Al día siguiente, su hijo le preguntó cuál era la muela que le habían sacado. Pero la inflamación no era exactamente en la cara, sino debajo de las cobijas. Debajo de una camiseta blanca que amaneció empapada en sangre: no era la sangre bestial de una puñalada, sino esa especie de aguasangre que brota con timidez entre punto y punto de una sutura. Eran dos manchas de aguasangre que más parecían un helado de mora y vainilla que ha empezado a derretirse.

Y helados -dos enormes conos- parecían las tetas de Úrsula Gómez que le habían instalado la víspera. Aclaremos desde ya: llamaremos tetas a las tetas, porque busto es mañé, senos tiene un dejo de mojigatería y pechos. pechos, ni pensarlo.
No era una muela, y de eso se dio cuenta el hijo de Úrsula, de 8 años, cuando su madre retiró la cobija e intentó levantarse. Yo también me di cuenta un par de horas después, cuando llegué a visitar a la paciente: lo lógico -o, mejor, lo cortés- habría sido mirarla primero a los ojos, cuando apareció detrás de la puerta con una palidez de espanto y dos implantes de silicona, de medio kilo cada uno. Imposible. Confieso que primero vi los mil gramos que estrenaba y más tarde la palidez.

Y confieso, también sin pudor, que a lo largo de nuestra conversación no dejé de mirarle las tetas. Sus tetas enormes. Me acordé de Quevedo. "érase una mujer a unas tetas pegada, éranse unas tetas superlativas.". (Perdón, maestro. lo suyo era la rinoplastia.) Y no dejé de preguntarme de dónde saca tanto valor una mujer para someterse al castigo del bisturí sin necesidad verdadera. Al castigo de la anestesia general y de la tembladera posquirúrgica. A la tortura de las miradas insistentes, de la palpación exhaustiva, de las preguntas inoportunas. ¿De dónde sacan tanto valor? Pregunta estúpida: de la vanidad, por supuesto. Y de las revistas. Y de las amigas que se atrevieron primero. Y de esa hermana que algún día fue tan plana como ella.

Úrsula andaba por el mundo con el frente despejado: apenas una talla 30. En las tiendas de ropa interior le enseñaban acostumbradores (esos que usan las niñas mientras les crecen) y le recomendaban brassieres con relleno (brassier no está aceptado por la Academia, pero sostén es una palabra tan fea como pecho). Usar acostumbradores era un poco ridículo para sus 31 años, y los rellenos le dejaban, por la noche, al desnudarse, una sensación como la de Cenicienta cuando el reloj daba las doce. Úrsula andaba sin nada, sobre todo porque nada en su frente corría el riesgo de caerse. Usaba camisetas ajustadas. de hecho, tres tallas por debajo de la que esa mañana amaneció untada de sangre. Por eso, una de las primeras cosas que pensó cuando logró levantarse -con la ayuda de su madre, que la empujaba por la espalda- fue que tendría que actualizar su ropero. Primero, comprar brassieres de verdad: ahora es una mujer 34B. digamos, así, al ojo, que ahora tiene unas tetas como las de Paola Turbay. Y comprar ropa escotada, porque si no, ¿entonces para qué se mandó poner un kilo de silicona? ¿Para qué el bisturí y la anestesia general y la tembladera.? Y eso, para no contarles lo demás: las pinzas que les meten por el pezón -que es por donde introducen la silicona- y la manera como levantan el músculo y la presión que ejerce el médico y esa aguasangre que parece un helado de mora y vainilla que ha empezado a derretirse.

Esa mañana, al día siguiente de la operación, al día siguiente de la primera vez que entró en su vida a una sala de cirugía, Úrsula caminaba con dificultad. Tenía la espalda adolorida: es normal que se presente espasmo muscular, no solo por el tiempo que la paciente pasa acostada y por la presión que sobre ella ejerce el cirujano, sino también porque de repente le aparece una especie de morral al frente con un kilo de peso, que no es mucho, pero no es despreciable y es de tiempo completo. Tenía una palidez de ánima: además del traumatismo de la cirugía, y de los analgésicos y de los antiespasmódicos, había pasado una mala noche, durmiendo boca arriba a la fuerza y despertando cada vez que la costumbre le proponía girar el cuerpo.

Tenía las tetas tiesas, como si se las hubieran rellenado de hueso, y bastaba el roce de un dedo para alborotar el dolor. Tenía alterado el sentido del equilibrio: al salir de la ducha estuvo a punto de caer, pero allí estaba su madre para apoyarla físicamente, como la había apoyado en lo moral desde que le anunció que iba a completar la obra que ella y su padre habían iniciado treinta y un años atrás. No podía quedarse quieta mucho tiempo, pero levantarse de la cama o de una silla era una tortura verdadera.

Andrés Mejía, el cirujano que le hizo el milagro, se lo había advertido: al día siguiente le va a doler mucho. y al siguiente y al siguiente. Las tetas se le van a poner brillantes, tirantes, tiesas. Y también le había advertido que le iba a doler más una teta que la otra y que, al mirarse al espejo, iba a notar que las dos tetas -las nuevas- no eran exactamente iguales. Sencillo: tampoco lo eran antes de la cirugía, antes de la silicona, como no son iguales -exactamente iguales- las partes del cuerpo que vienen por pares. No son iguales los dos ojos, ni las dos orejas, ni las dos piernas, ni las dos nalgas. Sí, sencillo de explicar, pero difícil de entender cuando la mujer ha amasado un sueño, se ha sometido a un tormento, ha soportado un dolor cercano al del parto y ha pagado una suma nada despreciable para estrenar aquello que le negó la naturaleza.

Se lo habían advertido, pero eso no menguaba el dolor. Y el dolor alborotaba las dudas que hasta la víspera parecían controladas: ¿y si se me explota una, como dicen que se le explotó a la reinita aquella en un avión?, ¿y si mi organismo rechaza la silicona?, ¿y si no se desinflaman y me quedan así de grandes? Y como las tetas de silicona no son para toda la vida -no se sabe cuánto van a durar las de Úrsula, pero al menos las que instalaron hace diez años ya están para cambiar-, cada vez que el dolor alcanzaba uno de los picos de intensidad pensaba que tal vez no ha debido someterse a la tortura, si en diez años iba a tener que soportar una semejante.

Pero diez años no están tan a la vuelta del calendario. Entonces, al hacer las cuentas, al mirarse en el espejo y decir "huy, tan bonitas que me quedaron", al sentir que ahora tenía unas flamantes 34B que merecían brassier y no un acostumbrador, Úrsula cambiaba el discurso interno. Las dudas desaparecían por momentos y pensaba más bien en la cara que haría su marido al día siguiente, cuando llegara de viaje. Un marido que la quería como era, casi plana. Que no estaba en contra de la cirugía pero que, en todo caso, le había aconsejado no someterse al implante de silicona por los riesgos que podía correr. Pero Úrsula se miraba al espejo y pensaba en lo bueno que seguramente la iban a pasar en dos o tres semanas, después de la abstinencia sugerida por el cirujano. Dos o tres semanas en las que tendría que cuidarse su nueva delantera. Dos o tres semanas para ver, pero no para tocar. Y pensaba en lo que dirían los compañeros de trabajo, el martes siguiente, cuando la vieran entrar a su oficina en el diario El Tiempo con un kilo más de tetas. Úrsula se desempeña como ejecutiva de ventas del área de publicidad: un oficio en el que la apariencia personal cuenta bastante. Y aunque ella sabe que hay clientes de clientes, reconoce que para algunos el aspecto físico de la vendedora resulta determinante. Para ellos, Úrsula tiene nuevos argumentos.

El día siguiente a la cirugía fue doloroso, muy doloroso. Pero pudo más la ilusión de esa nueva vida que acababa de empezar. Pudo más el deseo de salir corriendo a las tiendas de ropa interior, convencida de que por primera vez no le ofrecerían acostumbradores. Después tal vez venga la nariz. solo que en ese caso no será cuestión de poner, sino de quitar.

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