Hay futbolistas que han hecho de su diversión con el balón un espectáculo tan inútil y natural como una puesta de sol. Nos recuerdan esa tautología de que un juego es un juego. ¿Y por qué nos emociona tanto una puesta de sol? La admiramos una y otra vez siendo tan innecesaria. Para unos es escandalosa y cursi; para otros, bella y sublime. En el planeta del fútbol, también hay puestas de sol y su ilusionismo depende de las urgencias del equipo, pero también del hedonismo y el humor del público que las ve. En la segunda mitad del siglo XX, Brasil fue la encarnación del jogo bonito en singular y en plural: un solo jugador mataba con gracia a la defensa más cruel, y, cuando les daba la gana, el equipo entero se divertía en manada contra ella. Era un fútbol veraniego, caprichoso, carismático, ingenioso, burlón. En resumen, carnavalesco: quería poner al mundo patas arriba y dedicarse al placer de los sentidos. Por designios del destino, las puestas de sol llevan el color de la camiseta de Brasil, el país del carnaval, y de Holanda, el país de la legalización de la marihuana, la prostitución y los matrimonios gay. ¿Acaso es casual que en ambos se juegue un fútbol tan mestizo, alegre y libertino?

Sin embargo, en lo que va del siglo XXI, el jogo bonito ya ni siquiera es brasileño. Los herederos de Pelé juegan con la pereza de saberse millonarios, superdotados y temidos, y la mayoría de las veces ganan como pueden. En tiempos en que la disciplina táctica gobierna el fútbol profesional y en que los entrenadores se han vuelto tan protagónicos como los jugadores, olvidarse de la pelota es casi una virtud. Se acabó el carnaval en los campos de menta: el juego bonito no ha dejado de ser una diversión callejera, pero cuando se asoma en los estadios es la irresponsable travesura de un solo individuo. Es un oasis en medio del desierto de la obligación de ganar, y hasta a veces un espejismo. En el negocio del fútbol, la obligación de ganar es economía pura: - movimientos + verticalidad = gol.

En el juego bonito, la economía es impura y promiscua. El camino más cercano al gol no es la línea recta: es el engaño. Los futbolistas carnavalescos engañan con pasos de baile, toques de billar, trucos de magia, técnicas de alta costura, labores de jardinería, acrobacias de circo. Sus actos son de una eternidad efímera. La gambeta, el túnel, la bicicleta, el taco, la hoja seca, el sombrero, la rabona tienen tanto de sorpresa como de simulación y oblicuidad. Expresan no la igualdad, sino la desigualdad de los talentos. Quienes juegan bonito delatan un espíritu festivo con las tribunas, desobediente con el entrenador y sarcástico con el adversario. Aunque existen también los impostores que se toman la libertad de disfrazarse de geniales y luego no saben qué hacer con esa libertad: es cuando el jogo bonito se convierte en folklore y desilusión. El juego bonito es teatro y carnaval, pero sobre todo infancia y travesura contra los libretistas del balón. El talento es misterioso e intransitivo: nunca se sabe muy bien cómo se hace una jugada, pero se hace. ¿Alguien ha perdido su tiempo explicándote en qué consiste una puesta de sol? El público se deja hipnotizar más por el misterio que por la eficacia. El primero está cerca de la magia; la segunda, de la administración de empresas. A veces jugar bonito es la única forma de perder con dignidad. Pero, a fin de cuentas, el espíritu competitivo se impone al de la contemplación: acabada la ilusión de una gran jugada, el público despierta y exige la lujuria del gol. Ganar es sexy, aunque los goles sean hechos con el cuello.

Frente a la sobreestimación de los buenos resultados, la memoria colectiva establece una justicia poética: nadie recuerda a Pelé ni a Maradona por partidos y campeonatos ganados, pero cada quincena todos piden que la televisión repita sus jugadas más fantásticas. El reino de lo memorable no pertenece a la estadística sino a la estética. El reino de lo rentable —el de los contratos televisivos, de la venta de camisetas, de las millonarias transferencias— pertenece a la contabilidad. La productividad, esa moderna obsesión de los entrenadores por la táctica y la eficacia, no suele dar libertades al maravilloso desorden del talento (y menos de la genialidad). En términos industriales, los comentaristas de fútbol elogian a los equipos que "juegan como una máquina": son un reloj cuya máxima sorpresa consiste en darte la hora exacta. Los relojeros son profesionales, solemnes, obedientes, directos. Los impuntuales son traviesos, alegres, indisciplinados, impredecibles. Jugar bonito es tomarse su tiempo para llegar al gol tres segundos más tarde. 

La diversión supone librarse de las obligaciones y llegar con cierta impuntualidad. Aquel recordado gol de Leo Messi en el Barça-Getafe llegó dos segundos más tarde que el gol del siglo de Maradona a Inglaterra. Fue más una obra maestra de habilidad, potencia y osadía en un solo jugador que por trece segundos creyó conveniente olvidarse del resto del equipo. Un individualismo redondo y con final feliz: en sus primeros tres segundos, fue túnel y gambeta. Juego bonito. En los restantes, fue sobre todo rugby y una lección de costura del balón al pie. Técnica y velocidad. Ambos no son los ejemplos típicos del juego bonito. Hacen falta otros ingredientes para que el fútbol alcance dimensión estética: diversión, magia, plasticidad, malabarismo, danza, solidaridad, algo así como aquel Ronaldinho de la época en que sonreía con el pie. El fútbol se convierte en una experiencia estética cuando es espectáculo para la tribuna con un lenguaje heredero del baile y del circo. Ante una jugada maravillosa con el balón, la sensación es tan incomparable que los comentarios desbordan el idioma del fútbol. Así los efectos de Zidane y las salvadas de Higuita pertenecen más al mundo de la zoología y el billar. Aunque el escorpión de Higuita fue más una jugada de manicomio.

Por su grave responsabilidad, los arqueros no tienen oportunidades para ejercer el sentido del humor. Pero Higuita fue más que un arquero: fue un cómico en el lugar equivocado. En el juego bonito, la improvisación —esa sorpresa disfrazada de irresponsabilidad— es una virtud. Jugar correctamente es una disciplina militar; jugar bonito, una desobediencia civil. ¿Es la estética enemiga de los resultados? Todos sabemos que no, aunque el fútbol de ahora se haya rendido a la dictadura de la potencia y la velocidad, y por estos días el cielo parezca más nublado. El arte es rebelde por naturaleza y lo ejerce la gente que, al margen de los resultados, no quiere que el mundo siga pareciéndose a sí mismo. En el fútbol, las jugadas más memorables, más que bellas son bonitas, y por eso se parecen más a las exclamaciones que despiertan las puestas de sol. Es un efecto parecido a cuando escuchas a alguien silbar la Novena sinfonía de Beethoven: no es el éxtasis sino la idea de una travesura excepcional. Si el gol es el orgasmo del fútbol, una jugada por gusto puede ser su coitus interruptus —el modo de prolongar el placer de las tribunas—, pero también la impotencia de fallarlo. ¿No es de ese riesgo de lo que se trata la vida? Mientras algunos se emocionan con las puestas de sol, otros solo se contentan con saber que el día viene después de la noche.

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