Hay un lugar donde García Márquez se siente menos solo y más feliz: en la cancha de tenis. Bajo el aire de esa cancha de 20 x 40, cerca de la piscina del hotel Hilton de Cartagena, es donde el escritor en los últimos quince años se ha sentido como cualquier mortal, como un gato que se desplaza por los pasillos de un hotel, sin que nadie interrumpa su juego.

Llega muy temprano al Hilton con su raqueta de tenis en la mano, en su hora secreta: seis de la mañana. Pero cuando quiere sentir el sol, juega a las nueve. Y si es imposible en el día, a las siete de la noche. Lleva una raqueta verde, de grafito resistente. Viste todo de blanco impecable, de pantalonetas, suéter blanco y zapatos tenis de color blanco. Lo acompaña Rafael, su chofer.

Dentro de aquel ambiente apacible de la cancha de tenis donde a veces salpica en silencio el rocío del mar, García Márquez se olvida por cuarenta minutos de su fama abrumadora. Jugar ha llegado a ser una forma de placer.

Poco antes de cumplir los ochenta años, llevaba entre su equipaje a Cartagena su raqueta verde disponible en cada viaje, para ir a jugar tenis en la cancha del Hilton. Pero no pudo esta vez porque tenía una dolencia en la rodilla. Sin embargo, llamó a su entrenador de tenis, Wilson Álvarez, de 30 años, con quien ha jugado en los últimos quince años, y le prometió que se encontrarían muy pronto para seguir jugando.

García Márquez empezó a jugar tenis por una sugerencia médica, y se le convirtió en una pasión secreta. Al principio había escogido un régimen de caminatas desde las seis de la mañana, pero el asedio a su privacidad le perturbaba el ejercicio y por eso eligió el tenis. La gente le interrumpía la caminata y eso no le hacía bien a su salud. En ningún momento de su vida como en aquel 1992 había sentido amenazada su salud cuando le extirparon un tumor del pulmón derecho y su capacidad pulmonar perdió el 14 por ciento. Desde aquel momento, con la misma disciplina implacable que había tenido toda su vida como escritor, se impuso un nuevo régimen desde las seis de la mañana: ir a jugar tenis. Durante un tiempo dejó de exponerse al sol luego de la cirugía de un lunar que parecía una aceituna negra, justo en la punta derecha del bigote. .

"Empecé a jugar tenis en el momento en que supe que me iba a morir", le confesó al periodista Jorge García con una actitud temeraria al sentir que lo estaba mirando jugar. Pero esa es una de sus respuestas inesperadas. Wilson Álvarez no había cumplido los quince años, cuando García Márquez lo escogió como su entrenador. Wilson empezó en la cancha como un "recogedor de pelotas", y al poco tiempo se convirtió en boleador. Así conoció al escritor y "empezamos a jugar tenis desde muy temprano. Esto fue en 1992. Comenzamos desde las seis de la mañana. Cuarenta minutos. El escritor se ubica siempre en el centro de la cancha. Al principio, García Márquez corría mucho, se desplazaba con una fuerza impresionante. A medida que han pasado los años, hemos disminuido la intensidad y desde hace unos cuatro años, son más suaves los movimientos. No he tenido a ningún alumno como él, a su edad, que tenga esa resistencia y disposición para jugar. En 2007, poco antes del homenaje que le hicieron en el Centro de Convenciones, me llamó para decirme que jugaríamos en algún momento porque duraría un buen tiempo en Cartagena, pero que aún no podía porque le dolía una rodilla. Y además estaba muy ocupado. Pero estaba muy pendiente del tenis. Llamó varias veces. Una vez me presenté al hotel un poco tarde, cuando la cita era a las seis de la mañana y él me regañó. Me preguntó por qué había llegado tarde. Le dije que tuve problemas de transporte porque yo vivo en el barrio Nuevo Bosque. Entonces me dijo: ¿por qué no se viene en un taxi que yo lo pago acá? Incluso le propuso a su chofer de ese entonces, el señor Chepe, que me fuera a recoger para evitar una tardanza. No volvió a ocurrir. Después pasamos a un nuevo horario: el de las nueve de la mañana porque ya podía exponerse un poco al sol. Y también jugamos en la noche. Lo más difícil para él ha sido el saque. Elevar la pelota, pasar la malla y meterla dentro del cuadro. Pero ha tenido algo que es clave en el tenis: la fuerza para desplazarse, la emotividad y el estado físico. Le gusta bolear seis, siete y más veces, pero nuestro juego no es competitivo". Una vez vino con unos zapatos blancos de cuero, inadecuados para jugar tenis y el gerente del hotel, Ricardo Acevedo, le dijo al verlo entrar a la cancha: "Premio Nobel, no puedes jugar con esos zapatos". El escritor tuvo que ir a buscar sus tenis blancos.

Muchas veces jugar tenis era para García Márquez un pretexto para encontrarse con los amigos y sentarse a hablar con ellos al final del juego. En esos encuentros se consolidó la aventura de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano. Muchas de las reuniones iniciales se hicieron muy cerca de esa cancha de tenis, en la terraza del hotel Hilton de Cartagena, donde él no deja de beberse un vino o un jugo de limón. Al igual que en México o en La Habana, el escritor, que se resiste a la vejez, lleva siempre su raqueta de tenis.

Pero, entre los escritores, no solo García Márquez juega tenis. El crítico literario estadounidense Seymour Menton, nacido el mismo día y el mismo año de García Márquez, no ha dejado de jugar tenis ni de viajar alrededor del mundo. Mario Vargas Llosa juega tenis también para mantenerse en forma y desafiar la vejez. Otros escritores, como el poeta americano James Agge, encontraron en el tenis una alternativa para ponerse en forma y sobrellevar una vida caudalosa. Poco antes de morir se impuso un régimen militar: jugaba uno o dos sets de tenis cada mañana antes de desayunar y por lo menos dos sets por la tarde después del trabajo.

Cuando García Márquez era un niño en Aracataca jugaba al béisbol con bolitas de trapo y al fútbol en la calle, en compañía de su amigo Luis Carmelo Correa, pero no se jugaba a casi nada en aquellos días. Todo era precario y a la intemperie. La única cancha de tenis estaba dentro del campamento de la compañía bananera de la United Fruit Company y los únicos que jugaban eran los gringos que habían construido una ciudad aparte dentro de Aracataca. Su cercanía como confidente y consentido de su abuelo el coronel lo volvió un niño con mirada de viejo. "Mi primer paso en la vida real fue el descubrimiento del fútbol en medio de la calle o en algunas huertas vecinas, Mi maestro era Luis Carmelo Correa, que nació con un instinto propio para los deportes y un talento congénito para las matemáticas", confiesa el escritor en sus memorias. "Yo era cinco meses mayor, pero él se burlaba de mí porque crecía más, y más rápido que yo. Empezamos a jugar con pelotas de trapo y alcancé a ser un buen portero, pero cuando pasamos al balón de reglamento sufrí un golpe en el estómago con un tiro suyo tan potente, que hasta allí me llegaron las ínfulas".

"He visto jugar a García Márquez en cuatro temporadas", confiesa el tenista Néstor Raúl Ángel Romero, quien desde hace ocho años es el entrenador del Hilton de Cartagena y el hombre que organiza dos torneos de tenis al año en la ciudad.

"De las personas mayores que vienen a jugar tenis en el hotel, él es un caso excepcional y un ejemplo de vida. No creo que una persona juegue tenis sólo para mantenerse en forma. Tiene que gustarle mucho para que entre a una cancha a donde llegan los aprendices y los veteranos. El juego es intenso, dramático de principio a fin y el jugador no puede distraerse. Tiene que estar alerta y dispuesto en cada movimiento, en cada pelota. La raqueta que trae el escritor no es la de un advenedizo, sino la de un jugador profesional".

El entrenador señala a un par de muchachos que juegan en la cancha y explica por qué ellos son principiantes: el manejo de la raqueta y el control que tienen de la pelota es muy precario por falta de técnica, práctica y conocimiento de los reglamentos. Un buen tenista, según él, debe tener tres cualidades: "cabeza, corazón y pies".

"Es muy cariñoso con todos nosotros los que trabajamos en la cancha de tenis", dice Nerio Rodríguez. Lo mismo piensa Luis Carlos Acosta que tiene siete años de ser tenista. "A la salida del juego, le pedí que me firmara un autógrafo pero cometí el error de no llevarle uno de sus libros sino una hoja de papel", cuenta Nerio. "García Márquez me dijo que no era bueno firmar sobre papeles en blanco, pero sí aceptó hacerse la foto con nosotros".

Para su entrenador personal, el escritor "es una una buena persona. Mi hija Laura Sofìa, de 2 años, mira la foto en la que estoy con él y dice: "Papá Abuelo". Él me ha regalado sus libros firmados. Lo único que he leído de él es El coronel no tiene quien le escriba, cuando estaba en el colegio. Quiero seguir con Cien años de soledad, que me ha regalado. Un día le pregunté hasta qué edad pensaba escribir y me respondió que hasta los cien años".

"Creo que eligió el tenis porque es otra manera de caminar siguiendo el ritmo de una pelota y ejercitando los reflejos", dice su hermano Jaime García Márquez. "Buscar la bola le implica a Gabo un esfuerzo adicional al de caminar". Con la mirada discreta de un hermano, se ha sorprendido al descubrir releyendo El amor en los tiempos del cólera, que el Florentino Ariza que describe su hermano es parecido al espíritu de su padre Gabriel Eligio, pero el viejo que aparece en la novela se ha ido pareciendo al mismo García Márquez. Es impresionante saber que el escritor se adelantó en la mirada de sí mismo en el retrato de los demás. Hay en ese hombre que eleva su raqueta, un ser que desafía el tiempo con su imaginación. "Quién te dijo que tengo ochenta años", le pregunta a alguien que le hace la venia por todos los honores recibidos. "Tengo sesenta", dice riéndose.

Imposible que García Márquez pase inadvertido al salir de la cancha de tenis, mientras lo espera afuera Rafael, su chofer. Le ha tocado resistir todo tipo de ocurrencias e impertinencias, como la de la señora encopetada que lo esperó para hacerse una foto, mientras él le hacía un gesto de reverencia burlona y el fotógrafo disparó a destiempo con el pulso nervioso y no salió la foto. El colmo de esa impertinencia es que la señora le pidió a García Márquez que repitiera el gesto para una segunda foto. Otro día en el Club Cartagena una señora deslenguada que se sentó a su lado se quedó reparando sus zapatos y le dijo a rajatabla: "Puedes ser Premio Nobel, pero estás mal vestido". "¿Cómo así?", le preguntó el escritor. "No se ven bien esos zapatos sin medias", le dijo la señora. "Para que sepa, señora, son muy finos estos zapatos, son de piel de serpiente", le dijo García Márquez riéndose. La respuesta inaudita y procaz de la señora desconcertó al escritor: "Pueden ser de piel de mondá pero estás mal vestido". El escritor se levantó al instante y dijo: "Lo tendré en cuenta: te meteré en una novela".

Ha tenido que pasar por la mirada de los turistas y curiosos, del fotógrafo que se ha hecho el tonto mientras jugaba y captaba cómo sus movimientos disipan el paso del tiempo, ha dicho "no" con la mano al descubrir la cámara, pero ha salido airoso y sonriente, ha sabido convivir en los últimos cuarenta años con el cerco a su intimidad, muchas veces sin perder el sentido común y su gracia natural. Levanta la mano para despedirse. Es noviembre de 2005, la última vez que su entrenador de tenis jugó con García Márquez. Él puede creer que haya llegado a esta edad porque todo ha sido tan vertiginoso, "no sé en qué momento ocurrió todo", ha vuelto a repetir. Cruza los pasillos del hotel rumbo a la calle. Un curioso queda paralizado al verlo: "Es García Márquez", dice como si viera a un fantasma. "Se ve muy bien, maestro", dice una mujer. "¿Qué hace para mantenerse así?", le pregunta. "Juego tenis", dice él con gracia y desenfado.

El mar está a un paso y el viento golpea su rostro con un rocío helado. A medida que avanza hacia su vehículo, su cuerpo se vuelve invisible bajo el estallido de luz blanca del cielo cartagenero.

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