Ahora se sabe que José 'Pepe' Moreno metió esos dos goles el domingo 30 de abril en El Campín y que con eso el América sacó a Santa Fe del Torneo Apertura. Pero no se sabía la víspera. Cuando fui a verlo en el hotel en el que estaba concentrado la noche del 29.
El América escogió ese hotel porque es cerca del estadio y porque es barato. Antes se quedaba en La Fontana. Ahora no. No desde que el Club está en la Lista Clinton. Nadie se le mide a patrocinar a un equipo que los gringos han señalado. Ellos tan dados a señalar la paja en el ojo ajeno.
Y la presión para Pepe esa noche. Después de todo, él es el delantero más importante del América. Si el América perdía al otro día adiós a la plata de esas taquillas. Pero Pepe estaba solamente ahí. Esperando. Había entrenado por la mañana en Cali. A las dos se fue para el aeropuerto. Llegó a Bogotá y después al hotel a las seis. Yo llegué a las ocho.
Le pregunté si pedíamos algo de comer. Me dijo que no. Que había comido a las siete. El menú fue muchacho y arroz. Con papa y ensalada y jugo de mandarina. El jugo estaba todavía sobre la mesa en una jarra de plástico. Pepe me ofreció un vaso. Siguió hablando. Dijo que tenía veinticuatro años. Que medía 1,85. Que llevaba seis años como profesional. Que había jugado más de cien partidos ya. Que había metido más de treinta de goles ya. Sin contar con los dos que iba a meterle al Santa Fe al otro día. Claro. De esos no sabía.
Después se quedó callado. Yo le miré los ojos. Tenían una luz. A veces me pareció de ilusión. A veces de esa antigua tristeza de los colombianos negros. Vi que tenía unas manos limpias y largas. Y los labios muy llenos. Y una sonrisa como mojada de flores blancas. "Pepe", le dije, "¿tiene miedo?". Él se quedó pensando. "No, miedo no", dijo, "estoy tranquilo pero estoy esperando a que llegue el partido". Después dijo que a él lo crió su abuela Omaira García. Dijo que la quiere mucho. Después dijo que desde peladito jugó en las divisiones inferiores del club. En un equipo que se llama Real Rivera que queda en un corregimiento que se llama Obando. Cerca de Cali. Donde él nació y donde vive su familia.
En ese minuto se quedó callado otra vez. Miró para el piso. Yo noté que estaba pensando en algo. O acordándose de algo. No sé por qué le pregunté otra vez por su familia. "A mi mamá la mataron", dijo Pepe, "el 27 de marzo del 2003". Unos ladrones se metieron a la casa a robar y le pegaron un tiro. Pepe estaba concentrado para un partido de Copa Libertadores y le tocó irse a ver qué era lo que había pasado. Y era eso. Que habían matado a Esperanza Mora. La mamá. Por eso Pepe pone ahora una foto de ella en el camerino. Antes de cada partido. Y le enciende tres velas. Y piensa en ella y le pide.

 
.
.

Después volvió a sonreír. Dijo que estaba casado hace cuatro años. Con Angie Carolina Polo. La hija de un legendario jugador del Deportivo Cali. Tienen un hijo que son los ojos de Pepe y que se llama Juan José. "Pepe", le dije yo, "¿de qué equipo va a ser hincha Juan José?". Él no tuvo que pensar para contestar. "Ah, no, eso sí no tiene duda", dijo, "del América". Seguimos. Pepe dijo todo despacio. Como si sintiera las palabras transcurriendo sin prisa por la mente. "Pepe ronca", dijo en ese momento Nondier Romero, "no deja dormir a nadie". Nondier es siempre el compañero de cuarto de Pepe. Es el lateral derecho del América. Pepe lo miró y sonrió. Nondier sacó con la mano otro pedazo de carne del samovar y se lo comió.
"Pepe, ¿qué va a hacer ahora?", le pregunté, "¿qué hace un jugador concentrado para un partido tan importante?". En ese momento el América estaba por fuera del Octogonal. Todos los dirigentes estaban preocupados. Y todos en el equipo miraban a Pepe. Sin decirle nada lo miraban y esperaban que él hiciera algo grande al otro día. Nadie sabía que veinticuatro horas después el equipo ya iba a estar clasificado. Por lo menos temporalmente. Y todo porque Pepe iba a meter esos dos goles.
"Ahora me pongo a ver televisión", dijo Pepe, "hasta que me coja el sueño". Le pregunté qué programa iba a ver. Qué le gustaba. "Ese de animales me gusta", dijo, "el que se llama planeta de animales algo así". Le pregunté a qué hora se iba a dormir. "Más o menos a las doce y media", dijo, "a la una por tarde". Yo pensé entonces que iba a dormir hasta las ocho o nueve. Y que después se levantaba para la charla técnica o algo así. "No", dijo Pepe, "duermo hasta las once y me levanto y almuerzo". A las dos salen para el estadio.
Nos paramos de la mesa. Fuimos hasta el ascensor y lo acompañé al cuarto. Pepe entró y se tiró en la cama. Le pregunté quién prefería que tapara mañana. Si Neco o Carabalí. "Cualquiera de los dos", dijo, "es lo mismo porque al que sea hay que hacerle gol". Entonces tocaron la puerta. Era el preparador físico. Me dijo que me tenía que ir. Que Pepe tenía que descansar. Yo dije que sí. Que bueno. Pero antes de irme le dije otra cosa a Pepe. "Pepe", le dije, "métase un gol mañana por su hijo Juan José". Pepe sonrió y cerró la puerta.
Al otro día llegué al estadio mucho antes que Pepe. Entré al camerino. Había unas bolsas plásticas en cada lugar. A lo largo de las bancas. Cada bolsa con el número de cada jugador. La de Pepe es la número nueve. Dentro de la bolsa está el uniforme. El América va a jugar con un uniforme negro que tiene una equis en la camiseta. Es para promover un evento comercial y ganarse unas platas. En el puesto de Pepe vi unos guayos blancos de taches bajitos y otros negros de taches altos. Pensé que con la lluvia la cancha iba a estar muy embarrada. Pepe iba a tener que jugar con los negros. Vi también unos tenis que Pepe se pone para el calentamiento. Como el piso de los camerinos de El Campín es de hule negro es muy difícil moverse en guayos.
El utilero le llevó dos uniformes a Pepe. "Por si se le rasga o algo", dijo, "o se le moja mucho con esta lluvia". Yo le dije que bueno. Me senté a esperar a que llegara el bus. Dijeron que a las dos y cuarto. El bus llega a un parqueadero que hay dentro del estadio. Pegado al camerino Norte que es el que le tocó al América. Es apenas la una de la tarde. Afuera oí el público. Oleadas de voces recorriendo las tribunas. La barra fuerte del América estaba en la tribuna Norte. Junto al camerino. La del Santa Fe en la tribuna Sur.
A las dos y veinte llegó por fin el bus. Me paré en el corredor. Un muchacho abrió la puerta y los jugadores empezaron a entrar. Uno tras otro. También el profesor Herrera con el cuerpo técnico. Yo estaba pendiente de Pepe Moreno. Pensando en todo lo que habíamos hablado la noche anterior en el hotel. Tenía ganas de saludarlo. De darle ánimo. Pero Pepe entró y su cara estaba transformada. No me miró ni me saludó. Estaba imbuido en el partido. Como en un trance. No me atreví a decirle nada. Había ya muchos periodistas en el camerino. Algunos jugadores hablaron con ellos. Eran muchos periodistas. Se empujaban. Trataban de pasar. Gritaban. Llamaban. Pero Pepe no. Él entró al camerino y se sentó en la banca y no habló con nadie. Yo esperé. Pasó media hora. Yo miré y miré a Pepe pero él no me miró. Estaba vistiéndose. Era un ritual. Era como los guerreros que han velado las armas toda la noche.
De repente Pepe se levantó del banco. Tuvo que salir otra vez porque se le quedó algo. Al pasar me tocó con la mano el estómago para saludarme. Pero no me miró ni dijo nada. Después volvió. Pasaron veinte minutos. Llegaron más periodistas. Unos de la televisión. Con cámaras. Hicieron varias notas para programas de entretenimiento. Había una mujer muy hermosa. Con una faldita que apenas la cubría. Ella entrevistó a algunos de los jugadores. Pero a Pepe no. Él no quiso salir. Yo volví a oír al público afuera. Se oía como en la Roma antigua. "Ya entraron más de veinte mil personas", dijo un periodista, "y eso que no para de llover". Eran las tres de la tarde.
De repente una voz se impuso a todas. "¡TODOS AFUERA, TODOS!", dijo alguien, "¡SE ME SALE TODO MUNDO!". Es el preparador técnico. El equipo tenía que hacer el calentamiento. Todos los periodistas empezaron a salir. A unos que no se daban prisa les volvieron a gritar. "¡AFUERA, AFUERA!", otra vez, "¡TODO MUNDO SALE!". Yo miré a Carlos Puente, el presidente del América. "Hacete aquí en este rinconcito", me dijo, "quedate callado y no digás nada, ve". Yo hice lo que él decía. Cerraron todas las puertas. Los jugadores se fueron parando en el corredor. Ocho frente a ocho. Eran enormes. Parecían las columnas de un templo. Yo estaba cerca de Pepe y Nondier. En un nicho que hacía la pared.
"¡PA! ¡PA! ¡PA! ¡PA! ¡PA!". Empezó a aplaudir el preparador técnico con una fuerza y una energía increíbles. Todos los jugadores pendientes de él. ¡PA! ¡PA! ¡PA! ¡PA! ¡PA! "¡TOCA RÁPIDO!", les empezó a decir, "NO SE DEMORA, TOCA BIEN, TOCA BIEN". Una y otra vez les dijo así. Los jugadores se pasaban en balón rapidísimo. En parejas. "¡ENTRA Y SALE!", dijo ahora el preparador, "¡PRIMERO UNO Y DESPUÉS EL OTRO!, ¡ENTRA Y SALE!, ¡ENTRA Y SALE!". Uno de los dos se acercaba y se alejaba. Se acercaba y se alejaba. El compañero le mandaba el balón con las manos. Pegado al piso. A la máxima velocidad. Después cambiaron. "¡SE LEVANTA Y CABECEA!, ¡SE LEVANTA Y CABECEA!", gritó el preparador, "¡PRIMERO UNO Y DESPUÉS EL OTRO!, ¡CUIDADO CON EL TECHO!". Pepe se levantó tanto que casi se pega con el techo. Todos saltan a buscar el balón en el aire. Todo el camerino está atravesado por un silencio helado. Solo se oye la voz que da las órdenes. Y las figuras negras y elásticas saltando. Las caras de tensión. Los pechos respirando. Empezando a sudar. La velocidad tremenda.
Treinta minutos después, el preparador tenía a todos los jugadores acezando. "¡RECIBE CON BORDE INTERNO!", ordenó ahora, "¡RECIBE CAMBIANDO DE PIERNA!". Una y otra vez. Una y otra vez. El aire se llenó de gotas. De electricidad. De tensión. "¡TOCA BIEN!, ¡AHORA TOCA BIEN!", dijo el preparador, "¡NO SE EQUIVOCA! ¡LE ENTREGA BIEN AL COMPAÑERO!". Una y otra vez. Y otra vez entra y sale. Y otra vez se alza para cabecear. Para dominar con el pecho y entregar. Para hacer dos toques y pasar a ras de piso. "¡YA PARA! ¡YA PARA!", dijo entonces la voz, ¡"PARA Y DESCANSA!, ¡NO SE AGOTA! ¡RESPIRA!". Y ya. Todo terminó. El aire en los pulmones. Una calma flotando por unos segundos. Todos los jugadores se pusieron en fila. Corriendo a toda prisa pero sin moverse del lugar en el que cada uno está. Como máquinas de fuerza. De energía primitiva. Y ya. Por fin. Ya. La espera terminó. Al túnel. A la cancha. Yo miré a Pepe la última vez. Él siempre miró al suelo.
Salí detrás del equipo. Yo en mi vida había hecho eso. Estuve con ellos. Salté a la cancha con ellos. Sentí los ojos anegados. El corazón me pegaba entre los pulmones. Ya se iba a terminar el túnel. Ya íbamos a salir. Ya. La luz gris al final. La llovizna. El frío. Veinte mil personas. Explotaron las voces. Se expandieron. Era la tribuna Norte. Solo del América. "¡SALE CAMPEÓN!, ¡SALE CAMPEÓN!", gritaron una y otra vez, "¡SALE ROJO!, ¡SALE CAMPEÓN!". Y se subieron muchos por las bardas. Por el alambrado. "¡SALE CAMPEÓN!", gritaron las caras empapadas, "¡SALE ROJO!, ¡SALE CAMPEÓN!".
Lo demás ustedes ya lo saben. Pepe Moreno metió dos goles esa tarde y clasificó al América. Un gol fue de penalti. El primero. Ramos entró al área con el balón y lo tumbaron. Nadie protestó. Pepe lo tiró a la mano derecha del arquero. El segundo ya fue en el segundo tiempo. Una combinación velocísima en la cabecera del área del Santa Fe. Pepe se desprendió y recibió solito. En posición legítima. Y golazo. Pepe saltó las vallas publicitarias y fue a gritar el gol a la tribuna Norte. Miles de hinchas ahí. Inflamados. Y ya. Todo el mundo sabe ahora que el América ganó tres a uno. Que eliminó al Santa Fe en su propia cancha. Que Pepe Moreno fue el más grande de la cancha.
Después el arbitro pitó. El juego terminó. Yo me salí al campo a esperar. A esperar a Pepe Moreno antes de que entrara al camerino. Porque allí iban a estar miles de periodistas. Me paré en la línea de la mitad. En la zona de traslado. Y esperé. Lo vi venir. Se había quitado la camiseta. Se acercó y por primera vez ese día me miró. Y sonrió. Nos abrazamos un momento. "Pepe", le dije, "¡dos goles, dos goles!". Él dijo que sí. "Pepe", le volví a decir, "por Angie y Juan José, ¿no cierto?". Él asintió. Se sonrió. Y siguió.
No se volteó a mirarme ni nada. Yo lo vi alejarse. Me miré la ropa. Estaba mojada y sucia por el abrazo con Pepe. Yo creo que ya la voy a dejar así.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.