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Publicado 2009-04-16

El basurero más grande del mundo

Por Marcela Turati/ Fotografía Juan Felipe Rubio

Se llama Bordo Poniente, está en las afueras de Ciudad de México, y desde hace siete años se está exigiendo su cierre porque no le cabe una lata más. Pero no es tan fácil. La basura se ha vuelto un negocio en el que confluyen las historias más oscuras.

El basurero más grande del mundo. Fotografía Juan Felipe Rubio
Montado sobre su tractor de llantas metálicas con aspas, Lázaro Hernández aplana la basura que arrojan hileras de camiones. Tras el parabrisas se ven los neumáticos estrujando toda clase de desperdicios, ora la caparazón de una impresora, ora una sonda hospitalaria, viene el empaque de un jugo, pañales, un tinte para pelo, un sinfín de bolsas y botellas plásticas, empaques y cáscaras de naranja, por ahí un disco compacto, más allá el cadáver de un perro tieso e inflado. El meneo del vaivén se parece al de una montaña rusa construida sobre un piso traicionero.

A cada repasada, Lázaro peina y acicala la torre de desechos que sobre un terreno de 1000 hectáreas alcanza hasta 15 metros de altura.

—¡No respire! —advierte cuando ya toda la cabina está llena de un polvo seco, de partículas con gusto fermentado, que se atoran en la garganta. Eructó el basurero. Poco se puede hablar. No solo por el hedor, sino porque las moscas que viajan como polizontes en la cabina chocan estúpidas contra el tablero, la piel, los ojos, la boca.

Los 60 millones de toneladas que esta tierra ha incubado desde 1985 del Bordo Poniente —en las afueras de Ciudad de México— lo hacen el basurero más grande del continente.

Los mexicanos, que gustamos de presumir nuestras calamidades ("somos primer lugar en niños obesos y en beber Coca-Cola"), decimos con orgullo que es el más grande del mundo.

"Sí es el más grande en extensión, pero en volumen Corea gana", aclara Javier Licea, el funcionario encargado del vertedero por parte del Gobierno del Distrito Federal (GDF), la capital del país. "Corea te recibe 15.000 toneladas al día; este, 12.500".

"Es el basurero más grande de todo el continente americano en extensión, en profundidad, en altura, en volumen y en toxicidad", se queja Ramón Ojeda Mestre, el mexicano que lidera la Corte Internacional de Arbitraje y Conciliación Ambiental.

A Lázaro Hernández no le importan los rankings. Su interés es no volcarse sobre la porquería.

—La basura es bastante traicionera, lo mismo puedes encontrar algo bastante sólido que algo inorgánico, empiezas a patinar, te puedes hasta voltear —instruye mientras maniobra con la concentración de quien maneja un jeep todoterreno en pleno safari—.

He tenido la suerte de no encontrar un muerto. Una vez vi una mano, me desconcerté, pero resultó postiza.

En 24 horas los habitantes de esta megaurbe ("la más poblada del mundo", dicen los presumidos aunque ocupa el tercer lugar) arrojan tres veces más toneladas de basura que Bogotá. Si los defeños juntaran sus desperdicios cada 10 días llenarían el estadio Azteca, con capacidad para 115.000 espectadores sentados y tercero del planeta en tamaño.

Pero las cifras a nadie preocupan. Los chilangos tiran sin remordimiento coca-colas, restos de tacos o pilas que los camiones trasladan al Bordo Poniente, que debía haberse clausurado hace siete años, cuando se calculó que no cabía una lata más. Pero sigue funcionando, y Lázaro es uno de los que hacen posible este milagro.


La peste del apocalipsis

Las profecías del fin del mundo señalan que cualquier día el montón de residuos del Bordo Poniente tronará las paredes del canal de desagüe vecino e inundará con un espeso caldo tóxico las colonias populares que lo rodean. O que el suelo colapsará por el peso y el vomitivo sudor de la basura se filtrará al cuerpo de agua que corre bajo el terreno, del que beben 70% de los defeños y con el que riegan hortalizas. O que los gases de la descomposición engendrarán un incendio de magnitudes infernales.

Ese es el Apocalipsis anunciado por quienes exigen el cierre inmediato del megabasurero, pero hasta ahora ninguna profecía ha impedido que funcione.

Para Martha Delgado, ministra de Medio Ambiente del DF, la solución no es cerrar el Bordo sino buscar nuevas formas de convivir con la basura, generar menos y reciclar más. Pero el árbitro internacional ambiental Ojeda Mestre asegura que el tiempo se agotó, pues millones de personas ya son damnificadas por ese revoltijo de materiales tóxicos, peligrosos, explosivos, biológico-infecciosos y corrosivos, que provocan enfermedades en piel, vías respiratorias, sistema digestivo y hasta cáncer.

"Catástrofe sería si se cierra el sitio, ¿dónde se depositaría esa basura?", argumenta el funcionario Licea, quien aborda un punto clave: ningún municipio quiere aceptar la basura defeña, ni siquiera los propios capitalinos; cada que se elige un nuevo lugar dónde enterrar la mierda comienzan las protestas.

Mientras desenmarañan el problema, las autoridades capitalinas han intentado de todo, desde importar japoneses para que digan cómo tecnificar los basurales hasta criar millones de lombrices hermafroditas que tragan residuos biológicos y los defecan convertidos en abono.

En el entramado de esta telenovela mexicana, entre vertidos industriales y moscas, tienen un papel estelar los políticos que sobreviven de mantener el trabajo informal de quienes esculcan los desperdicios, los capos que "rentan" pepenadores (o recicladores como se conocen en Colombia) para llenar mítines y los millones de pesos que derraman los desperdicios. Algunos capítulos incluyen golpizas y crímenes pasionales.

Clausurar el basurero implicaría sumergirse en las cañerías del sistema político mexicano para intentar sanear su corrupción, su autoritarismo y sus asquerosos engendros.


Prohibido tocar el tema

"Es peligroso el tema, hay mucho dinero de por medio", me advirtió un ecologista cuando pregunté del problema.

"Llámeme después de las elecciones", cortó un sacerdote de la zona antes de colgar el teléfono.

"Al último periodista que entró casi lo golpean; le quitaron la cámara, tuvimos que negociar su devolución", me dijo un funcionario.

"Me alejé del tema cuando unos tipos me dieron una golpiza y terminé en el hospital con dos costillas rotas", me confesó un basurólogo.

"Le echo a Satanás si pone algo que no es", me advirtió un viejo líder cuando recién me asomaba al tema.

Entrar al mundillo de los tiraderos no es fácil, no solo porque varios vertederos son vigilados por hombres armados, sino por la maraña de intereses que representan.

Hay 8500 barrenderos contratados por el gobierno local, que recogen, casa por casa, bolsas con sobras, y 3000 personas más que lo hacen voluntariamente, soñando heredar una plaza vacante. Hay 2500 conductores de camiones que a campanazos anuncian su presencia en los barrios capitalinos y llevan como tripulación a 3400 trabajadores más cuatro voluntarios que hacen la primera selección de la mejor basura, para venderla. Hay 15.000 pepenadores que separan el desperdicio en los tiraderos y revenden a su líder vitalicio lo reutilizable.

Hay un sindicato y cuatro asociaciones de recolectores, cuyos líderes se arreglan con el gobierno capitalino para que les permita arrebatar su valor a la basura sin pagar impuestos, y a quienes el gobierno favorece por sus servicios.

Tanta gente hace imposible modernizar los procesos. Esa fue una de las conclusiones a las que llegó la agencia internacional de cooperación japonesa (JICA, por su sigla en inglés) cuando, hace una década, fue contratada para sugerir alternativas al Bordo Poniente, que incluyeran millonarios negocios de generación de energía.

"A los japoneses les pareció increíble que todavía tengamos un 'sistema de campana': que para sacar la basura tengas que quedarte en casa esperando a que pase el señor de la basura tocando su campana. La solución más práctica internacional ha sido colocar contenedores, pero en México hay muchas justificaciones para no hacerlo: se ponen en riesgo los intereses de mucha gente, el manejo informal de la basura", explica el ambientalista Alejandro Loera.

Otro asunto que dejó boquiabiertos a los nipones es el añejo 'sistema de propinas', pues cada barrendero puede triplicar su salario con los pagos que recibe de la gente agradecida por haberle recogido sus desperdicios; los camiones pueden recibir hasta 2000 dólares por ruta (las más peleadas atraviesan barrios lujosos) y los líderes pueden ganar 150.000 dólares diarios en cuotas.

Otra noticia digna de un haraquiri fue la de la existencia de un hombre, Rafael Gutiérrez Moreno, el 'Rey de la Basura', quien por favoritismos políticos pasó de recolector a millonario, con 15.000 súbditos, hombres armados y varias esposas, una de las cuales lo asesinó en su alcoba.

A su muerte se libró en los basurales una violenta guerra que provocó la fragmentación de territorios: uno fue para la esposa más avispada del extinto líder (apodada desde entonces la 'Zarina de la Basura'), otros para sus seguidores el 'Dientón' y 'Don Pablo'. De paso, el Sindicato Número 1 de Limpia consiguió el permiso de echar mano a lo que acopian los camiones.

Los asiáticos no pudieron resolver los enigmas mexicanos: ¿por qué hay voluntarios en los camiones de basura? ¿Por qué la gente prefiere dar propina a pagar impuestos? ¿Por qué los chilangos no separan la basura orgánica? ¿Por qué hay líderes? ¿Por qué se toca la campana?


La limpieza azteca

El funcionario Licea muestra las hectáreas arboladas del Bordo Poniente, donde la basura ya fue enterrada, sellada y cubierta con árboles.

Nostálgico por los tiempos prehispánicos dice: "Toda la gran Tenochtitlán tenía siete lagos, dos de ellos salados, uno de ellos era Texcoco y todo esto era parte de ese lago. El rey poeta Nezahualcóyotl construyó diques para que no contaminaran al agua dulce. Tenochtitlán era tan limpia que le decían la ciudad de los pies descalzos, los aztecas tenían prohibido tirar basura para que al caminar no se ensuciaran los pies. Para lograr eso, unos indios iban recogiendo la basura y luego la incineraban para tener iluminación. En 1558, ya en la Conquista, apareció el primer Departamento de Limpia".

Siempre se pensó que por lo feo del terreno salitroso nadie iba a habitar este valle hasta que el DF se sobrepobló y los nuevos migrantes construyeron ciudades-dormitorio en los estados colindantes. Cuando la población se duplicó la generación de basura creció diez veces.


"No hacemos daño"

'Don Pablo', el líder del "Frente Único de Pepenadores", es despertado de una siesta que hace en su oficina ubicada en los terrenos del Bordo Poniente. El anciano se incorpora en su escritorio donde resalta un matamoscas.

Tiene también un trofeo de tres pisos con héroes aztecas, una estatua de la Virgen de Guadalupe y una tira pegostiosa llena de moscas muertas. De las paredes cuelgan retratos donde se le mira con los presidentes de la República del PRI, el partido que gobernó durante 74 años, hasta el 2000.

Lo primero que dice es que odia a los periodistas, pero sin mediar pregunta dice que aunque es analfabeto ha podido armar reflexiones propias como la siguiente: "Todo mundo produce basura, si alguno hubiera que no produce, ya estaría muerto".

Comienza entonces un monólogo: "Yo y todos los compañeros hemos crecido con la basura, no robamos, no quitamos nada a nadien, solo sacamos y volvemos a vender. Juntamos toneladas de lo que sea, producimos trabajo. Hay quien no nos entiende que nacimos en la miseria y de la miseria ya nos compramos un coche, una casa. Pero que conste que no le quitamos a nadien".

Desde niño, Pablo Téllez Falcón y su familia acomodaban la basura en un hoyo callejero. En los años cincuenta un funcionario les dio camiones para que la recolectaran, sin sueldo, pero con permiso de quedarse con las ganancias. "En ese tiempo la basura era porquería, cochinada, pero nosotros lo hemos hecho valer. Ahora mucha gente viene, ve el montón de basura y dice 'mira, es oro' y nos la quieren quitar".

Según el sociólogo Héctor Castillo Berthier, 'Don Pablo' es el líder de pepenadores más preocupado socialmente, aunque, como los demás, muestra su estatus procreando hijos. El Rey tuvo 85.


Basura buena vs mala

G. es uno de los 800 pepenadores con autorización para trabajar en la planta recicladora, esa especie de fábrica con cuatro bandas transportadoras que en lugar de piezas de ensamblaje transporta desperdicios. Lleva por protección guantes de estambre y un suéter con capucha que le deja la cara al descubierto.

"Esta basura ya no trae nada de material, allá atrás están escogiendo todos los favoritos de Don Pablo. Hemos protestado pero dicen que ellos le pagan", se queja mientras de reojo cuida que no pase algo rescatable.

El cuarentón con cara de mugre vive de lo que recoge, dice carecer de sindicato y seguro de gastos médicos. Eso sí, desde mediados de 1980 obtuvo una casa de interés social gracias a 'Don Pablo'.

"Esta basura es de colonias pobres, es mala", se queja aunque nunca buscará otro trabajo porque no sabe hacer otra cosa. Aburrido, deja pasar verduras podridas, una jeringa, una cinta VHS, un amortiguador y envases, muchos envases.

La boca de la banda escupe de pronto un neumático que salta sobre los desperdicios y arroja partículas. Otro eructo. El polvo fétido llena el ambiente de astillas rasposas como el vidrio.

"Se me olvidó avisarle que la basura salta", dice divertido al ver mi cara de asco.

El rey a Cali

Desde su kitsch oficina, donde sobresalen máscaras de luchadores y un maricahi de plástico, el sociólogo Castillo ríe al recordar cuando visitó el tiradero de Cali y vio a los recolectores golpeándose por ganar las primicias del desperdicio. Sorprendido, sugirió a sus acompañantes colombianos que importaran a un líder como el Rey para que los organizara por turnos de recolección y se ahorraran la violencia. "Aunque, eso sí —dice bromista—, el costo político iba a ser más alto".

"Solo en la Ciudad de México he visto un cacique que se transforme en zar de la basura, que tiene 15.000 trabajadores y derecho de pernada de las hijas de todos, que llegue a ser diputado del PRI y millonario, y que abiertamente diga que quiere ser Presidente de la República. (Gutiérrez) podía juntar 15.000, 30.000 personas en un día para llenar cualquier acto político, y quién no se iba a rendir a sus pies si llenaba una quinta parte del estadio Azteca con gente que solo gritaba vivas (…) Esto no ha cambiado. Ahora, cada vez que alguien necesita votos, recurre a los líderes".

Este sociólogo que fue pepenador para conocer el engranaje de lo podrido y publicarlo en su libro Sociología de la basura, se dice preocupado porque se anunció la construcción de un centro de tratamiento integral de basura donde no están contemplados los pepenadores.

La modernización extinguiría el oficio por decreto, sin darles oportunidad de reciclarse en nuevos puestos, sin que hubieran conocido otras formas no autoritarias de organizarse y sin haber probado la supuesta transición democrática.

Mientras los políticos pelean el destino del Bordo, la amenaza de catástrofe ambiental sigue latente, y las enfermedades, la contaminación y la fetidez. Los tráileres aportan nuevos pisos de desperdicios, las lombrices hermafroditas se reproducen y el costoso Plan Maestro nipón de JICA, que salvaría la ciudad de su propia mierda, está empolvado en algún escritorio.

"JICA planteaba cambiar radicalmente el proceso para incorporarlo a las tecnologías de punta", dice el basurólogo Castillo, quien da un triste final a esta historia: "El problema llegó cuando se toparon con esta mezcla de sociedad y política amarrada a la economía informal, donde la gente prefiere dar propinas a pagar impuestos. Y ¿cómo ibas a desaparecer la sección 1 de Limpia del Sindicato del GDF? Se te vienen las otras 39 secciones y te paralizan la ciudad, drenaje, alumbrado, seguridad, baches, porque manejan todo. ¿Quién se enfrentaría a esa organización vertical y piramidal, tan arraigada, tan legitimada, tan consentida por los políticos sobre todo en época de elecciones? Entonces, los seis tomos del Plan Maestro quedaron escritos y un par de japoneses se quedaron a vivir en México, fascinados por una sociedad en la que vale madre todo".

No sería raro que uno de estos días el Plan Maestro aparezca bajo la máquina de Lázaro Hernández, entre jeringas, empaques y zopilotes, convertido en una masa de basura apestosa.
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