Para los que nos gusta el fútbol, todo partido tiene algo definitivo. Días antes del encuentro, no importa si lo esperamos como jugadores o como espectadores, la realidad empieza a precipitarse hacia el gran evento y cuando faltan pocas horas nada de lo que venga más tarde parece posible. Es una especie de fin de mundo, el momento del pitazo inicial, porque la pasión ordena que los partidos sean a muerte, que en todos uno deje las piernas, la garganta, la vida. Claro que los noventa minutos pasan, incluso los que deciden un campeonato internacional o un mundial, y la espera de siete días o cuatro años vuelve a tomar su curso. Pero esta búsqueda del partido absoluto, el partido que lo decidirá todo, no es simple expresión de una utopía inalcanzable, sino también una especie de tributo a un partido verdaderamente definitivo, un partido que fue literalmente a muerte, tal vez el más dramático de la historia del fútbol.

Tuvo lugar durante la segunda guerra, entre un combinado del ejército nazi y el Dynamo Kiev de Ucrania. Uno de sus principales fomentadores fue Iosif Kordik, un hombre taciturno y cruel al que solo se le conocía una pasión: el fútbol. Como casi todos los fanáticos de ese deporte en Ucrania, Kordik era hincha del Dynamo Kiev, un equipo que ya en ese entonces se encontraba entre los mejores de Europa. Corría el año 1942, Kiev hacía ya varios meses que estaba bajo el poder de los nazis y todos los jugadores del Dynamo habían pasado a la clandestinidad. Caminando un día por las ruinas de su ciudad, Kordik sintió que el corazón le daba un vuelco: en la vereda de enfrente estaba uno de sus ídolos, el portero Trusevich.

Para entender lo que debe haber pasado por la cabeza de Kordik en ese momento supongamos que fuera un catalán de hoy, naturalmente fanático del Barça, y que de pronto hay guerra, el ejército francés ocupa Barcelona, los campeones de España pasan a la clandestinidad y caminando un día por la calle Kordik ve, hambriento y en harapos, a Ronaldinho. Un encuentro extraño, por decir lo menos. Y más extraño aún si a eso le agregamos que la guerra ha invertido los papeles y ahora Kordik tiene más poder que Ronaldinho, pues regentea una fábrica de pan. Lo que en otras circunstancias hubiera terminado con un grito de saludo o un pedido de autógrafo, aquí marcó el principio de un sueño: invitado a trabajar para Kordik, Ronaldhino va trayendo a sus otros compañeros: Messi, Puyol, Eto'o...

Eso fue más o menos lo que pasó en 1942, pero con jugadores de los clubes locales Dynamo Kiev y Locomotora Kiev. Kordik, que trabajaba para los nazis y no era ningún Schindler, no les dio asilo por piadoso o humanitario, sino porque le gustaba la idea de verse rodeado de sus estrellas, pero igualmente sacó de la miseria a los mejores futbolistas del país y a muchos deportistas de otras disciplinas. Además de un trabajo fijo y un poco de pan todos los días, les ofrecía algo casi tan importante: la posibilidad de jugar al fútbol. En el patio de su panadería comenzó a formarse así el dream team de Kiev y de toda Rusia: el FC Start.

Meses después de haber invadido Ucrania, los nazis buscaron reinstaurar en Kiev algún tipo de normalidad completando el estadio y creando una nueva liga de fútbol de seis equipos, cuatro formados por soldados alemanes o de ejércitos afines al Reich, uno de ucranianos colaboracionistas (el Rukh) y el FC Start. Para la inauguración del campeonato se enfrentaron los dos equipos locales, el de los panaderos subalimentados que no tenían ni botines y el de los colaboracionistas de panza más llena y ropa limpia. Ganó el equipo de Trusevich por 7 a 2.

Los camaradas de la fábrica de pan jugaban con camisetas rojas, eran todos miembros del Partido Comunista y no ocultaban su antipatía por el régimen que desde hacía casi un año se había hecho cargo de su país. Su victoria frente a los colaboracionistas no era la mejor propaganda para el gobierno de la esvástica, así que el entrenador del Rukh, otro ucraniano que trabajaba para los nazis, hizo que las autoridades prohibieran que el FC Start jugara en el gran estadio de Kiev. Pero ser desplazado a un estadio más pequeño no le impidió continuar con su racha ganadora (llegó a alzarse con un 11 a 0 contra el equipo rumano). Mientras el Start entusiasmaba a cada vez más gente en el estadio chico, el Rukh aburría incluso a los soldados de licencia dentro del estadio grande. Lo más honesto que hicieron los colaboracionistas durante su penosa campaña fue dejarse ganar por el Flakelf. Presentado como un equipo de la armada aérea alemana que nunca en su historia había perdido, los invencibles del Flakelf eran los destinados a terminar con el mito Start, que ya empezaba a transformarse en el baluarte de la resistencia entre la población. El gran desafío tuvo lugar el miércoles 6 de agosto. El Star voló más alto que los halcones: 5 a 1.

Hacía ya varios partidos que el campeonato había terminado. Invictos y con 43 goles en siete encuentros, los rojos eran los campeones indiscutidos. Pero los alemanes querían revancha. El jueves 7, un día después de la humillante derrota del Flakelf, la ciudad amaneció empapelada por el anuncio (impreso en el mismo papel gris que se usaba para los edictos oficiales) de que el domingo 9 tendría lugar la revancha. Como insinúa pícaramente Maradona cuando habla de los partidos de la selección argentina contra la inglesa, no hay que mezclar fútbol con política, pero que se mezclan, se mezclan. Vale decir: la revancha contra el Flakelf no era un partido más, y los jugadores en torno a Trusevich lo sabían. Para ese momento, ellos eran el honor de Kiev, y no solo el deportivo. La gente y aun los soldados de los ejércitos aliados a Hitler se acercaban a la fábrica o al vestuario para ofrendarles comida. Mediante donaciones pudieron incluso completar su equipo con medias y shorts. Jugar a perder habría sido una traición impensable.

Minutos antes del encuentro, los rojos recibieron una visita en el vestuario. "Saluden a sus oponentes según nuestra forma", aconsejó a los jugadores del equipo ucraniano un hombre vestido con el uniforme de la SS, quien sería árbitro del partido. Lo que con toda amabilidad les estaba pidiendo era que recibiesen al combinado de la Luftwaffe, la fuerza aérea alemana, con un sonoro "¡Heil, Hitler!". En el estadio repleto (sobre todo por soldados nazis), los rojos no siguieron su consejo: al principio del partido levantaron el brazo al estilo hitleriano, pero para inmediatamente golpearse el pecho y gritar el saludo ruso ¡Fizcult Hurra!, ¡Viva el deporte! No sería la última regla que romperían durante el partido: frente a un equipo bien alimentado y con once jugadores suplentes, un equipo que prefería pegarle al cuerpo de los contrincantes que a la pelota y un referí que parecía ciego para todo lo que no fueran las faltas del Start, los del Kiev (mal alimentados, exhaustos, sin suplentes y jugando suave para que no le echaran a nadie) se fueron al descanso con insolentes tres goles a favor contra uno.
En el entretiempo volvieron a recibir visita de un hombre en uniforme, y no precisamente para felicitarlos por su victoria parcial. Hay versiones encontradas sobre el tono que manejó el visitante. Según algunos, primó la moderación: "Ustedes no pueden ganar -dicen que dijo el Offizier-. Piensen en las consecuencias". Según otros, la amenaza fue directa y cristalina: "Si ganan, los fusilamos". Lo cierto, más allá de los matices, es que a más tardar ahora los jugadores del FC Start sabían que se estaban jugando la vida. Y no les importó.

Para el segundo tiempo, el campo de juego fue rodeado por soldados. El clima tiene que haber sido el más denso que conoció jamás un estadio durante un encuentro de fútbol. Trusevich, el portero, que en la primera mitad había recibido una patada en la cabeza que lo había dejado inconsciente por varios minutos, ahora era atacado por la tribuna con todo tipo de objetos. Sin embargo, la presión de los fans del Start también supo amedrentar a los jugadores del Flakelf, que suavizaron su juego. El partido terminó 5 a 3 para el FC Start, pero la verdadera humillación fue un gol que nunca se concretó, el sexto gol invisible: Alexei Klimenko, como Maradona ante los ingleses, esquivó a toda la defensa, incluido el portero, y llegó solo hasta la portería. Pero en lugar de empujar la pelota hacia adentro, la paró sobre la línea y la tiró nuevamente hacia el centro de la cancha. Temiendo una humillación aún mayor, el referí dio por finalizado el encuentro antes de que se cumpliesen los noventa minutos reglamentarios.

La represalia tan temida no llegó de inmediato. Una semana después, los rojos fueron invitados a jugar la revancha contra el Rukh y, guapos, ganaron 8 a 0. Pero unos días después la fiesta se terminó: oficiales de la Gestapo en civil se acercaron a la fábrica con una lista de los nueve jugadores del antiguo Dynamo Kiev. Uno por uno fueron arrestados y llevados al cuartel central de la policía secreta alemana. Todos los jugadores eran miembros del Partido Comunista (debían serlo para poder afiliarse a un club bajo el régimen comunista), pero Nikolai Korotkykh era un agente activo de la policía rusa, de modo que a él lo fusilaron en el acto. El resto fue torturado sistemáticamente durante días, buscando que se delataran los unos a los otros para así ajusticiarlos de forma "legal". No lo consiguieron, y acabaron derivándolos al campo de concentración de Siretz, conocido por sus fusilamientos masivos y el sadismo salvaje de sus guardias.

Solo cuatro de los nueve jugadores lograrían escapar, el resto moriría fusilado o desaparecería sin dejar rastro. Para los sobrevivientes, la liberación rusa de la liberación nazi en noviembre de 1943 no fue su propia liberación. Como casi todos los que vivieron bajo la ocupación hitleriana, también ellos eran considerados poco menos que colaboradores. Por su bien, muy temprano circuló la versión de que habían sido asesinados inmediatamente después del partido, con sus equipos de fútbol aún puestos. Vivos, eran sospechosos; solo muertos servían para héroes.

La historia del partido de la muerte fue contada muchas veces, aunque en la mayoría de los casos de forma más cercana al mito que a la verdad. La más famosa, Fuga a la victoria, la película de 1981 con Sylvester Stallone, Michael Caine, Osvaldo Ardiles y Pelé (¡qué cuarteto!), se encuentra lejos incluso de las versiones más lejanas de la realidad: el partido ocurre en París, termina en empate y ningún jugador muere. Imperdible, eso sí, son las escenas de fútbol, diagramadas por Pelé y filmadas con maestría por John Huston.

Paralelamente a la creación del mito, se intentó también ser más fiel a la verdad. Con la reciente publicación de Dynamo: Defendiendo el honor de Kiev, del inglés Andy Dougan (2001), y documental (todavía inédito en América Latina) Los once de la muerte, del alemán Claus Bredenbrock (2005), se terminó de contar la historia verdadera de un partido que más parece mentira. Pero eso no significa que los ánimos se hayan calmado del todo. "Poco antes de estrenar mi documental recibí tres cartas, presumo que de grupos neonazis, diciendo que todo eso era una patraña", cuenta Bredenbrock en diálogo telefónico con SoHo. Es que los grupos derechistas insisten en que el Dynamo era un club creado por la policía secreta rusa y en que no hay indicios de que los jugadores hayan sido apresados como consecuencia de la victoria. Los filonazis gustan citar también la sentencia del tribunal de Hamburgo, que en 1973 y 2002 recibió denuncias por este crimen de guerra e hizo las investigaciones correspondientes, pero sin llegar a ningún resultado.

En cuanto a los sobrevivientes, después de décadas en el olvido fueron rehabilitados a mitad de los años 60 y declarados héroes en vida. Aún hoy su historia se enseña en las escuelas. Cerca del estadio chico hay un monumento que recuerda la proeza: "Para los jugadores del Dynamo Kiev -se lee en el zócalo-, que murieron heroicamente por el honor de su patria con la frente alta ante el invasor nazi".

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