Algún día, en cualquier lugar del mundo, un estadio repleto de hinchas gritará un gol de John Henry Cortés. Los barrasbravas se abalanzarán contra la malla que separa cancha y tribuna para celebrarlo, y él se acercará a ellos mientras besa el escudo al lado izquierdo de su uniforme, cerca al corazón.
Algún día, pero no hoy. Hoy, 30 de abril de 2006, poco se juega entre Santa Fe y América, en el estadio no hay más de quince mil personas debido a la lluvia y John Henry es un recogebolas de apenas trece años. Hoy, el arquero no tendrá que buscar balones al fondo de la red; esa tarea se la dejará al pequeño, que deberá correr detrás de cada balón que salga desviado.
A las 2:45 de la tarde, todos han llegado al estadio. Jugadores, árbitros, policía, Cruz Roja, periodistas, porristas, vendedores ambulantes. Solo los hinchas incumplidos y los recogebolas de Santa Fe no han hecho presencia. Falta poco más de media hora para que comience el juego y por una pequeña puerta, junto a la de maratón, entran los diez elegidos por el club bogotano para que les alcancen la pelota a los jugadores en esta tarde, de cielo gris y rajado, que no ha dejado de mandar agua desde la una. Henry Cortés, padre de John, lidera la fila. Quiso ser jugador profesional, pero su camino se truncó.
Hoy entrena fútbol en las divisiones inferiores del equipo y su hijo es su alumno más aventajado.
No tienen camerino propio estos integrantes del espectáculo sin hinchas ni detractores. Nadie los aplaude si entregan una bola rápido y rara vez los chiflan si hacen roña. Se apiñan en un cuarto de 4 x 2, contiguo al camerino de los árbitros. Mientras se cambian con poco pudor y mucho afán, Henry da instrucciones. ¿Qué tanto se puede decir en la charla técnica de un recogebolas? "Con el pie no, siempre con la mano. Que cada arquero tenga un balón siempre cerca para que el juego se reanude rápido. No quiero celebraciones de los goles ni de América ni de Santa Fe. Ustedes son sordos. Si alguien se la monta, tranquilos, hagan las cosas como si nada. Si Santa Fe va ganado, entregan los balones normal. Si va perdiendo o empatando, lo hacen rápido. Somos Bogotá y toca hacer respetar la plaza".
A su edad ya tiene pasta de líder. Mira mucho y habla poco. Cuando lo hace es para ordenar o aconsejar. Lo hace con su padre y también con sus compañeros de oficio, que no dudan en obedecerle. Por ese tipo de actitudes es que John va siempre detrás del arco del visitante. Una de sus habilidades es saber manejar el tiempo de un partido. Eso que tanto sabía hacer Carlos Valderrama dentro de una cancha, lo hace también este prospecto de mediapunta fuera de ella.
Su vida gira al rededor del fútbol y todos los días parecen domingos. A las 7:30 desayunó Corn Flakes y fruta. Pidió repetir. Minutos después estaba en la cancha del Miguel La Salle, listo para entrenar con la selección, que es campeona regional de una copa que rifa un viaje al Mundial de Alemania para sus integrantes. El colegio le queda a dos cuadras, en el barrio San Miguel, en Bogotá, por lo que casi siempre es el primero en llegar. Su casa es un punto estratégico. A un lado, su colegio, al otro, el club del Santa Fe, equipo del que es hincha por herencia y creencia.

 

El equipo trabajó una hora de táctica, otra de resistencia y una más de fútbol. Luego tuvo otro entrenamiento, esta vez con el Esmeralda FC, con el que juega el torneo prejuvenil nacional. De ahí a la casa, a almorzar carne en bistec, papa, patacón, arroz y limonada. No llega solo. Algunos compañeros de equipo están ahí para que Henry los ayude a llenar el carné y la inscripción del torneo prejuvenil.
Pasadas las dos de la tarde hay que irlo a buscar al parque del barrio para que se vayan al estadio. John no está nervioso. Todos sus días son domingo y hoy es uno más de ellos.
El partido comienza y todo trepida. El puesto de recogebolas, además de poco reconocido, es un híbrido difícil de definir. Se vive el juego con más intensidad que en la tribuna, pero al mismo tiempo la cancha parece lejos. Una línea de cal es una frontera de miles de kilómetros. Estar de un lado de la cancha o del otro hace toda la diferencia.
Minuto 15 y suena un celular. ¿Cómo es posible? John contesta, es su papá. Le dice que reubique a un par de compañeros que no están haciendo bien las cosas. Par chiflidos y listo. El que estaba en Oriental pasa a Sur y viceversa. Desde su puesto de mando -una valla publicitaria- alcanzan unas señas para mover todo un engranaje.
Escupe, vuelve a escupir. Ya había escupido dos minutos atrás. John parece sufrir de sobrehidratación, pero en realidad es su forma de matar la tensión. Mientras Sebastián, su compañero detrás de la portería Norte, hace gestos y grita cada vez que hay una jugada de peligro -desobedeciendo las instrucciones de Henry-, John mira el partido y escupe. Para cualquiera esta sería una oportunidad de ver fútbol gratis. Para él, es un trabajo, así no le paguen, y claro, una muestra gratis de lo que vivirá algún día.
En el intermedio no hay charla técnica, no hay que replantear nada. Todos han cumplido con su tarea, menos Santa Fe, que pierde 1-0. Por muy rápido que estos diez niños regresen los balones a la cancha, el equipo no va a empatar si no la emboca. Los quince minutos de descanso transcurren en el banco de suplentes del local. Como niños que son, juegan y echan chistes. John no se anima del todo a participar.
Ahora, en la portería Sur, la barra de Santa Fe ha quedado a espaldas del arquero Viáfara, que escucha un prolongado grito tribal, seguido de un sonoro "hijueputa", cada vez que va a sacar de piso. Tres frentes tiene que atender el portero. Ataja los remates santafereños, les hace "pistola" a los hinchas rivales y de un patadón manda lejos los balones que John le pone a menos de un metro para que saque rápido. A manera de venganza, mientras el caleño está atento a un tiro libre de costado, John se acerca a la toalla que cada portero tiene cerca para secarse el sudor y que en este caso es rosada. La pisotea y la escupe. Para cuando Viáfara se quiere voltear, ya el crimen esta hecho. Incauto, se la pasa por la cara y la vuelve a tirar al suelo. John ríe. Su equipo perderá, pero el arquero se llevará a Cali un poco de su saliva.
Este ha sido un partido fácil, más allá de que su equipo haya perdido 3-1. Nada que ver con los clásicos contra Millonarios. Afuera se matan los hinchas, adentro los equipos luchan por un balón como si no hubiera un mañana y John tiene su duelo personal con Dídier Muñoz. La pelea está casada desde cuando el portero jugaba en Real Cartagena y ahora cada vez que se cruzan hay tire y afloje. Si Millos va perdiendo, Muñoz no encuentra una pelota en dos kilómetros a la redonda. Si va ganando, John se las pone al pie y lo sapea con el árbitro si le da por "quemar" tiempo.
Antes de abandonar el estadio hay que firmar una planilla de control. John lo hace por todos y luego recibe de manos de un funcionario del club una bolsa con jugos y paquetes de papas. Llama a cada uno de sus compañeros para que agarre lo suyo. Está empapado. Nunca se inmutó con la lluvia ni con los goles de América, ni con el de Santa Fe.
"A la edad de los cuentos, escucha ovaciones", escribieron de Maradona hace años, cuando apenas despuntaba en primera. Esta noche John comerá McDonald's con sus hermanas, se irá a la cama temprano y no oirá nada. En el clóset reposarán las tres camisetas de la Roma con el número 10 en la espalda y el apellido claro e imponente: Totti. Es su jugador preferido, también el nombre de su perra. Nunca ha conocido un recogebolas de Santa Fe que haya llegado a jugar profesional. Él será la excepción. Hoy nadie gritó un gol suyo, pero ya lo harán.

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