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Publicado 2013-03-21

Fernando González Pacheco visita a Fernando González-Pacheco

Por Fernando González Pacheco - Fotografías: Alejandra Quintero

El presentador de televisión más famoso de todos los tiempos, quien murió ayer a sus 81 años, aceptó la propuesta de SoHo de recibir en su casa al otro González Pacheco, un hombre que de niño lo conoció en el furor de su fama; 38 años después, el periodista visitó a su tocayo más famoso.

Fernando González Pacheco visita a Fernando González-Pacheco.
Esta es la segunda vez que le doy la mano a Pacheco, pero la primera que le digo mi nombre. Camina hacia mí igual que hace 38 años, pero hoy dos personas lo sostienen de los brazos. Lo sientan en el sofá y le acomodan la cánula de oxígeno detrás de las orejas mientras se levanta un poco para sentarse mejor. Pese al paso de los años y a que tiene algunas dificultades de salud propias de su edad, Pacheco irradia la imagen que le conocemos desde siempre: el mismo bigote, el mismo peinado, los mismos ojos. Su piel parece mucho más blanca, aunque el suéter rojo le tiñe las mejillas. Me mira, me escudriña unos segundos y dice:

—¡Usted es tocayo mío!
—Tocayo del todo. Imagínese.
—Es difícil encontrar un González Pacheco, aunque el mío es un solo apellido.
—Usted es González-Pacheco. Y Castro es el siguiente.
—Sí, es que Fernando González sí debe haber muchos, yo he conocido varios.
—Claro, pero míreme a mí. Todo el tiempo me toca explicarle a la gente que no soy hijo suyo.
—Es que Fernando González Pacheco... solo nosotros.

Mientras él se ríe pienso que ni la voz le ha cambiado. Estoy en su apartamento, en el norte de Bogotá. Es amplio, limpio y acogedor, pero nada lujoso. Junto a nosotros hay un comedor que parece que no se usa hace años. Estamos sentados en la sala de televisión, cada uno en un sofá de cuero.

Detrás de Pacheco hay una pared adornada con caricaturas y retratos de él, organizados como si se tratara de una galería de arte. Detrás de mí, una biblioteca de unos seis metros de largo repleta de reconocimientos que ya empezaron a tomarse la mesa de café. Nos acompañan tres empleados: un enfermero, una señora que hace el aseo y Andrea, la hija de Marlén, la asistente, que es a la vez la nana, enfermera, secretaria, pero sobre todo, la dueña de su agenda.

Aprovecho el silencio para preguntarle si está feliz con su Santa Fe porque sé que es la mejor forma de entrar en confianza. “¡En eso sí somos rivales!”, le aclaro. Él sonríe, mira alrededor como si buscara algo y pregunta por una bandera. “Don Fernando, la bandera del Santa Fe la colgamos en el pasillo, no se preocupe que ahí está”, le explica Andrea. Yo le digo que es verdad, la vi colgada cuando entré. Más tranquilo con la respuesta, responde mi pregunta: “Yo no volví al estadio, me quedo viendo a Santa Fe por televisión. El día de la final me llamaban aquí a molestar, a fregar, a decirme ‘¡Al fin!, ¡fueron capaces!’”. ¿Y lloró?, le pregunto. Asiente con la cabeza, “pensé que ya no alcanzaba”.

Pacheco habla muy despacio y hay que esforzarse para entenderle, pero está perfectamente lúcido. Le lloran los ojos, que ahora son azules por las cataratas. Andrea le pregunta con frecuencia que si le trae las gafas, a lo que él siempre responde que no. Me pide que mejor le cuente de dónde viene mi nombre, entonces le explico: “Yo nací en el 64. Usted ya era famoso, pero mis papás siempre me han dicho que mi nombre no tiene nada que ver con usted, de hecho yo me llamo Carlos Fernando, pero todo el mundo me dice Fernando. Es una coincidencia”.

Él parece desilusionado con mi respuesta, por lo que me veo obligado a contarle otra historia. “Yo lo conocí de niño. Nos dimos la mano hace 38 años”. No me dice nada, ni siquiera mueve la cabeza, entonces le explico que mi papá me inscribió en un concurso de conocimientos para niños en Animalandia, que se transmitía en vivo los domingos en la mañana, eso fue en 1975 o 1976. Resulta que cuando mi papá fue a inscribirme le dijeron que ya no había cupos, entonces me metió a otro, uno de máscaras, también en Animalandia. “Pero imagínese que ni mis papás, ni los productores del programa relacionaron mi nombre con el suyo”, aclaro. Pacheco se acomoda en el sofá y me mira con una sonrisa difusa. Continúo. “Esa semana mis papás me compraron una máscara artesanal de Fidel Castro, muy bonita. Entonces, el día del concurso llegué y nos pidieron hacer una fila. Ya frente a las cámaras usted pasó, niño por niño, preguntándonos los nombres. Imagínese que yo estaba de último y, sinceramente, no quería que usted se enterara de que éramos tocayos. Me daba pena, es que yo era muy tímido. Entonces, me escondí detrás de otros niños, quedé al principio de la fila y usted nunca me preguntó mi nombre. Pero el concurso me lo gané. Entonces usted fue a entregarme mi regalo, que eran unas galletas marca Ramo, y me dio la mano”. Él se ríe como si no me creyera.

Aprovecho que ya entramos en confianza y le pido que me cuente su historia. Entonces empieza a hablar muy lentamente: “Yo nací en España, en Valencia. Cuando empezó la guerra, mis papás, mi hermano, que tenía 10 años, y yo, 6, nos vinimos para Colombia. Mi mamá era medio pariente del doctor Eduardo Santos, que era presidente de la República, entonces viajamos con la idea de pasar un tiempo aquí y volver a España cuando la cosa mejorara. Pero mi papá se amañó muchísimo. Él trabajó en El Tiempo toda su vida, y se nos alargó la estadía”.
Lo interrumpo y le pido que me explique cómo es el cuento de que fue accionista de El Tiempo. “Tuvimos unas acciones. Cuando murió Eduardo Santos le dejó cuatro acciones a mi papá. Cuando él falleció nos las heredó a mi hermano y a mí. Entonces yo tuve dos acciones nada más”. Fíjese, le digo, otra cosa que tenemos en común: yo llevo casi veinte años trabajando en El Tiempo. Le entrego mi tarjeta de presentación y él se queda sosteniéndola como si no quisiera perderla. “Y otra más: igual que usted, yo tengo una amiga que se llama Gloria Valencia, no de Castaño, pero sí Gloria Valencia”. Nuevamente ríe incrédulo.

Le digo que solo una vez en la vida aproveché la fama del nombre. Fue hace mucho tiempo, recién graduado de la universidad, cuando fundé una empresa que se llamaba Fernando González Pacheco Producciones. El día que fui a registrarla a la Dian tocaba hacer dos filas eternas. Hice la primera, que era para entregar los documentos, y la funcionaria que me los recibió me preguntó: “¡¿Usted trabaja con Pacheco!”. Tras dudarlo un momento le dije que sí. Gracias a eso, la funcionaria me atendió de primero, pero con una condición: “Dígale a Pacheco que nos invite a los empleados de esta oficina a Compre la orquesta”. Todavía deben estar esperando la invitación.

Pacheco estira las piernas y se seca las lágrimas con el reverso de la mano. Le pido que me cuente cómo empezó en televisión. Él mira hacia el techo y responde: “¡Yo jamás me imaginé que iba a estar en televisión! Eso fue una casualidad. Me metí por ensayar y el ensayo se quedó en no sé cuántos años”. ¿Y cómo empezó?, insisto. “Fui marinero como cuatro años, en la Flota Mercante Grancolombiana, ni me acuerdo cuándo. Una vez estaba trabajando y un pasajero que iba en el barco con su esposa y con sus hijos me vio tocando guitarra. Él se llamaba Alberto Peñaranda y era dueño de la programadora Punch. Después de eso me insistió, cinco o seis días, que me fuera con él y yo le seguía diciendo que no. Cuando desembarcó, él mismo fue y buscó al capitán y le dijo que me veía cualidades para la televisión. Pero yo no me quería ir porque me daba miedo que me cambiaran de buque. Y es que en un buque es como en una familia. Entonces el capitán le respondió que si yo quería me daba una licencia, pero no más de ocho días. El barco iba de Buenaventura a Panamá, entonces en ese trayecto no me reportaban. Hice pruebas y cuando volví, el capitán me preguntó que cómo me había ido. Le dije que muy bien, que había sido bonito, y me preguntó si quería quedarme. Y me quedé... más de 50 años”.

Pacheco se ve mucho mejor de lo que me habían dicho. Yo tenía la idea de que estaba muy enfermo y hasta había escuchado que sufría de alzhéimer, pero es una grata sorpresa saber que últimamente ha estado muy bien. Él me dice que sale poco, que es un hombre solitario, pero Andrea opina lo contrario, aunque me lo dice a escondidas de él: “Es un callejero. Hay días que se levanta y dice que lo lleven a La Calera, a Chía y hasta a Medellín. Hace poquito lo llevaron a la costa”.

—Don Pacheco, ¿sus amigos vienen y lo visitan?
—Usted sabe que soy un hombre muy tímido y solitario, aunque no parezca. Aquí vienen a veces a saludar, pero yo vida social no tengo.
— ¿Y su familia?
—Pues mi hermano viene de vez en cuando a saludar.
—¿Pero usted no tiene un montón de amigos de la televisión?
—Es que ya todos se me han muerto.

Después de un silencio helado, le digo que mi esposa y mis hijos estaban felices porque lo iba a conocer. “Hoy tengo 48 años y vuelvo a tenerlo a usted enfrente. Estoy muy contento de conocerlo”, le digo. Pacheco inclina la cabeza y murmura que para él también es un gusto.

—Tocayo, ¿y usted qué hace todos los días?
—Veo muy poca televisión, veo los noticieros y los partidos de la liga española.
—¿Y qué equipo le gusta?
—El Real Madrid... Ah, y también me gustan los programas periodísticos.
—¿Alguno en especial?
—No. Antes eran mejores... Gloria hace mucha falta.

Pacheco me cuenta que también le gusta escuchar radio y leer, entonces Andrea me explica que no se pierde La luciérnaga. En la sala hay una jaula con dos cotorras pequeñas que no paran de gritar y hay instantes en que no me dejan oír lo que Pacheco dice porque habla muy pasito. “Las cotorras no tienen nombre, viven conmigo hace tiempo, me las regalaron en Animalandia, llevan conmigo yo creo que 50 años”. Andrea se ríe y niega con la cabeza. Después me explica que sí tienen más de una década, pero jamás cinco.

“Yo tuve un papagayo que se llamaba Garabato —me cuenta Pacheco ahora que estamos hablando de animales—, lo tenía en una casa de campo en Choachí. Cuando vendí la casa porque ya no iba, el señor que la compró me dijo que le vendiera el papagayo y yo le dije ‘No, él es de la casa’. Allá se quedó y a veces me mandan fotos”.

—Don Pacheco, usted tuvo un perro, ¿cierto?
—Sí, un bóxer, se llamaba Coco. Ese se murió.
—Fíjese, otra coincidencia. Yo también tuve dos bóxer: Bruno y Fidel, por la máscara que tenía la primera vez que nos dimos la mano.

Él sonríe y recoge las piernas. En el piso hay una cama de un perro, pero en la casa no hay más que las cotorras, entonces le pido a Andrea que me explique. Ella me cuenta que es un schnauzer negro de un año, que se llama Beto y que está en “la escuela”. Me dice que Pacheco lo adora, que duermen juntos y hasta comparten comida.

Animalandia empezó como un programa para perros, si mal no recuerdo, le pregunto. “Sí, pensábamos que iba a ser uno, dos o tres programas. Y eso se agrandó, a los niños les gustó y me quedé doce años”. Ahí sí somos diferentes —le digo—, yo les tengo terror a las cámaras. Cuando me toca salir en Citytv me pongo nervioso. Además soy feíto. Nos reímos los dos. ¿Usted no era el que decía que su éxito se lo debe a ser feo? Se ríe. “Yo creo que lo primero que uno tiene que aprender en la vida es a reírse de uno mismo”, me responde. No podría estar más de acuerdo, dígamelo a mí y a mi nombre, pienso.

—Óigame, usted fue boxeador, ¿cierto?
—Fui campeón local de peso mosca y salí varias veces de Colombia a competir.
—Y también fue paracaidista, ¿no?
—Sí, eso fue una locura. La Patrulla Aérea Civil, que estaba muy mal de plata, me propuso que me lanzara en paracaídas. Ese día había 150.000 personas, una multitud en un aeropuerto al norte, ¿Guaymaral, no?
—Sí.
—Y yo pensaba, estos vinieron fue a ver el hueco que voy a abrir en la tierra cuando caiga.
—Pero muy valiente usted...
—Es que éramos tantos saltando en paracaídas que me lancé tranquilo. El entrenador me dijo que nunca había visto a un hombre saltar por primera vez con tanta tranquilidad.
—¿Y cayó bien?
—Me dañé una rodilla.

Pacheco se queda con la mano sobre la pierna. Le pregunto por los carros Mercedes Benz en los que varias veces lo vi. “Esa es una afición muy cara”, me responde. Según dice, tuvo cinco Mercedes al mismo tiempo, pero poco a poco los vendió a coleccionistas que a veces los pasean en esos desfiles de carros antiguos que hacen por ahí. Interrumpe el cuento y me pregunta, “¿Qué hora es?”, parece cansado. Miro el reloj y noto que llevamos más de una hora hablando. Mientras él intenta levantarse del sofá le pregunto:

—Tocayo, la gente lo recuerda a usted como un hombre muy enamorado...
—Común y corriente, común y corriente...

Apagan la máquina de oxígeno y le quitan la cánula. Me dice, mientras lo ayudan a levantarse de la silla, que puedo quedarme tanto como quiera en su casa, pero que él se tiene que ir. Y se va... para su cuarto.

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