Me gustó verlo triste, deprimido, molesto, intolerante.
No era difícil descubrirlo en su escondite. Su metro noventa y su melena rubia lo delataban desde lejos. Y su cara larga, que esa noche era más larga que de costumbre.
Lejos de su familia, sepultado desde hacía dos meses en un hotel tan frío como esa noche bogotana, Ricardo Gareca mascaba su silencio tirado en un sofá del último rincón del lobby. A su lado, tan mudo como él, su escudero Sergio Santín daba pasos cortos mientras bebía mate.
Un par de horas atrás, Santa Fe había perdido con el América de Cali la última oportunidad de clasificar al octogonal. Tres a uno: el mismo marcador que llevó a Gareca a renunciar a la dirección de Talleres de Córdoba cuando Newell's Old Boys lo dejó lejos de cualquier posibilidad. Tres a uno con el América: el equipo que lo llenó de gloria y al que ayudó a hacer glorioso.
Por eso estaba triste y deprimido, fumando sin prisa, dejando que el tiempo pasara de largo mientras unos pisos arriba, en su habitación, los noticieros repetían los goles de la derrota y algunos comentaristas de la radio empezaban a insinuar que renunciaría a la dirección técnica de Santa Fe.
No renunció, pero eso no lo sabían los locutores. No renunció, pero esa noche al Tigre Gareca no le faltaron ganas de tomar el primer vuelo a Buenos Aires.

El gordo y el flaco
De vuelta del estadio, en la buseta humilde y destartalada de un equipo que dejó de ver las estrellas hace treinta años, Ricardo Gareca miraba a través de la ventana la llovizna insoportable que no había dado tregua desde las primeras horas del día. Un domingo que, como una premonición, había amanecido gris.
Gris, como el cielo que cubrió al Nemesio durante los noventa minutos del partido. Gris, como el reporte que el agente Rodríguez le entregó al flaco Gareca, poco antes de saltar a la cancha, cuando salió del camerino para saber si algún filón azul se abría paso desde los cerros orientales con buenas noticias. Gris, como el marcador final: por eso estaba molesto. Y me gustó verlo así.
Poco antes de encontrarlo en su escondite, mientras caminaba de un lado al otro del lobby esperando que el hombre al que había perseguido todo el día terminara su larga -larguísima- sobremesa y se volteara a mirarme, me sorprendió una escena casi infantil de otro que de verdad jugaba a las escondidas. Acurrucado a pocos metros de la puerta de atrás del hotel, Léider Preciado esperaba la señal de uno de sus compañeros para saber si podía pasar hasta el ascensor con una bolsa de Carulla, en la que no era difícil descubrir los empaques de todas esas galguerías que le han prohibido por cuenta de su sobrepeso. Cuando le indicaron que no había "tigres" en la costa, Léider cruzó el lobby con sonrisa de pilatuna recién cometida. Y no me gustó verlo así.
Unos minutos después, mientras Gareca recorría el mismo pasillo con la cabeza agachada y el ánimo en el piso, Preciado debía estar dándole rienda suelta a su gula en el cuarto de hotel en el que tenía que estar concentrado hasta el martes siguiente, cuando Santa Fe debía jugarse su suerte en la Copa Libertadores frente a las Chivas de Guadalajara.


 
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Chulos y palomas
Estaba molesto. Cuando me acerqué para robarle unas palabras -somos a veces como chulos, buscando un poco de carne pegada a los huesos del cadáver-, Gareca me miró con disgusto. Se lo leí en los labios, aunque no abrió la boca: "¡Otra vez este tipo acá!". Estaba molesto, y no lo disimuló. Luego me dijo lo que su cara ya me había dicho: "No estoy de ánimo". Y miró al Bocha Santín como pidiéndole auxilio, y el Bocha me miró como pidiéndome que me largara.
Y me largué, furioso. Era la tercera vez que me cancelaba. Lo había perseguido desde la víspera -somos a veces como palomas de plaza, esperando a ver qué migaja nos botan-, lo había espiado en el entrenamiento, lo había vigilado en la concentración, lo había esperado en la puerta del ascensor, lo había aguardado en la entrada del camerino, lo había visto descender de la buseta del lado contrario al de los jugadores, lo había oído quejarse de la comida con el presidente del club, lo había visto fumar en el túnel que lleva a la cancha, había adivinado su voz a través de la puerta cerrada del cuarto en el que les dio las últimas instrucciones a sus muchachos, lo había escoltado en el banco... y como fue un domingo gris, ni siquiera la chaqueta impermeable evitó que me lavara de la cabeza a los pies.
Pensé que la tercera era la vencida, y por eso llegué al hotel a la hora en punto de la cita, las siete de la noche, sin almuerzo, sin comida y sin haberme dado ese baño de agua caliente con el que tanto soñé mientras tiritaba al lado del banco. Llegué con la ropa empapada y los zapatos untados de barro, porque eso precisamente, un barrial, era la cancha de El Campín ese domingo de cielos rotos. Un barrial que no le permitió a Gareca lucir sus zapatos refinados de cuero argentino y lo obligó a pedirle al utilero un par de tenis -y más tarde otro- para pararse en la línea a dar órdenes y tratar inútilmente de evitar la catástrofe. Tampoco pudo lucir su chaqueta a cuadros sino un impermeable común y corriente, y "al profe le gusta ponerse bonito para salir a la cancha", me dijo uno de sus asistentes.
Después del almuerzo y antes de la charla técnica en uno de los salones de conferencias del hotel -con tablero a bordo y la lista de los elegidos en la mano-, Gareca sube a la habitación, peina su melena rubia, alista un jean de marca recién planchado, busca una chaqueta como las que aparecen en los editoriales de moda de las revistas de farándula y se prepara para lo que puede ser, si todo sale bien, una avalancha de reporteros que lo persiguen con sus cámaras. Pero ese domingo tuvo que dejar la vanidad de lado, y luego la cordura. No se desesperó con el primer gol en contra. No se desesperó con los primeros disparos de sus muchachos que fueron a dar a la tribuna. Pero a medida que avanzaba el partido se fue descomponiendo, terminó insultando al árbitro con putazos de origen argentino que le merecieron la expulsión del campo y tuvo que acabar de ver el partido en la boca del túnel.

Empapado y embarrado
Se demoró en bajar a cenar, porque él sí alcanzó a darse un baño largo con agua caliente, y alcanzó a cambiarse la ropa mojada y los zapatos embarrados. Por eso, cuando llegué a la cita de las siete de la noche, Gareca apenas llevaba unos bocados y me mandó a decir que lo esperara en el lobby. Y lo esperé con paciencia mientras terminaba la entrada, mientras despachaba un bife que no resultó tan bueno como los de su tierra, mientras comentaba la eliminación de Santa Fe con los más cercanos de su equipo en una larga sobremesa de caras largas. Por eso, salí furioso del hotel cuando me dijo que no estaba de ánimo: porque llevaba mucho tiempo esperándolo y seguía empapado, embarrado y con hambre.
Aunque soy santafereño desde antes de nacer, recuerdo todavía jugadas magistrales de Gareca cuando vestía la camiseta del América. Jugadas que habría deseado para mi equipo. Cómo olvidar, por ejemplo, ese gol de chalaca contra el Pereira cuando el argentino apenas debutaba en Colombia. Cómo olvidar su melena agitándose mientras corría hacia la cancha enemiga para alcanzar un rebote y meter el balón en el fondo de la red. Una imagen que se repetía domingo tras domingo. En aquellos años, América se convirtió en uno de los verdugos más implacables de mi equipo y, por eso, muchas veces odié al Tigre. Pero quizás no tanto como esta noche en que, sin embargo, el profe y yo estábamos del mismo lado.
De vuelta a casa también yo pude darme un baño largo, y fue allí, bajo la ducha, cuando mis sentimientos empezaron a transformarse. Cuando empezó a gustarme la imagen que acababa de presenciar: la de ese hombre de uno noventa y melena rubia tirado en un sofá del último rincón del lobby, triste, deprimido, molesto e intolerante. Y recordé la historia de aquellos colombianos que se fueron de rumba la misma noche en que quedaron eliminados de la Copa Mundo. Y recordé a Preciado tratando de camuflar las papas fritas y los chicharrones que había comprado en Carulla.
No era una noche como tantas de las que vivió con América, como tantas en las que celebró alguno de sus 78 goles con los diablorrojos, como tantas en las que remató en el estanco del Pitillo Valencia en Jamundí. Esa noche no había motivos, como sí los hubo aquella vez en que un gol suyo contra Perú clasificó a los argentinos al Mundial del 86, o cuando llevó a los americanos a la final de la Libertadores al vencer la valla de Olimpia del Paraguay.
Se había levantado poco después de las siete de la mañana. A las diez había repasado videos del América y de Santa Fe. A las once y media había almorzado con sus jugadores un plato cargado de carbohidratos. Se había arreglado con sus jeans de moda y su chaqueta de cuadros mientras los muchachos dormían una pequeña siesta al mediodía. Había escogido a los cobradores de tiros libres y había definido las estrategias en la charla técnica de la una y diez de la tarde. Cuarenta minutos después había viajado hasta el estadio en la misma buseta destartalada en la que iba el onceno. Había conversado con el presidente Méndez y había fumado en el túnel mientras sus dirigidos calentaban los músculos en el camerino. Y desde las siete de la mañana -aunque el cielo estuviera gris- había alimentado las esperanzas de ganarle al equipo con el que fue subcampeón de la Libertadores en dos oportunidades.
Pero la derrota había hecho más larga su cara larga. Lo había deprimido. Lo había entristecido. Y me gustó ver que a Gareca le dolía la eliminación de mi equipo tanto o más que a mí. Al menos yo, de vuelta a casa, tenía quién me consolara con un abrazo. El Tigre estaba a miles de kilómetros de su familia, sepultado en un hotel tan frío como esa noche bogotana que después del punto que viene me dispongo a olvidar.

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