Cuando murió su madre, Natalia tenía siete años y solamente un ojo. Natalia quería mucho a su madre; una tarde, dos años antes, frente a su casa en un pueblito moldavo, una vecina le había dicho que su mamá era una idiota. Natalia la defendió a los gritos, la vecina la tiró sobre un montón de ramas. Su ojo estalló y tuvieron que sacárselo.

Pero lo peor llegó después, cuando su madre se murió de cáncer. Natalia estaba convencida de que se había enfermado porque su padre le pegaba demasiado —y ella no había sabido defenderla. En Moldova hay un refrán muy popular que dice que "una mujer sin golpear es como una casa sin barrer".

Natalia se quedó sola con sus cuatro hermanos y su padre, campesinos pobres. Él la castigaba, le decía que era una carga para todos, que para qué mandarla a la escuela si total no era más que una tuerta. Y sus hermanos no la trataban mucho mejor. Natalia empezó a buscar pequeños trabajos para ganarse la vida.

—Nunca entendí por qué no me querían, por qué me maltrataban todo el tiempo.

A los catorce, Natalia se empleó en la casa de una vecina: limpiaba, cuidaba los animales, cortaba leña. Tres años después le pidió ayuda para seguir su educación. Así pudo empezar a cursar un profesorado de educación física y artes marciales —hasta que se le acabó la plata y tuvo que volver a trabajar. Volvió a su casa; para congraciarse con su padre y su hermanos les daba casi todo su dinero, pero ellos le seguían pegando y explotándola. Cuando se sentía muy sola, Natalia subía al cementerio y le contaba a su madre sus desdichas. Su madre, dirá después, le recomendaba que tuviera paciencia. Natalia lo intentó.

Pero nada cambiaba. Al fin decidió escaparse a Kishinau, la capital, y consiguió un trabajo en el mercado central; sus hermanos fueron a buscarla y se la llevaron de una oreja, porque alguien tenía que ocuparse de la casa.

Cuando cumplió diecinueve, Natalia aceptó la propuesta de un muchacho de un pueblo vecino: se casarían y se irían —de una vez por todas. Ella no estaba enamorada, pero era la única forma de empezar otra vida. Al principio todo fue feliz: consiguieron trabajo y una pieza en Kishinau, se reían, la pasaban bien juntos. Hasta que él empezó a celarla y reprocharle cada centavo que gastaba; le gritaba, le pegaba. Cuando un médico le dijo que estaba embarazada tuvo miedo de su reacción; él, al principio, pareció contento. Después empezó a decirle que si ella dejaba de trabajar él tendría que mantener a los tres, que por qué no se había cuidado mejor —y le pegaba más.

En esos días su marido le propuso que se fueran a Italia, a labrarse un futuro. Moldavia es el país más pobre de Europa: el sueldo medio no llega a los cien dólares y, sobre tres millones y medio de moldavos, casi un millón ha emigrado a Rusia, Turquía, Italia, España, Portugal. Sus remesas son casi el doble del presupuesto nacional.

Natalia aceptó: como todo el mundo, había escuchado historias de emigrantes exitosos. Su marido le presentó un amigo que les conseguiría papeles, les prestaría la plata; ellos se la devolverían más adelante. El amigo era un cuarentón simpático, sofisticado, inteligente. Ella, ahora, lo llama el señor X.

—¿Y nunca habías oído hablar del tráfico de mujeres?

—Yo no miraba la tele, no leía mucho los diarios. Había escuchado algunas cosas, pero no las creía: no pensaba que la gente pudiera ser tan cruel. Y, de todas formas, uno siempre piensa que esas cosas les pasan a los otros.

—Así que no sospechaste nada…

—No, necesitaba creer en lo que me decían.



Su marido la convenció de viajar primero a trabajar como mucama para la hermana del señor X; él la seguiría poco después.

—Yo tenía muchas ganas de irme, estaba entusiasmada.

—¿Y el embarazo no te hacía dudar?

—No, al contrario, era parte de mi entusiasmo: pensé que le iba a dar a mi hijo una vida mejor.

Aquella tarde Natalia se subió al coche del señor X y, a poco de andar, se quedó dormida. Se despertó, ya de noche, en un descampado junto a un río; en el coche había dos chicas más que le dijeron que estaban en Rumania. El señor X les ordenó que se bajaran a caminar un rato. Natalia le preguntó por qué; él le dijo que obedeciera y se callara. Natalia empezó a llorar y pensó que estaba por pasarle algo terrible.

Caminaron entre sombras, en medio de ninguna parte. Al fin encontraron un coche con tres hombres adentro. El señor X se acercó: Natalia vio cómo los hombres le daban muchos dólares. Natalia trató de escaparse y consiguió golpear a X; entre todos la agarraron, le pegaron, la patearon. Empezaba a entender. Desde el suelo, le dijo al señor X que se iba a arrepentir, que iba a volver a Moldavia a buscarlo y se iba a arrepentir. El señor X se rio y le dijo que nunca iba a volver porque alguien muy cercano a ella se había asegurado de que eso nunca sucedería.

—Tardé un tiempo en saber que mi marido me había vendido por tres mil dólares. ¡Mi marido! No puedo imaginar una traición peor que esa.

En los últimos años, el tráfico de mujeres en Moldavia se convirtió en un problema nacional que muchos tratan de ignorar. El tráfico aumentó mucho tras el fin de las guerras balcánicas: los guerreros pacificados y los cuerpos de paz se aburrían, y los burdeles necesitaban más y más cuerpos. La mayoría de las mujeres traficadas viene de familias muy pobres, deshechas, violentas. Pero las que se van son, al mismo tiempo, las más activas, las que no quieren resignarse a su situación y buscan mejorarla. No hay cifras globales, pero tomando como ejemplo Costeste, un pueblo de doce mil habitantes donde una ONG, Compasión, registró sesenta casos en los últimos cinco años, se puede calcular que desde el 2000 hubo entre treinta y cuarenta mil mujeres traficadas en Moldavia: el cinco por ciento de todas las mujeres entre quince y 39 años.

Natalia gritaba desde el suelo. Sus nuevos dueños albaneses la esposaron, le pegaron, sacaron una jeringa. Natalia quiso decirles que no, que estaba embarazada; también quiso morirse para no sufrir más.

El viaje fue muy largo y Natalia no lo recuerda bien: cada tanto le renovaban la dosis de esa droga que la mantenía entre sueños y alucinaciones —y amenazas y golpes. En algún momento, sabe, la violaron: se despertó desnuda y dolorida en el baúl de un jeep. Tenía tanto miedo.

En algún lugar la bajaron de un bus y tuvo que caminar horas y horas por montañas con otras seis chicas. Una trató de escaparse y la mataron de dos o tres balazos; Natalia se peleó con un guardia, le rompió un brazo, le pegaron hasta cansarse. Terminó en una casa de un pueblo donde un señor le dijo que la había comprado y que tendría que trabajar duro para él. Como bienvenida, dos matones la ataron y la violaron.

—Durante el día estaba encerrada en mi cuarto. A la noche me sacaban, me daban alcohol y me obligaban a satisfacer cada deseo de los clientes.

Una noche se sintió mal y tuvo que contarle a su patrón que estaba embarazada; él le dijo que no se preocupara. Un supuesto médico le forzó un aborto; Natalia se pasó tres días llorando sin parar.

Semanas más tarde encontró el modo de escaparse y refugiarse en un convento; las monjas, al cabo de unos días, le dijeron que se fuera, que tenían miedo. De vuelta en la calle, los matones del burdel la encontraron enseguida; fue entonces cuando se enteró de que estaba en el Líbano. Su patrón estaba harto: consiguió un comprador y se la vendió barata, porque Natalia solía golpear a los clientes. Su nuevo patrón le prometió que, si se portaba bien y le devolvía lo que le había costado, en unos meses la dejaría ir. Cada noche, Natalia tenía que bailar  y "satisfacer a los clientes".

—Eran unos animales, tipos sin alma, enfermos, perversos, violentos.

Natalia, ahora, se atrapa con el dedo una lágrima, la mira como si fuese un enemigo. Natalia tiene el pelo corto, negro, cara campesina, manos cortas que retuercen un plástico con odio.

—No quiero ni acordarme.

Pasaron meses hasta que un cliente habitual le propuso ayudarla; poco después, Natalia aprovechó un descuido, se escapó y se refugió en la casa del cliente —para descubrir que el hombre quería obtener gratis las prestaciones que pagaba en el burdel. Natalia decidió dejar el pueblo; corría por un campo cuando oyó un coche: eran los matones del prostíbulo. Los tipos la agarraron, trataron de meterla en el coche; ella les gritó que prefería morirse que volver allí y consiguió soltarse. La persiguieron con el coche, la atropellaron, la dejaron por muerta en el camino.

—¿Qué harías si te encontraras con tus secuestradores?

Natalia se ríe, por primera vez en todas estas horas se ríe de verdad.

—Les pasaría por encima con un coche.

Natalia se despertó en un hospital, tras tres días de coma profundo. Tenía varios huesos rotos y le dijeron que quizás no volvería a caminar. La recuperación necesitó varias operaciones y seis meses de convalecencia; allí supo que también tenia una hepatitis B. Natalia empezaba a temer que tampoco volvería a Moldavia cuando apareció un abogado turco que le dijo que la ayudaría con los papeles y el pasaje. Mucho después, Natalia pensaría que lo mandó su patrón para alejarla y evitar que lo denunciara a las autoridades. O quizás no: Natalia nunca supo.

En el aeropuerto de Kishinau no la esperaba nadie. Fue a su pueblo a ver a su familia, pero su padre y sus hermanos no quisieron hablarle, le dijeron que para ellos ella estaba muerta: que era una desagradecida, que se había ido y ni siquiera les había mandado plata. Natalia nunca les contó lo que le había pasado, y se fue a la casa de una tía, en otro pueblo. Su tía no le hizo muchas preguntas, pero le permitió quedarse, lamerse las heridas.

—Yo no debí callarme, pero acá todos nos callamos. Hacemos como si el tema no existiera.

Natalia estaba preocupada porque no podía trabajar en la casa de su tía —para pagarle sus cuidados— y porque no quería dar pena. Un día, todavía en muletas, se fue a Kishinau, a buscar un trabajo y una vida propia. A su tía le dejó una cinta con su historia.

—Yo quería que ella supiera lo que me había pasado, pero me daba vergüenza contárselo cara a cara.

En Kishinau, Natalia tuvo que pasar las noches en un parque hasta que consiguió un empleo en un jardín de infantes, donde el director le permitió dormir si nadie se enteraba. Nunca salía del jardín: trabajaba de día, se refugiaba de noche. Tras unos meses, un primo le habló de la hot line de La Strada, una ONG que lucha contra el tráfico; Natalia llamó, vino al refugio que mantiene la Oficina Internacional para Migraciones y ahora, aquí, trata de recuperarse de sus heridas físicas y psíquicas. Aquí se han alojado, solo este año, unas trescientas chicas. Las reglas no les permiten usar alcohol ni drogas ni dar la dirección a nadie: hay peligro de que algún proxeneta quiera venir a buscarlas para vengarse de su fuga. Pero la mayoría de las chicas no se quiere ir, porque allí se sienten protegidas, cuidadas y, sobre todo, porque no tienen dónde.

—Tengo que armarme una vida, conseguirme un trabajo, una casa, esas cosas, pero la verdad que no sé por dónde empezar.

Cuando llegó, Natalia estaba muy maltrecha y tenía miedo. En el refugio le dijeron que no tenía que pasarse la vida pensando en esos meses; es difícil, en un lugar donde todas están porque han pasado por algo parecido. Natalia habla con ojos bajos, la voz baja, monocorde, muy cerca del llanto. Habla, y todo se llena de dolor: cada palabra es una búsqueda, un titubeo, una zozobra.

—¿Por qué hablás con nosotros y no con tu familia?

—Porque ellos nunca me entenderían. Yo primero quería ocultar mi historia, porque acá cuando se enteran te discriminan, no te tratan como víctima sino como culpable. Pero ahora sé que tengo que contarlo: si no, me voy a pasar toda la vida pensando en esos meses. Contarlo es la manera de dejarlo atrás y de ayudar a que no les pase a otras chicas como yo.

Dice Natalia, pero no quiere que su cara se vea clara en las fotos. Todos los expertos coinciden en que el tráfico es solo la punta del iceberg de la migración —y que seguirá mientras sigan la pobreza y la falta de perspectivas que la causan: mientras el 90 por ciento de los jóvenes moldavos siga pensando en emigrar, mientras haya mujeres que prefieren arriesgarse a lo desconocido antes que seguir en un lugar que no les ofrece ninguna posibilidad.

—¿Qué esperás del futuro?

Natalia se calla, piensa, intenta una sonrisa.

—Qué pregunta difícil.

Dice, tras haber contestado preguntas imposibles.

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