Me llamo Ron Antonio de Jesús Casafús Torres de Restrepo y Zea, general en jefe de todas las Fuerzas Armadas del país, incluso, las no subversivas; marqués de la irreverencia, fruto exótico del universo y director ejecutivo de la república "súper in" dependiente del basurero, de la cual soy el rey, autoproclamado dictador vitalicio.

—¿Cómo?

—Puede decirme Toñito.

Me demoro en descubrir de dónde viene la voz. La luz es escasa y el lugar está atiborrado. También me demoro en identificar los objetos que cuelgan del techo y con los cuales estoy todo el tiempo a punto de chocar. Cuando mis ojos se acostumbran a la penumbra, el hombre mueve la cabeza y un brillo me conduce hacia él. Está recostado sobre un sofá desvencijado y cuando se levanta para saludar, su cabeza produce un pequeño estruendo. De su pelo tan enredado como el de los rastas también cuelgan decenas de objetos: el brazo plástico de una muñeca vieja, una alcancía de Davivienda, un par de rulos como los de doña Florinda, una cinta con la bandera de Colombia, un tenedor desechable, un conejo de caucho rosado, una pistola de silicona…

—¿Cómo anda, Toñito?

—Exageradamente bien. Hice un cursillo de calidad y me pasé.

Pienso que está loco. Exageradamente loco. Pasado. Me siento en un sofá más pequeño que el suyo, más destartalado y sin patas. La cercanía del suelo acentúa el olor. No sé a qué huele, pero no huele bien. No huele a basura. No huele a orines. No huele a humedad. No huele a guardado… huele a una mezcla de todas las anteriores. Cuando me acomodo, después de procurar que mi chaqueta no toque el piso y que mis zapatos no se hundan entre el hueco que dejan las tablas, descubro un aviso perdido entre empaques de icopor: "Que suban las putas al poder, ya que sus hijos no han hecho nada". Miro a todas partes, me detengo en algunos hallazgos, y Antonio me advierte que tiene todos los objetos inventariados y que, por si acaso, a la salida requisan.

Estoy en una casa de esquina del bogotanísimo barrio La Soledad. Una casa que para muchos de los vecinos no es más que un muladar, pero que para este hombre, que nació hace cincuenta y un años en el barrio Manrique de Medellín, es el "Museo del resultado oculto del trabajo del hombre y de la mujer".

Quizás tanto él como sus vecinos tengan la razón. Una vez una señora se detuvo frente a la puerta, que casi siempre permanece abierta, y le dijo: "Esto es una cochinada". Ron Antonio le respondió: "Sí, es una cochinada. Pero no es mía, sino de ustedes. Yo solo se las estoy mostrando".

—¿Cuál es la idea?

—Educar. Mostrar la mierda en la que andamos.

Y Antonio anda entre inodoros que sirven de silla a las visitas, neumáticos de bicicleta, guacales de madera, esqueletos de sombrilla, tapas de canasto, tiras de negativos, circuitos de computador, trozos de alfombra, coladores de plástico, cables enrollados como serpentina, volantes de publicidad… Allí vive. Allí duerme, sobre un colchón recogido en la calle, y allí se queda dos o tres veces a la semana su novia, que tiene 24 años y estudia Ciencia Política en la Universidad Nacional. Seguramente es para ella el clavel rojo que asoma de una botella de Coca-Cola. Una flor perdida entre la chatarra. Un rastro de vida en aquella naturaleza muerta que Antonio lleva poco más de quince años levantando.

—¿De qué vive?

—De los cuadros que vendo. Y de una pequeña herencia de mi papá, que murió hace cuatro meses: una rentica para el whisky.

Antes de ser marqués de la irreverencia y de autoproclamarse dictador vitalicio, se llamaba Francisco Antonio Zea. Así dice en el pasaporte con el que viajó a París cuando abandonó las clases de Administración de Empresas en la Tadeo, aburrido de las teorías neoliberales. Sirvió desayunos en un hotel del barrio Latino, lavó licuadoras para una empresa que vendía electrodomésticos puerta a puerta, vivió en las buhardillas que a comienzos del siglo pasado estaban destinadas a los empleados del servicio, aprendió francés sin acento y estudió siete años en la Escuela de Bellas Artes. Un tío acomodado que lo descubrió haciendo maromas para sobrevivir empezó a mandarle dos mil quinientos francos mensuales, hasta que Zea se ganó un premio de pintura en Montecarlo y recibió de manos del príncipe Rainiero un cheque cuatro veces más gordo que la beca de su familiar.

El dinero se agotó pronto y Antonio comprendió que si quería seguir en París tenía que adoptar una forma de vida productiva que no acababa de convencerlo. Se convirtió en hincha de la incertidumbre y decidió marginalizarse. No volvió a comprar ropa ni a montar en bus. Vivía en construcciones que estaban a punto de demoler y comenzó a recoger en la calle objetos que en apariencia ya no servían para nada, pero que para él resultaban de utilidad, como una silla rota o unos cojines descosidos.

—¿Y el regreso?

—Un día leí que Belisario había lanzado un programa para repatriar cerebros fugados. Como el mío se había fugado hacía rato, pensé que eso era lo mío.

En los últimos tiempos en París, había montado con unos amigos el centro cultural El Colibrí, en el número dieciséis de la rue Fontarabie. Programaban espectáculos, organizaban conciertos, llevaban sociólogos, y un día resolvieron decorar el lugar con buena parte de la basura recogida, porque Zea había empezado a coleccionar objetos abandonados que no le prestaban ningún servicio, pero que le llamaban la atención por su forma o su textura.

Con esa misma idea, a su regreso, montó un bar entre Envigado y Sabaneta que se llamaba El Basurero. Atendió concejales de Itagüí que pagaban cuentas jugosas, hijos de narcotraficantes que se molestaban a la hora del cierre y mercenarios de cabeza rapada que portaban armas poderosas. Zea andaba por las calles en un jeep cargado de basura y una ametralladora de plástico, hasta que el acoso de la violencia lo hizo huir al cabo de tres años. Trató de repetir el experimentó en un bar de Cartagena, pero se quebró. Al final aterrizó en Bogotá, donde encontró la paz en esa casa de esquina de La Soledad, de donde tantas veces han tratado de sacarlo. En esa casa que una noche le incendiaron. En esa casa donde a veces florece un clavel en medio de los empaques de huevos Oro y de las cajas de vino tinto Fray León.

—¿Quiénes visitan el museo?

—Ha venido gente de Japón, de Alemania, de Italia y de Ecuador que se ha dado cuenta de la destrucción del planeta por nuestro consumo irracional.

Aunque no recibe partidas oficiales, la labor del director ejecutivo de la república "súper in" dependiente del basurero fue reconocida alguna vez, en conjunto, por los ministerios de Educación y del Medio Ambiente. Su carreta está apoyada en un texto de su autoría que se titula Tratado de economía tropi-logi-ecolo-etico-socio-lúdico-político y su mayor orgullo desde que creó el museo fue haber recibido una vez la visita de sesenta niños que le oyeron su cuento sin pestañear. Sin embargo, la mayoría de los que lo visitan van a hablar mierda y a beber whisky con él. A acompañarlo mientras le da curso al litro de escocés que bebe todos los días en un vaso que alguna vez fue de mayonesa, para calmar el estrés que le produce la torpeza humana, la misma que motivó el aviso que se lee a la entrada: "Cáncer, basura, estrés… estamos trabajando al revés".

Ahí vive, al lado de tantos objetos encontrados. Al lado de esa linterna inservible, de esa máquina de escribir a la que le falta la mitad de las teclas, de esa corbata azul con líneas amarillas que nunca se pondrá aunque tenga el nudo hecho, de ese maletín al que bautizó "valija triplomática", de ese aviso que anuncia caldo de costilla, de ese riel de un tren de plástico que hace años dejó de funcionar, de esa caja que sirvió para llevar a domicilio un pollo de Colombian Broaster, de esas cajas de condones Orquídea y de ese carné de trabajo de una mujer llamada María Cristina Pulido que alguna vez encontró en medio de la basura.

Por estos días, en la puerta del llamado Museo de la Basura hay un adorno de Navidad. Al fin y al cabo, para Ron Antonio de Jesús Casafús Torres de Restrepo y Zea todos los días son domingo y todos los meses son diciembre.

De pronto no está tan loco.

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