Cuando era una nena de diez años, Kakenya no tenía tiempo para pensar en el futuro. Sus días eran interminables: en cuanto salía de la escuela tenía que ordeñar las vacas, pastorearlas, traer agua del río, buscar leña, cocinar, lavar, limpiar, cuidar a sus hermanas. Y estaba demasiado preocupada por la comida de esa noche para inquietarse por nada más lejano: el futuro, dirá mucho después, es un lujo que solo las sociedades ricas pueden permitirse. Pero, aun si lo hubiera pensado, jamás habría podido imaginar este presente en la Universidad de Pittsburgh, Pennsylvania, donde cursa un posgrado en Educación.

Kakenya Ntaiya nació en junio de 1978, pero no sabe el día: su madre no se acuerda. En Enoosaen, una aldea massai en el sur de Kenia, ese dato no importaba demasiado. Los massai siempre fueron una sociedad de pastores seminómades que, últimamente, se ha establecido en aldeas; casi medio millón, la mitad del total, vive en Kenia. Los massai pastorean también cabras y ovejas, pero las vacas son su bien más preciado: viven de su leche y de su sangre y solo las matan en las grandes ocasiones.

En Enoosaen nunca hubo agua corriente ni asfalto ni electricidad; su casa, como las demás, era un rancho de adobe, paja, bosta y orines de vaca. Kakenya no recuerda haber empezado a trabajar: siempre lo hizo. Pero ahora dice que cuando escucha hablar del trabajo infantil desconfía: que algunos tendrían que entender la diferencia entre los chicos que un patrón explota y los que ayudan a su familia a sobrevivir.

—¿Para qué sirve que un chico esté jugando si no va a tener nada para comer el día siguiente?

Kakenya era la hija mayor. Cuando tenía cinco años sus padres la prometieron en matrimonio a un vecino de seis: es la costumbre massai y todos, en la aldea, hablaban de ellos como marido y mujer; ellos jugaban, pastoreaban las vacas juntos, se llamaban esposo y esposa. Muchos años después, Kakenya dirá que ella, por lo menos, habría tenido la suerte de conocer a su futuro marido: que, muchas veces, las chicas de su pueblo lo conocen el día de su boda.

Su vida estaba decidida: Kakenya se casaría, tendría hijos, cuidaría vacas, cultivaría la tierra. En esos días ni siquiera sabía que existieran otras vidas posibles: visto desde su pueblo, el mundo era un lugar chico y homogéneo. Pero estaba intranquila, asustada: su madre trabajaba sin parar y su padre se pasaba largas temporadas fuera de la casa, trabajando como policía en Nairobi, la capital. Cuando volvía era peor: pegaba a su mujer, vendía sus vacas. Su madre, en esos momentos de desesperación, solía decirle que ojalá su vida pudiera ser distinta —y que la única forma de conseguirlo sería que se educara. Kakenya estudiaba todo lo que podía.

Cuando Kakenya tenía once años, alguien llegó al pueblo: Morompi Ole-Ronkei era un vecino de veintitantos que había conseguido las calificaciones y el dinero para ir a estudiar a los Estados Unidos. Fue una revelación: Morompi tenía una cámara de fotos, buena ropa, una sonrisa satisfecha, y contaba historias de ese país donde todos tenían plata y anteojos de sol y varios coches y las máquinas hacían todo el trabajo. Kakenya estaba fascinada: un mundo nuevo se abría a su imaginación. Así que redobló sus esfuerzos en la escuela: ahora sí tenía un objetivo. Cuando llegó a la secundaria, Kakenya era una de las dos únicas chicas en una clase de muchachos: en su comunidad no se supone que las mujeres hagan esas cosas. Las mujeres tienen que casarse; pero, para eso, primero deben ser circuncidadas.

Durante dos o tres años, Kakenya consiguió postergar ese momento —y seguir estudiando. Pero cuando cumplió quince su padre le dijo que ya no podía esperar más. La circuncisión —emuratisho— marcaría su entrada en la edad adulta: el momento de casarse y abandonar la escuela. Kakenya se puso firme y negoció: solo se circuncidaría si le permitían terminar el secundario. Tuvieron varias discusiones, casi brutas. Al final, su padre se lo prometió delante de los hombres de la aldea: según la tradición, una promesa en ese ámbito debe ser cumplida —y Kakenya supo usar la tradición a su favor.

—Muchas chicas massai esperan el momento de la circuncisión con entusiasmo: les han hablado tanto de eso, del momento de empezar su verdadera vida. Pero nadie nos cuenta qué nos van a hacer: solo sabemos que va a haber una gran fiesta, que vamos a ser las protagonistas. Y la fiesta es hermosa: una semana entera de cantos y bailes y banquetes. Hasta que una mañana te llevan al corral de las vacas y ahí, ante docenas de vecinos, una abuela viene y te lo hace. Sientes un dolor horrible, pero no puedes llorar: desde chiquita, siempre te han dicho que no puedes llorar. Y tampoco puedes hablar de eso con nadie.

Todavía ahora, cuando lo recuerda, Kakenya se ensombrece, y dice que todos los días siente ese pedazo ausente de su cuerpo y que se va a pasar la vida peleando para erradicar esa costumbre y que no quiere seguir hablando de eso. Cada año alrededor de dos millones de mujeres de África, Asia y Oriente Medio, sufren la mutilación de su clítoris; en general, la operación se practica sin asepsia ni instrumental, en condiciones muy riesgosas.

Kakenya terminó el secundario con muy buenas notas: era el momento de casarse, de dejar de ser Kakenya para siempre. En su sociedad, cuando una chica se casa se vuelve la propiedad de su marido: un apéndice de su marido. Las chicas massai tienen un nombre que dura hasta su boda; ese día, el novio y sus amigos le eligen otro, que deberá usar toda su vida. Es difícil pensar mayor ejercicio de poder: yo decido tu nombre, tu identidad definitiva.

—¡Yo soy Kakenya, yo voy a ser Kakenya hasta que me muera!

Dirá mucho después, ahora. Pero entonces, para conseguirlo, tenía que irse de su pueblo.

—Ojalá no tuviéramos que escaparnos de nuestros lugares para ser lo que queremos ser. Si me hubiera quedado me habrían forzado a casarme, a tener hijos, a vivir la vida que ellos querían, no la mía. Creo que tuve que irme para seguir siendo yo misma.

En esos días, Kakenya fue a ver a Morompi y le pidió que la ayudara a buscar una universidad en Estados Unidos.

—¿Por qué en Estados Unidos?

—Porque no sabía de ningún otro lugar.

Después de muchos trámites, la pequeña universidad para mujeres de Randolph-Macon, en Virginia, la admitió, pero le faltaba lo más difícil: el dinero. Kenia es un país del tamaño de Francia o España con 35 millones de habitantes —la mitad bajo la línea de pobreza. La esperanza de vida es de cuarenta y ocho años, y hay un teléfono cada veinte personas, una conexión a Internet cada cien. Durante meses, Kakenya tuvo que convencer a las mujeres y los hombres de la aldea de que una chica podía hacer lo que muy pocos muchachos habían hecho: les prometió que, si la dejaban irse, volvería para instalar una escuela, una maternidad, agua corriente; también les prometió que volvería sola: que no se casaría con ningún extraño. Al principio le decían que no, que una mujer no podía irse a ningún lado, que se haría prostituta, que respetara a sus mayores y se quedara en su lugar. Kakenya, a fuerza de persuasión y de insistencia, consiguió la autorización de los viejos de la aldea y un poco de dinero. A principios del año 2000 viajó a Nairobi: allí vio, por primera vez en su vida, un edificio de departamentos, un aparato de televisión. Días más tarde se subió a un avión para cruzar el Atlántico: al principio del viaje lloraba de felicidad porque lo había logrado; al final, de tristeza porque pensaba que nunca más podría volver a casa.

Kakenya estaba tan perdida: es difícil imaginar un viaje más radical que el suyo. En la universidad de Randolph-Macon la recibieron con entusiasmo, afecto y una nevada extraordinaria: Kakenya no podía creer que la nieve cayera del cielo, ni que sus compañeras se lanzaran al prado con sus colchones para usarlos de trineos. Estaba descubriendo, al mismo tiempo, dos aspectos extraños de la cultura de Occidente: que algo tan valioso como un colchón podía arruinarse por placer; que esas mujeres adultas todavía pensaban en jugar. Su primer año en la universidad no fue fácil: se sentía sobrepasada y solo pensaba en volverse a casa.

—Cuando tuve que usar mi primera computadora estaba asustadísima: pensaba que, si apretaba cualquier botón, iba a explotar. La electricidad me daba mucho miedo.

Después se fue adaptando, y consiguió graduarse con muy buenas notas. Pero, al mismo tiempo, Kakenya descubrió que los americanos comían verduras crudas —"como los animales"—, que caminaban demasiado rápido, que sonreían sin sentido, que todos querían parecer jóvenes, que no todos eran ricos y que el dinero no crecía en los árboles: que la vida en los Estados Unidos también podía ser muy laboriosa.

Kakenya es alta, la cara redonda, una sonrisa encantadora, el pelo alisado con esfuerzo. Lleva más de cinco años en Estados Unidos y ya no dice que es massai sino keniata: cuando decía massai nadie sabía de qué estaba hablando. Kakenya dice, repite, que su corazón está en su pueblo, pero las dos veces que volvió —una de ellas, para el entierro de su padre— se sintió incómoda: ya no es como ellos.

Kakenya hacía lo posible: trataba bien a todos, intentaba integrarse, no usaba su ropa americana para no dar envidia. Pero el agua de Enoosaen la enfermó, ya no podía cargar leña, y todos le hacían sentir la diferencia. Algunos la alababan, la celaban; otros la señalaban con todo tipo de sospechas. Y muchos le pedían plata —a ella, que no tiene un centavo— porque alguien que vive en América tiene que ser rico. Kakenya está fuera de lugar en su lugar pero sabe que tampoco es una americana —y tiene miedo de quedarse para siempre en el medio: en ninguna parte.

—Ellos no saben, se imaginan que acá todo es fácil. Y yo cada día que estoy acá pienso dios, yo les debo tantas cosas, les hice tantas promesas…

Aquí, dice, la pasa bien y aprende mucho, pero nunca deja de sentir esa culpa: no recuerda un solo día en que haya pensado oh, soy tan feliz. Y a menudo extraña los tiempos en que el futuro no era un tema: en que no se pasaba los días y las noches pensando qué podrá hacer para mejorar la situación de los suyos, de su aldea, de sus mujeres. Aquellos días en que, cada noche, caía rendida y el sueño llegaba sin que se diera cuenta. Ahora que sabe tantas más cosas sobre el mundo, dice, se preocupa mucho más y no deja de pensar qué puede hacer para que la gente viva feliz y no tenga que dejar su país para ser. Ella tendría que contribuir a que ese mundo exista —aunque no sabe muy bien cómo. Por ahora, en lo que más confía es en la educación:

—La educación es la clave de todo. Educarme me abrió tantas puertas que yo quiero prepararme todo lo posible para mejorar la educación de mi gente, de mi país.

Dice Kakenya, en el frío de Pittsburgh, gorro de lana, orejas ateridas, mientras sueña con instalar una escuela en su pueblo para educar a sus mujeres, para convencerlas de que no se dejen dominar por sus hombres, que rechacen la circuncisión, que conserven sus nombres, que sean lo que quieran ser:

—Si las mujeres de mi pueblo tuvieran educación podrían elegir qué hacer con sus vidas. Y eso sí que sería un cambio, y yo sentiría que ya pagué mis deudas.

Dice, con la mirada triste. Semanas más tarde, Kakenya recibirá la noticia de que la fundación Nike le ha dado una beca para empezar a construir esa escuela. La concreción de su sueño, dirá entonces, está un poco más cerca; y también —dirá—, la posibilidad de fallar, de no estar a la altura.

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