Señor, bendice a estos tres árbitros, tus siervos, bendice a los equipos que van a jugar y bendice al público que los acompaña. Protégenos, Señor, y ayúdanos a no equivocarnos, a actuar con justicia y a no enfurecernos ni agredirnos"... reza Sebastián Valencia, el árbitro central del partido de fútbol que, en la lluviosa tarde de Bogotá, enfrentará al América de Cali y al Deportivo Independiente Santa Fe.
Al ver cómo Valencia y sus compañeros cierran los ojos, se toman de las manos y oran con fervor uno empieza a entender por qué Alonso Amorocho, el comisario deportivo del encuentro, se ha negado durante varios días a revelar el nombre de los cuatro árbitros y por qué ellos han dormido en la ciudad de incógnito y han llegado al estadio escoltados por media docena de policías.
Aunque la labor de Valencia es determinante para el buen término del partido, este hombre trigueño, fornido, de rasgos mestizos y cabello corto, no existe de manera positiva para el espectáculo, carga con el peor de los roles que puede asignarse al participante de un deporte de competencia: el rol de ser neutral. Es por eso que al entrar al estadio y bajar de la camioneta que los ha traído, Valencia y sus tres asistentes deben romper rápidamente los sellos con los que está asegurada la puerta del camerino y refugiarse en un lugar que, aunque está bien pintado, iluminado y tiene baños limpios y duchas de agua caliente, no deja de ser un espacio cargado con una atmósfera fría, casi triste, un lugar sin ninguna seña de identidad, emoción ni fervor deportivo.
En Colombia, los árbitros no tienen patrocinios comerciales y ha sido Valencia quien ha comprado los uniformes que usarán él y sus asistentes. Todavía vestido de riguroso paño, Valencia abre el maletín, y saca cuatro camisetas, escoge una y entrega las otras a los árbitros auxiliares. Eduardo Botero, Orlando Andrade y Mario Canessa reciben las camisetas y empiezan a probárselas, mientras Valencia vuelve a meter las manos en el maletín y saca un par de guayos, dos relojes, dos pitos, un lápiz, la moneda que servirá para hacer el sorteo de porterías, una tarjeta roja y una tarjeta amarilla, cartones que puestos sobre el mesón del camerino no parecen muy importantes, pero que una vez empezado el encuentro tomarán un valor imperial.
Ya uniformados y puesto con cinta adhesiva el escudo de la Federación Colombiana de Fútbol sobre el pecho de los árbitros, Valencia, Andrade y Botero empiezan a calentar. Nadie piensa en ello, pero la preparación física de un árbitro debe ser igual a la de los jugadores. Entre ejercicio y ejercicio, Valencia cuenta que tiene 31 años, que vive en Armenia y es contratista de obras civiles, que lleva más de diez años casado con Angélica María Loaiza y que tiene tres hijos: Juan Sebastián, de diecisiete años; Catalina, de trece, y Yeni Lorena, de doce. Valencia conoció a Angélica a los diecisiete años, cuando empezaba en el arbitraje, ella lo acompañó y animó mientras estudiaba en el colegio departamental de árbitros del Quindío, le dio fuerzas mientras empezó a pitar en las divisiones inferiores del fútbol colombiano y celebró con la misma euforia que él cuando, a los veinticinco años, logró hacerse árbitro profesional.
Valencia tiene una mirada tranquila, habla con seguridad del papel neutral del árbitro; al escucharlo, uno entiende que hay algo militar en la mentalidad de estos hombres. Aquella visión fría sobre la justicia deportiva y sobre la autoridad moral del arbitraje empezó una mañana de Armenia, cuando un árbitro faltó al compromiso que él y varios de sus compañeros debían jugar y Valencia decidió cambiar los regates con el balón por un pito y una deshilachada camiseta negra. Al contarlo, Valencia habla de vocación, pero no puede hablar de vida profesional, ser árbitro no es un oficio, a los árbitros se les exige vivir de otras actividades, pitar siempre fuera de la ciudad de origen y se les jubila antes de los cuarenta y cinco años. Se necesita un extraño sentido del rigor y el orden para sacrificar las noches de los miércoles y los tranquilos fines de semana en familia por un trabajo tan desagradecido.
Después del calentamiento, Valencia hace consejo con los tres asistentes, acuerda con ellos las señales y los gestos con los que van a comunicarse dentro del campo de juego. Es muy importante dejar claro qué van a hacer todos ante una jugada que presente dudas y, sobre todo, cómo van a reaccionar los cuatro ante la eventualidad de pitar un penalti. Mientras en el camerino arbitral se vive un ritual de introspección y silencio, en las gradas se vive el fenómeno contrario. A pesar de la intensa lluvia y de un frío que no muestra la menor pasión por el fútbol, miles de espectadores gritan, saltan, chiflan y vocean cánticos, como si en aquel juego no se definiera un título deportivo sino el sentido último de la existencia de los asistentes al estadio. A la charla le sigue la oración y con los balones con los que se va a disputar el juego en las manos los tres árbitros recorren el túnel que lleva hacia la cancha.
Aunque deben salir escoltados por la policía, la salida de los árbitros al terreno de juego es el único momento en que él público muestra un poco de aprecio por Valencia. Sin embargo, no lo hace por respeto a la figura del árbitro, lo hace porque la aparición de los árbitros anuncia la salida de los jugadores al campo de juego. Mientras Canessa, que hará el papel de cuarto árbitro, se acomoda en un medio de las bancas de los dos equipos y Botero y Andrade se colocan junto a las líneas que demarcan el terreno de juego, Valencia revisa las porterías y saluda a los capitanes de los equipos. Después se alinea junto a los dos equipos, soporta el Himno Nacional y la ceremonia protocolaria y, por fin, sortea las porterías y da el pitazo inicial.
De ahí en adelante, Valencia, deja de ser el trabajador padre de familia y el juicioso aficionado al fútbol que entrena cada día para estar a la altura del espectáculo en que participa y se convierte en enemigo potencial de veintidós jugadores y de quince mil aficionados. El partido empieza y Santa Fe lanza una embestida que lo acerca al arco del rival, pero que no se concreta en goles. Mientras Santa Fe desperdicia las oportunidades para irse en ventaja, América se asienta en el campo de juego y empieza a merodear al arco del local. El balón va y viene, surgen los primeros roces y las primeras jugadas polémicas. Valencia corre de un lado para otro y está siempre atento a la jugada. Sin embargo, nada más fácil que equivocarse, son apenas dos ojos para controlar veintidós hombres que luchan entre sí con toda clase de artificios y mañas y para mantener siempre vigilado un balón al que los jugadores llevan y patean de un lado para otro, intentan golpear con la cabeza y, si Valencia se descuida, con la mano.
El afán de tener controlada la bola hace imposible que Valencia vea cómo los jugadores se retan, se empujan, se dicen groserías y, si los ánimos se caldean, se agarran de la camiseta, se escupen y se agreden entre sí. Un jugador de América cae y Valencia no ve falta en la jugada. ¡Hijueputa!, hijueputa, hijueputa, empieza a corear la tribuna mientras Valencia sigue corriendo y haciendo el mejor de los esfuerzos para que el partido trascurra sin sobresaltos. Pero a los fanáticos del fútbol la buena voluntad del árbitro no les importa nada y el "árbitro hijueputa" sigue siendo el coro más entonado en las tribunas. Santa Fe bota otro gol y un descuido de la defensa local ayuda a que Moreno, el goleador del América, se cuele en el área. Pachón, el último defensa de Santa Fe, lo agarra de la camiseta y obliga a Valencia a pitar un penalti.
Volubles como suelen ser los hinchas deportivos, los seguidores de América dejan de mentarle la madre a Valencia mientras los de Santa Fe pasan a ser quienes ponen en duda la integridad moral de la madre del árbitro. Con el partido 0-1, Valencia pita el final del primer tiempo y, de nuevo escoltado por los escudos de la Policía, ingresa al camerino. Entra ahogado, embarrado por el mal terreno del campo y ansioso de abrir una botella de agua para refrescarse. Apenas toma un respiro, Valencia comenta con Andrade y Botero las jugadas complicadas y escucha las observaciones que le hacen ellos. Los quince minutos de descanso son en realidad un poco menos de diez, porque tres minutos se gastan en caminar del terreno de juego al camerino y del camerino de regreso al campo son otros tres minutos.

 

La segunda parte es más complicada. Santa Fe no quiere perder porque quedaría eliminado de la lucha por el campeonato y América se ha tomado confianza y tiene desesperado al equipo local. El juego sube en intensidad y Valencia empieza a mostrar tarjetas amarillas. Los jugadores discuten, se le encaran y Valencia, sereno, aplica la norma de oro de los árbitros: responder con respeto pero con autoridad a los jugadores. A pesar del barro y los charcos que hay en la cancha, el duelo sigue adelante y América marca otro gol. Pero ni aun así, los aficionados del América están conformes y cada vez que una decisión arbitral no les gusta el coro de ¡hijueputa, hijueputa! retumba en el estadio. Al final, Gareca, el técnico de Santa Fe, se desespera y pone a jugar a dos titulares que tenía reservados para un próximo partido internacional. Los dos hombres luchan y animan el juego, pero no es la tarde de Santa Fe y a un gol del local le sigue el tercero del visitante. Gareca se enfurece, sigue el mal ejemplo de la tribuna y sale a pelear con el árbitro. Valencia lo expulsa.
"Acabe ya, árbitro, hoy no es nuestra tarde", le susurra un defensa de Santa Fe a Valencia y el hombre mira el reloj, deja pasar un minuto, alza la mano y pita el final del encuentro. Aún más embarrado que al final del primer tiempo, Valencia regresa al camerino. Agitado comenta y valora con Canessa, Andrade y Botero las incidencias del segundo tiempo y, cuando el comisario de campo entra al camerino, pregunta que están diciendo en la radio sobre el arbitraje del partido. "Uno pita con sensatez, procurar manejar el mal carácter de los jugadores e intenta estar siempre cerca de la jugada, pero nunca se está seguro de haber acertado, el fútbol no es solo cuestión de buena voluntad ni de disciplina, hay un factor de suerte y azar que lo cubre todo", afirma Valencia, mientras afuera la Policía, para evitar choques, ordena a los hinchas de Santa Fe esperar hasta que los hinchas del América hayan evacuado el estadio.
Valencia se ducha, hace a la inversa el ritual de llegada y guarda los pitos, los guayos, las tarjetas y el escudo y el lápiz en el maletín. Por más que afuera no cesen los gritos, todo ha terminado. Valencia, Andrade, Botero y Canessa se han duchado, se han vuelto a poner los vestidos de paño y se alistan para ir directamente al aeropuerto. Unos minutos después, el comisario de campo les paga en efectivo con los mismos billetes que acaban de pasar por las taquillas. Son apenas seiscientos cincuenta mil pesos, el doble de lo que gana cada juez de línea, pero Valencia los cuenta feliz. Con el dinero en el bolsillo, el camerino queda atrás y los tres hombres se suben en la camioneta de la Policía. La puerta se abre y, sin que la lluvia haya pasado, Valencia y sus compañeros salen. Es claro que han cumplido una buena función, sin ellos, el partido no habría pasado de ser más que un duelo de empujones, escupitajos y patadas. Pero eso a nadie le importa, tal vez solo Angélica, Juan, Yeni y Laura, sean capaces de entender a Sebastián Valencia, el árbitro que ahora recorre escoltado la carrera treinta en busca del hogar donde olvidar que, a pesar de su integridad y su equilibrado sentido de la justicia, miles y miles de aficionados han pasado noventa minutos mentándole la madre.

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