El periodista Daniel Riera acompañó a un grupo de turistas que decidieron, entre todas las opciones que ofrece Buenos Aires, hacer un tour por los tugurios de la capital: el tour de la miseria. Maggie es una turista alemana que pasea por la Argentina, una estudiante de psicología de 26 años, una chica del primer mundo que vive en Berlín y ahora se aloja en un departamento de San Telmo, el barrio bohemio donde se alojan casi todos los turistas jóvenes y progres. La semana pasada, Maggie estuvo en la Patagonia, en Puerto Madryn, observando a las ballenas. Mañana estará en el norte, en Salta, recorriendo los valles calchaquíes. Ha fatigado las avenidas, el movimiento, el ruido de Buenos Aires: le falta algo para que su experiencia sea completa. Sus vacaciones precisan un touch de miseria. Maggie is looking for new sensations! Dentro de un rato pasarán a buscarla para un nuevo tour: un tour por una villa, por la villa 20. El Villa Tour. Así se llama.
Décadas atrás, las villas se llamaban "villas miseria". Ahora, el "miseria" no se usa más: la gente las llama, simplemente, "villas", porque la miseria está implícita. Las autoridades las llaman "villas de emergencia", eufemismo que presupone que, cuando la emergencia pase, la gente vivirá en lugares más gratos. Como las favelas brasileñas o los tugurios colombianos, las villas argentinas son ciudades dentro de la ciudad, microciudades para sumergidos. Barrios de precarias casillas de chapa (sin gas, sin agua potable y con conexiones precarias de electricidad), donde se apelotonan familias numerosas. Lógico refugio para delincuentes, en tanto es muy sencillo escabullirse y perderse en un lugar tan densamente poblado y en tanto algunos de los desocupados que allí residen optan por el delito para subsistir, las villas son sitios demonizados por buena parte de la clase media argentina. Pregúntese a cualquier taxista de Buenos Aires qué hay que hacer con las villas: propondrá prenderles fuego con sus habitantes adentro. Maggie ha pagado 50 dólares, fifty dollars para ver a los pobres de cerca, para saber cómo viven. En Alemania no existen lugares como el que va a conocer, me explica. En Alemania hay desempleados, pero no hay villas.
La Renault Kangoo gris se detiene en la puerta del edificio donde se aloja Maggie y la berlinesa se incorpora a la comitiva. El conductor de la Kangoo es Martín Roisi, 32 años, ideólogo y organizador del Villa Tour. El copiloto es Ian Hunter, periodista freelance estadounidense. Martín dice: Bueno, quiero empezar el Villa Tour haciéndoles escuchar la música que escucha la mayoría de la gente que vive en la villa. Y quiero contarles que en la década del 70, sobre el río Paraná, había un grupo de pibes que escuchaban a Creedence y a los Beatles, que querían tocar rock 'n' roll pero eran cumbieros y no les salía la melodía del rock. Así que, un poco sin querer, inventaron un estilo que se llama cumbia santafecina, que se toca con guitarra Stratocaster. Lo que van a escuchar ahora es la banda pionera de ese estilo: Los del Bohío...
Mientras el sonido hipnótico de la música nos va envolviendo de a poco, la Kangoo sube a la autopista y Martín avisa que vamos a pasar por el costado de Villa Soldati, pero no vamos a bajar. Esta es una villa más violenta, porque acá hay droga, hay delincuencia organizada... Por eso no conviene bajar, dice Martín. Maggie revisa su pocket digital y saca sus primeras fotos a través de la ventanilla. ¡Clic! ¡Jpg!
-¿Por qué hacés el Villa Tour?
-Porque durante la mayor parte de mi estadía estuve en el centro, en la Capital, y no creo que eso represente a todo el país, y quería ver algo así como la otra cara... Unas amigas mías vinieron, me lo recomendaron y aquí estoy.
-¿Cómo creés que se sentirán en la Villa cuando te vean observándolos?
-En realidad, no sé si van a pensar en algo cuando me vean, creo que ellos tienen sus propios problemas como para andar fijándose en mí. No creo que sientan nada especial.
Martín Roisi detalla las características del lugar adónde vamos a ir. La villa 20 existe desde hace 30 años, es una de las más antiguas de la ciudad de Buenos Aires. Queda en el barrio de Lugano: tiene 28 manzanas y una población de 25 mil habitantes (893 personas de promedio por manzana), de las cuales solo el 40 por ciento son argentinos: el resto son bolivianos o paraguayos. Aquí no entra la droga porque el presidente de la villa [la villa tiene una Junta Vecinal elegida democráticamente: el presidente de la Junta Vecinal es la máxima autoridad interna] eligió que el negocio fuera la política. Por eso, el gobierno de la ciudad construye calles asfaltadas, por eso se puede hacer este tour. Ahora vamos a parar en la entrada para subir a nuestros guías: si quieren pueden bajar para conocerlos y para sacar algunas fotos de la villa desde la autopista.
La Kangoo se detiene. Allí están Gigi, su esposa Silvana, Chelo... Ellos serán nuestro salvoconducto dentro de la villa. Silvana trabaja en la administración de la junta vecinal: su sueldo es uno de los planes de asistencia social Jefas y jefes de hogar que da el Gobierno a los desocupados con hijos. 150 pesos. Un poco más que los 50 dólares que pagó Maggie por el tour.
-A mí me parece que es una buena idea. Al revés del turismo, Martín muestra lo que es la verdadera vida en una villa... A través de esto le da trabajo a la gente de seguridad, hace donaciones a los comedores...
-¿No hay gente a la que le molesta?
-Sí, hay gente que dice que se sienten observados, como si la villa fuera un zoológico. Y hay gente que se siente bien porque cuando los turistas entran acá, descubren que la villa no es tanto como la pintan los diarios. Que no es cierto que somos todos chorros (ladrones), todos delincuentes. Ven que acá hay gente de trabajo, se llevan una impresión distinta... Si querés, delincuencia hay en todos lados.
Maggie se suma a la conversación.
-¿Es perigoso acá?
-Es peligroso como en todos los lugares. Lo que pasa es que a la villa siempre la tildan de eso: acá hay gente que es humilde, que trabaja, que es honrada, que lucha por sus hijos...Yo vivo en la villa desde hace 32 años y no soy ninguna delincuente. Acá hay gente buena, gente mala y gente más o menos... Lo que sí, acá las familias son más conflictivas, hay más problemas de violencia por falta de educación.
-¿No van a la escuela? -pregunta Maggie en español.
-Algunos van acá, pero la gente no manda a sus hijos a la escuela porque no tiene trabajo, y así los chicos se van atrasando y a lo último son pibes de 15 años que no terminaron séptimo grado.
-¿Pero la escuela no es... libre? -continúa Maggie.
-Sí, es gratis, pero necesitan zapatillas, útiles... y además a veces tienen que trabajar... Acá hay muchos chicos que son cartoneros... (gente que junta por la calle cartones para reciclar y los vende por kilo a las papeleras: la profesión que más creció en la Argentina desde la crisis del 2001) ¿Ves esa pila de cartones? Ahí son todos cartoneros...
-¿Trabajan fuera de la villa?
-Sí, obvio -responde Silvana, con cierto indisimulable fastidio- acá los cartoneros trabajan fuera de la villa. Se van para la Capital, porque acá adentro no hay muchos cartones para juntar...
Gigi, Silvana y Chelo se agregan al contingente. Ahora sí, estamos listos para entrar a la Villa 20. Ahora sí, protegidos por auténticos villeros, empieza el Villa Tour. Amazing!
Entramos en la villa y empezamos a caminar. Caminamos por aquí, caminamos por allá, entre los pasillos de las casas de lata, entre los chicos que juegan a las canicas, entre la gente que nos mira. Martín Roisi les aclara a Maggie y a Ian, un poco en serio y un poco en broma, que no se puede entrar en las casas sin permiso. La principal avenida de la villa está asfaltada. Chelo explica que la villa está creciendo, que se está desarrollando, y que el gobierno de la ciudad está construyendo casas de material, como parte de un plan de viviendas. Que él mismo se gana la vida trabajando como obrero de la construcción de ese plan de viviendas. Que él mismo vive en una vivienda de material: que la pagará a 30 años, en un crédito blando. Me alegro por Chelo, pero no dejo de reparar en algo espantoso: Chelo nos está dando explicaciones. Chelo nos está diciendo no se vayan a creer que soy un delincuente. Nos está aclarando que es un trabajador como cualquier otro. Es como si le extendiera un certificado de buena conducta a las visitas que recibe. Entramos en una carpintería: un galpón donde los obreros trabajan la madera sin prestarnos mayor atención. Hay algunas sillas rústicas hechas sin quitarle la corteza a los troncos de los árboles. Los precios son baratos, porque la mayoría de los clientes son gente que vive en la villa. Maggie mira las fotos en las paredes: chicas en pelotas recortadas del periódico, como las que suele haber en cualquier carpintería, taller mecánico, gomería (donde se venden y reparan neumáticos), dentro o fuera de la villa, como las que hay en la portada de SoHo. Maggie les saca fotos a las fotos en la pared.
Alguien explica que este es un microemprendimiento que se puso en marcha invirtiendo el dinero de los planes de ayuda social del gobierno. El mensaje implícito es el siguiente: se portan bien, no son vagos, no viven de la asistencia social. El mensaje implícito, también, presupone que los villeros tienen que darles explicaciones a las visitas sobre lo que hacen y dejan de hacer.
Continuamos caminando entre los estrechísimos pasillos de la villa (para quien nunca estuvo en una villa, se trata de senderos del ancho de dos personas, "calles" que separan las filas de casillas, por donde, obviamente, solo se puede transitar a pie.) Los guías no se despegan de nosotros. Maggie quiere alejarse unos metros a sacar fotos. Chelo le indica que se mantenga cerca, que si no estuviéramos custodiados por gente de la villa, alguien podría asaltarnos.
A Maggie le sorprende encontrarse con un almacén.
-¿La comida es barata aquí?
-Sí, es más barata que afuera. Lo que pasa es que los negocios trabajan mucho con marcas poco conocidas... -resume Chelo.

 
Pasamos por un comedor popular. Martín Roisi nos presenta a Reina, la coordinadora del comedor. Alrededor de 80 chicos están sentados esperando el guiso que constituirá su almuerzo.
-Cada día vienen más -dice Reina.
-Aquí no quiero tomar fotos -dice Ian Hunter.
Los guías no nos quitan los ojos de encima en ningún momento. Salta a la legua que no vivimos en la villa. La gente nos mira. Me siento un poco avergonzado de estar aquí. Me dan ganas de gritar que yo no soy ningún turista. Le pregunto a Maggie cómo se siente.
-Fine, comfortable -me contesta.
-¿En todo el país hay villas? -le pregunta Maggie a Martín.
-El país es una enorme villa miseria -exagera Martín.
-Pero yo estuve en Puerto Madryn y no había villas -se desconcierta Maggie. La dificultad para detectar los matices de la vida es notable en Maggie y en todos los turistas. Ellos requieren un mundo blanco. O negro. De otro modo se hace demasiado difícil, cuando estén de regreso, explicarles a sus amigos lo que vivieron.
-Bueno, en Puerto Madryn no hay villas -concede Martín.
-¿Y Quilmes es una villa?
-Quilmes es una enorme ciudad del llamado "Gran Buenos Aires", que tiene cientos de miles de habitantes y que también tiene sus propias villas -le digo.
-¿Y en Quilmes hay violencia y drogas? -pregunta.
Fin de la conversación.
La caminata habrá durado una hora, una hora y media como mucho. Lo que hacemos es mirar. Eso es todo el Villa Tour. Martín compra una Coca-Cola de 2 litros en un almacén y todos vamos bebiendo del pico por la calle principal. Nuestros guías se despiden y se acerca la hora del almuerzo. Subimos a la Kangoo y dice: bueno, si quieren almorzar, tenemos dos opciones: comer en una parrillita al aire libre, al costado de la ruta, o en una parrilla un poco más formal... A mí me encantaría sentarme en una silla, comer en una mesa, pero los turistas eligen lo que consideran más "villero", comer al aire libre, al costado de la ruta, el humo de la parrilla impregnándose en nuestra ropa... Allí comemos asado y achuras. Allí el organizador del Villa Tour cuenta su propia historia.
Martín Roisi está vestido con un conjunto de ropa deportiva de marca y una gorrita con visera: así se visten las estrellas de la cumbia villera, el subgénero de la cumbia argentina que da cuenta en sus letras de la vida cotidiana en la villa. Martín se reconoce un fan de Pablo Lescano, el inventor de la cumbia villera, y me cuenta que su sueño es ser cómo él. Martín es productor de música tropical: tiene diferentes grupos, en diferentes estilos de cumbia, a los que forma y produce él mismo. Como Pablo Lescano, pero, por ahora, sin éxito. Si pensaban, como yo mismo, al principio de este viaje, que Martín es una especie de fenicio que lucra con la necesidad ajena, bueno, no es así. La cuestión es bastante más compleja: Roisi jura y rejura que distribuye absolutamente todo el dinero que cobra por los Villa Tour entre los encargados de seguridad y los dueños de los lugares recorridos. En el caso del Villa Tour de hoy, por ejemplo, cobrarán los de la carpintería y la señora del comedor popular.
-¿Y entonces?
-¿Entonces qué?
-¿Entonces cuál es el objeto de esto?
-En el caso del Villa Tour, el objetivo no es económico: no gano plata. La gente gana algo, pero tampoco mucho. Ganarían mucho más si organizara combis grandes, con grupos de 15, 20 turistas, y varios hoteles me lo han ofrecido, pero no quiero eso, porque sería demasiado agresivo... La gente de la villa también quiere eso: tours más grandes, que les dejen más dinero... Me lo han pedido. Para mí el sentido de esto no es la solidaridad. La clave es la integración. Es un proyecto cultural: vencer el racismo, que es hijo de la ignorancia...
-Sin embargo, parece haber una ironía desde el propio título "Villa Tour"...
-Hay un montón de cosas que no se me habían ocurrido hasta que las dijeron los periodistas. Lo de la ironía, por ejemplo. Lo de que mostramos como si la villa fuera un zoológico. Hubo gente que cambió de idea sobre el Villa Tour por culpa de los periodistas...
Martín asegura que su proyecto cultural con la villa va mucho más allá del Villa Tour.
-Vamos a hacer un mural en cada una de las 28 manzanas de la villa, una galería de arte infantil para que los chicos expongan sus trabajos, una editorial de la villa, para publicar libros de gente que no sepa leer ni escribir. Ya tengo el primer libro...
Dice que la de "operador turístico" no es su profesión. Que la suya no es una agencia de turismo estándar y que este tipo de experiencias están inspiradas en la televisión. Como un reality show pero sin cámara: gente que viene a mirar. ¿A mirar qué? A mirar a la gente. ¿A mirar a la gente que hace qué? A mirar a la gente que vive. Voyeurs biempensantes que pagan 50 dólares. ¿O el biempensante soy yo? Al fin y al cabo, el propio Martín dice que lo presionan para que la villa se llene de Maggies. Desde esta perspectiva, el Villa Tour es uno de los gestos más irónicos que el Tercer Mundo le puede dedicar al Primero. ¿Quieren mirarnos? Ok. Aquí estamos. Pero paguen. En pleno siglo XXI, la civilización ofrece mecanismos de "intercambio cultural" más sofisticados que los del siglo XIX: los ingleses no les pagaban a nuestros aborígenes cuando se los llevaban, vivos o muertos, para exponerlos en sus museos.
Martín tiene otro tour, con el que sí lucra: el Trava Tour, que él mismo define como "una performance absolutamente guionada". ¿En qué consiste el Trava tour? Los turistas entran en la casa de dos travestis: una de 20 y otra de 40 años. Cada una les cuenta cómo es el amor para ella, cómo es la vida en sociedad, sus esfuerzos por realizarse y por superarse, lo que hay detrás de lo que se ve. Para los turistas gays, está el Boxing Tour, un recorrido por el circuito de clubes de box en días de pelea. Su proyecto máximo, el que aún no pudo concretar, es el Reality People, con un elenco itinerante de 150 personas de diferentes profesiones, desde un cartonero hasta un corredor de bolsa. ¿En qué consiste el tour? El turista elige un personaje y pasa el día con él. Hay un guión básico, con un conflicto. Por ejemplo, dice Martín: empieza el tour y al turista le presento a Guadalupe. Le digo: ella es una fotógrafa que tiene que hacer una foto de tal cosa porque su editor se lo pide... ¿Podrá sacar la foto que le pide el editor? Una situación armada, no del todo real, no del todo irreal.
Pagamos la comida y volvemos a la Kangoo. Tengo olor a carne asada en el cabello, en la ropa. Maggie también, pero a ella no le molesta. Tal vez en Berlín no tenga esa posibilidad de ahumarse. Lo primero que hace Martín apenas subimos es poner un CD del grupo Damas Gratis y explicarles a los turistas en qué consiste la cumbia villera. Subimos a la autopista, salimos de un mundo, entramos en otro. Así son las cosas: ni siquiera hace falta una cámara para que exista la televisión. La condición de espectadores puede acompañarnos dondequiera que vayamos: así no hay experiencia posible. El turista y el televidente (y Martín Roisi ha dicho que procura combinar los dos estados en sus tours) se parecen en algo: son sujetos que miran un objeto que es observado. No hay comunicación si lo que llamamos "vida real" se convierte en una mera puesta en escena. Por duro que parezca, los villeros están ahí para complacer a la gente que pagó su ticket. No hay integración: no puede haberla en este marco. Lo que hay es una ficción montada en escenarios naturales con personajes reales. En todo eso pienso mientras la Villa 20 se esfuma a toda velocidad, mientras el esplendor de la ciudad de Buenos Aires reaparece ante nuestros ojos.
-¿Qué conclusiones sacaste? -le pregunto a Maggie.
-I don't know yet. I got to process my impressions -responde, pensativa.
Nos despedimos de ella. Al día siguiente se subirá a un avión con destino a la provincia de Salta, en el norte argentino. La esperan los Valles Calchaquíes, el paisaje, y después el regreso a Buenos Aires, y después, otro avión a Berlín, una cena con amigos para mostrarles las fotos que sacó. Permítanme reconocer que ella no es la única que tiene que procesar sus impresiones.

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