Se sirvió un vaso de agua. Miró el reloj y confirmó que estaba a tiempo. Se sentó de espaldas a un fichero y frente a una máquina de escribir. Leyó El Tiempo y la revista de Cafam. Despachó la última correspondencia. Revisó si había algo pendiente en la biblioteca y salió a almorzar con sus amigos en la cafetería del banco. Se rió cuando Víctor anunció que a él solo le faltaban cuatro semanas para pensionarse: cuatro semanas santas. Se lavó los dientes. Se asomó por las oficinas de los abogados. Recogió los libros que le debían. Llenó los huecos de las estanterías y cuando dejó todo en orden miró de nuevo el reloj. 5:30 p.m.: hasta ahí, el último día de 30 años de trabajo y la repetición de un ritual laboral que había celebrado, con leves variantes, más de 3.500 veces en los 15 años que llevaba como bibliotecaria del Departamento Jurídico. Ya no hubo un "hasta mañana". Solo un último adiós brusco y solitario como el de los otros 20 colombianos que ese mismo día debían estarse pensionando. Rosalía Durán recogió sus últimos objetos personales. Miró por última vez la espléndida vista del atardecer, bajó en el ascensor los 18 pisos y tomó por última vez la ruta del banco que la llevaría a su nueva casa en el barrio Alsacia, y a su nueva y definitiva vida de jubilada.
Hoy, justo el día después de ese quiebre emocional, pero aún sintiendo la inercia de ese lunes, martes, miércoles, jueves y viernes de trabajar con respiros de dos días por semana y unas vacaciones al año, Rosalía se levantó a la hora de costumbre (8:00 a.m.), llevó a su mamá al servicio médico del Banco y ahora, llegadas las tres de la tarde y sin haber almorzado aún, repasa sus álbumes de fotos. La soltería, el hacerse cargo de su madre desde que murió su padre de un infarto por tomarse un aguardiente adulterado y el no tener con quién irse de viaje no le impidieron ser una verdadera trotamundos. Rosalía pasa las páginas, el telón se abre y su figura va apareciendo en una serie de escenarios como sacados de La vuelta al mundo en 80 días. Con cara de pánico sobre un camello en el Oriente Medio. Rodeada de garotas en Río de Janeiro. Tomando cerveza a pico de botella en un paseo de río en Villeta. Besando la mano del Santo Padre en el Vaticano. Posando con los de la cooperativa de empleados del banco en el Amazonas o con 80 personas y dos curas durante el tour de peregrinación santa que organizó su parroquia. Son flash backs de sus escapes pasajeros que la llenan de orgullo, pero que no le mueven tanto las fibras emocionales como la foto que señala ahora con su dedo índice. Al fondo, Modesto Avendaño, jefe de archivo y próximo candidato a jubilarse, camina con los brazos desgonzados. Adelante, Rosalía, con un pompón caído en su mano y al mismo paso lento de las procesiones, lidera la vuelta olímpica durante la clausura de las segundas olimpiadas del Banco de la República en 1991.
Ese día soleado en el club Choquenzá se tomaron la típica foto de equipo de fútbol y uniformados con camisa celeste representaron al Departamento Jurídico en disciplinas como bolos, tenis de mesa, golosa y rana. Se ven como en Los años maravillosos. Con las mismas caras bonachonas que tienen hoy, casi 15 años después. Es como si en el Museo del Oro los hubiera sumergido en bálsamos egipcios o en los elíxires con los que preservan los tesoros quimbayas y mantuvieran aún ese look ochentero tan exquisito y de moda por estos días de retro. Omaira, la secretaria de dirección, su capul azabache ensortijada. Ligia, jefe de servicios y apoyo, su cuello largo estilizado, sus gafas de pasta gruesa y su peinado en hongo. Modesto, ya sin el mostacho de la foto, mantiene el porte y gallardía mariachi de cuando entonaba con Víctor Portela, el mensajero, y Rosalía las notas de alguna ranchera siguiendo los dictados del karaoke. Eran las inolvidables fiestas del Jurídico. Verdaderas parrandas de altura. De 18 pisos, por lo menos. De luces diminutas que se duplicaban en la medida en que fluía el ron y uno miraba desde ahí los confines de la ciudad.
Rosalía extraña los bailes entre ficheros y anaqueles. Allí, en sus dominios, solía organizar con Omaira y Ligia cumpleaños y demás agasajos. Allí, en su Babilonia de 3.500 libros y en aquella que empezó a construir cuando era auxiliar en la Luis Ángel Arango y recibió un chicharrón de vejestorios que debía catalogar para inaugurar la nueva biblioteca del Jurídico. En esa caja polvorienta encontró la forma de fugarse de un espacio en el que se sentía como metida en un hueco por la falta de vista y al que llamaba la Escuelita de doña Rita, pues le ponían de tarea despachar tantos volúmenes al día como si fuera la obrera de una fábrica de libros enlatados. Empezó con sus visitas esporádicas de abastecimiento y terminó como jefe y subalterna de su propia biblioteca en miniatura, un lugar que conocía como la palma de su mano y en el que desde las alturas se sentía como una diosa. No asfixiada, ni perdida como cuando a los 12 años una tarea de las monjas del colegio la arrojó a las fauces de la Luis Ángel. Allí se vio rodeada de estanterías infinitas, de hileras duplicadas de ficheros y de gente arremolinada sobre ellos. Como nadie la ayudó y le dio pena preguntar, la pequeña Rosalía huyó, pero el episodio le quedó bailando en la memoria y en el Seminario Mayor de Bogotá descubrió esa vocación de bibliotecaria que la haría defender la biblioteca del Jurídico como a la hija que nunca tuvo. En su despedida, luego de que el Trío Armonía le diera una serenata en la sala de juntas y le ablandara el corazón con el bambuco Rosalinda, y después del brindis de despedida que hizo el doctor Reina, director del departamento, le rogó que no se fuera a dejar quitar la biblioteca. Al fin y al cabo, ella era el resultado de sus cerca de 30 mil horas de labores en el Jurídico. Con esas palabras finales de despedida aprovechó también para disculparse con quienes hubiera regañado.
Luego de muchas disquisiciones con sus compañeros en la cafetería del Banco -charlas acaloradas al mejor estilo de los años dorados del sindicalismo contra los proyectos de reformas pensionales del gobierno para eliminar beneficios, aumentar los años y edad de pensión e intentar desactivar la bomba pensional- Rosalía decidió retirarse con 20 años de servicio y 55 de edad, renunciando a una pensión del 90 por ciento de su salario por una de entrega inmediata del 75 por ciento y perdiendo un reloj que daba el banco a quienes le habían entregado 25 años de su vida. Un gesto con el que les devolvía el tiempo que le habían hipotecado. La decisión fue estratégica. No perdió la mesada 14 -dos primas al año que meses después un acto legislativo eliminó- ni tampoco el reloj. Modesto consiguió un Bulova en oro blanco igual a los del banco y se lo dieron en la despedida, sin saber que cuando Rosalía se graduó de bibliotecóloga de la Salle su familia le regaló un Citizen chapado en oro. Ese nuevo reloj marcaba un tiempo antónimo al primero, uno que no la ataba y, en cambio, la liberaba de la maldición que Yaveh profirió cuando el hombre osó probar del fruto prohibido y debió comer el pan con el sudor de su rostro, según le enseñaron las monjas de su colegio.
La maldición de Rosalía fue estar ocho horas diarias enclaustrada entre libros de derecho, de una forma silenciosa, casi monástica. De la torre de Avianca la liberaba físicamente la hora de salida y
espiritualmente, su príncipe de escarabajo verde manzana. Con la puesta del sol, se asomaba a su ventana y cuando veía desde las alturas el carrito, se precipitaba al ascensor y caía en los brazos de ese ejecutivo misterioso que decía vivir en tierras forasteras de viaje en viaje y que volvía a rescatar a su Rosalinda de su tediosa rutina. Iban a zarzuela, a cine, a museos y a comer. Así por 20 años, hasta que otro infarto acabó con la vida del segundo hombre más importante para ella después de su padre y terminó de jubilar un amor que ya agonizaba. Al menos para ella, y justo un par de años antes de que Rosalía se pensionara y abandonara para siempre su ventana de princesa cautiva.
Atardece. Rosalía aparta la mirada del álbum y mira el blanco infinito en la pared de su sala. Ya no verá desde su biblioteca en el aire la mancha verde del escarabajo, no organizará festines y libros ni sentirá esa unión de quienes como presos cuentan los días para jubilarse y comentan sobre las reformas pensionales que podrían aplazar su sueño. Pero no cree que vaya a sufrir la depresión que les da a los pensionados cuando creen que los desecharon del sistema como a piezas inútiles, los reemplazaron con repuestos jóvenes de menor calidad, no encuentran ahora cómo ocupar un tiempo que antes no era suyo o tienen que esperar hasta un año a que el Seguro Social les reconozca su pensión. La próxima vez que vaya al banco a recoger el escudo que le deben, uno que dan a quienes superaron la barrera de los 20 años de servicio, y pase por la biblioteca será de carrera. Prefiere no entrometerse en cómo la maneje ahora Yurany, la joven estudiante de derecho que la reemplazará mientras encuentran un verdadero taxónomo del conocimiento que siga protegiendo lo que ella dejó. Ahora, Rosalía debe cuidar a su mamá enferma y, por lo pronto, se alistará para una reunión de ex alumnas del colegio y organizará la biblioteca de su casa, un solo estante lleno de álbumes de viajes y de libros como La montaña mágica, Vivir, Tú también puedes triunfar, Gestapo, Mujer triunfadora, Un hombre, La Biblia y Cómo elegir marido. En éste, el doctor Conell Lowan persuade a sus lectoras de la tontería que es "quedarse esperando al príncipe azul" y "mantener la secreta necesidad de ser rescatada" cuando el tiempo corre y es mejor "renunciar a las expectativas", quitarse "la máscara de la timidez" y dejar de ser "la nenita de papá".
Rosalía nunca fue esa nenita de papá. Ha sido independiente, exitosa y ha conseguido lo que ha querido, salvo un marido. Dice que es la maldición de las Durán (sus dos hermanas tampoco se han casado). Que es su semblante de mujer seria. Que el sello de empleada del Banrep, las primas, el crédito de vivienda, el servicio de salud, el club que les da "papá banco" y su casita en Flandes le han traído puros hombres interesados. En palabras de la tía Chava, otra soltera entrada en años con mucha gracia, básicamente "que el que vino no combino y el que combino no vino". Nunca es tarde. Tal vez mañana empiece creer que en Internet la gente puede ser más sincera en vez de mentirosa como piensa ella, y lo encuentre en un mundo virtual de solteros. Tal vez, se choque con él en una fiesta para jubilados organizada por Cafam. O, tal vez, se sacuda el susto, llame de una vez por todas a ese teléfono que desde hace meses ha estado tentada a marcar. Siete dígitos de un anuncio del periódico que bastarán para que este día después se convierta en el más feliz de su vida. El día en el que se paró decididamente, dejó a uno de esos entrometidos periodistas sin esperanzas de jubilación a la vista hablando solo y se fue sin maletas a Cuba con un tuor para pensionados al que le tenía ganas desde hacía meses. Un viaje sin regreso en el que lo halle. A ese, al pensionado con el que sueña poder viajar hasta el fin del mundo.

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