*Publicado en 2001

Esa noche entendí que era ser un ‘desechable’. Durante la tarde, se preparaba el inicio de la Navidad en uno de los sectores más exclusivos de Bogotá, el Parque de la 93, que lucía engalanado y esperaba la noche para que todas las luces lo adornaran. Muchos suponen que ese parque, y los pocos restaurantes y tiendas de marca a su alrededor, son iguales a los sectores exclusivos de las capitales más importantes del mundo. Unos lo comparan con el Soho de Nueva York, otros creen estar caminando por la avenida Goya de Madrid y la mayoría en un sector de Miami. Pero la verdad es que el modesto parquecito está situado en Bogotá, Colombia, país del tercer mundo, con 26 millones de pobres, casi miserables. Esa realidad es aplastante. El parquecito y sus luces y su gente termina siendo un remedo mal hecho de un supuesto desarrollo mal entendido con luces de neón y marcas extranjeras, precios astronómicos, perfumes de marca, carros lujosos y comida exótica.

Esa noche el frío no me importaba. Llevaba una camiseta blanca delgadita, sucia, rota. Esa prenda olía a olvido revuelto con mugre. No era tan fuerte, pero sí me impresionaba un poco tenerla puesta. Una de mis preocupaciones al querer disfrazarme de ‘ñero’ era el olor. ¿Cómo imita usted un olor? En especial ese, el de una persona que vive debajo de un puente, o en una alcantarilla, que duerme en cualquier esquina con perros y entre cartones. Tiene que ser un olor producto de mucho olvido y de mucha miseria... ¿Cómo imitar eso durante una noche?

La camiseta me aproximaba, en algo, a esa miseria. El disfraz estaba listo: mi cara se había convertido en un rostro sucio con unas profundas ojeras y mi pelo en un pegote desordenado; un pantalón confusamente negro, compañero, de suciedad y olvido, de la camiseta; unos tenis sucios sin cordones y con la lengüeta haciendo fieros; un frasquito de plástico con bóxer; un trapito mugriento y una gorra que alguna vez fue de color rojo. Así estaba vestido.

La pinta estaba lista, pero faltaba mi actitud. Tenía nervios con mi papel de ‘ñero’. Antes de salir a la calle, me tomé dos tragos de whisky para calmarme y, sobre todo, para meterme en el cuento de lleno. Empecé por cambiar el tono de voz, de grueso a un tono chillón, adoptando la jerga que conocía de los ‘ñeros’ por la literatura que cayó en mis manos. En este papel todas las mujeres eran ‘monitas’, los jóvenes eran ‘monitos’ y toda la gente de vez en cuando eran ‘ñeritos’. Con los minutos y las horas, la tensión se transformó en sorpresa, temor y por último en rabia.

Las cifras de la calle
Hasta la fecha, en Bogotá no hay un dato certero de cuántos son los ‘habitantes de la calle’. Algunas cifras hablan de que solamente en ‘El cartucho’ hay cinco mil habitantes y otras dicen que en toda la capital hay diez mil. Lo cierto es que existen miles de menores, ancianos, adultos y familias enteras, que han encontrado en la calle su única y real posibilidad de subsistencia, de sobrevivencia y de creación de lazos afectivos.

Inicié mi recorrido por una de las esquinas del parque. Eran como las siete de la noche, había limpiado unas cuantas lámparas y empecé a caminar torpe y lento. Quizás estaba arrastrando una de esas historias de vida de los miles de ‘ñeros’ de la ciudad que los lleva a convertirse en bultos que se confunden a veces con las bolsas de la basura, o en sombras que se levantan del pavimento como si en ese mismo instante estuvieran siendo paridos por la calle. Arrastraba, pues, las causas que más inciden en el fenómeno: la violencia intrafamiliar (física, sexual, sicológica), asociada con situaciones de consumo de alcohol, o drogas, de parte de los padres.

Me acerco a una hilera de carros bien estacionada cerca de las terrazas de los primeros restaurantes que comienzan a aparecer en mi recorrido. Se respira la Navidad en las luces que ya iluminan el parque como un pesebre y en la música que brota de unos parlantes que inunda el espacio: “noooche de paz, noooche de amor…”
La melodía se me rompe en la cara cuando una camioneta hace una estrepitosa bulla a mi paso. Se le ha encendido la alarma cuando pasaba a unos centímetros de ella. Instantáneamente pienso que ese auto me había olido o que seguramente están tan sofisticadas estas cosas de la seguridad, que el vehículo detectó mi rareza y empezó a gritar como loco. Seguí mi recorrido y ya me acercaba a la primera puerta de un restaurante cuyo nombre es difícil de recordar (sería fácil si el nombre del restaurante estuviera en español pero por acá todo tiene nombres en inglés o francés).

Yo no era en esos instantes un recolector de cartón ni ‘cartonero’, no tenía un carrito de balineras que me acompañara y tampoco era un desplazado. Mi caracterización era la de un joven ‘ñero’, ‘tostado’ por el bazuco. El tarrito con bóxer me mostraba como eso (‘Comanche’, el legendario jefe de ‘El cartucho’ ya fallecido, no dudaba en señalar: “fue con la llegada del ‘susto’ o bazuco que la gente se volvió mierda y se puso gravetona. Eso nos ha llevado a estar fritos”).

Me encuentro en la puerta del restaurante y su terraza está separada del andén por una hilera de matas altas. Me asomo entre ellas y me quedo observando la mesa bien puesta. Alrededor de ella, una familia que me detecta y voltea la mirada. Es señal de muchas cosas —pienso— no me reconocieron y efectivamente produzco ‘repelus’. Se me acerca el joven celador y me pide en voz baja que me retire. Aún no estiro la mano para pedir dinero y solicita que me retire. Le digo: “esto es público, ñero”. Le recuerdo que el andén no tiene dueño, pero el muchacho insiste con el argumento de que molesto a la gente. Le respondo: “yo soy gente, ñero”. De nada sirve lo que digo, el celador sigue haciendo ademanes para que me retire y los acompaña con una mirada seca, pero son peores las miradas de gentes que salen y entran quienes parecen increpar al joven por no poder sacarme rápido del andén del establecimiento.

La represión
Me he tomado confianza. Siento que hago bien mi papel y que la gente no me identifica. Procuran no acercarse y más bien, sin disimular, me rodean. Hay una buena cantidad de jóvenes bachilleres que prestan su servicio en la Policía Cívica. Prácticamente el parque está rodeado por ellos. Me dirijo a su encuentro. Recibo una ráfaga de groserías: “pirobo, hijo de puta, ¿por qué no se va de aquí?”. Me quedo en silencio y me llevo el tarrito a la boca. Estoy mirándolos fijamente con mi cuerpo desgonzado hacia un lado.

Se me inunda la cabeza de preguntas: ¿ésta es la Policía Cívica? ¿Por qué tanta rabia? ¿Qué pueden aprender estos jóvenes con esas expresiones y esas miradas? Mis interrogantes hubieran seguido apareciendo si no hubiera sido por un raponazo brusco que me arrebató el frasquito. Alguien al que le dicen teniente, con un chaleco con el número 216, me coge del brazo y empieza a insultarme: “degenerado, voy a llamar al camión”. No reacciono. Pienso en el énfasis amenazante que contiene el hecho de subirme a un camión. Atino a decir, con mi voz aguardientosa y manteniéndome en mi papel: “yo no estoy haciendo naaada, fresco”. Me dice que ha combatido a la guerrilla y que no me tiene miedo. Es decir, que para la lógica del oficial, con mis tenis, y mugriento, soy más peligroso que un guerrillero.

¿A dónde puede llevar un camión de la Policía a un ‘ñero’? Por el trato que me daba, dudé que me condujeran a un centro de rehabilitación. Debe ser a un sitio apartado, muy probablemente. Me acordé entonces de aquella canción del grupo francés, Mano Negra, inspirada en la vida de los ‘ñeritos’ de Bogotá: “a mi ñero llévalo pa’l monte el señor matanza, a mi ñero al monte”. Me dio escalofrío y pensé si ese momento era oportuno para revelar mi identidad, pero por otro lado, pensaba que estaba a las puertas de una gran historia, la de establecer qué hace la Policía con los indigentes de esta ciudad. Entonces, aparecieron mis compañeros de la revista y detuvieron el asunto. Charlamos con el policía y me sorprendió aun más su respuesta. Nos dijo que podíamos continuar con el trabajo, pero que más tarde, pues estaban por llegar las cámaras de televisión y se vería muy feo el parque si yo estaba por ahí en ese momento.

Las cosas quedaron así. Yo ensuciaba la imagen del parque y me sentía inseguro. ¿A los ‘ñeros’ quién los protege? Entendí, entonces, lo que me dijeron unos indigentes días atrás: “en la calle, la comida y el dinero se consiguen, pero la inseguridad es tenaz”. Para ellos, la inseguridad está en lo que para nosotros es seguridad. Los ‘ñeros’ le tienen pavor a la Policía. Una ‘ñerita’ de unos 40 años que andaba por allí, pero mucho más limpia que yo, me diría: “cuidado, ñerito, que por ahí dicen que viene el alcalde y esto se putea”. La señora sacaba de la basura latas de cerveza que dejaban las jóvenes parejas de novios que llegaban a la 93 a ver la iluminación. Por cada una de ellas se ganaba 200 pesos, las vendía en un recolector de chatarra y comentaba que este parque era una ‘mina’, pero que a los ‘cartoneros’ o ‘ñeros’ nunca los dejan arrimar. Por eso me insistía en que me fuera porque podía ser peligroso.

Seguí mi camino sin rumbo, acompañado de la melodía navideña, de la que dicen que alborota el espíritu navideño: “noche de paz... noche de amor...”

La sensación de inseguridad siguió, y se reflejó en un cansancio súbito, producto del estrés que estaba sintiendo. Si en ese momento me quisieran violar, pegar o matar, toda esta gente haría una fiesta, pensé. De repente me puse muy sensible. Las camionetas 4x4 que ‘braman’ cada vez que las aceleran, con vidrios oscuros y que en ese sitio son muy frecuentes, me generaron una desconfianza tremenda. Los escoltas me produjeron pánico. Toda esa parafernalia de radioteléfonos, sirenas, vidrios ahumados, cámaras de circuito cerrado, celadores y demás, se me convirtieron en elementos agresivos y hostiles. ¿Yo soy el agresivo? ¿Por mi cara sucia, por mi tarrito? Son ellos los agresivos, los peligrosos, pensé.

Rabia nocturna
De repente, colgada de una esquina del parque, vi una pancarta. Me reí de ella al leer: “Alcaldía de Bogotá, por la convivencia ciudadana”, pues las miradas de todos se me clavaban como puñales. ¿Qué concepto de convivencia se maneja aquí?

Me decido con temor a entrar al parque.

Está la familia reunida, los niños, los novios, los abuelos y las luces de un gigantesco árbol de Navidad. Maravilloso. Cuando alzo la mirada, descubro una luna gigante y completamente redonda. Esa luna grande y bella fue lo único grato de esa noche en la que a pesar de la camiseta que tenía puesta, nunca sentí frío porque estaba concentrado en el temor a que me hiciesen daño. Ya en el parque, tuve sentimientos de rabia. Un perro de raza se lanzó a morderme. Me dio ira la reacción de la dueña: “cuidado, Bruno, no te ensucies, ven para acá”.

Sentí el espíritu navideño más alborotado dentro del parque. Unos niños se acercaron y me dieron 200 pesos. Aunque pedí limosna durante tres horas durante toda la noche, eso fue lo que conseguí. El único gesto de bondad de la jornada lo encontré en una mujer humilde que se acercó y con voz dulce me dijo: “ñerito, porqué no deja ese pegante, mire que eso le hace daño. Usted como que es buen mozo. Yo nada de pegantes”.

Agradecí el gesto, no sin antes oír otros comentarios de unos ‘gomelos’: “ese indio a qué horas se nos metió acá?” Me salí del parque, que a propósito, parecía una vitrina de productos telefónicos: el árbol, el pesebre, las sillas y una estrella gigante iluminada, tenían avisos publicitarios. Hasta el parque, que es un bien público, lo privatizan de esta manera.

Entre parche y parche
En Bogotá, el ‘parche’ más cercano a la calle 93 está en la 85 con 15. Los ‘parches’ son grupos de ‘ñeros’ que se apropian y hacen su vida en determinados sectores de la ciudad y se desplazan conjuntamente por toda la urbe. Son una especie de ‘unidades de acción’. Son famosos los parches del ‘Cartucho’, en el centro de Bogotá, o la calle del ‘Bronx’, a pocas cuadras de allí; también los puentes de la 26, entre otros. El ‘Cartucho’ es el más tradicional de todos. A mediados del siglo pasado, ese sector de la ciudad dejó de ser el barrio Santa Inés, para convertirse en una especie de terminal de autobuses que recibió las primeras oleadas de inmigrantes de la violencia. Con el tiempo, se transformó en uno de los tomaderos de chicha más famosos y permisivos, y después en uno de los sitios donde se encontraba toda clase de cachivaches robados que eran distribuidos a las provincias. Sus calles tomaron la denominación de ‘calles calientes’, por la gran permisividad que había en el ambiente para el consumo de drogas y la consecución de objetos robados. Pero las cosas se empeoraron con la llegada del bazuco, que agregó a los males del sector la legión de hombres, mujeres y niños perdidos en el infierno de la adicción. Hoy al ‘Cartucho’ se le denomina ‘olla de ollas’, es decir, uno de los lugares desde donde se distribuye la mayor cantidad de droga para toda Bogotá. Usted en el ‘Cartucho’ puede conseguir una ‘bicha’ de bazuco en 500 pesos, mientras que en Chapinero la consigue en dos mil pesos.

Yo, supuestamente, pertenezco al ‘parche’ de la 85 con 15. No tengo ningún oficio en especial. Si me lo preguntan, contestaré como muchos ‘ñeros’ cuando se les indaga: “Soy caminante de la calle” y solamente ‘retaco’, es decir, busco dinero, para comprar droga. Un ‘parche’ realiza varias actividades. 30% de los habitantes de la calle dice dedicarse al reciclaje; 29% acompaña la actividad anterior con el retaque (consecución de alimentos y dineros necesarios para subsistir mendigando); 18,5% se dedica al robo; 9% desarrolla trabajos de tipo informal (lavar y cuidar carros, coteros, barrer los frentes de almacenes, etc.), y 6,7% practica la mendicidad. La mayoría de los habitantes de la calle consumen sicoactivos de manera permanente.

En la calle 93 con 11, me enfrenté a un ‘parche’ organizado. Había mujeres y niños junto a hombres jóvenes. Venden cigarrillos y cuidan carros. Quien los dirige es un joven negro de contextura gruesa. Me siento cansado y busco entablar charla con ellos. Me recuesto en un pequeño muro, muy cerca del grupo. Todos se me quedan mirando. El hombre negro da órdenes, dice quiénes se van a descansar a la casa y pide que le dejen los niños y los hombres más jóvenes. Cuando ha terminado de hablar, se dirige de frente y me dice: “¿Qué quiere perrito?”. No sé por qué me parece tierno y cariñoso lo de ‘perrito’. Le contesto: “nada llave, fresco”. El hombre se me acerca y se me queda mirando fijamente: “¿sabe?, no lo quiero ver más”. Conservo la calma y sigo respondiendo: “tranquilo, yo no estoy haciendo nada, yo me quedo tranquilo...” El hombre se sigue acercando y gira el cuerpo hacia la calle. En ese instante pienso que me va a dar un golpe. De repente, se aleja unos centímetros de mí y con la mano amenazante me dice: “¿sabe qué, ñero?, voy hasta la otra esquina y si regreso y lo encuentro, no respondo...” La amenaza es tajante. Tengo todo qué perder, así que me voy.

¿Feliz Navidad?
Las miradas amenazantes de los celadores aparecen detrás de una vitrina que anuncia vestidos en promoción para hombre de dos millones de pesos. El celador me dice: “pase, pase no se quede ahí”. Un hombre que come en uno de los restaurantes me ve y deja de comer, a la vez que me insulta. No sé qué le estoy haciendo, pero me insulta. Una bella y joven mujer se tropieza conmigo y lanza un madrazo. Otro ‘ñero’ que está cuidando carros me dice que “me abra”, que yo espanto a la gente. Qué noche de Navidad. Qué espíritu de Navidad se respira.
Si todas esas miradas furiosas que discriminan se pusieran en el plan de averiguar qué hay detrás de esos rostros mugrientos que se han lanzado desesperadamente a la autodestrucción, seguramente su actitud sería otra.

Recuerdo las historias de ‘ñeritos’ como ‘Milartes’, cuya madrastra lo vestía como mujer desde que era niño y le daba las peores palizas. O el caso de ‘La mona’, que nació bizca y a quien su madre le decía todo el tiempo la ‘visoleja’, hasta que un día se fugó de la casa y cayó en la droga. Relata así un episodio de su vida: “Cuando ya iba llegando al hospital, sentí que se me salía la criatura, se cayó al suelo y se dio un golpe en la cabecita, la niña se murió; hasta mejor para ella no haber vivido esta vida tan amarga que yo vivo...”

Los motivos que más han impulsado a esos diez mil habitantes de la calle que tiene Bogotá (según el estudio Brigadas de acercamiento a la calle, elaborado por el Bienestar Social de la Alcaldía de Bogotá en el año 1999) se reparten en 28%, que manifiesta que el consumo de droga lo empujó a vivir en la calle; 10,9%, que expresa que abandonaron su hogar por voluntad propia; 8,2%, que abandonó su casa debido al maltrato de sus padres. Por su parte, 8,1% culpabiliza su suerte a la orfandad que enfrentaron desde muy pequeños y el 8.3% cree que fueron los amigos los que influyeron en esta decisión.

Son casi las 10 de la noche. Se han apagado las luces y los muchachitos de la Policía se suben a sus camionetas. Dicen que el alcalde se ha marchado. Es decir, que vuelve la normalidad y para mí la seguridad. Estoy cansado y considero suficiente la experiencia. Las canciones navideñas hace rato desaparecieron. Este ‘ñerito’ dejará el disfraz, se bañará con agua caliente y volverá a ser ‘gente’.

Siempre he detestado el término ‘desechable’ para referirse a los habitantes de la calle, pero quien se ingenió el calificativo, tenía razón. Esos hombres y mujeres, esos diez mil habitantes de la calle, son vistos como menos que una cosa, es decir como un desecho. Así me sentí. Son las personas mas agredidas que puede haber en esta ciudad. Para otros, son las más agresivas. Algo que me queda también claro es que el parque de la 93, uno de los sectores más exclusivos, fue para mí durante esas tres horas el sitio más inseguro para la dignidad humana.

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