Hubiese sido tan ridículo como que Colombia comprara café en Alemania. En cambio varios miles de futbolistas sudamericanos cruzaron el Atlántico para entretener y cautivar al público europeo. Y para darles gloria a sus equipos, incluso a sus selecciones, como es el caso de decenas de muchachos argentinos y uruguayos (también algunos brasileños) que jugaron para Italia, España o Francia.

Esa es la primera pauta de cuál fútbol es más bello, de quién tiene los mejores exponentes. Sudamérica no captó futbolistas europeos por una sencilla razón: salvo aisladas excepciones, nos gustan más los nuestros.

Cuenta Claudio Borghi que, estando en el Milan, Fabio Capello le dijo, en tono de reproche: "No los entiendo a los sudamericanos, nosotros los compramos por la fantasía y la clase que tienen, y cuando vienen aquí quieren ser como nosotros".

Igual a todas las áreas de la vida, el fútbol también se está globalizando. Comienzan a perderse las características propias de cada lugar: todos juegan más o menos con el mismo molde. Está dejando de haber un "estilo brasileño", una "escuela argentina", un "modelo alemán". No obstante, permanece un espíritu, una idea, un gusto por jugar de tal o cual modo. Y un dominio particular del balón.

Si le tiran una pelota a un niño inglés de 8 años la parará de una manera; si se la pasan a un peladito colombiano la detendrá de otra. Es genética la diferencia. Y nuestros genes, futbolísticamente hablando, tienen más refinamiento, son más graciosos.

Composición de lugar: alguien que no tiene la menor idea de quién es César Cueto lo ve dominar el esférico con su prodigioso pie izquierdo. ¿Qué va a pensar… que es belga? ¿Noruego, acaso…? Un artista de ese calibre, con esa gracia y belleza tiene un claro origen posible: América del Sur.

Desde hace un siglo existen dos formas de interpretar el juego. Los sudamericanos centramos la estrategia en la pelota, su dominio y buen uso. Los europeos basan la suya en la óptima utilización de los espacios.

Siempre he admirado (y me he preguntado) cómo teniendo una técnica claramente inferior, los europeos se las ingenian para competir en el más alto nivel. Y cómo son tan duros para nuestras selecciones. Es un correlato de la vida: cómo Irlanda, una isla rocosa poco bendecida por el trazo arquitectónico del Señor, puede tener una calidad de vida tan superior a Argentina, Colombia, Brasil, Venezuela, naciones riquísimas en recursos naturales.

Del cotejo de clubes no es posible hablar porque las abismales diferencias económicas tornan imposible la comparación. En julio de 2005, el Madrid hizo un cheque de 40 millones de dólares solo para que Robinho entibiara su banco de suplentes. Como contracara, en algunos de nuestros países se pagan todavía 800 dólares de sueldo a un futbolista profesional. Porque no hay más.

Aún así, tres años atrás vimos cómo un Inter de Porto Alegre, casi diezmado y sin ningún refuerzo, vencía en la final del mundo a un Barcelona que era una constelación internacional. Y doce meses después, São Paulo hizo lo propio con el poderoso Liverpool. Es que aquellos tienen dinero, pero estos son brasileños, nunca olvidarlo.

Adoro ver fútbol inglés. Es mi programa los sábados por la mañana. Siempre me ha gustado el coctel de frontalidad, combate, potencia, dinámica y ambición ofensiva que caracterizan el juego británico. Se arman partidos borrascosos y emotivos. Mas, debemos convenir: fantasía cero, ingenio cero, técnica uno.

Estábamos en el Sudamericano Sub-20 en Asunción en 2007. Éramos unos 40 entre observadores de talentos, periodistas, representantes de clubes europeos. Asistíamos a un maravilloso choque Brasil-Uruguay. Los Celestes presentaron, entre varios buenos, un zaguerazo, Martín Cáceres (acaba de ficharlo el Barcelona en 16 millones de euros), con todos los atributos de los grandes defensas uruguayos de la historia: agresividad, coraje, aguante, fortaleza, marca. Físicamente excepcional y anímicamente un indio salvaje. Un miura.

Pero enfrente había brasileños…

Viene una bola al ras para Alexandre Pato (entonces con 17 años) y Cáceres sale a comérselo vivo. Pato corre hacia atrás a buscar la globa para no ser anticipado, con Cáceres soplándole la nuca. El brasileño, a la carrera, la levanta grácilmente de cucharita hacia atrás y se la pasa por encima de la cabeza. Cáceres sigue de largo y Pato enfila directo al arco.

Faltó el "ooooooooleeeee…". No más. Fue un gesto técnico colosal a toda velocidad, una explosión de ingenio y atrevimiento. Quienes compartíamos la platea nos miramos asombrados. Ahí nomás se empezó a fantasear con su cotización: ¿20 millones… 30? El Inter de Porto Alegre, su club de entonces, la fijó en 40 millones de euros (Milan finalmente reunió 22 millones de euros y se quedó con la joya). Tengo la sensación de que jamás una persona nacida y criada en Europa podría concebir esa maniobra. Menos en Corea o Japón. Es lo que natura nos da…

La maniobra de Pato tiene marca registrada: se llama fútbol sudamericano.

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