Él no se acuerda. Yo me acuerdo perfectamente. Fue una tarde de sábado en el Country Club de Bogotá. Hacía mucho sol y llevábamos jugando media hora en una cancha tan verde y cuidada como el tapiz de un billar. Sé que estuve muy cerca de marcar un gol. En el colegio lo estuve muchas veces. Luego de media hora de perseguir enloquecidos el balón como una manada de hienas tras una cebra malherida nos llamó su esposa. Era hora de comer. Debíamos tener seis años, los pantalones manchados de pasto y las frentes pegajosas por el sudor y la mugre. Esa tarde apenas habíamos visto a su segundo hijo, Jorge Eliécer, el cumpleañero. Después de haber desaparecido la torta y el helado por fin se presentó. Venía acompañado de sus hermanos mayores. Detrás de ellos apareció don Jorge. Los tres niños llevaban un atuendo idéntico al de su padre: blazer azul marino, cruzado, con botones dorados y pantalón de paño gris ratón. Acostumbrado al público saludó con una voz rotunda y después nos dio la mano a cada uno. Seríamos veinte por lo menos. Antes de desaparecer nos entregó la sorpresa, una nave de Lego. Él no se debe acordar de nada. Yo me acuerdo perfectamente de su blazer cruzado y de sus relucientes botones, de su timbre de voz. Esa fue la primera de las tres veces que lo he visto.
Gay Talese, en su crónica sobre los sastres de la mafia, llegó a una conclusión: los que ejercen este oficio tarde o temprano desarrollan una dolencia o desorden mental menor que no es otra cosa que una prolongada melancolía producto de las largas horas que pasan cosiendo en silencio, la mayoría de veces en las noches y sin compañía. Aunque sí es un hombre tímido y mucho más hábil con los dedos que con las palabras, no podría decirse que Enrique Gómez sufra del todo de esa enfermedad. No alcanza la languidez de los sastres que le cosían a Frank Costello, pero sin duda es un tipo calmado y a veces hasta retraído.
Conoció a su cliente más importante en 1988, casi quince años después de haber abierto su primer almacén en la carrera séptima con calle 17. Jorge Barón entró a la sucursal que tenía en la transversal 19 con avenida Pepe Sierra. El recorrido lo debe haber hecho a pie. El presentador y dueño de una programadora de televisión fundada hace 36 años, tiene una oficina al frente de Unicentro desde donde despachaba en los ochentas. A pesar de conservarla, desde hace un tiempo concentró todo su poder en una central de operaciones de ocho pisos ubicada en la carrera séptima con calle 50. Allí funcionan sus estudios de televisión, su emisora de radio (Punto Cinco), las dependencias administrativas y hasta una peluquería. En lo más alto está su oficina, la sala de juntas, un salón para recibir visitas tapizado con fotos alusivas a toda su carrera. Instantáneas en blanco y negro de él sosteniendo con dos dedos de su mano izquierda un micrófono, su eterna pose, y a su lado Paloma San Basilio, José Luis Perales, Luis Miguel, Shakira, Raphael y una centena de artistas que han pasado por sus shows musicales, incluidos el motociclista, el obrero, el indio, el marino, el vaquero y el policía de Village People. Más allá está lo que podría llamarse el salón de la fama, un cuarto dedicado al culto de su figura que mide diez metros por cinco, donde reposa en el centro una vidriera de museo repleta de las condecoraciones, llaves de ciudades y placas que le han entregado en agradecimiento. La Cruz de Boyacá que le impuso Álvaro Uribe el año pasado descansa en otra vidriera empotrada en la pared, cerca del escritorio de Ana Milena, su secretaria, una atractiva y menuda muchacha con un sentido del vestir tan particular como el de su jefe.
Un martes de trabajo cualquiera Ana Milé puede lucir un pantalón blanco que deja translucir intencionalmente la línea del calzón, un body del mismo color, y unas botas muy puntiagudas que hacen juego con una cintilla anudada a manera de cinturón, una cartera, unos aretes y un collar, todos del mismo color: fucsia. Es una mujer ágil, casi ejecutiva, y posee unas piernas sólidas, ganadas a punta de pararse por lo menos dos veces cada cinco minutos para ver qué se le ofrece a don Jorge. También es desparpajada. No tiene problema en contar que lleva una dieta consistente en un desayuno pantagruélico armado de una batea de calentado-arepa-pan más chocolate, seguido de un almuerzo bien trancado y nada, ni siquiera agua en la noche. Es lo que se conoce como la dieta de la reina, la princesa y la mendiga. Al parecer le funciona.
Mucho antes de tener por cliente a tan ilustre varón, Enrique Gómez atendió al nieto de doña Clara Sierra, la hija del magnate Pepe Sierra, y a sus amigos. Les diseñaba trajes inspirados en las carátulas de los discos que circulaban por los alrededores del parque de la 60, la cuna de los hippies criollos. Por ahí también tuvo almacén, cerca de Las madres del revólver, un lugar donde vendían música y accesorios. Desde esa época este sastre, nacido en Mesitas del Colegio y educado por correspondencia, ejerce lo que él mismo define como "la locura del modernismo".
-Mi clientela siempre ha sido moderna, aunque en estos últimos años hemos vuelto a lo ortodoxo. Yo por ejemplo ahora me preocupo por afinar los cortes clásicos. Una muestra es mi trabajo con don Jorge.
Si se repasan los atuendos que el presentador luce durante los conciertos que monta en los pueblos de todo Colombia, la pregunta inmediata para Gómez es qué diablos entiende entonces por vanguardia. Pero todo tiene una explicación. Así como Talese sugería que los sastres experimentan una honda melancolía, Jorge Barón sufre de una doble personalidad producto de haber estado más de tres décadas frente a las cámaras.
-Su ropero se divide en dos. Están los trajes de calle y los del show. Esos, desde hace unos siete años, son blancos.
Antes de la presentación que Jorge Barón montó a finales de los años noventas en San Andrés, Gómez le diseñaba sus trajes pensando en guiños geográficos. Hace una década podía llevar un estilo safari verde oliva si la cosa era en la Sierra de la Macarena, o un liqui liqui tabaco claro si se trataba de Acacías o Puerto López. Para la presentación en la isla caribeña el sastre le cosió una de las que considera sus mayores creaciones: un esmoquin blanco, muy a lo Ricardo Montalbán.
Durante la grabación, un crucero con periodistas de todo el mundo atracó en las costas de San Andrés y fue invitado a hacer parte del show. Las repetidas consignas que Barón lanzó en los intermedios llamando a la reconciliación nacional y otras arengas caudillistas le valieron el mote del "Hombre de la paz" entre los invitados. Lo oyó de boca de uno de ellos y como en una revelación divina se dijo que de ahora en adelante tendría que vestir trajes blancos para corresponder a esa misión que le habían impuesto. Fue así como recayó en los hombros de Gómez la compleja tarea de presentar aquella blancura tan envidiada por todas las agencias de publicidad que hacen los comerciales de detergentes en el país.
La segunda vez que lo vi fue una noche de domingo a eso de la diez. Yo iba de copiloto en el jeep de un amigo, un Daihatsu del 77 color pistacho lavado. Estábamos en nuestros veintes recién cumplidos y matábamos esas horas demasiado lentas vagando por la ciudad con una cerveza entre las piernas y oyendo un casete de The Clash. En un momento tuvimos que parar en el semáforo de la carrera séptima a la altura de la calle 72. A los pocos segundos se detuvo al lado un carro. Clavé mis ojos en la mujer que conducía el minuto que duró el semáforo en cambiar a verde. Me pareció bonita. Arrancamos al tiempo pero nuestro jeep no tenía tanta fuerza. Pronto nos rezagamos. La seguí mirando mientras pude pero algo que se movía a su derecha me desconcentró. Enfoqué y era él. Movía la mano en cámara lenta. Saludaba en la lejanía a su público. Con seguridad creyó que lo había reconocido y no podía dejar de regalarme una muestra de agradecimiento. Recuerdo haber pensado que era un tipo algo extraño, un ser que agitaba los dedos en la noche de un domingo en medio de una calle deshabitada. Un hombre preso de una celebridad que en ese entonces me tenía sin cuidado.
En algún lugar secreto de su edificio de ocho pisos tiene un clóset con ropa que guarda desde la vez que reemplazó a Segundo Cabezas el día en que el chef no apareció a grabar su programa Cocine de primera con Segundo. Ese fue su debut en la televisión y tan poderosa debió haber sido la sensación que se propuso levantar un imperio dedicado a mantener su cara entre tubos de rayos catódicos por toda la eternidad.
Gómez, un confeso admirador del difunto Gianni Versace, acepta que aunque Jorge Barón no es para nada un cliente problemático sí es obstinado al vestir.
-¿Y qué prendas cree usted que guarda con más celo?
-Pues su gran debilidad son las chaquetas cruzadas, como las que usa el Rey de España.
Para confeccionar los trajes blancos el sastre ha tenido que viajar medio mundo buscando una combinación que se acerque a la blancura total que demanda Barón. El lino fue descartado rápido. Si el pueblo en el que tenía que grabar quedaba muy distante -por ejemplo Toribío, donde estuvo justo después de la masacre más reciente-, el saco y el pantalón llegaban hechos una miseria, con tantas arrugas que ni una plancha industrial podía sacar.
Desechado el lino, Gómez encontró en el tergal francés la tela con la que ha estado más cerca de conseguir un blanco que no sea hueso o cenizo. En ese material confeccionó el ropaje que su cliente llevó a ciudad de México, donde grabó su más reciente show internacional. Ya lo había hecho en Nueva York, Madrid, Londres y Caracas. Esa vez el sastre lo acompañó para ver cómo resplandecía en el traje cerrado de cuatro botones, a lo camarita, que le fabricó.
El fino entramado del tergal además de no formar casi arrugas, posee una ligereza que le permite a Barón moverse con la comodidad necesaria para desplegar todos esos estudiados ademanes que ya son una marca registrada, esas posturas decantadas a las que ha llegado después de verse miles de veces en una pantalla. El tergal también tiene la cualidad de permitirle transpirar lo menos posible durante las doce horas que dura en promedio la grabación de un programa que cuesta alrededor de 300 millones de pesos y necesita 250 personas y 40 toneladas de equipo para su realización.
El dominio sobre su imagen es total. Barón exige, siempre amable pero categórico, que la caída, tanto del pantalón como del saco, sea perfecta. Él mismo se sienta con los editores a armar el programa y después lo ve al aire con Zulay, su segunda esposa, sentado en la biblioteca de su casa. Si descubre que una pequeña arruga o una bolsa se le forman mientras levanta el micrófono o pega pataditas de la suerte llama a su sastre para que haga la corrección de inmediato. Otra muestra de su celoso control: sobre los músicos invitados pesa la prohibición implícita de llevar prendas blancas. Ese color está reservado exclusivamente para el gran jefe.
Barón guarda la misma rigurosidad a la hora de planear los vestidos oscuros que llevará puestos para presentar el noticiero. Entre el sastre y Zulay los escogen y se los muestran. Él da la última palabra al respecto y su poderosa memoria le alcanza para saber si en un mismo mes repite una combinación. Si así sucede rechaza el traje y simplemente pide otro con la gracia de una cándida diva que no pierde de vista que se debe por entero a la imagen. Es un ícono y como tal no puede permitirse la ligereza de verse diferente a como lo tienen grabado en la cabeza sus admiradores. Eso significaría embaucarlos y él es un hombre por encima de todo correcto.
Las otras partes del atuendo también tienen sus dolientes. Sus tres hijos mayores le mandan camisas y zapatos ya domados porque su padre sufre de los pies. Obviamente los que más brega dan son los blancos. De nuevo deben ser inmaculados y en lo posible cuartearse lo mínimo. Las correas y corbatas pueden llegar de Atlanta o Hollywood, donde viven Jorge Luis y Jorge Andrés.
Ana Milena entra a su despacho y le informa que estoy aquí. Debo esperar cinco minutos. Está hablando por teléfono. Ojalá podamos hacer las fotos en su oficina. Aguardo en el salón de la fama. En una pared está enmarcada una boleta con fecha del 23 de septiembre de 1989. Dice: Embajadores de la música colombiana, Madison Square Garden. Miro un diploma y me entero por una carta que le dirigió el ex presidente Andrés Pastrana que su segundo apellido es Ortiz. Volteo y lo veo salir de la oficina. Debe ser un hombre desconfiado porque cierra la puerta y le echa doble llave. Me acerco. Su cara es como la de todos los que han salido por mucho tiempo en televisión: demasiado grande y más cercana a una máscara que a un rostro verdadero. Le doy la mano por segunda vez en mi vida. Es cálida. Le pido que nos deje tomar la foto en la oficina y lo duda por un momento. Termina por acceder, pero antes hace la salvedad de que está muy desordenada. Abre la puerta y me imagino un espacio tachonado de más fotos, condecoraciones y cartas enmarcadas. Un busto quizás. Entro y es todo lo contrario, tiene las paredes desnudas y una de ellas ha sido atacada con fuerza por una humedad. Nos acercamos a su escritorio. Sus muebles no son para nada ostentosos, es más, parecen haber sido adquiridos en una subasta de esas que organizan los ministerios cada seis meses. No tiene computador, a menos de que posea un portátil guardado en alguna parte, y el esfero con que escribe es barato. Hacemos la prueba del vestido en el que está trabajando Gómez. Una vez terminado puede costar entre un millón y medio y tres millones de pesos. Hablamos de cualquier cosa. Lo noto muy concentrado en algo. Como ido. Siempre que termina de hablar dirige su mirada al piso. No sonríe. La cámara empieza a disparar y su actitud cambia, su cara horadada por el acné adquiere una nueva vida. Se pone en situación pero el traje a medio confeccionar no lo deja estar todo lo suelto que desearía. Termina por mirar al tapete de nuevo.
Las fotos están saliendo mal. Recurro a mi primer recuerdo, le digo que estudié dos años con su hijo en el San Bartolomé La Merced. La sola mención de Jorge Eliécer lo anima. Empieza a hablar de él, trabaja en una agencia de publicidad en Sidney y esta misma semana ha tenido que viajar a China e Inglaterra por cuestiones de trabajo. Menciona a sus otros dos hijos mayores. Están muy lejos, demasiado. Sin duda quisiera que estuvieran a su lado supervisando el imperio, vestidos los cuatro con amplios trajes blancos confeccionados por su sastre y micrófonos en las manos, llevándole música a un millar de personas en medio de una selva húmeda, olvidada, infecta.

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