas banderas en el uniforme, campesinos de corbata. Aquí todos sonríen, aquí hay ruido, todos los colores de Pyongyang se esconden en el May Day. Es primavera y estamos de fiesta, cumple 95 años Kim Il Sung, 13 de los cuales lleva muerto pero no importa, él es inmortal en el corazón de todos.

Todo dura una hora, Che nos comenta que en los juegos olímpicos del comunismo los participantes no compiten entre ellos sino que trabajan juntos para divertir al pueblo, "para celebrar que somos norcoreanos", dice. Estamos sentados esperando a que empiece el espectáculo, en frente hay unas letras de colores que cubren toda la grada sur del estadio. "Esa es la pantalla humana", nos comenta Che. Veinte mil niños de bachillerato perfectamente entrenados sostienen cartones en las manos haciendo el papel de píxeles para formar diferentes figuras. Abajo, los directores de la orquesta con banderas organizan la pantalla humana para que cambie de formas y colores. Y esto solo es el escenario, el show está abajo, en la cancha. Es como un sueño, un mundo paralelo lleno de colores y alegría en una ciudad gris y triste. La música, los bailes y el escenario se mueven con una coordinación perfecta, los diplomáticos se miran entre ellos y aplauden tímidamente. Los coreanos que tengo atrás tienen los ojos llorosos y me miran con orgullo. Aplauden, se ríen, ¡que viva nuestro país! Se acaba el espectáculo y volvemos a la realidad. Las estaciones de tren están a reventar, pues muchos campesinos de los que vinieron no tienen el privilegio de vivir en Pyongyang.

***

Llega el día de irnos, Che y Kim nos llevan a la estación de tren. Es hora de volver a la casa, se acabó nuestro entretenimiento. Nos despedimos como quien se despide de un zoológico. Se acabaron las vacaciones en las que fuimos a ver sufrir a 26 millones de norcoreanos y tenemos que volver a nuestras vidas capitalistas, democráticas y consumistas. Les damos cosméticos y cigarrillos, regalos de preso. Ellos se quedan a esperar que otros turistas con jeans y ropa de colores vengan a verlos como bichos raros.

Nos subimos al tren verde militar de hierro. Llegamos a la frontera con China y me siento como en mi casa. ¡Qué occidental y libre es China! Aquí hay carros en las calles, anuncios de neón, la gente compra cosas, lee revistas, puede ir a cine. Se ríe como los que vimos en el estadio May Day. No sé qué pensarían Che y Kim de todo esto. Pero aún no dejan de inquietarme sus miradas cuando me despedí de ellos desde la ventana: todavía no sé si sintieron envidia o lástima por nosotros.

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