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Publicado 2010-05-13

El D.T. ciego

Por Adolfo Ariza Navarro. Fotografías Alfonso Cervantes

En Juan de Acosta, un pueblo del Caribe colombiano, la pasión de un hombre por el fútbol lo llevó a dirigir su propio equipo a pesar de su ceguera.

El D.T. ciego.
Le pido que me describa: "Alto, trigueño y un poco delgado —me dice, con una voz firme y seca, con el mismo tono desproporcionado que utiliza para saludar y ubicarse en las calles del pueblo—. Debió ser un excelente cabeza de área", añade.

Se equivoca en algo: fui volante mixto, de ida y vuelta, de esos que aspiran a tragarse toda la cancha.

Manuel Alba es ciego desde hace 24 años. De las pocas imágenes que conserva en la memoria está el gol de Diego Armando Maradona, cayéndose, luego de haber burlado a media selección inglesa. Esa y "la puñalada letal", como cataloga él a la definición impecable de Jorge Burruchaga por entre las piernas del portero alemán, en la gran final, luego de recibir un pase magistral del mismo Maradona.

Tenía 10 años entonces. Y vivía en el Barrio Santa Teresa, en el municipio atlanticense de Juan de Acosta, donde ha vivido siempre. De hecho, nadie puede echarle carreta hoy sobre sus mujeres hermosas, sus calles limpias y ordenadas, el carácter acogedor de su gente; ni del calor que arde en la piel como combustible caliente.

Manuel es el tercero de los hijos de una familia numerosa. Ocho en total. Cinco hembras y tres varones. Su padre ha sido comerciante de carnes y de ganado toda la vida. Por los tiempos que menciono, tuvo una finca. "No abundaba el dinero, pero vivíamos bien —recuerda su hijo—; nunca nos faltó nada". Manuel era un niño inquieto y sufría de miopía desde los cinco años. Usaba gafas y estudiaba cuarto año de primaria en La Cienaguita, el colegio del barrio.

Había un evento muy de moda por entonces en el Atlántico. Estaba recién inaugurado el Parque Muvdi en Barranquilla y, desde los municipios, los colegios organizaban excursiones para ir a visitarlo. Manuel estuvo en una de aquellas excursiones. Y fue uno de los primeros en arrojarse a la piscina a pesar de las advertencias que doña Felisa Olivares, su madre, les había hecho a sus profesores: "No me dejen bañar a Manuelito".

Manuel no era buen nadador. Recuerda que se golpeó varias veces con el agua de la piscina, pero estaba demasiado feliz como para imaginar que pudiera lastimarse. El cloro, los golpes sucesivos y su severa miopía, catapultaron lo que se convertiría después en un doble desprendimiento de retina. La misma afección visual que sacó de los tinglados a boxeadores de la talla de 'Mano de Piedra' Durán y Sugar Ray Leonard, e hizo retirar del fútbol a los 26 años de edad a Eduardo Gonçalves Andrade ('Tostao'), luego de recibir un balonazo en el rostro.

"El primer día no sentí nada, pero en el lapso de una semana quedé ciego", explica, sin asomo de amargura, Manuel. Al día siguiente, en la madrugada, doña Felisa sintió que se iba a morir cuando escuchó el grito de una de sus hijas: "Mami, corre, que Manuelito no me ve".

"Hicimos todo lo que estuvo a nuestro alcance para devolverle la vista", rememora la anciana madre. Lo operaron en octubre de 1986, tres meses después de que la selección argentina, de la mano de Dios y de Diego Armando Maradona ganara el campeonato mundial de fútbol.

La cirugía fue un éxito. Sin embargo, faltaba un ingrediente para completar la tragedia. Esa misma noche, en la sala de recuperación del Hospital Metropolitano de Barranquilla donde Manuel se encontraba, se armó un alboroto con la llegada de un paciente herido en un accidente de tránsito. En medio del escándalo, el niño se despertó y en ese despertar brusco, semiinconsciente, se arrancó los vendajes que protegían sus ojos y se le reventaron cuatro puntos de los que le habían tomado para asegurar a la córnea la retina.

"La retina son células", aclara Manuel, que aprendió fisiología de la visión con los avatares que significó su enfermedad. "Una capa de tejido que circunda el reverso del ojo y convierte las imágenes visuales en impulsos nerviosos en el cerebro. Ese proceso maravilloso nos permite ver", puntualiza.

La operación se frustró. Hubo nuevos intentos para tratar de restituirle la visión. Unos días más tarde los médicos retiraron los cinturones de silicona con que sujetaron los puntos y de cuyo material sospecharon se había vuelto alérgico Manuel. No obstante, se había perdido demasiado tiempo. Las intervenciones quirúrgicas de retina hay que efectuarlas en el menor tiempo posible, luego de descubierta la afección. A esto se agregó la falta de recursos económicos. Los padres del niño habían gastado los ahorros de toda una vida, incluso habían terminado vendiendo la finca, el único patrimonio que tenían. En una última revisión médica, al año de que surgiera el problema, luego de una operación de cataratas en el ojo izquierdo, el oftalmólogo José Luis Scaff —uno de los mejores en su campo en la ciudad— ofreció su veredicto final: Manuel no volvería a recuperar la vista.

* * *

Doña Felisa, que llegó a sentir que moriría si su hijo no volvía a ver, no duda ahora en afirmar que se necesitaba algo más que quitarle la vista para derrotar a Manuel. "A ese muchacho no lo aguanta nada —dice llena de orgullo—. Unos meses más tarde ya estaba manejando bicicleta por las calles del barrio", comenta, complacida.

"Yo sé lo que hago", le oyó decir cuando lo vio salir dos años después con el niño Simanca, Elías y el Deivi Molina con la alocada idea de formar un equipo de fútbol para participar en el campeonato interbarrios. Los tres muchachos habían decidido que Manuel, dada su capacidad de liderazgo, se encargaría de la dirección técnica. "Mis padres nunca se opusieron —recuerda Manuel—, ellos se dieron cuenta de que en el fútbol yo había encontrado una válvula de escape".

Para finales del año 1989 ya tenían armado el equipo. Hubo que pensar entonces en el uniforme. Decidieron enviarles una carta a los hermanos Zuluaga, miembros de una familia paisa, dueños de una tienda en el pueblo. Gilberto, el mayor, aceptó colaborarles con una condición: el uniforme tenía que ser a rayas verdes y blancas, y el equipo tenía que llamarse Atlético Nacional. Manuel, juniorista de pura cepa, como sus demás compañeros, asimiló el golpe de mala gana, buscando una fórmula de equilibrio que permitiera zanjar la cuestión. Propuso entonces que el equipo se llamara: El Nacional de Manuelito.

De hecho, no armaron uno, sino dos equipos. Uno en categoría infantil y otro en juvenil. "En ese momento yo empecé a considerar que olvidaba el momento difícil por el que estaba atravesando —confiesa—. Los pelaos no dejaban de ir a la casa y yo sentía que a pesar de mi limitación física, cobraba importancia para alguien, sentía que empezaba a ser parte de algo". El Nacional de Manuelito se convirtió así en una máquina de hacer fútbol; una locura en el pueblo.

¿Cómo dirigía?



* * *

No se equivoca Ernesto Sábato cuando asegura que no hay peor tiniebla para un ciego que el silencio absoluto. Manuel escuchaba y aún escucha mucha radio. Tanto que hoy dirige una emisora, de la cual es su representante legal. Por entonces, Colombia regresaba a los mundiales de fútbol luego de un largo ayuno de 28 años. Las ideas de Francisco Maturana estaban a la orden del día. Manuel vivía pendiente de los comentarios de Carlos Antonio Vélez y Hernán Peláez Restrepo, quienes a diario daban a conocer las mágicas erudiciones del técnico. Se hablaba del portero líbero, la línea de cuatro en el fondo, el volante de contención, los tres de armado. Manuel asimilaba aquellas estrategias con cierta facilidad. Configuraba todo en su mente.

Sobre la formación en el fondo, por ejemplo, entendía que se trataba de una línea recta de cuatro defensas en el primer cuarto de cancha, para hacer el trabajo al borde del área. "Cogí una cinta métrica. Medí la cancha y dividí los 70 metros que tiene de ancho en cuatro partes. De la raya lateral al borde del área, del lado derecho, iba el lateral derecho. Este jugador tenía que abarcar la parte del área que le correspondía. Igual debía suceder más adentro con un central. Luego el otro central y por supuesto el lateral izquierdo. Delante de ellos, de la zona que abarcaban los dos centrales, debía colocar un volante de marca. Y delante de este, en lo que venía siendo la mitad de la cancha, tres volantes de armado. Finalmente, dos hombres en punta".

La idea central era mantener la pelota pegada al piso. Manuel paraba a los muchachos así y practicaba los movimientos. Se guiaba por un asesor que por lo general era el crack del equipo. Casi siempre el 10, el eje central por donde debían pasar todos los balones".

De esta manera, el Nacional de Manuelito logró, ante la sorpresa de todos en el pueblo, el subcampeonato en las dos categorías en el año l989 y la conquista del título infantil en 1992.



* * *

Manuel Alba Olivares ha tenido una fortuna: siempre se le aparece alguien. Y este alguien dista mucho de confundirse con nuestros fantasmas en los que los ciegos están lejos de creer. Se trata más bien de esa legión de ángeles clandestinos de la que hablaba Gómez Jattin, el poeta. Esos ángeles tienen nombre propio. En el año de 1995 se le apareció Deisy Giraldo —otra paisa—, hermana de Judy, esposa de uno de los hermanos Zuluaga, los cachacos de la tienda. Conoció a Manuel, reunió a los seis hermanos Zuluaga y les propuso ponerlo a estudiar. "La ceguera no es un impedimento", les dijo.

Comenzó así un proceso de rehabilitación en el Instituto Nacional para Ciegos (INCI), seccional Barranquilla. Allí Manuel aprendió a manejar el bastón y a escribir con el sistema braille. Pero lo más importante, empezó a sentirse independiente. Acomodó su horario al del profesor Ubaldo Molina, que viajaba diariamente desde Juan de Acosta a impartir clases en la Corporación Universitaria de la Costa, cuya sede quedaba continua a la seccional del Instituto. En alguna ocasión, el profesor sufrió un descuido y dejó olvidado a Manuel. Esa experiencia, al parecer traumática, le resultó providencial, pues le sirvió para escuchar los sabios consejos de la psicóloga Luz Marina Pérez: "En cualquier tipo de situación —le dijo—, el invidente debe ser la última persona en angustiarse. Otra cosa: "Nunca debe andar sin dinero".

Terminó la primaria. Y comenzó el bachillerato, donde volvió a encontrarse con su pasión: el fútbol. Líder por naturaleza, hizo parte del gobierno escolar y dirigió la selección del colegio. Participó en los juegos departamentales. Para estos tiempos, en cercanías al Mundial del 98, las estrategias del juego habían evolucionado un poco. De un volante de marca se había pasado a dos, de modo que el sistema estaba convertido en un: 4-2-2-2. Luego se transfiguró en un 4-3-2-1. "Esto va para atrás —dice con tristeza Manuel—. Ahora estamos en el 4-5-1. Nos hemos valido de todas las artimañas posibles para acabar con el fútbol".

Con el cambio de siglo se graduó de bachiller y se dispuso a enfrentar un nuevo reto: hacer una carrera universitaria. Acompañado siempre de la sombra tutelar de los hermanos Zuluaga, Manuel escogió el Derecho. Culminó su meta en el 2008. Antes, obedeciendo a un dictado secreto que lo impele a componer versos, se inscribió en el Festival Vallenato El Cóndor Legendario —en la modalidad piquería— que se organiza en su pueblo, en homenaje a la canción de su coterráneo Ángel Alfonso Molina, que popularizaron en la década del ochenta los hermanos Zuleta. Ante el asombro de los expertos, Manuel se alzó con el primer puesto. Triunfo que repitió tres años después al derrotar a Luis Mario Oñate, uno de los más grandes verseadores del vallenato.

En 2005, fruto de una nueva aparición, Juan Carlos Arteta y Jairo Eduardo Alba, su primo, lo invitan para que lidere un nuevo proyecto, formar un grupo vallenato. Hace tres años grabaron El vallenato universal, su primer disco.

Por esta misma época, otra aparición, encarnada en la persona de Joaquín Carrasquilla, le propuso la idea de fundar una emisora comunitaria. Elaboraron el proyecto a través de la Asociación de Discapacitados que él mismo constituyó cinco años atrás y el Ministerio de Comunicaciones les otorgó la licencia de funcionamiento.

* * *

Le pido que se describa ahora, luego del paso de los años:

—He perdido mucho pelo —me responde sonriendo—. La gente dice que me parezco a Zinedine Zidane.

Le digo que para mí, se parece más a José Mourinho o a Hernán 'el Bolillo' Gómez.

—¡No joooodaa! —se sorprende—. Mourinho es un arrogante ultradefensivo y 'el Bolillo' ya cumplió su ciclo.

"El ciego, al lavarse la cara, se reconoce", le digo, incisivo, para picarlo, recordando la frase famosa de Roberto Fontanarrosa.

Ríe con la ocurrencia del canalla rosarino. "Fontanarrosa era un genio, pero no sabía nada sobre ciegos", me dice, resguardándose tras una engañosa actitud de piedra.

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