Edmundo Chirinos, psiquiatra y consejero matrimonial del presidente Chávez, además de amigo personal del Che Guevara y Bertrand Russell, fue esencial para que el terco presidente venezolano decidiera divorciarse.

Lo primero que me advirtió Edmundo Chirinos cuando lo llamé es que sería altamente inapropiado identificarlo como el psiquiatra del presidente Hugo Chávez. La voz de Chirinos es suave y suele perderse en un susurro incomprensible. Le dije que me disculpara, pero no lo escuchaba del todo bien y él me respondió que quizás la señal se perdía porque se encontraba conduciendo… La comunicación se cortó.

Sería conveniente explicar de entrada que Chirinos es mucho más que un psiquiatra. Ha sido dirigente estudiantil, trotamundos, amigo de figuras como el Che Guevara y Bertrand Russell, donjuán incorregible y confeso, polémico rector universitario y candidato a la Presidencia de la República.

Mientras lo llamaba otra vez no vino a mi mente la imagen del hombre al volante de un Mercedes C 230 Kompressor AMG, color azul profundo; un coupé de última tecnología con techo de cristal, asientos que se amoldan a la figura del conductor, aire acondicionado individual para cada pasajero, teléfono móvil integrado y 192 caballos de fuerza. Tampoco pensé en un psiquiatra tratando de aconsejar a Hugo Chávez y a su entonces esposa, María Isabel Rodríguez de Chávez, sobre cómo navegar los altibajos matrimoniales. Nada de eso. Solo podía evocar una imagen de mi juventud: la figura de un hombre con apariencia un tanto extemporánea de dandy a lo Tom Wolfe que en los años ochenta, siendo rector de la Universidad Central de Venezuela -la primera del país-, había puesto sobre mi generación un estigma indeleble: "la generación boba".

Pero, lógicamente, Chirinos no adujo nada de esto para no hablar de su relación profesional con Chávez, sino que se refirió al respeto que debe guardar por la vida privada de sus pacientes. Este recelo natural al ejercicio profesional de un psiquiatra es aun más comprensible cuando se repara que "el paciente" es no solo "el Presidente", sino uno que ha sido llamado por sus adversarios "psicópata", "megalómano" y "ególatra" -para decir lo más suave. De modo que acepté de buen grado su advertencia.

El psiquiatra tiene su consulta en una pequeña clínica situada en una urbanización de clase media, un tanto venida a menos, en la zona norte de Caracas

—El doctor está con una paciente. De un momento a otro lo atenderá -promete con expresión poco persuasiva Iskia, la recepcionista.

La pequeña recepción donde me encuentro está precedida por una amplia antesala que parece recortada de un set de la Isla de la Fantasía: al fondo, detrás de unos bancos de parque, hay un árbol con brillantes hojas verdes. Parece real pero es totalmente artificial, como el enorme león y el perrito pequinés, ambos de cerámica, que miran hacia la entrada. En el centro de la mesa descansa un globo terráqueo que los pacientes aburridos hacen girar sin otro propósito que matar el tiempo de espera imaginando aventuras improbables.

En la sala de recepción donde espero está densamente poblada de carteles con poemas de Khalil Gibrán, apócrifos atribuidos a Borges y pasajes de novelas de Hermann Hesse. En una pared, a un lado de Iskia, hay un afiche con una caricatura de Sigmund Freud. Parece una simple caricatura, pero cuando se ve por segunda vez, el perfil del padre del psicoanálisis revela la imagen de una mujer desnuda. Declarar de esta manera que toda mente masculina, no importa cuán genial sea, lleva solapada entre ceja y ceja una hembra en cueros, es sin duda una broma muy propia de Chirinos.

A lo largo de su extensa vida -como ciertas damas, confiesa con veleidad que se quita la edad, pero a ojo por ciento ronda los setenta años-, ha sido un declarado galán que afirma con total ausencia de afectación que las dos grandes motivaciones en su vida son "la actividad intelectual y hacer el amor". De hecho, en su mundo la mujer ocupa un lugar casi mitológico. "Aparte del intelecto, una hermosa mujer es la otra razón para vivir. Pero no solo hermosa físicamente, sino también espiritual e intelectualmente. No hay cosa más deliciosa que una mujer brillante y desnuda".

Chirinos es más alto de lo que luce en las fotos y también más delgado. Lleva una bata corta impecablemente blanca. Debajo viste una camisa color café latte y un pantalón del mismo tono. Los zapatos también son marrones, pero más oscuros y bien pulidos.

Siempre ha sido la expresión clara del burgués con corazón de masa. De hecho, le gusta autodefinirse según un proverbio con el que algunos comunistas de gustos exquisitos se defendían de sus críticos: "Formas burguesas y espíritu bolchevique". A juzgar por los carros caros (tiene un BMW de último modelo al que le dice "carro opcional") y los juguetes de última tecnología, como el Palm o el celular Razor V3C, siente gran afecto por los objetos de estatus: "Siempre he tenido Mercedes. Uno debe disfrutar de todo lo óptimo que ha hecho el hombre con sus manos". Lo que traducido a los tiempos de la revolución bolivariana lo ubica en esa peculiar subespecie 'revolucionaria' denominada chavista chic. Cuando le digo que muchos acólitos de Chávez aman esa forma de vida, el psiquiatra responde que es cierto, pero que no todos la alcanzan con honestidad.

En mi segunda visita, Chirinos me hace entrar por un acceso lateral que da a una pequeña habitación.

—Esta es mi sala de trabajo. Espérame aquí solo un momento para que hablemos -dice con el confuso ceceo que lo caracteriza.

El cuartito donde he quedado encerrado parece el laboratorio de experimentos de un científico loco. Hay extraños aparatos: un antiguo grabador de cinta magnética, un par de prehistóricos parlantes, un juego de luces estroboscópicas y una camilla de hospital. Al regresar le pido que me explique para qué sirve ese arsenal. "Son los instrumentos para la hipnosis. El paciente se acuesta en esa camilla, enciendo las luces hasta que va cayendo y… Así entramos al inconsciente".

Apenas me hizo pasar a su despacho, sonó el teléfono. Era Iskia diciendo que pronto habría un motín en la sala de espera y que además había llegado un paciente "agitado". Chirinos declaró que se trataba de un adicto a la cocaína que había retomado el vicio y llevaba una semana esnifando sin parar.

—Bueno, Muñoz, tendremos que hacer otra cita.

Asentí resignado.

Nuestro próximo encuentro se vio demorado por sus compromisos con una comisión de especialistas dedicada a encontrar soluciones a la crisis de inseguridad y violencia que padece el país. Hace pocas semanas, después de cuarenta días de secuestro, fueron asesinados tres hermanitos y su chofer, lo que puso a la opinión pública en guardia contra el gobierno. Aunque el psiquiatra se mantiene retirado de la actividad pública, accedió a formar parte del grupo porque su nombre fue propuesto directamente por el Presidente de la República. "Por cierto, el viernes tenemos una reunión y allí lo veré", dice aludiendo de soslayo a su amigo.

La amistad de Chirinos con Chávez se remonta a principios de los años noventa, poco después de que el paracaidista intentara, a través de un golpe de estado, aterrizar en la silla presidencial de Miraflores. "Lo conozco porque cuando está preso en la cárcel de Yare es llevado al Hospital Militar por un problema físico de salud. Nada serio. Pide conocerme y a instancias de mi amigo Luis Miquilena (quien después sería vicepresidente de Chávez) fui a conversar con él a solas. En ese momento su núcleo cercano era mínimo. Me presentó su proyecto e intercambiamos opiniones".

—¿Qué piensa de la visión militar del mundo que tiene el presidente?

—Él es un teniente coronel y desde que entró en la Academia Militar lo hizo con la vocación de dar un golpe.

—¿Hasta qué punto comparte ese proyecto?

—Toda la vida he sido un hombre de izquierda de modo que teníamos puntos de vista compartidos. Era un proyecto político en ciernes que, valga la inmodestia, nosotros, quienes comenzábamos a estar cerca de él, le ayudamos a discernir y hacerlo más ambicioso.

Cuando Chirinos habla de nosotros se refiere al Polo Patriótico, un cónclave de intelectuales, políticos y empresarios, algunos miembros de la antigua izquierda radical, que se reunían a principios de los años noventa, para buscar salidas a la crisis política del gobierno de Carlos Andrés Pérez. Desde luego, esas salidas, no eran sacrosantamente electorales. "Se había formado un movimiento interesante, un movimiento conspirativo en el mejor sentido de la palabra. Un día me paré de la mesa y les dije: 'Señores, me encantan estas conversaciones, pero yo no vengo a más reuniones de intentona golpista hasta no tener a un jefe de tropa aquí sentado'. Ya yo no creía que la lucha era meramente ideológica. Sobre todo después del robo de mis votos cuando fui candidato presidencial".

Hugo Chávez sería ese inusitado tropero que en pocos meses partiría en dos la historia democrática venezolana. Sin embargo, él no se unió a esta secta particular de conjurados, sino que ellos se unieron a él. Desde entonces, Chirinos formó parte del grupo de intelectuales y académicos que lo acompañaron en sus peripecias hasta llegar a la Presidencia.

Pero antes de que Chávez apareciera ante las cámaras, desovillando su famoso "Por ahora", Chirinos venía de un lento eclipse político. A fines de los años cincuenta había tenido una fulgurante carrera como líder estudiantil en los días finales de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez. Más tarde viajó a Cuba donde se codeó con Fidel Castro y el Che Guevara. "El Che fue mi hermano del alma. Es más, yo logré que aceptara dirigir la guerrilla en el oriente venezolano, pues a él no le interesaba la burocracia gubernamental y su proyecto de hacer a Cuba un gran Japón ya no era viable. Después de convencerlo en La Habana, vuelvo a Caracas y me comunico con los jerarcas del Partido Comunista, quienes me dicen que sí, que cómo no, pero que todo tenía que estar bajo su mando. El Che me respondió lo siguiente: 'Lo siento mucho, Edmundo, pero yo no voy a ser mandado por unos hombres que nunca han agarrado un fusil'. De allí se fue a Bolivia a suicidarse".

Fue tal vez el fracaso de la experiencia guerrillera lo que a mediados de los años sesenta lo apartó de la política, llevándolo a Europa a cursar estudios de postgrado en neuropsiquiatría. Allá conocó al filósofo inglés Bertrand Russell. Según Chirinos, en sus ratos libres solía sentarse a hablar de lógica con el filósofo en los bancos de Russell Square o lo visitaba en su casa por las tardes. Como souvenir de esa amistad conserva una carta, fechada en 1964, en la que Russell le pide al presidente venezolano Rómulo Betancourt el cese a la represión contra los disidentes políticos.

El documento es un desteñido papel azul apenas visible entre las docenas de títulos académicos que atiborran las paredes de su consultorio. Me observa repasarlo mientras habla con holgura de algunos de sus temas favoritos: la revolución cubana, la mediocridad del establishment político anterior a Chávez, sus numerosos viajes e, inevitablemente, su carácter de empedernido mujeriego. Este último tópico es tan recurrente que me lleva a preguntarle cuál, en definitivas cuentas, es su idea del amor.

Lo principal para Chirinos es que el amor para toda la vida es una ficción que debe ser puesta en tela de juicio si uno quiere atisbar el potencial del erotismo. "Lo que dice la Biblia sobre el amor eterno es mentira. Ningún hombre ama a una mujer del mismo modo toda la vida. Por eso inventé el Contrato Conductual Conyugal para tratar a las parejas que tienen problemas. Si hasta para comprar un ticket de avión uno necesita firmar un contrato, ¿cómo no va a tener el matrimonio un contrato que debe ser negociado? No, señor. La fase de la luna de miel va a pasar, de modo que cada cierto tiempo hay que determinar las bases del contrato de pareja".

Nuestra última cita la dedicamos precisamente a hablar de lo que se suponía que no hablaríamos. El consejero vestía con un pantalón verde grama y una camisa verde agua. Se encontraba más relajado y entre los habituales comentarios sobre la divinidad de las mujeres, sobrevolamos algunos asuntos espinosos acerca de su paciente, o mejor decir, compañero de viaje: el Presidente de la República Bolivariana de Venezuela. El asunto principal es sin duda el referido a la megalomanía. ¿Cree el psiquiatra que su amigo pertenece a esa categoría de personas en la cual se encuentran nada más y nada menos que Nabucodonosor, Nerón, Napoleón, Hitler, Mussolini, Saddam Hussein y otra gran cantidad de autócratas, revolucionarios y sátrapas mayores y menores? Por supuesto que sí. El problema estriba en que para el doctor, la palabra megalomanía tiene dos caras. La cara negativa es la que representan los tiranos inescrupulosos como Stalin o Ceucescu, que usufructuaron la esperanza del pueblo para erigirse estatuas, incendiar ciudades y crear campos de concentración. En cambio, la cara positiva de la megalomanía la encarnan los líderes altruistas que han puesto su inmenso ego y hermosa vocación de grandeza al servicio de sus países, como Bolívar o el valetudinario Fidel.

Esto no quiere decir que vea a Chávez como un hombre perfecto. De hecho, comparado con la acostumbrada corte de adulones, es iconoclasta al referirse al líder de la revolución bolivariana. Reconoce de entrada que sus arrebatos suelen tener resultados desastrosos y pone por ejemplo la intervención en la campaña presidencial de Perú. Asemejándolo con el Libertador, afirma que quizás Bolívar -a quien califica de psicópata en el sentido favorable- tenía mejor tino al escoger a sus colaboradores más cercanos en la gesta libertadora. El Chávez que dibuja el consejero es un hombre plagado de defectos: impulsivo, emotivo, beligerante, autoritario. Pero también es un dechado de virtudes: honesto, desprendido, comprometido, apasionado, sencillo, valiente.

Es evidente que en el diccionario del consejero presidencial hay palabras que son elásticas y gelatinosas. Cuando hablamos del autoritarismo, otro de los males que se le achacan a Chávez, también responde afirmativamente, aunque deja claro que su amigo es ¡autoritario dentro de los límites de la democracia! Chávez es tan autoritario, según Chirinos, como lo fue Cristo. "El otro día en una reunión de la Comisión Parlamentaria sobre Seguridad, hice pasar un momento difícil a algunos diputados cuando dije que todos los líderes que yo había conocido o presuponía conocer eran hombres autoritarios. Dije que yo no había conocido a Cristo, pero que estaba seguro de que Cristo también había sido un líder autoritario. Y añadí que no importaba el área en que habían aplicado su autoritarismo, para no hablar de Pinochet o de Hitler, sino que la personalidad del líder es necesariamente autoritaria. Cada líder la maneja a su manera, como Ghandi. Pero el autoritarismo es propio de quien ejerce el poder. Por cierto que se ofendieron un poco las diputadas cristianas porque yo estaba insinuando que Cristo no es Dios", recuerda ahora con una maliciosa sonrisa de deleite.

A primera vista no hay dos personas más diferentes que Hugo Chávez y Edmundo Chirinos. El primero es un hombre de acción, rudo y ajeno a los refinamientos de palabra y gesto que caracterizan al segundo. Pero eso es solo en la superficie. Si Chávez decidió consultar con Chirinos algo tan íntimo y privado como su crisis matrimonial fue sin duda porque comparte con él una empatía profunda, un lazo que trasciende los refinamientos y la urbanidad. Descontando la Ch del apellido, ambos, a su manera, son hombres de personalidad fuerte: cancheros, como dicen los argentinos, y algo diletantes, fabuladores y presumidos. En asuntos de la masculinidad, ambos son también especímenes típicamente venezolanos. Por ejemplo, Chirinos procede, como Chávez, del interior rural. Nació en Chiriguara, un pueblo del occidente venezolano, donde, de acuerdo con su versión, a los catorce años los hombres recibían una pistola para cuidar el honor por lo cual no eran infrecuentes las trifulcas al estilo del viejo Oeste. Chávez, a decir verdad, es la imagen viva del centauro llanero: hombre bravío, jefe de tropa y paracaidista, capaz de entrar a un palacio con un tanque, si lo dejaran. Si Chirinos no exterioriza estos atributos del mismo modo es solo porque su familia se mudó temprano a la capital y fue llevado por más sofisticados vericuetos del intelecto.

Aunque se conocen desde hace al menos trece años y compartieron sueños revolucionarios de inspiración conspirativa, paradójicamente, la situación que más los acercó fue el proceso de separación de la pareja presidencial. Chirinos no es alguien inclinado a ayudar a la gente a divorciarse. Su Contrato Conductual Conyugal (C.C.C.) radica precisamente en renovar los votos de la pareja mediante una renegociación de las condiciones de la convivencia para salvar el matrimonio. Pero con Chávez no había esa salida.

Tal vez por azar o a lo mejor por recato, en nuestros anteriores encuentros no nos metimos en las honduras de los problemas conyugales. Solo cuando íbamos a medio camino de nuestra última conversación me atreví a preguntarle qué pasó entre Hugo y María Isabel. Sin decir más que lo indispensable, Chirinos explicó que el Presidente y su esposa se amaban y se querían, pero que una vida en común era imposible. "Teníamos que vernos constantemente para ayudarlo en su conflicto". El psiquiatra no entra en detalles pero dice que la infidelidad no fue la causa de la separación. "Imagínate lo que es trabajar 20 horas al día en Miraflores… Él tenía el poder en sus manos y un proyecto político por delante… Finalmente consideré que ya no podían convivir y recomendé el divorcio… Hubo mucho dolor por ambas partes… Siempre he pensado que los grandes líderes no pueden tener mujeres, en el sentido de una esposa que está esperando a que el marido llegue a su casa a las 5 de la tarde y se ponga a ver televisión con los muchachos. Eso es incompatible con el liderazgo".

—Dicen que el Presidente es dado a tener varias mujeres al mismo tiempo -le suelto por último.

—¿Algún venezolano, algún latino, no lo es? Pueden ser casados pero ven una muchacha en la calle como las de hoy en día, con ese trasero y los senos al aire, ¿y no van a voltear a verla? Lo que ha cambiado es que ahora las mujeres hacen lo mismo. Toda la publicidad está basada en el sexo y en el cuerpo femenino. Para venderte un Nescafé o un lápiz te meten por los ojos a tremenda hembra.

Considerando cuáles son los mayores intereses vitales del psiquiatra, no me sorprendió que al finalizar volviéramos al principio: la mujer y el sexo. Chirinos se levantó del escritorio. Lo seguí. Al pasar por la recepción vi en el circuito cerrado que el Mercedes seguía ahí. No había, después de todo, nada nuevo en la mente del hombre.

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