Las nalgas firmes y redondas de Natalia París. Con esa mirada que lo confundía. Algunas veces de inocencia, otras de pecado. Lo vital, sin embargo, era la certeza de que lo observaba solo a él. Insinuante. Con los labios entreabiertos y lamiéndose con delicadeza el índice derecho mientras la cascada de su pelo rubio y suave caía sobre sus hombros. "Dios mío, ¿dónde está mi Natalia? ¿Y ese man? ¿Quién es ese man?". Era Álvaro Uribe Vélez.
Durante años, Marvin Guillermo Hernández Vanegas se despertó, solitario, en su habitación del barrio San Felipe de Barranquilla. Se desperezaba con lentitud, estiraba sus piernas y brazos. Y luego abría sus ojos y veía el afiche de la modelo paisa a la que le dedicó sus instantes de placer más íntimos. Y ahora, estaba allí, confundido y todavía somnoliento, sin saber por qué diablos lo miraba el man de la foto que colgaba cerca al techo.
Y Marvin Guillermo no estaba solo. Junto a él, 40 muchachos saltaban de las literas en calzoncillos, se vestían a las volandas, se calzaban botas mientras un oficial dejaba caer una avalancha de información con gritos a todo pulmón: "Él es -decía mientras señalaba la foto- nuestro comandante en jefe. El señor Presidente de la República. A él le debemos obediencia. Somos soldados de Colombia. Estamos en guerra y la vamos ganando".
Dijo una cantidad de cosas más. Sin embargo, esas fueron las que se le grabaron a fuego vivo. En especial cuando mencionó elel vocablo 'guerra'. Fue revelador, porque en una fracción de segundo comprendió que su vida jamás volvería a ser igual y que atrás quedaban, para siempre, sus fantasías de adolescente. Ahora era un soldado de Colombia que podía morir en cualquier momento en defensa de unas causas en las que él hasta ese momento había reparado vagamente: democracia, Constitución...
No había captado el paso que había dado porque si bien ya habían transcurrido casi 48 horas desde que llegó aquí, el tiempo voló entre emociones sorprendentes y conmovedoras. La primera jornada, incluso, fue un tanto cursi. Se presentó a las 7:00 a.m., la hora fijada en el Batallón de Policía Militar Número 2 de la Segunda Brigada, ubicado en el barrio El Paraíso, en Barranquilla. Llegó junto a 220 muchachos que asentían a la lluvia de bendiciones de las madres y a los besos de las novias. "Sí, mamá, me voy a cuidar. Qué sí, mamá, que voy a estar bien". "Créeme, nena, que no te voy a olvidar". Era el murmullo que se escuchaba entre las lágrimas. Ellos no lloraban. Si la selección que habían hecho era de hombres no iban ahora a flaquear en la entrada. No faltaba más.
Marvin Guillermo estaba arropado allí por sus padres, Katia Antonia Vanegas y Guillermo Hernández Rodríguez. Además, estaban sus hermanos, Paola, Leydi y Larry. Los tres de 20, 19 y 18 años, respectivamente. Él a sus 22 años era el ejemplo, el mayor y la esperanza de la familia. Una familia que atravesaba una situación difícil y que carecía de dinero suficiente para educar a los cuatro. Por aquel entonces Marvin Guillermo habló con su familia y le dijo que había tomado la decisión de dejar sus clases de ingeniería electrónica para ingresar al Ejército. Fueron tiempos de discusión, pues a ninguno le gustaba que dejara a un lado su carrera. "El Ejército también es una carrera", replicó. Al final no fue el peso del argumento el que los convenció, sino la fría y dura realidad, porque los ingresos de esta familia buena y trabajadora nunca llegaban a fin de mes.
Así fue como lo acompañaron hasta su nuevo destino. La despedida tardó 45 minutos, pero él se mantuvo siempre firme y sereno a pesar de la incertidumbre que agobiaba a su madre. Fueron recibidos por un teniente barranquillero, simpático y conversador, que guió a los 220 muchachos en fila india hasta la cancha de fútbol. Al principio todos guardaban silencio, pero el hielo fue roto por el teniente que empezó a hacerles inocentes bromas sobre quién traía más comida. En efecto, cada uno llevaba una bolsa con paquetes de papas, gaseosas, arepas y empanadas, que disfrutaron allí en comunidad. El primer día se les fue en una animada charla, en una tarde de integración en la que no tuvieron tiempo de hablar sobre los riesgos que en adelante correrían.
Luego fueron divididos en varios grupos. Y les enseñaron su primera formación militar. Los muchachos trataron de ser rigurosos en las filas pero se veían disparejos, pues todos llevaban coloridas camisetas, jeans o largas pantalonetas de baloncesto. Marvin Guillermo lucía una gorra blanca con la marquilla de GAP, camiseta roja y jean rapero. Después, un oficial estuvo con ellos conversándoles sobre las responsabilidades que ahora tendrían hasta cuando los fue venciendo el sueño. Los llevaron al alojamiento donde cada uno se tumbó en un catre y donde durmieron con relativa placidez, pues la brisa de la noche fue siempre fresca. Hasta las 6:00 a.m., cuando escucharon el primer toque de diana. Marvin Guillermo extrañó la foto de Natalia París, pero se sintió tranquilo cuando vio la bandera de Colombia colgada y entonces imaginó que estaba en el estadio Metropolitano viendo un partido que siempre ha soñado con los dos equipos de sus amores: la Selección Colombia contra el Júnior.
No era así. Pues pronto entró un grupo de soldados que les pidió con cortesía que se despertaran. Él empezaba a vivir su segundo día aunque por su cabeza aún no soplaban vientos de guerra. "Esta vaina no es tan mala como la pintaban", pensó Marvin Guillermo. Enseguida les permitieron ir al baño, luego se bañaron los dientes y ni siquiera tuvieron necesidad de ducharse, pues los esperaban en el comedor. En recipientes de icopor recibieron la primera comida que les brindaba el Ejército: arroz, huevo y aguadepanela. Después los llevaron al patio en donde los dividieron en grupos de 44 muchachos.
Allí tuvieron más oportunidad de conocerse, de contar sus historias. Todas similares. Muchachos muy pobres, procedentes de familias acosadas por los problemas económicos. Varios de ellos hasta la semana anterior habían desempeñado oficios que en las grandes urbes nadie se imagina: eran pimpineros. Esto es cargadores de agua. En tiempos de la globalización y en los albores del siglo XXI, muchos de los nuevos compañeros de Marvin Guillermo vivían de colgar en un palo cuatro o seis baldes de agua que se echaban sobre los hombros y se iban a distribuirlos en los barrios lejanos de los ardientes municipios de Soledad, Baranoa, Malambo y Sabanalarga, en donde el acueducto y el alcantarillado son aún una quimera. Por cada balde vendido se ganaban $50. En su mayoría, muchachos sin otras alternativas que enrolarse en el Ejército para buscar un futuro para su familia.
Además de la pobreza, a todos los unía el color de la piel. Absolutamente todos los muchachos eran morenos, mestizos, indígenas. No había un solo rubio. No había un joven siquiera parecido a los que salen en los comerciales o en los realities de televisión. No. Muchos de ellos son los olvidados, aunque maravillosamente todos son convencidos de que había que luchar por la defensa del país. Lucha que hasta ese momento ellos, sin embargo, sentían como lejana. Sabían de la guerra, pero a través de las noticias. Marvin Guillermo, para citar un caso, jamás en su vida había tomado un arma. Menos sabía lo que era un combate o una emboscada.
Después de esa primera presentación cada uno se encargó de hacer una breve biografía ante el capitán Rendón Pérez Juan, un oficial también con buen humor, pero recio, que los iba saludando y que simultáneamente les informaba que él sería el comandante de la compañía Azteca a la cual Marvin Guillermo se acababa de enrolar. Fueron momentos extraños, porque entre más pobres e inciertas eran sus vidas, más amor manifestaban por Colombia: "Trabajaba recogiendo latas y periódicos y entré porque quiero defender a mi país", "era obrero de la construcción y vine para defender a Colombia". La argumentación con ligeras variaciones se repetía, se tornaba monótona. Era un grupo de desamparados y descamisados que ahora iba a recibir un uniforme para proteger a un país. Nadie hablaba de lujos ni de derroche. Todos, de cosas cotidianas y simples. En un país que le rinde culto al billete sorprendió que el muchacho que más dinero trajo en ese primer día fue un joven que contó feliz que su abuela le había dado $5.000.
Entre tanto, el oficial les decía que la institución a la que entraban se regía por el orden, obediencia y respeto, sobre todo hacia los superiores. "Si alguien entró aquí un día antes debe ser respetado porque es más antiguo. Los que entren mañana aquí deben respetarlos porque ustedes son más antiguos".
Entonces les explicaron que se conformarían en grupos de nueve soldados y que se llamarían una escuadra y que una escuadra es comandada por un cabo. Y que cuatro escuadras forman un pelotón que a su vez lo comanda un sargento. Marvin Guillermo repetía en voz alta tratando de memorizar toda la información. Ya eran las 10:00 de la mañana y el sol calentaba fuerte.
A esa hora, entre tanto, Edulfo Venera, de 29 años, preparaba las 180 libras de arroz y los 61 kilos de carne de lo que sería el primer menú de estos jóvenes. Además, vendría con una porción de ensalada y más aguadepanela. "Lo mejor de aquí es el pan", dijo. Y probablemente tenía razón, pues el aroma del pan fresco inundaba su cocina de proporciones monumentales: ollas gigantescas, recipientes inmensos. "Tenga en cuenta que cocino para una tropa". La comida era similar a la del desayuno y también a la de la comida. Marvin Guillermo habría de extrañar como nunca la sazón de su mamá.
Dos horas después, hacia el mediodía, llegó la peluqueada. Uno a uno los muchachos fueron pasando por las manos diestras de un peluquero, que apenas tardaba un minuto y 30 segundos en quitarles a cada uno la melena. Marvin Guillermo se sentó resignado y vio, frente al espejo, cómo la maquina arrojaba de un tajo su cabello que hasta entonces era una de sus vanidades.
Posteriormente, los muchachos fueron al depósito de intendencia donde recibieron la ropa. Un pantalón de camuflado, una camiseta guerrera, un par de medias negras, otro de calzoncillos también negros, una camiseta verde y las pesadas botas: un par de tres libras de peso de reluciente cuero. Atrás iban a quedar los tiempos de andar en sandalias por la costa caribe. Ahora, cuando salieran, llevarían ese pesado calzado que dentro de poco se sumaría a las 23 libras de peso que en condiciones normales carga un soldado regular. Esos que gran parte de los colombianos verá ahora en sus vacaciones, cuando crucen en sus carros presurosos por las carreteras hacia los sitios turísticos.
La primera vez que se pusieron el uniforme fue sencillo. Hasta ese momento los oficiales fueron pacientes con los muchachos. Incluso, les ayudaron a vestirse como cuando un padre enseña a su hijo a amarrarse los zapatos. E hicieron bromas sobre las barrigas de algunos de ellos. "Por eso, no se preocupen que aquí se las vamos a quitar y gratis, sin pagar un gimnasio". Después los llevaron al alojamiento donde había 22 literas de dos niveles.
Allí cada cama cumplía con unos requisitos que los militares consideran suficientes: siete tablas cada una. Siete nada más. Desde ahora, estos muchachos que se juegan la vida por el país y que se enfrentan a feroces enemigos dormirían en sus horas de descansos en camas con siete delgadas tablas, nada más. Marvin Guillermo lo tomó con tranquilidad.
Habían pasado tantas cosas en tan pocas horas que él estaba fundido. Al día siguiente iniciaría su rutina y ahora sí sin bromas, porque la cosa sería en serio: a las 4:30 despertada, a las 12 almuerzo, a las 17:30 comida y a las 21:00 recogida. Y en los intervalos trabajo puro y duro: en la mañana, instrucción militar y en la tarde trote, más intensa actividad física en la que flexiones, lagartijas y saltos estarían a la orden del día. Y todo bajo el sol hierro de Barranquilla. Además, listos para salir al patrullaje callejero, al combate en la selva. Se le acabaron Los Simpsons, su programa favorito donde Tomy y Dali vierten sangre, abundante sangre, pero de dibujos animados nada más. Ahora sería de verdad. Y también las horas de buena rumba y de Carnaval. Marvin Guillermo se fue a dormir y por primera vez le dijeron soldado Hernández. Su identificación desde ese momento ya no sería por el nombre, sino por el apellido.
Se acostó y mientras tanto sus superiores revisaban los sucesos del día: "Tres soldados muertos y tres heridos en emboscada en el Valle", "Informe de Amnistía Internacional dice que Ejército viola los derechos humanos", "Farc asesina a cuatro concejales". "Las minas han mutilado a 750 soldados en un año". En tanto, el naciente soldado Hernández pensaba en el nuevo día que le iba a deparar un vertiginoso cambio de vida. Sería su primera jornada en un Ejército que libra una guerra desde hace medio siglo y donde no se vislumbra ninguna luz de tregua.
La única tregua la daba esa noche el presidente Uribe, que insistía en la televisión que en Colombia no hay conflicto armado. El soldado Hernández escuchó el eco de sus tranquilizadoras palabras y se durmió. Sin embargo, detrás de su camarote había una pared con una declaración del propio Uribe que anunciaba otra cosa: "No debe haber un momento sin combate hasta que se consagre la victoria. Los uniformes y las armas del Ejército tienen que ser un símbolo activo de agresividad contra el terrorismo".
El soldado Hernández durmió y soñó, otra vez, como hasta ahora en su vida, con Natalia París. Y a la madrugada fue despertado, en medio de los gritos a todo pulmón, por las órdenes y las palabras recias. En un breve espacio dudó: "Dios mío, ¿dónde está mi Natalia? ¿Y ese man? ¿Quién es ese man?". Era Álvaro Uribe Vélez. Su comandante en jefe que colgaba en una foto y el hombre que ahora tendría en sus manos su destino.

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