Hay 14.934 espectadores, además de policías y personal de logística, la mayoría empapándose bajo una llovizna gélida y eterna. Pero tú, Luis Enrique Martínez Rodríguez, estás en el peor lugar del estadio. La cancha se ha ido descuajando con los aguaceros de los últimos días y a ti te ha tocado la portería de Sur, la zona más crítica del pantano. Lo que algún día fue pasto, yace maltrecho bajo el barro negro, igual que tu flamante nombre de rey vallenato. No te hace falta tener el oído tan grande como tu ego para saber que, en alas de las ondas hertzianas, vuela por los aires tu nombre maldito, el villano del partido anterior, donde te hiciste los dos últimos goles. No nos engañemos, necoclicense de ojos altivos: allá, detrás de la cortina de gotas, te están diciendo hasta de qué te vas a morir.
-Lo de Neco Martínez ya es el colmo -ha afirmado el más ampuloso de tus críticos-: lleva toda la temporada haciéndose de a dos y tres goles por partido.
Pero tú no tienes esos oídos ni eres el hombre biónico. Eres Neco, simplemente Neco, el mismo que a los catorce años de edad se fue de Necoclí en un bus interdepartamental, diciéndoles a sus padres que se iba con su amigo Guzmán.
Pero Guzmán se había quedado en el pueblo, sin dejarse ver de tus padres. Pronto el entuerto se descubrió: te habías largado íngrimo y audaz, veinte horas de recorrido hasta Tuluá, para presentarte en la casa del empresario Giordanelli Arbeláez y decirle que eras arquero de fútbol y, estabas lleno de ambiciones.
Ahora, nueve años después, ya no eres aquel intrépido adolescente, sino un hombre hecho y derecho; ni eres la gran promesa juvenil con reflejos felinos y estatura perfecta, sino el vilipendiado villano de una tarde de malos presagios; ahora tienes que enfrentarte a lo vigente, pretender que eres el maquinista de ese vetusto expreso futbolero, el cual va embalado rumbo a las profundidades del infierno.
Estás enfrentado a once adversarios que visten de negro, como los ninjas centelleantes de una distante película, como los villanos diminutos de una cinta de Bruce Lee. Desde acá, desde tu enmallado sarcófago, aquello parece más bien un juego electrónico, una batalla en la lejanía, tus compañeros tratando de sustituir talento con alma, intentando a la brava complacer a la mancha escarlata que se empapa en las graderías. Pero aquel ímpetu de pitazo inicial pronto amaina, y el rojo va quedando esclavizado ante el accionar inclemente de los de negro.
Así, tan rápido como aquel relámpago que electriza con su luz azul a Monserrate, los hombrecillos distantes se crecen ante tus ojos, van tomando forma de horrendos basiliscos, con piernas largas, ojos furibundos y exóticos peinados; ahora puedes ver claramente que tienen rostros y no son el demonio. Son una banda de huracanes afrovallunos que deslucen a tu máximo custodia, ese argentino de otros tiempos, ahora envejecido, plomizo, evidentemente agotado.
Tú gritas. Un chico flaco, que marca por la izquierda, te obedece con ojos respetuosos y cubre su extremo. Eres el líder del equipo. Bilardo suele decir -quizá lo hayas visto en Fox Sports la noche anterior- que un buen arquero es esencial en el fútbol, no tanto por lo que tapa, sino por lo que inspira. Ya sabemos que tú no quieres ser inferior a tu compromiso y lo estás ejerciendo a punta de ásperos berridos, que suenan como si te estuvieran sometiendo a una tortura medieval.
Y queda la duda de si aquellos gritos equivalen a liderazgo. En realidad suenan como los de un pavo en el trágico ritual de año viejo y surgen más dudas sobre su eficacia cuando aquel gigante argentino, un troncazo que podría darle sombra a todo Necoclí y al resto del Urabá, ve pasar por su lado al más travieso de los demonios, ese que tú sales a enfrentar con la determinación y la enjundia de un desesperado perdedor.
Tu movida da resultado. Por fin has tapado algo en ciento veinte minutos. No precisamente con tus manos. El balón te ha pegado en el pecho y el tablazo -en medio del silencio de la aterrada nube roja- debe haberse escuchado en la mismísima ensenada de Rionegro, a una hora de tu pueblo ardiente. Pero a pesar del dolor que debes estar sintiendo, a menos que tengas la fibra del guayacán, lo importante es que esta vez no te tocó escuchar la caricia del balón sobre la red.
Pero no te alegres demasiado. En realidad, las cosas no están como para relajarte, así esos que antes te vituperaban o te miraban con recelo, esos que no te han dado tregua por las dos gemas del partido anterior, ahora te estén aplaudiendo. No, no flotes en la quimera de la transitoria ovación, que el demonio acaba de mostrarte la punta de su trinche.

 

Una vez más, necoclicense, aun a costas del dolor de tu pecho, has demostrado por qué has sido parte de un seleccionado nacional; o por qué apenas el domingo anterior, en Medellín, fuiste el héroe de tu equipo, demostrando lo invencible que puedes ser: con las mismísimas manos, no con la caja toráxica, sacaste todo lo que te patearon, y luego en la distancia viste a tu compañero goleador, un barrigón que camina como magnate, anotar el del triunfo. Esa vez los micrófonos fueron todos para ti, pero ni aun en esas circunstancias, con la aureola provisional del triunfador, tuviste un ápice de grandeza. Por el contrario. Te pusieron de hazmerreír en los noticieros, con una frase que fue como una tácita confesión de egolatría, dicha así, en tercera persona, como si hablaras de otro tipo: "De Neco nada debe sorprenderlos. Ese es Neco".
Pero los momentos de un arquero son más undívagos que la misma existencia, clara y abierta como ese mar que susurra en los mediodías de Necoclí. Apenas tres días después de aquella joya verbal, la vida te calló a su manera y todos te vimos en Guadalajara -tu arrogancia al nivel de tus taches- hacer el mal rechazo que costó el tercero.
Ahora, entre el barrial, vuelve a agrandarse ante tus ojos aquella tribu de caníbales, con esos fuliginosos uniformes que nadie sabe de dónde diablos salieron. Uno de ellos galopa montaraz por tu izquierda y antes de que puedas dar el primer alarido destemplado, en menos de lo que podrías pronunciar la palabra "fe", tu flamante custodia argentino lo brutaliza en el área.
Otra vez el infortunio. Y eso que estás vestido de gris, no con uno de aquellos uniformes blancos que expresamente le ordenaste al utilero no volverte a asignar, con el argumento de que te traían mala suerte; gris como la tarde del domingo en Bogotá, en el transcurso de la cual -vaya fatalidad- uno de aquellos aborígenes del infierno se dispone a masacrarte desde el hueco del barrial que hace las veces de punto penal.
De esta nadie te salva. Ni el presidente del equipo, que unas horas antes, a su llegada al estadio, recibió un memorial de reclamos por parte del técnico; ni el jefe de prensa, un chiquillo resabiado que explota al máximo su pequeño poder para decir "no" y que actúa como si fuera más bien vicepresidente de Comunicaciones del Barcelona FC; ni tu técnico, que ruge en la distancia como un tigre emasculado, ya con una tarjeta roja marcada en su destino inmediato. Necocliceño: no hay mucho que puedas hacer hoy ante la adversidad. No puedes salir volando de la concentración, como lo has hecho ya en dos célebres ocasiones, cuando el equipo no te entregó unos pesos que te habían prometido. Tu única escapatoria, paisa de tierra caliente, es atajar lo inatajable, el cañonazo con que se apresta a fusilarte un tipo de muslos gruesos que parece un guerrero massai.
Balón y red vuelven a amarse a espaldas tuyas, colgándole números a tu nueva desventura. Ya no es solo el pecado original con que saltaste a la cancha. Ahora es oficial: contablemente estás abajo. Ahora las matemáticas también te mancillan; ahora, que te has zambullido en el lodazal en tu vano intento por cambiar tu sortilegio, estás convertido en una figura de barro, como el damnificado de una erupción volcánica.
Agrandado. Es el epíteto que pesa sobre tu cabeza, la cual has motilado a lo pandillero juvenil, rapé alrededor de las orejas, arriba un cultivo de cabellos tan enmarañado que con toda certeza la cancha te lo está envidiando; agrandado, te han dicho los periodistas y seguramente también ese recogebolas trémulo y mojado al que regañas porque no te ha puesto el balón de repuesto donde a ti te gusta, junto al poste izquierdo de tu sarcófago; agrandado, te debe estar diciendo el hincha aquel que en la antesala de la Embajada de México, cuando todavía estabas bajo el influjo temporal de la victoria en Medellín, tuvo la cándida ilusión de que le firmaras un autógrafo y se lo negaste. Se lo negaste displicente, agrandado, como si tú -y tus 736 colegas que ahora disputan el Mundial- no se debieran a esas almas fervientes llamadas hinchas, las que en El Campín, con aliento de morcilla y longaniza, tras pagar arrugados billetes por la boleta, hacen sonar un pito de camión en la húmeda tribuna.
Pues bien, mi querido necoclicense, que con tanta vehemencia les exiges ánimo a tus defensas y a tus eunucos delanteros, bien empequeñecido que estás ahora ante aquella tribu rapaz, que en el segundo tiempo -sin misericordia alguna de tu ego desmedido- te acomoda dos más.
Tu liderazgo ha sido baldío. Apenas ha alcanzado para un agónico gol de eso que los pequeños hombres llaman honrilla. Ahora sales de la cancha diciendo que no hablas con los periodistas, como si ellos no te hubieran visto, atragantado en tu propio veneno, hablando jactancioso en Medellín. Ahora solo eres dueño de la palabra virtual con que cada noche te comunicas, por Internet, con Silvia Zamora, la costarricense, esbelta como una reina de belleza, empleada de una veterinaria, que le da a tu corazón el temporal estatus de ganador.
Seguramente no te acostumbras a vivir en los dos extremos de la vida, como arquero que eres. Un delantero, como tu compañero glotón, podrá botar todos los que quiera y lo peor que podrá pasarle es que lo manden a bajar diez kilos. Un volante de marca podrá agazaparse en el bosque de piernas de la media cancha, e incluso un diez podrá desaparecer, y argumentar que se está "regulando". Tú, en cambio, con tus guantes Uhlsport de primera, sabes cuán corto es lo que va de Medellín a Guadalajara; tú, mi querido necocliceño, te debates domingo a domingo, miércoles a domingo, entre las únicas dos opciones de tu insólita polaridad: la gloria y el fangal.
Pero, ante semejante ambigüedad existencial, alguien tiene que entenderte. Y las palabras de comprensión a tu favor las dice tu vieja, desde Urabá, justo antes de irse al mercado de Necoclí a vender ropa en una colmena de tres metros cuadrados, en el auténtico acto de heroísmo de todo colombiano luchador. "La prensa no le perdona nada", dice doña Lourdes. Ella te entiende. No tanto porque es tu madre y te parió, sino porque presenció tu abnegación, tus ansias de llegar lejos en el fútbol. Ella te vio una vez levantarte enfurecido porque no te habían despertado a tiempo para un partido. Ella estaba allí cuando te consagraste arquero menos vencido de los Juegos Playeros del Urabá, siendo aún un niño. Ella afirma orgullosa que has formado parte de la Selección Colombia en todas las categorías. Ella, aliviada, te vio regresar al pueblo, en compañía del doctor Giordanelli, y escuchó su propósito de llevarte a vivir a Tuluá y darte un contrato a los catorce años de edad. Lourdes, barranquillera, con Bienvenido, cartagenero, te gestaron con el paradigma del biotipo -1,85, ni muy liviano, ni muy pesado- el requisito con el que tienen que nacer los buenos arqueros. Ella ora por ti los domingos en la Iglesia Pentocostal de Necoclí. Ella tiene por qué saber.
Ha muerto aquella tarde para el olvido, entre las sombras de una prematura eliminación. Ya el 2006 se ha movido, la hierba ha vuelto a crecer y te has quedado sin copa, sin cuadrangulares, sin ilusiones. El tiempo se te ha detenido, en medio de rumores de transferencias, el enojo de la hinchada y los súbitos veranillos de la temporada. Es el momento propicio para definir, entre el solaz de los partidos mundialistas, si a los veintitrés años estás a punto de convertirte en realidad o en la promesa que jamás se cumplió.

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