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Se llamaba Daniel, pero eso lo supe después. Esa mañana iba en el carro hacia el parque cementerio, pensando en cosas más terrenales. Pensaba, por ejemplo, por qué se les llama así a los cementerios. Difícilmente podrían ser considerados parques. La gente no va allá a caminar, cogida de la mano, llevando niños y comprando globos. No es un sitio de distracción ni de entretenimiento, ni siquiera de encuentro. Es un lugar de despedida.

Nos habían advertido que a esa hora no era frecuente encontrar una exhumación. Las exhumaciones las hacen temprano en la mañana para evitar que se crucen con los entierros que empiezan a llegar hacia las once.

Eso también me hizo pensar en la logística de la muerte. Existen varios tipos de entierros, que se acomodan, por supuesto, a las necesidades de los vivos. Antes las iglesias vendían nichos en sus pisos y sus paredes, pero cuando la descomposición de los muertos en el subsuelo de la casa del Señor comenzó a ser peligrosa para la higiene de la comunidad, nacieron los cementerios.

Al comienzo fueron lápidas y mausoleos (hasta en la muerte hay jerarquías), pero luego se inventaron el cuento del pasto y las flores, que es de alguna forma más agradable que los ángeles de mármol que vigilan el paso al más allá. Ya no hay tierra pa tanta gente, así que existen lotes que se venden y otros que se alquilan por cuatro años, que es cuando las familias deben sacar los restos de sus seres queridos y volver a pasar por el doloroso proceso de enterrarlos de nuevo, bien sea en un osario a perpetuidad (si se conservan los huesos) o ya cremados, en pequeños cenizarios. Por esto se hacen las exhumaciones.

En Colombia, sin embargo, existe otro tipo de exhumación, que es la que realiza la Policía Judicial (CTI, Dijín) por órdenes de la Fiscalía. Aunque antes era poco frecuente exhumar un cuerpo, gracias a la Ley de Justicia y Paz la información sobre fosas comunes y homicidios ha comenzado a aparecer, así que aproximadamente cada semana, en algún lugar del país, un equipo de gente desentierra por lo menos un cadáver.

Lo primero que hacen es hablar con los habitantes de los pueblos cercanos. Les preguntan quién tiene un familiar desaparecido, cómo iba vestido y si tienen carta dental del muerto. Luego, un grupo de antropólogos, odontólogos y forenses recogen los restos, y su ropa les da un primer indicio de dónde comenzar a buscar. Los dientes o el ADN ratifican científicamente la identidad del muerto. Contrario a lo que se supondría, casi todos los cadáveres terminan teniendo un nombre. Después comienza el siguiente proceso, que es identificar la causa de la muerte (arma de fuego, arma blanca, golpe contundente) y los autores, que con una frecuencia aterradora pertenecen a las Farc o a las Auc.

Llegamos al cementerio a media mañana para hablar con el administrador del lugar. Don Julio lleva toda su vida trabajando en lo mismo. Comenzó casi de niño en el oficio de la muerte y ahora es un hombre canoso, de piel quemada por tantas horas bajo el sol, que usa corbata y pantalón de paño con botas de caucho para entrar en la tierra revuelta, como un jardinero experto encargado de cuidar un parque municipal.

A diario se realizan unas cuatro o cinco exhumaciones y cada una se demora entre media hora y cuarenta minutos. Los familiares no pueden acercarse, no solo por higiene, sino porque en algunas ocasiones los cadáveres no se han descompuesto del todo y resulta aterrador. El nivel de descomposición de un cadáver depende de los químicos que estén en el suelo, su grado de acidez y el nivel de lluvias, y en algunos cementerios esto toma mucho tiempo.

Cuando llegamos iba justo a comenzar una exhumación en el sector 34 del cementerio, ubicado a unos cien metros al oriente de las oficinas. Mientras caminábamos hacia el lugar, don Julio nos explicaba que conseguir la aprobación de una familia sería prácticamente imposible. Desenterrar un cadáver es a veces más dantesco que enterrarlo y, en muchas ocasiones, los deudos reviven los momentos angustiosos de la muerte.

"Hay gente que se desmaya, escenas muy tristes, porque ellos no ven los despojos como restos mortales, sino como su mamá, como su tía, como su hermano", decía Ernesto Penagos García, encargado de vender y alquilar lotes del cementerio y que nos acompañó desde Bogotá para explicarnos los detalles de la exhumación.

La familia estaba ya en el sector 34. Papá, mamá e hija, se encontraban apiñados unos contra otros frente a la tumba, a la que le habían quitado las flores. Don Julio se acercó a pedirles permiso para tomar fotos y hacer una crónica y regresó diciendo que querían hablar conmigo. Me sorprendió la vehemencia con que la hija, Angélica, aceptó que estuviéramos presentes. "Yo estoy de acuerdo", me dijo. "Estamos todos de acuerdo, entonces", dijo el papá. Cuando iba a dar la vuelta, la madre, que había estado callada, habló: "Era mi hijo. Murió a los 18 años y diez meses".

Los tres empleados del cementerio, vestidos de overoles de trabajo azules y tapabocas de esos que usan cuando la Policía lanza gases lacrimógenos, pusieron tres paredes en lona verde alrededor del cuerpo. La familia se quedó atrás, a unos diez metros, donde era imposible ver.

Una retroexcavadora pequeña, manejada por un cuarto hombre de overol, parqueó en la única parte que no tenía lona. Los otros tres pusieron plásticos a ambos lados de la tumba, y un poco más allá, una camilla metálica.

La máquina comenzó a cavar y a apilar la tierra a un lado, sobre el plástico de la derecha. Uno de los hombres aflojaba la tierra con una pala pequeña pero de mango largo, para que la excavadora supiera hasta dónde llegar. Nos habían pedido que nos tapáramos la nariz y la boca, porque los gases podían ser nocivos y el olor a veces es muy fuerte, pero no llevábamos nada que nos sirviera, así que omitimos la recomendación. A los pocos minutos la tierra comenzó a despedir un olor acre, como de flores muertas, y aparecieron trozos de icopor blanco, vestigios de coronas que habían languidecido entre la tierra. Comenzó a lloviznar al tiempo que cavaban, y las gotas se hacían más intensas a medida que seguían apareciendo pedazos de icopor y restos de lienzo rojizo por el contacto de años con la tierra húmeda.

Después vinieron los trozos de madera, que sacaban y apilaban junto con el resto de la tierra, que iría de nuevo a parar a la fosa.

Ver los restos de lo que fue un funeral es más impresionante que los mismos huesos. Con tantos programas de detectives a lo C.S.I. y de momias del antiguo Egipto que transmiten a las 11 de la noche en Discovery, la preparación que se necesita para ver un cadáver es relativamente poca. A pesar de no haber visto nunca un muerto, podía adivinar con cierta facilidad qué iba a encontrar, pero no estaba preparada para ver lo demás. El ataúd roto, el lienzo que lo cubría y que ahora lo sacaban hecho jirones, los trozos de las coronas que fueron muestra de dolor.

Los hombres de overol siguieron el trabajo que había empezado la máquina. La retroexcavadora no podía seguir porque corrían el riesgo de deteriorar algún hueso, así que dos de los hombres bajaron a la fosa para sacar los restos. Primero sacaban los pequeños, que ponían en donde debía ir la mano, después los grandes, que colocaban en el lugar de las piernas. Todos los iban dejando sobre la bolsa de la izquierda. Cuando levantaron el resto del cuerpo, entendí por qué la familia había dado su autorización; Daniel llevaba puesta una camiseta del Santa Fe.

Para ese entonces, la lluvia era más fuerte y los deudos estaban refugiados bajo un árbol cercano. Angélica, la hija, se acercó con su papá a la lona verde, miraron durante un par de segundos y luego se devolvieron a abrazar a la mamá, que esperaba con un paraguas cerrado.El resto fue protocolario y aséptico. Guardaron el cuerpo en la bolsa gris, lo pusieron sobre la camilla y un camión pequeño lo llevó al horno crematorio. Las cenizas las entregarían a los tres días, aunque la cremación dura unas dos horas.

Cuando se fue el camión, el cielo comenzó a despejarse y dejó de llover. La familia seguía en su propio duelo. El oficio de la exhumación había terminado en menos de una hora. Angélica se acercó y me pidió que fuera a hablar con ellos. Querían contarme quién era el hombre que acababan de desenterrar. Ahí supe que se llamaba Daniel. Daniel Felipe Barrero Torres, hincha furibundo del Santa Fe, frecuente lector de SoHo, genio sarcástico, animal político.

De niño asistió al jardín infantil Grimm's. Luego entró al Gimnasio Fontana, donde fue becado en dos ocasiones por sus notas. Estaba en segundo semestre de Finanzas y Relaciones Internacionales en el Externado, y la mañana del 27 de mayo de 2002 se suicidó. Su familia me contaba su vida, interrumpiéndose unos a otros, complementándose, corrigiéndose, en un acto que han debido ensayar varias veces frente a amigos y en privado, casi un ritual para recordarlo. Daniel estaba lejos de ser un tipo corriente. A los ocho años contradijo a su profesora de historia y ella, enfurecida, le pidió que dictara la clase. Él procedió a hablarles a sus compañeros de la verdadera historia de la Guerra de los Mil Días.

En otra ocasión reclutó a sus compañeros de curso para que fueran a jugar fútbol, luego de que el profesor dijo el clásico: "Si no quieren estar aquí se pueden ir". Devoraba libros, no solo novela histórica como Alexandros (su personaje favorito) o científicos como Cosmos, sino libros de historia de Colombia, escritos políticos de líderes como Gaitán y una que otra novela —bajo su cama estaba Que viva la música, de Andrés Caicedo.

A pesar de su fanatismo por Santa Fe, en su grupo de ajedrez había un hincha de Millonarios y uno del América, que eran sus dos mejores amigos: Juan Diego y Daniel. Mónica lloraba en su tumba como había llorado en su hombro; Lisa era la mujer con la que soñaba; Angélica no solo era su hermana mayor, era su compinche.

Fue scout. Era común verlo con la camiseta de su equipo, que usaba debajo del uniforme del colegio, y con una bandera de Colombia amarrada en el cuello. En la universidad fundó un partido político de juventudes, que los profesores del Externado apoyaron con entusiasmo, y sus ideas políticas eran cada vez más nítidas, con un énfasis hacia la izquierda. Los Barrero tenían los ojos brillantes mientras hablaban de Daniel, pero ninguno lloró. Más adelante me contaron de Pancha, la gallina que adoptó y que luego fue sacrificada en un sancocho. El niño tenía tres años y nunca volvió a comer gallina.

Me hablaron de las más de diez cartas de suicidio que dejó, todas con algo de sarcasmo; de su aguda inteligencia; de la tristeza de sus amigos, que aún no pueden ver a los Barrero sin llorar. Supe también del día en que se suicidó, de la fortaleza de sus abuelos, del trabajo de los Barrero en los seguros.

Conocí a Daniel, y desde que me hablaron de él no he podido sacármelo de la cabeza. Su muerte, mucho más que su exhumación, me pareció tristísima. Su hermana Angélica dijo que se suicidó porque el mundo le quedó chico. Su mamá dijo que buscó la libertad.

Camino a la oficina del cementerio, con un sol resplandeciente ya pero el mismo frío de la mañana —que, pensándolo bien debe ser el frío propio de estos lugares— hablamos de la increíble coincidencia que hizo que conociéramos a los Barrero. Los empleados del cementerio estaban sorprendidos por la reacción de la familia. En el carro, de vuelta a la ciudad, hablamos de los genios. De la religión. Yo no hablé casi de Daniel. Me lo guardé para mí, como si hubiera acabado de conocer a una persona interesante y no pudiera esperar su llamada para seguir charlando con él.

Sacar a Daniel de su tumba, por escabroso que parezca, resultó un poco como sacarlo de un anonimato para el que no estaba predestinado. Como obligarlo a contar de nuevo su vida, sus ideas fascinantes y su muerte. O tal vez fue él quien nos obligó a nosotros a hacerlo.

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